La conocí poco después de haber sido galardonada como finalista del Premio Planeta de 1995 por su novela La fuente de la vida: dos historias paralelas existentes entre Perú y Rumania que acaban confluyendo al final en Madrid y tienen en común el secuestro de niños, el tráfico de órganos y las adopciones ilegales. Había leído la novela porque sabía que encontraría a su autora en el lugar donde ella veraneaba desde hacía años y donde yo lo haría por primera vez, Agua Amarga. De su paradero me habló Anthony Percival, compañero de la Universidad de Toronto y buen amigo. Él fue quien me dijo que estaba en Agua Amarga. Y yo, en cuanto llegué, comencé a buscarla.
Lourdes Ortiz en la mesa redonda « Lourdes Ortiz o el filtro de la mitología»
Reproducimos1 aquí los intercambios de la mesa redonda que se organizó en torno a la obra teatral y el recorrido de Lourdes Ortiz invitada por el equipo de investigación « Culture et Histoire dans l’Espace Roman » (C.H.E.R.) de la Universidad de Strasbourg en el marco del coloquio « Penélopes en crisis: las mujeres en las artes escénicas en España frente a la crisis »2.
Cristina Oñoro (C.O.)3: Te damos la bienvenida, Lourdes, a esta Universidad de Strasbourg. Empezaré por presentarte muy brevemente para que luego podamos intercambiar contigo y sobre todo escucharte que es el formato que proponemos en este coloquio. Leer más…
Escritura y reescritura en el teatro de Lourdes Ortiz
La obra dramática de Lourdes Ortiz (1943) está compuesta, hasta la fecha, por un interesante corpus textual, conformado por Las murallas de Jericó (1978), Penteo (1982), Fedra (1983), Cenicienta (1986), Yudita (1986), Electra-Babel (1991), El cascabel al gato (1994), El local de Bernardeta A (1994), Dido en los infiernos (inédita, 1995), Olivia y Macedonia (inédita, 1996), La guarida (1999), Rey Loco (1999), más Aquiles y Pentesilea (escrita a comienzo de los años noventa y estrenada en el 2016). A pesar de que se trata de un número que supera la docena, probablemente el hecho de que Lourdes Ortiz sea una autora que ha cultivado también otros géneros y que, en el caso de la novela, haya obtenido algún reconocimiento público muy notable -fue finalista del premio Planeta 1995 con la novela La fuente de la vida-, avalen la consideración de que se trata de una autora que “se ha dedicado preferentemente a la narrativa”, como puede leerse en el Diccionario Akal de Teatro (Gómez 1998: 615), o que sea incluida dentro de una promoción de “creadores vinculados fundamentalmente a otros géneros o expresiones artísticas”, como se recoge en la Historia del teatro español (Huerta 2003: 2870). Sin embargo, conviene hacer notar que el número de textos dramáticos firmados por Lourdes Ortiz es superior al que ha producido en los demás géneros, lo que obligaría a meditar sobre cuáles sean las posibles causas que justifiquen mejor, con algún argumento que no se encuentra en el número de obras, estas apreciaciones. Sea como fuere, sus textos dramáticos guardan una estrecha relación con el resto de su producción literaria o ensayística, y en muchos de ellos la autora propone una mirada sobre algunas de las cuestiones centrales que, de manera muy personal y recurrente, conforman su universo creativo, como serían el lugar de las mujeres en la sociedad actual, la búsqueda infructuosa del amor, o la reflexión sobre la pervivencia estereotipada de los roles de género y el marco de posibilidades que estos determinan para la realización personal del individuo, entre otros. Aunque algunas de estas obras han sido revisadas por la autora en los últimos años -generalmente, con leves modificaciones-, y en algún caso hemos podido contar con su reciente puesta en escena (Aquiles y Pentesilea, CDN, 2016), pocas han sido representadas, aunque la mayoría fueron escritas en los años 80 y 90, lo que nos obligaría también a realizar un brevísimo ejercicio de contextualización, con el fin de valorar cuáles fueron las coordenadas estéticas y sociales en que fueron escritas y, sobre todo, las razones que explican su actualidad y su interés. De manera muy general, habría que considerar cómo los autores del teatro español de esos años reclamaban mayor atención a su labor y a la palabra dramática, pues las líneas estéticas dominantes en la escena española de ese periodo preferían un teatro que acogía mejor propuestas que procedían de algunas corrientes de la dramaturgia extranjera contemporánea definidas por el lugar preponderante de la dirección escénica y, en muchos casos, de manera singular, de la visualidad.
Lenguaje líquido y rojo
El año en que conocí a Lourdes Ortiz ella debía de tener aproximadamente la misma edad que yo ahora: cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta años. Casi todos disfrutamos de varias de edades a la vez y somos al mismo tiempo una niña, una vieja, una mujer en su plenitud. En aquel momento, yo continuaba con mi inacabable proceso de aprendizaje de la escritura y ella ya era para mí lo que se llama una “escritora consagrada”. Lourdes había escrito Picadura mortal (1979) y se había convertido en la primera escritora española en trabajar el género negro; había escrito Luz de la memoria (1976) y con esta novela no solo demostró su valentía y su calidad humana, sino su virtuosismo estilístico; había escrito Urraca (1982) que para mí es la mejor novela histórica que nunca jamás se haya escrito en este país.
De su vida y obra – Instantes
- Lourdes Ortiz – Dossier – 1
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Tertulianos Jueves alternos, Ateneo de Madrid

De izquierda a derecha. Abajo: Fernando Álvarez-Uría, Juan Tabares, Pilar Parra. María Carballido y Julia Varela. Arriba, de izquierda a derecha: Luis Mancha, Ángel Gordo y José Luis Linaza.
Lourdes Ortiz es una mujer intelectual y cosmopolita, de la generación del 68, que trató desde su juventud, desde que era estudiante universitaria, hasta el presente, de compaginar un continuo compromiso político en favor de una sociedad justa y democrática con la pasión por la docencia y por la escritura (escribió ensayos, novelas, obras de teatro, numerosas columnas periodísticas), sin dejar de asumir, tanto en la teoría como en la práctica cotidiana, la búsqueda de una ética personal, laica, feminista, libertaria. El inconformismo con lo real, que atraviesa toda su trayectoria personal, la llevó a construir un imaginario de objetivación de lo real, y de resistencia contra lo intolerable, sin renunciar a la alegría de vivir. La vida es bella. Quien asume esta convicción con todas sus consecuencias encuentra la fuente de la eterna juventud. Lourdes no sólo la encontró, sino que también intentó indicarnos el camino para que todos nosotros, entre ellos los tertulianos del Ateneo, participásemos del descubrimiento.
Bienvenida al sur
Cuando hago recuento de todos aquellos hombres y mujeres, maestros por los cuales he llegado hoy a ser la persona que soy, encuentro abrazados a algunos miembros de mi familia, a algunos amigos de la primera juventud, o más tardíos, del periodo universitario o los años profesionales, con aquellas otras personas a las que no conocí pero cuyos versos, cuya música, cuyos pensamientos… abrieron ante mí sendas que hicieron mi camino más rico y más placentero. Gente que compartió a través de su obra agudos análisis de la sociedad en la que yo misma vivía y que me hicieron, no tanto más sabia cuanto sí menos ingenua. Gente que construyó personajes con una personalidad y un carácter forjado en la sociedad en la que yo misma vivía ofreciéndome claves para entender algunos comportamientos y reacciones inexplicables. Gente que trató de defender el valor de la razón y el valor del corazón por encima de las exigencias de convencionalismo, sensacionalismo y urgencia del panorama intelectual, muy a menudo, desolador que nos ha tocado vivir.
Juegos de identidades: protagonistas y contexto
Teodoro, profesor universitario, deja a Luisa, su compañera de vida, al enamorarse de una joven ex – alumna mucho más joven que él y admiradora de sus conocimientos. Como investigador vive con pasión el estudio de la vida y obra de Velázquez que le sumerge en su tiempo, donde descubre el secreto de la relación entre el pintor y Artemisa, considerada como la primera mujer pintora de la historia.
En mi caso conocía la pasión de Lourdes Ortiz por el arte y el lujo de impartir clases frente a obras maestras en el Museo del Prado. De ahí que me resultara atractivo reflexionar sobre algunos aspectos de Las manos de Velázquez. Se trata, por lo tanto, de poner por escrito una reflexión polifacética acerca de mi lectura. Algo diferente a cuando una lee y escribe una crítica. La curiosidad, el disfrute, la sorpresa, la intriga, aparecen como hilos conductores pero también me han llevado en distintas direcciones. Así me ha hecho pensar la ciudad como un escenario movedizo que permite a la escritora situarse entre tiempos y épocas diferentes de la ciudad y mundos de intrigas palaciegas y de amores y desamores.
Del amor y del poder
Lourdes Ortiz es mi primera amiga en Madrid, y la que me introdujo en el mundillo literario. Tenemos una larga conversación, que dura desde los primeros setenta, cuando las dos éramos muy jóvenes. Nos hemos acompañado, más o menos asiduamente, que las vidas son complicadas, pero cada vez que nos encontramos, es como si hubiera sido ayer la última vez. Y hemos ido siguiendo nuestro trabajo: ya comprenderán que yo más el suyo, como novelista, como autora de teatro, como persona que interviene en los medios de comunicación, como profesora de historia del Arte, como directora de la RESAD. Y sus novelas, que he seguido una a una, y, cuando he podido –que ya se sabe que los espacios culturales no los decide una sola- he dado noticia de su lectura, desde aquella primera inolvidable Luz de la memoria, a Las manos de Velázquez, pasando por La fuente de la vida, la estupenda Urraca, o En días como éstos, recientemente reeditada. Vamos, que en mi, Lourdes tiene una fan, y lo sabe.
Lourdes Ortiz y el sur
Cuando la escritora madrileña encuentra un alivio en su agenda, pone rumbo al sur, desciende por la llanura manchega, atraviesa los campos de Níjar y, primero en Aguamarga, después en Carboneras, se instala en la costa almeriense. Entonces recupera unos entrañables recuerdos de sucesivos veranos acompañada por sus padres y hospedados en el Hotel Andalucía, próximo a la Puerta de Purchena, cuando miraba aquella Almería de los años cincuenta con ojos de niña, asombrados bajo la luz cegadora del Mediterráneo,








































