Frenáptero (III)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Marco Tulio Aguilera Garramuño vuelve a sorprendernos.

Luego de habernos honrado con la publicación por entregas en estas páginas de su novela  Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental, que acaba de publicar la editorial mexicana Incunábula, nos propuso publicar una nueva novela: Frenáptero.

¿Cómo decirle no, si es uno de los escritores latinoamericanos más exquisitos de la actualidad y si, además, tiene la paciencia y la gentileza suficiente como para que podamos ofrecer a nuestros lectores sus colaboraciones como uno de nuestros columnistas?

Continuamos así, en este número, con la segunda entrega de esta, una nueva aventura literaria de Marco Tulio. Es un placer, como verán ustedes, leer a este colombiano asentado desde hace muchos años en Xalapa.

Redacción de OtroLunes

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En el primer fragmento presentamos, recuerda, oh, paciente lector, al frenáptero Adolfo Montaño, un muchacho encantador que practica todas las artes imaginables y que discurre como un arroyo fresco por las soleadas y polvorientas calles de la ciudad de Cali a fines de los años 70. En el segundo fragmento asistimos a los problemas altamente metafísicos que le plantea la dura existencia cotidiana en un territorio roturado por la salsa y el control. En éste tercero…

 

 

En ocasiones el rapidógrafo de tinta verde imperial se niega a escribir sobre los cuadernos y se empeña en manchar caprichosamente la camisa blanca de Adolfo. Los viajes al paisaje y las aventuras que allí tiene con sus amigos dan motivo, muchas veces, para bajar las colinas rodando ya sea en alas del pasto gigante humedecido por el rocío o en los brazos de un sendero de barro bermejo tejido por generaciones  de bestias de carga. Cuando regresa a la ciudad, a la que llama el antipaisaje, Adolfo porta varias noches de lucidez interrumpida, un hambre de ogro inhumano y suciedad en toda la expresión y profundidad de su cuerpo. Sólo se salvan del desastre el blanco de una sonrisa llena de felicidad y el cristalino de sus ojos. Entonces, en los grandes regresos, es cuando la ciencia lavadora de las tías adoratrices logra retornar al mundo un Adolfo renovado, parpadeante de asombro, que después de dormir 48 horas seguidas abrazado a sí mismo y a sus sueños, puede recopilar fuerzas para volver  a la casa de su madre. Ni las tías amantes ni Adolfo revelarán el destino del frenáptero durante los días  y noches que se eclipsó de su órbita convencional.

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Desgraciadamente el orden de las cosas no obedece a los  caprichos de Adolfo. Los hombres no reconocen su originalidad sin par. Generalmente los jueces no están dispuestos a  descifrar doscientas páginas de literatura alada que hay que paladear  palabra por palabra, literatura que trata de entender superando el asombro creciente, los límites de lo imposible por bello y recursivo,  literatura que crea una nueva lógica que a pesar de su radical diferencia con todas las conocidas, se instala con naturalidad como la única verdadera, verosímil y definitiva.  Y menos comprenderán los jueces, pues los escritos del frenáptero están fijados sobre el papel con  tinta de pálido verde y está cifrada en caracteres  arcaicos, aunque quizá las viñetas si les llamen la atención.

Además, ellos siempre piden original y tres copias.

Posiblemente algún juez curioso, para descansar del aburrimiento  que le ocasionan las novelas de amores aventureros, hombres muy braguetones, rocanroleros perniciosos o violencias inexplicables, haya leído con dificultad y regocijo esas historias en las que los personajes metiéndose un dedo a una ventanilla de la nariz sueltan a quemarropa una sentencia irrefutable, esplendida, que dejaría a cualquiera pasmado y con el lápiz de subrayar  la realidad tembloroso entre las manos. Tal vez el mismo lector judicioso haya  hecho una marca al lado de la página o doblado una  esquina de ella para rememorar  ante sus pares, a manera de caso de literatura exótica,  esos paisajes que se antojan únicos  y que se rasgan como papel de utilería teatral y que luego son recompuestos  minuciosamente con cinta trasparente, no sin antes dejar el atisbo de otro miraje aún más impensable, imagen sin  duda rebajada de un infinito esplendor que yace muy a transpaisaje.  Acaso el mismo juez, extremando su benevolencia y abusando de su ocio, se haya reído de las bandadas  de ángeles de mala calidad que pasan  por el cielo y se deshojan de sus alas al menor golpe de viento. Incluso es probable que el hipotético juez  comente con sus compañeros la excentricidad rabiosa del texto de Adolfo. Pero las cosas no pasaran de ahí.

El hecho es que Adolfo no ha ganado ningún concurso de novela y el piano de Madame Renard, el piano que quiere comprar,  sigue aferrado con sus cuatro platas al piso de la sala de su casa penitencial, sin que las ruedas y el aparato  biciclal necesarios, lo pongan a cantar para el llano pueblo.

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En cierta ocasión estuvo considerando la  posibilidad de hacerse ministro del Señor.  A ello le impulsaba la fácil confianza con que trata a su Padre. También, no hay que ocultarlo, la creencia de que en el acto de ordenación le sería entregado para su custodia, cuidado y goce un gigantesco órgano  de largos tubos brillantes en el que podría interpretar a su antojo todo lo de su amigo Juan Sebastián. Cuando supo que todo ello era posible, considerando el paso de los años y la  suma de méritos  que alcanzara, pero no necesario, puesto que en Colombia acaso sumaran apenas diez los órganos monumentales en funcionamiento, Adolfo se arrepintió.  Pero sus mañas le quedaron. Ahora, como castigo al Señor que se atreve a poner obstáculos a su alta misión, el frenápatero habla a su Padre Omnipotente en cualquier circunstancia y le impone la solución de los problemas más cotidianos. Le dice “Papi “con aires de primogénito  y a menudo enlaza los dedos en actitud patriarcal  como si estuviera acunando una gran barriga, y hace girar rápidamente sus pulgares mientras tiembla su imaginaria papada doble.

Quizás también de los tiempos en que quiso ser obispo le quede el voto de castidad que han amenazado tantos y tantas con tan desdichada suerte.

Otro problema del frenáptero es no haberse acostumbrado por completo las leyes de la física, a los comportamientos usuales de los seres móviles y a los hábitos sedentarios de las plantas. Para él  la realidad es infinitamente bella y recursiva. Que los cuerpos caigan hacia abajo y que ello tenga relación con los majestuosos saltos de agua, con las cagarrutas sorpresivas de las golondrinas  o los derrumbes en los Andes, sigue siendo motivo de maravilla y alborozo. Para Adolfo un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sin una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito. Y un árbol abrumado por el asfalto, el smog y los puñales de los enamorados, no es tal, sino una encarnación perfecta de la vida: bajo él está el reino de la muerte, en las ramas se encuentran las hojas y en cada hoja se halla escrita la existencia de un habitante de la ciudad; el suave viento que mueve las ramas configura los sentimientos leves y amables; los vendavales cifran pasiones intensas, crímenes, catástrofes. La suma de todos los árboles, con sus troncos, ramas, hojas y raíces, forma el tejido  secreto de la historia de la ciudad con su presente, pasado y futuro.

Una vez que se conoce lo anterior, es perfectamente explicable la afición desmedida de Adolfo por bosques, alamedas y jardines, también sus súbitas ausencias  del anti pasaje. “La realidad es, dice, una obra de arte que está ahí, esperando el ojo iluminado, el parpadeo al instante, aguardando el corte violento del tiempo y el espacio. La realidad es modesta: no lleva firma de artista alguno, no se envanece de sus colores, formas y astucias. Está ahí, simplemente”. Adolfo aprecia también las inmodestas obras de arte que sí llevan firma. Le cuesta mucho trabajo leer la media docena de libros que considera fundamentales. Por eso lleva cinco años leyendo En busca del tiempo perdido y no ha podido pasar del primer volumen. Una de la razones de ello es que en cada página encuentra rincones de pasmo, frases afortunadas, maridaje de sustantivos con adjetivos qué le parecen exquisitos y que exijen largos períodos de paladeo, degustación, uso y archivamiento.

El frenáptero da cuenta de otro obstáculo qué se opone a una lectura fluida: “Estoy leyendo una frase y de pronto escuchó el tic tac del reloj que afirma intermitentemente la presencia de los objetos.” Adolfo medita mordiéndose la falange primera del dedo gordo de su mano derecha. El codo de la rodilla doblada, el pie girando sobre el tobillo, el ceño fruncido en fiero y bello pensamiento. “Se trata, dice, de una lucha entre las obras de arte con firma y La Gran Obra de Arte sin firma. Y yo estoy en medio de los fieros espadazos, los golpes de lanzas aguzadas, el vuelo de las esferas de hierro armadas con pinchos terribles, el polvo, el sudor y las bárbaras maldiciones. Estoy en medio, solo y sin armadura. Cómo no vivir apabullado por semejante choque de mundos”.

Lo que es un padecimiento pero también puede ser goce  perpetuo. Le basta ir de una habitación a otra para descubrir que ha pasado de un Vermeer  a un Georges de  La Tour. La luz de una vela de cinco pesos le proporciona un Rembrandt; la penumbra de un desván y la sospecha de algunos cachivaches de modista, un Goya; el choque del sol contra los cuerpos en la playa de la Bocana, un Matisse.

Adolfo se ríe de quienes gastan cinco mil dólares para visitar museos. Caminar al  lado de él  enseña más sobre la belleza del mundo que una vida entera de viajes y estudios.

“He aquí una nueva imagen de la eternidad: una vaca lamiendo una roca de sal del tamaño de la tierra; cuando le reste solamente un fragmento tan pequeño como una semilla de trigo -dice Adolfo- habrá transcurrido la primera fracción del primer instante de la eternidad”.

Adolfo sentado en el Banquillo de las Reflexiones alcanza  vertiginosas alturas.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.