Cirlot o el corazón en llamas

Sobre El peor de los dragones. Antología Poética 1943-1973, de Juan Eduardo Cirlot

Jorge de Arco

El peor de los dragones. Antología Poética 1943 -1973
Juan Eduardo Cirlot
Edición de Elena Medel
Siruela. Madrid, 2016

 

“Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo,/ y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde/ cedió a las hijas de los hombres y devino hombre,/ el ángel es el peor de los dragones”. Con estos versos, concluye el poema “Momento”, de Juan Eduardo Cirlot. Y de él, precisamente, toma el título esta compilación que me ocupa, El peor de los dragones.

El volumen da cuenta de tres décadas de creación poética, 1943 – 1973, y reúne un amplio material lírico que abarca más de treinta poemarios.

Juan Eduardo Cirlot (1916 – 1973) dedicó su vida al mundo del arte y la cultura. Poeta, crítico, músico, mitólogo…, está considerado uno de los intelectuales más relevantes de la posguerra española. Si bien su labor no alcanzó la difusión y la repercusión merecidas, su impronta sigue viva y vigente, y somos muchos los que, hace ya tiempo, venimos disfrutando de su versátil sabiduría.

Cirlot supo conjugar lo terrenal y lo espiritual, la dicha y el escepticismo, lo sencillo y lo erudito, la verdad y la ficción. Y lo llevó a cabo no sólo desde el goce y el conocimiento con que se entregaba a su quehacer, sino también, desde la indagación, la perplejidad y la conciencia crítica que le comportaba su proceso creativo.

El escritor catalán no quiso extremar tanto su mensaje como ya hiciera, un siglo atrás, Arthur Rimbaud: “No comprenderéis del todo y no podría casi explicaros”. Cirlot sí quiso y supo explicarse, sí quiso y supo elaborar una obra original y personalísima. Su universo literario se basa en una sutil y sugestiva asociación de imágenes solidarias, fraternalmente heterogéneas, que devienen en la expresión de un lenguaje que no podría haber sido expuesto desde otra perspectiva. Aprendió a transmitir un estilo moderno, vanguardista, alejado de las estéticas dominantes del momento, -sobre todo del cacareado y maniqueo grupo catalán del 50, Carlos Barral, Gil de Biedma, Goytisolo…-.

Reveló su tarea de la forma más honesta que cabe: persistiendo en su gusto y en su realidad. Y se rebeló contra la ignorancia, contra la incultura y la deshonestidad de la que se rodeaban muchos  paniaguados de la pluma y el pincel de la época.

Consciente de la fuerza de su palabra, del poder que brotaba de su revolucionaria concepción artística, Cirlot fue concretando sus experiencias líricas mediante la legitimidad de un verso derramado, torrencial, exigente, con el cual navegar y sumergirse, a la vez, por los territorios de la ruptura y la innovación.

Su serie lírica de Bronwyn -basada en la actriz Rosemary Forsyth, protagonista del film El señor de las guerras-, es uno de los ciclos más impactantes de la poesía española del siglo XX. A él se entregó en la última década de su vida y, con él, alcanzó su plenitud creadora: “Las hierbas son tan rubias como tú/ lejos de la ceniza que me aleja/ para siempre sin hierro./ La muerte es el pantano de los cruces (…) Bronwyn,/ si no puedo ser tú, si no podemos/ ser ángel,/ ¿por qué la niebla es gris sobre el mar gris? (…) Mi armadura deshecha se deshace/ y de sus mallas muertas salen fuegos/ azules, Bronwyn; puedo verlos, tiemblan./ Tiro el guante de hierro, soy tu siervo./ El mar que me compaña por un mar/ de sombra se deshace en el vacío./ Estoy ya cansado de estar muerto y ser”.

Convertido en un fabulador sin fronteras, en un alquimista del verso, el conjunto de su poesía es una suerte de producción enigmática, distinta, permutatoria, obsesiva y fascinante. Una poesía, al cabo, que se reconoce en el gesto de lo alegórico, en el deslumbramiento de lo dialéctico, en la trascendencia de lo visual: “Todos los pasos tienen la forma del pasado;/ de un pasado sin boca para besar la orilla/ de otra existencia hermosa que nunca se ha tenido/ a pesar de las fiestas del corazón en llamas”.