Gioconda Tropical
A pesar de sus viajes a París a principios del siglo XX, el cubano Víctor Manuel (1897-1969) no se extravió acudiendo a una pintura ajena a sus orígenes. Al contrario, del Modernismo se sirvió para la elaboración de una plástica guajira y renovadora.
Pero es en París, en 1929, donde pinta “Gitana Tropical”, el retrato que ha supuesto un hito en la historia del arte cubano. Tanto es así, que con el tiempo fue rebautizada con el apelativo de “Gioconda Americana”. Evidentemente, el autor estaba muy lejos de una osadía semejante, no obstante lo cual, fue la propia América la que la adoptó, para no quedarse huérfana, como su propio mito representativo.
Para mayor añadidura, Víctor Manuel confiesa, cuando se le preguntaba por la obra, que su intención era lograr una seña de identidad continental además de tropical y caribeña: “es una mestiza, una mulata, pero le puse ojos rasgados de india del Perú, de México….”. Quizá lo que omitió fueron también la influencia europea, especialmente la francesa, de la que también está impregnada.
Sin embargo, sus grandes ojos negros y sus labios rosados constituyen la belleza más definitiva del legado del mestizaje, un legado que nunca ha cesado en la creación y transmisión de una conquista cultural para todo el planeta.
Por último, no he dejar de mencionar que hay otro cuadro, más actual, que declaran que es el más popular de la pintura cubana en los últimos tiempos: “Todo lo que Ud. necesita es amor”, de Flavio Garciandía. ¡Qué quieren que les diga! Ni punto de comparación con el primero.
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Sáquenme de aquí, soy sólo un simple autorretrato
Lo que se contempla en uno mismo siempre es un engaño y una frustración, ya que hay una máscara o un disfraz de por medio. Por eso, la estratagema radica en obtener multiplicidades, las cuales han de conducir a un sumario en el cual el espectador pueda extraviarse en una u otra dimensión.
Pero en los autorretratos, a los que ya me referí en otras reseñas anteriores en este mismo medio, queda expuesto aquello relativo a que el artista, en ellos, confunde lo visionario con la angustia y hasta el dolor, lo de profeta con la debilidad, la lucidez con la visión última. No son nunca simples imágenes reflejas de lo que cree estar convencido el autor.
No obstante, según otros enfoques centrados en otras direcciones, el creador desarrolla activamente lo que ve de su yo: aclarando, subrayando, a veces desvirtuando enigmáticamente (¡Qué me importa mi sombra! ¡Que me persiga!, vociferaba Friedrich Nietzsche).
Al final los rescatamos y se nos mueven entre las manos o incluso son capaces de sobrevivir para servir de manifiesto de la genial mentira.

