El clan de los estetas: entre Borges y el devorador de libros

Sobre el libro El clan de los estetas , de Alejandro Badillo

Marco Tulio Aguilera Garramuño

El clan de los estetas
Alejandro Badillo

Universidad Veracruzana, Colección Ficción, 2017

 

Hubo un tiempo en que por las noches, antes de dormirme, ponía a sonar una pieza de música clásica y trataba de descifrarla: pensaba o sospechaba que en lo más íntimo de toda gran creación humana hay un mensaje, un sentido, y que ese sentido y ese mensaje podrían hallarse si uno tenía la suficiente fe en el espíritu humano.

Esa idea tal vez podría aplicarse a los cuentos, que son sin duda la culminación de la literatura, la cristalización de un instante, un saber y un descubrimiento. Con esta idea directriz haré un recorrido por un libro de cuentos de Alejandro Badillo recientemente publicado por la Editorial de la Universidad Veracruzana.

Mi amigo, el gran escritor cubano Félix Luis Viera, reseñó recientemente un libro de cuentos míos y escribió una frase bastante paradójica  e incluso sorprendente: “A los libros de los amigos hay que leerlos con odio…”y yo agregaría: “Hay que leerlos sin compasión”. Veremos si puedo hacerlo con este libro de cuentos de quien se ha autocalificado como “el devorador de libros”.

Primer cuento. Se llama “Una palabra”: un cadáver visto por un hombre, reconstrucción del pasado, encuentro con una mujer, sexo sin amor, personajes lanzados al mundo, como extranjeros de Camus. Un estilo moroso pero rico, narración hundida en un mar de sensaciones. Interesante, inquietante, muy bien escrito.

Segundo cuento: “El clan de los estetas”: el argumento parece ser resultado de la lectura de un famoso texto de Thomas de Quincey -“Del asesinato como una de las bellas artes”-  y de una intoxicación con el estilo de Borges… y si no, por favor lean esta frase: “Los del ‘El clan de los estetas´, como a partir de entonces los llamaron, piensan –no con poca vanidad- que ellos pueden interpretar la muerte como una obra artística y que en ella se concentran el orden y la cifra del universo”.

Por otra parte vale la pena evaluar expresiones como “alucinado volumen”, “pienso, quizás invento”, “fatigar abultados volúmenes”, “interrogar libros”.

Tales dislates metafóricos y verbales no pueden ser sino de Borges, como las famosas mariposas amarillas de Mauricio Babilonia no pueden ser sino de García Márquez…y sin embargo el cuento de los estetas se disfruta bastante: como que Badillo quiso ser –no sé si conscientemente o de manera culpable- más Borges que Borges.

Segundo cuento: “La noche 2002”. Podría pasar por una narración de las  Mil y una noches. Repite argumentos de Borges casi con las mismas palabras. Veamos: “Afirmó que todo acto, por ínfimo que sea, tiene su réplica en el universo”. Leamos: “Pero el pasillo conducía a pasajes sin salida: algunos corredores se bifurcaban y otros regresaban al punto de inicio”. O: “En las brechas del sueño que le dejaba el insomnio se veía un desierto gobernado por un dios cuya misericordia tenía la consistencia de un espejismo”.

No faltará quien caiga en las trampas de Badillo y diga que el muy soberbio quiso mejorar a Borges, como dijera algún lector algo primitivo tras leer un texto de Marco Tulio: “Este colombiano tuvo la insolencia de querer mejorar a García Márquez”.

Naturalmente perdoné el elogio  y agradecí que me hubiera vestido, aunque sea eudóxicamente con los vestidos del Nobel colombiano.

Llegados a este punto nos vemos obligados a preguntarnos si el resto del libro de Badillo nos dejará espacio para perdonar la insolencia de querer mejorar a Borges usando frases muy similares a las del argentino.

El cuarto cuento, “Objetos perdidos” es un cuento fantástico: un pueblo inmóvil, una estación de autobuses, donde “el sol enciende las piedras” y dos hombres esperan que pase algo… que finalmente pasa: un hecho insólito, inexplicable. Muy buen cuento, escrito con fineza de relojero suizo.

El quinto cuento: “El hombre que siempre ganaba”: trata de un autómata que juega ajedrez; de un hombre que ofrece a otro un libro antiguo (como en “El libro de arena” de… claro, Borges). Aquí olemos de nuevo el tufo del divino ciego argentino, agravado por un dulzón sabor a Edgar Allan Poe. Leamos: “Sin embargo sabía que el ajedrez es, además de un juego, un destino”; leamos: “A veces soñaba que cada movimiento en el tablero, por ínfimo que fuera, representaba una dirección de un camino que se bifurca”. El cuento está tan bien escrito y fundamentado que supongo el mismo Borges no dudaría en firmarlo. Esto agrava la disyuntiva de decidir sobre el valor o disvalor de escribir como alguien que es otro.

Sexto cuento: “Memorias incompletas del desempleado Rodríguez”. En este texto alcanza lo que me atrevería a llamar la perfección formal y estructural del cuento clásico: apertura y cierre efectivos, desarrollo interesante  y con economía de recursos, narración de una situación diríase arquetípica de la naturaleza gregaria del hombre. Trata de la ordalía de un desempleado en busca de trabajo. Es un cuento chejoviano en el sentido de que no presenta ninguna innovación más allá de la narración realista de una situación de la vida real. Recuerda los grandes cuentos como “Bola de sebo” de Maupassant o “La señora del perrito” de Chejov.

Séptimo cuento: “La emboscada”. Trata del asesino contratado para asesinar a una mujer que termina matándolo. ¡Excelente! Buen manejo de la tensión. Y aquí vale la pena destacar una de las virtudes más evidentes de los cuentos de Badillo: la perfección en el dibujo del detalle, la observación precisa, que detiene e ilumina la acción, tornándola más significativa.

Octavo cuento: “Atlas del frío en el cuerpo”. Un cuento muy triste, muy sereno y una situación que se repite en otro texto: la del hombre solitario, abandonado por su mujer, habitando en una casa llena de recuerdos, con un gato al que detesta pero del cual no se atreve a liberarse. Además un hijo atropellado, una mujer ausente, un hombre sin esperanza. Hermoso relato, muy bien escrito, con un final abierto, como la vida.

Noveno cuento: “Un ajuste de cuentas”: presenta una situación similar a la del texto anterior: el mundo sin salida de un hombre solitario, abandonado por su mujer, en una casa triste en la que solamente un perro llamado Karma da señales de vida.  El encuentro con una mujer tan solitaria como él rompe la inercia y la monotonía: dos acorralados por la vida que se encuentran y solucionan (provisionalmente) sus respectivas soledades. Me impresionó una frase: “Agobiado por la vida quizás aún intenta soñar; no sabe que estamos aquí para resistir, seguir respirando”.

Me parece que la veta de la vida cotidiana y sus angustias es la que da los mejores cuentos de Badillo. La otra veta, la de la erudición borgiana, la encuentro interesante pero no tan personal y valiosa. Badillo se viste con ropajes propios en los cuentos cercanos a la rutina diaria y a la angustia kierkegaardiana.

Décimo cuento: “La espera”. Me pareció un cuento simbólico con ángulos similares a “The walking dead”.

El balance final es altamente positivo, se trata de un libro agradablemente legible, inteligente, muy bien escrito, que a veces me hizo dudar si mi  lectura en busca de fuentes era tendenciosa o válida. Los cuentos que no son como de Borges son verdaderas joyas. Que haya aparecido esta obra en la Colección Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana da cuenta de la reconocida vocación de nuestra editorial: descubrir y publicar los autores que muy posiblemente andando el tiempo harán la gran literatura mexicana.

Con respecto al primer párrafo de este texto que estás leyendo, amigo, me pregunto y les pregunto, ¿por qué lo escribí? Y, ¿qué sentido tiene haberlo colocado al inicio de esta elemental reseña? Aquí está la encrucijada o el sitio donde la reseña se bifurcaría para intentar convertirse en ensayo. Ensayo que naturalmente no tiene que sufrir los presentes.

Concluyo: el libro de Badillo se deja leer desde el primer cuento, en el que nos siembra la idea de que estamos ante un buen cuentista; nos confirma que estamos ante un narrador digno de las Mil y una noches en el segundo; en el tercero nos hace preguntarnos si Badillo se ha intoxicado con Borges y otros retos; en el cuarto nos regresa a la sospecha de que el escritor conoce su cuento y sabe contarlo; en el quinto nos regresa a Borges, ahora agravado por Edgar Allan Poe; en el sexto nos vapulea con una maestría digna de Chejov; en el séptimo nos convence con un fino cuento de corte policiaco; en el octavo nos obliga a reconocer que los cuentos con animales le salen muy bien a Badillo… y en el último nos demuestra que a este volumen le sobra un cuento (lo que no es nada extraño: a todos los libros de cuentos les sobra por lo menos un cuento).

Con este libro Badillo se suma a la ya larga y respetable lista de buenos cuentistas que han sido descubiertos por la Colección Ficción de la Editorial de la Universidad Veracruzana: García Márquez, García Ponce, Juan Vicente Melo, José de  la Colina, Eraclio Zepeda, Enrique Serna, Lazlo Moussong, Severino Salazar y un largo y generoso etcétera.