El viejo de los chivos

Cuento

Luis González

luis-gonzalez-narrativa-otrolunes44-1Luis González Guevara (La Habana, Cuba, 3 de junio de 1963). Hizo sus estudios básicos en la capital. Confiesa que “aunque aspiré a cursar una carrera de letras, que siempre me han apasionado, las aguas tormentosas de mi destino en revolución, me llevaron a estudiar una de ciencias. Terminé graduándome en la ex URSS como especialista en protecciones eléctricas para centrales nucleares. Al regresar a Cuba, no pude canalizar mis sueños de escribir ni de publicar. Viví arrastrado por la sofocante inercia del día a día, donde había mucho de que escribir, pero poco o casi ningún modo de materializarlo. Fue frustrante, porque ni siquiera puedo aludir el pretexto de haber tenido delante de mí una hoja en blanco. La respuesta a semejante vacío está en ese largo y plúmbeo periodo que nació a finales de 1989 y todavía, como el Cid, cabalga a sus anchas por nuestra geografía”. Nueve años después de su regreso de la Unión Soviética, en 1996, encontró la posibilidad de salir del país y se asentó en  Alemania, desde donde participa, entre otros, en la revista Correo Cuba, la web Latinos en Berlín y el blog de cuentos  cortos (In)correctamenteclaro.com

***–***

Cuando llegamos a Angola, pensábamos que, como oficiales de la contrainteligencia, más conocida por sus siglas CIM, no saldríamos de Luanda y sus alrededores. Allí era donde el enemigo tenía destacados muchísimos agentes encubiertos y se hacían sabotajes y acciones de propaganda contra nuestra presencia en el país. Pero cuál sería nuestra sorpresa cuando nos mandaron a reforzar a nuestros compañeros en Lobito. Estábamos acabados de llegar y los veteranos nos llamaban “carne fresca”.

Estos traslados se hacían en los AN-26, pero el que estaba disponible para nuestra unidad, estaba averiado. Uno de los motores recibió varios impactos de bala y no parecía que lo repararían enseguida. El coronel Mora ordenó meternos como sardinas en lata en una caravana que salía en esa dirección y nos recomendó estar atentos a todo y dispuestos a ayudar a los caravaneros en lo que fuera. Se comentaba en las barracas que ese camino era una ruleta rusa, que las partidas podían estar días o semanas en el camino, según la animosidad del enemigo.

La nuestra se detuvo por primera vez a las cuatro horas de haber partido porque la vanguardia de zapadores notó algo raro en una curva. Varios de nosotros aprovechamos la parada para salir del horno con ruedas donde viajábamos comprimidos con parte de la carga. Algunos prefirieron estirar las piernas, otros fuimos a mear a la cuneta. Entonces fue cuando lo vi.

Era un negro encorvado, con el rostro marcado por la viruela y la barba y el cabello muy corto, todo cubierto de canas. Llevaba el torso huesudo y sudado al descubierto, como si el sol nuclear que flotaba sobre nuestras cabezas no le molestara en lo absoluto. Estaba parado a unos cincuenta metros de nuestro camión, al borde del camino, apoyado en una vara de madera larga y nudosa. A su alrededor había varios cabritos enclenques que mascaban con fruición la áspera hierba rala que crecía pegada al asfalto.

Lo primero que me llamó la atención fue que nadie le dijera nada, aunque estaba observándonos sin recato alguno. Parecía ser invisible a los hombres que se movían entre los camiones cisterna y los blindados. Lo primero que me pregunté fue: ¿cómo permitirán semejante cosa? Si estamos temiendo minas o emboscadas, ¿cómo íbamos a dejar a un tipo que se acercara a los vehículos y nos observara tranquilamente? Desde donde estaba, podía contar cuantos éramos y el armamento que llevábamos. ¿Y si era un espía de la UNITA?

Me acomodé el AK que colgaba de mi hombro y me dirigí en su dirección. Vi cómo me lanzaba una mirada de reojo. Me pareció asustado, pero no se movió ni un centímetro. Cuando faltaban escasos pasos para llegar hasta él, escuché una voz a mis espaldas que gritó advirtiéndome:

–¡Ni se te ocurra!

Me giré a ver quién era y vi al mayor Monchi sentado sobre una BTR-60, con su fusil sobre los muslos y secándose el sudor con un pedazo de toalla vieja. Me acerqué al vehículo, me cuadré, lo saludé y le dije:

–¿Lo conoce, Mayor?

El oficial lanzó un suspiro y, mirándome a los ojos me respondió:

–Déjalo tranquilo.

–¿Cómo dice?

–Que lo dejes tranquilo, lo dije alto y claro, ¿no? Aquí todos lo conocemos y no se mete con nadie. Regresa a tu camión.

–Discúlpeme, pero hay normas… Por nuestra seguridad, este hombre no debería estar ahí…

–¿De verdad? Escúchame bien –me contestó el mayor acomodándose la bisanga roja, negra y blanca con rayas azules que llevaba al cuello mientras me observaba entre curioso y sorprendido–, los que no deberíamos estar aquí somos tú y yo ¿De acuerdo? Simplemente ignóralo y regresa a tu camión, que ya nos vamos.

Me volví a mirar al hombre, que seguía mirándome con sus ojos acuosos, su rostro de una tristeza ancestral, como la de esos santos martirizados de las pinturas del medioevo, mientras sus cabritos balaban y se comían la hierba de la cuneta. Me acerqué más a la BTR y le pregunté:

–Tal vez… Tal vez quiere que le demos algo de comer, un par de latas de “Vanderland”

–Oye, chama, –me gritó exasperado el artillero de la BTR sacando por la escotilla delantera su cabeza negra, sudorosa y rapada– ¿tú eres sordo o qué pinga? ¡Deja al viejo en paz y desaparécete! ¡Cojones!

–Hey, hey, –le advertí al soldado mientras me tocaba una de las charreteras– ¡Cuidado como hablas conmigo! Comemierda. ¡Aguántate la boca!

El tirador intentó salir como un bólido de dentro del blindado, ignorando mis grados y mi advertencia, pero el mayor lo retuvo diciéndole mientras le sonreía:

–Deja eso, moreno, no te busques problemas, que estos chamas solo están de pasada.

Y señalándome con un dedo largo y grueso, me ordenó:

–No te lo voy a repetir una vez más… Súbete al GAZ y deja de joder con el viejo. ¡Dale!

Regresé despacio con el escozor de las ofensas frescas en la cara, acompañado por las risitas socarronas de los soldados que vieron el lance. Unos minutos después la caravana se puso en marcha y llegamos a Lobito deslomados, pero vivos.

Atravesamos la ciudad rodando por calles desiertas, sucias y fuertemente vigiladas. No pocas fachadas estaban descorchadas por impactos de proyectiles de diferentes calibres. Los carteles con propaganda política estaban parcialmente arrancados y pródigamente salpicados con pintura negra. Nuestros francotiradores nos observaban con sus mirillas desde las azoteas.

Cuando salté del camión, traté de llegar hasta la BTR del mayor Monchi. La verdad era que no quería quedarme con la picazón, pero no pude ni dar dos pasos, porque el jefe de la CIM, el coronel Méndez, y varios de sus subalternos nos estaban esperando para darnos la bienvenida y transmitirnos las primeras orientaciones. Nos fuimos con nuestras pertenencias a una barraca donde nos habían montado las literas, mientras un hormiguero de reclutas descargaba municiones y comida de los camiones y los remolques.

El movimiento de pequeños, pero muy activos grupos de la UNITA tenían la zona convertida en un polvorín. –Fue lo primero que nos informaron–. Varias escaramuzas en las carreteras y dos ataques con morteros a los emplazamientos de nuestras tropas estaban poniendo en entredicho la efectividad del control militar en la región y parecía muy posible que estallaran revueltas impulsadas por los seguidores de Sabimbi. Méndez no lo dijo, pero ya se sabía que los primos del MPLA, no estaban muy dispuestos a poner su pellejo en peligro. En Luanda nos contaron que tan pronto sonaba un tiro se desaparecían de la escena. Por lo tanto, la peor parte nos tocaba hacerla a nosotros. Nos pidieron que comenzáramos enseguida nuestro trabajo con los nuevos reclutas del Partido do Trabalho, mientras los del CIM local se ocupaban de investigar en la ciudad que ya conocían bien.

Cuando salíamos del comedor donde nos reunieron, encontré al sargento Gonzalo, más conocido por El Loco Gonzalo, que formó parte de nuestro grupo en la capital hasta que lo mandaron a custodiar caravanas por dormirse a piernas sueltas en una guardia. Nos dimos un abrazo y nos pusimos enseguida al día de cómo nos iba, hasta que me dijo con voz cascada que todavía estaba de un lado para el otro con los caravaneros. Estaba seguro que el Alto Mando se había olvidado de él. Entonces fue cuando le conté lo que me había pasado con Monchi y su artillero. El Loco abrió mucho los ojos y bajó bastante la voz cuando me dijo: “Monchi, ¡Ñooo! ¡ya tú sabes!… Ese tipo es de pinga”.

–Ya lo sé, –le respondí–, pero no puede estar jugando con la seguridad de la columna ni con la vida de los soldados. ¿Qué coño se piensa?

–Él está al mando, asere. Se lo dieron cuando mataron al teniente coronel Fleitas, hace seis o siete meses. Desde que Monchi la dirige, no han tenido más bajas. La gente dice que como es babalawo…

–No jodas, Gonzalo. ¿Tú crees en eso?

–Ni creo ni dejo de creer. Escucha, el tipo que te insultó es la mano derecha de Monchi, se llama Bideaux… Nosequé Bideaux, tiene un nombre raro con cojones, por eso todos lo conocen por el haitiano. Y ese es tanto o más brujero que el mayor. Dicen los caravaneros que siempre lleva su eleguá en la BTR… Yo prefiero no pensar en eso.

–Pues si sigue haciendo lo que le sale de los cojones, no habrá eleguá que les abra el camino, a no ser que también quiera vía libre al cementerio. Yo tú, hablaba con él… No te olvides cuál es tu trabajo aquí. Tú eres del CIM, la contrainteligencia, ¿ok? No un lleva y trae. Dime, ¿tú te vas en la caravana de vuelta a Luanda?

–¡Claribel! ¡Y jamando soga todo el tiempo! Voy bien alantico, con los exploradores.

–¡Qué singaos son!… Bueno, si vas adelante y te encuentras al viejo u otro lugareño cualquiera en la carretera, desalójalo de allí. Ya escuchaste como está el mambo. No te busques lo que no está pa’ ti. ¡Espántalo de allí!

–Oye, oye, que yo no quiero líos con Monchi…

–¿No quieres líos? Bien, entonces deja tu suerte en las manos de un coco seco con ojos hechos de peonías y la boca con un caracol de jardín. ¡Vaya militante de la UJC que eres! Por si acaso, yo haré un informe y lo mandaré mañana a la jefatura. Esas negligencias después revotan y cagan al que menos tiene que ver con ellas. Yo me lavo las manos… Por si acaso.

Gonzalo pateó una piedra que tenía justo al lado de la bota derecha, meneo la cabeza negando, pero al escuchar pitar a los camiones llamando a la tropa, me dijo:

–No te preocupes, tú tienes razón, esos negros están locos. Yo me encargo de eso. A mí sí no me van a mandar en una guayabera de palo pa’ la casa.

–¡Así se habla! –Le contesté dándole un par de palmadas en el hombro–. Tú no tienes que poner el muerto. Estamos muy jóvenes todavía.

Gonzalo me abrazó, me pidió que me cuidara y salió corriendo en dirección a un GAZ-66. Lo vi como saltó a la cama, perdiéndose detrás de la lona verde olivo. Cuando la larga fila de transportes se alejó levantando mucho polvo y sonando sus cornetas, me sentí más aliviado. Mi amigo era un poco barco, se le pegaban las sábanas, pero le gustaba mantener su pellejo intacto.

Lo que pasó después no está claro. Aquellos que vieron realmente qué ocurrió en la vanguardia de la caravana, no vivieron para contarlo. Algunos dicen que los zapadores se detuvieron porque vieron algo en la cuneta que les llamó la atención y se acercaron a comprobar. Los que defienden esa versión aseguran que allí había varias ofrendas de santería; un par de mazorcas de maíz tostado, una vasija de barro con plumas, una botella de ron, frutas y cosas así. Mirando aquello estuvieron un buen rato. ¿Por qué se demoraron tanto? Eso es un misterio, pero se puede explicar por la suspicacia de los zapadores, que sabían que una mina de contacto se escondía donde más posibilidades tenía de explotar. No era un secreto que la UNITA y los sudafricanos conocían las supersticiones de nosotros los cubanos, casi todos negros, mulatos y blancos de orilla. Podían haber usado aquella ofrenda como trampa para esconder una de estas.

Otros dicen que no fueron los exploradores los que se detuvieron, sino Monchi, que hizo frenar de golpe su BTR y salió por la torreta a mirar a un lado y a otro. El mayor sacó sus binoculares y estuvo así como cinco minutos oteando el horizonte hasta que comenzó el ataque. Nadie contó nada sobre un negro viejo con unos chivitos pastando. En lo que todos están de acuerdo es en que la larga fila de vehículos se detuvo demasiado tiempo, sin avisar por la radio de que lo harían. Eso creó el desconcierto en la columna y el enemigo, que no les quitaba el ojo a los largos convoyes de suministros lo aprovechó.

Los caravaneros contaban que las granadas de fabricación china abrieron unos agujeros tan grandes que parecían cráteres lunares. El ataque fue contundente y letal. Hicieron ocho disparos de morteros y se largaron. Cuando llegaron los helicópteros, ya era tarde. Solo encontraron las marcas en la tierra removida y quemada en el emplazamiento de los tubos de la UNITA.

Esa misma noche comenzaron mis dolores de cabeza, mis mareos, mis pesadillas, mis monólogos interminables con la nada… Aunque se lo expliqué a los médicos, ellos no creen lo que les digo. Esos comemierdas dicen que eso es imposible, que no existen evidencias científicas para dar como valido que mi cerebro se conectara con el de Monchi… Que los muertos no pueden hacer eso, que necesito más descanso, un tratamiento más fuerte… Pero yo sí sé. Fue esa noche, cojones. ¡Fue esa noche! Lo recuerdo clarito, me desperté de un salto, dando un grito, con el rostro de Monchi destrozado y sanguinolento impregnado en mis retinas. Sentí en mis tímpanos como latía su corazón, acelerado, violento, y como de pronto… De pronto se paraba…. Pum, pum, pum, pupum, pupum… Y… ¡Ya! Así se fue ese cabrón brujero.

Después, una desazón constante se encajó como un clavo en mi cerebro. No podía… No puedo dormir, y cuando caigo por el peso del cansancio y las pastillas, Monchi aparece a joderme. Seguro que solo Dios y el difunto saben que esto es un martirio imposible de soportar. Mi castigo comenzó justo a la hora que se murió ese brujero, en el hospital de Lubango. Aunque esos psiquiatras comemierdas dicen que no y que no y que no.

Cuando dejó esta vida por una seguramente mejor, el muy hijo e puta me soltó ese mal de ojo, o lo que sea que tengo. Cuando me contaron que él repetía todo el tiempo unas palabras raras, supe lo que querían decir. ¿Saben por qué? Porque esa sensación de saber cosas, de escuchar, de verlas sin estar ahí también está empotrada dentro de mi cabeza desde ese día…. Pero ellos dicen que no. Pero yo sí sé. Ahora entiendo que estaba pidiéndole… Estaba orándole a San Lázaro, a Babalú, al viejo de los chivos o a quien fuera por su alma. Estaba pidiendo en su agonía el castigo a sus enemigos.

Él ha oído sus pedidos… Lo malo de todo esto es que yo, ni sé pedir por la mía ni tendré paz.