Caminar sobre el agua y otros poemas

Poesía

José Poveda Cruz

José Poveda Cruz (Placetas, Cuba, 1961). Ha Publicado los libros: Cercos que Teje la Memoria (Ediciones Holguín, 1990), Estado de Gracia (Ediciones La Luz, 1998), El Bosque y las Sombras (Ediciones Holguín, 2004), El Círculo y las Cenizas (Ediciones Holguín, 2010), Otras veladas profecías (Ediciones Holguín, 2013) y Señales de humo (Ediciones Holguin, 2015). Su obra ha sido recogida en numerosas antologías de Cuba y el extranjero.

–***–

 

Caminar sobre el agua

Todos tenemos nuestro Buey
Alejandro Fonseca

Las bestias del olvido no beberán de estas aguas,
simplemente me aventuré en la torpe tentativa de  transitar sobre ellas,
a tender un puente luminoso entre el légamo y la madrugada
cuando, aún, no se habían dispersado los bueyes en los páramos,
cuando  esos mansos animales tendían ansiosos sus belfos
y husmeaban la llegada imperecedera de la luz.
Me dijeron: “solo quien camina sobre el agua es capaz
de sortear los  obstáculos entre el oleaje y la brisa nocturnal”.
Mis pisadas eran tenues círculos concéntricos en la medida
en que avanzaba, una fuerza temible me sostenía como una madre
aguanta una criatura y la amamanta, cantándole canciones al oído.
Canciones de doliente sirena, de Rusalkas  eslavas, blancas
como lágrimas  de la    leche de  abedules silvestres.

Nadie me dijo: espera.
Nadie me dijo: olvida.
El olvido es una bestezuela tímida y generosa  que no pretende glorias
porque su plan se aproxima al pasado y juntos
conciben el  eterno   propósito de una irascible eternidad.

Yo solo pretendía  avanzar  sobre el agua y sentir en mi rostro
el frescor del viento cuando las olas se aproximan al acantilado.

Todos me vieron alejarme y nadie levantó su mano para decir adiós.
En ese instante supe que caminar sobre el agua es tan solo un pretexto
para excluirnos de nosotros mismos, e incluso de  los amigos, quienes
te servirán de puente cuando veas que el retorno es el inevitable resultado
de haber acariciado la testuz de esas bestias,
que ahora te miran con actitud un poco más piadosa.

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Las puertas

Mientras arde la llama de la vela.
Mashina Vremeni (La máquina del Tiempo)

 

Hay días en que quisieras salir de la casa, tirar las llaves y no mirar atrás.
Y cuando tienes a tu alcance sucesivas puertas,
las puertas que elegiste y detrás de una de ellas te esperan  la victoria o la derrota,
entonces, quién pudiera ayudarte a tomar la decisión precisa?
a elegir el llavín correcto, la cerradura más pulcra, el picaporte de los sueños rotos.
Acaso pudiera ayudarte la poesía, esa  voluble y terca consejera?.
Pero la puerta exacta está detrás del muro. Un muro de contornos de bruma
incrustado en el anverso de una realidad que nunca te satisfizo del todo.

O cuando las  ensayadas circunstancias no son  más que un juego de canicas
una máscara, el borde de un precipicio al cual casi has llegado
mientras jugabas con los ojos vendados al juego de la gallinita ciega.
Pudieras entonces elegir una opción: tirar  las llaves sin conocer aún
cuál de las puertas era la elegida o volver tras de tus pasos
con  el temor de que al tocar el picaporte alguien te abra
te invite a entrar y luego de saludarte cordialmente
te entregue otro juego de llaves exactamente igual
al que siempre has llevado dentro de los bolsillos.

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Las huellas del sonido

Vienes, desde otra soledad,  a compartir mis miedos
los metales oxidados, que muy dentro de mí, aún tañen
con el débil sonido de campanas partidas.

Juntos podríamos, es un decir, romper este conjuro
antiguo como  niños que juegan a la Ouija
y escoger entre el si o el no
mientras nuestras manos se desplazan por el tablero
llevadas por los vientos de la orfandad.

Preguntar sobre quien nos convoca  sería lo ideal
alguien siempre llama, pronuncia nuestro nombre
de manera muy queda: pero no lo escuchamos
porque estamos sordos y muchas veces mudos
de tanto desamparo.
Tu entereza es lo suficientemente poderosa
para  que mis temores se conviertan en ceniza
para que las varillas de incienso  se transformen en perdurable
giro de  volutas de humo.

Nos hemos dicho adiós sin apenas encontrarnos
pero supe en la lectura de tus manos que vendrías
porque en la línea de la vida corre un rio muy corto.
Y en cada uno de sus afluentes
nace y muere  un deseo.
Yo quería que vinieras para mostrarte mi visión la ciudad al alba.
Tu perspectiva era otra, paladear la villa, olores de
otros  sueños,que,al ser vividos con la plenitud de tu edad
se convertían en  quimeras.
Dejaste a tu partida  una huella muy tenue
pisadas monacales sobre el humo de un monasterio vacio
y un enigma, que aún no alcanzo a entender,
en las volutas  del incienso calcinado.

–***–

Recuerdos de Aerolíneas

He pasado la noche escanciando licores en Aeropuertos y he visto a los aviones
aterrizar cual aves de paso, dejando su carga de pasajeros somnolientos que se tambalean al trotar. He estado en innumerables aeródromos mirando a las hermosas
azafatas que se apuran nerviosas a ocupar su turno en las aves de hierro.

Yo trataba de restarle importancia al asunto, o tal vez-lo más probable-era muy joven para entender el trajinar de los invisibles aposentos donde a nadie le importas y donde todos se extreman para llegar a  algún lejano lugar donde alguien los espera. Con ansias tal vez-
con el dilema de los suicidas o los desesperados.
Me iba a beber a los aeropuertos, a acabar con las penas, los recuerdos, con mi mente que
no cesaba   de cavilar las veinticuatro horas.
Veía como una tras otro caían sobre la pista los aviones  y un tropel de empleados vestidos con
trajes amarillos que centelleaban en la noche abrían con presteza las portezuelas.
Hoy bebo mi enésimo café en la madrugada y recuerdo los aeropuertos: Sheremetievo, Borispol, MinVodi, Gander, Barajas, me daba igual: todos eran iguales, simétricos pulcros, eficientes y  frios.Ni siquiera el Vodka podía descongelar la  insensibilidad que me embargaba en la soledad de los aeropuertos, ni la sonrisa triste de las aeromozas

O las chicas de ocasión que me hacían compañía y reían de mis chistes ajados
como ellas mismas. Como la noche de los aeropuertos. Con olor a desinfectantes
navideños, como si santa Claus, desembarcara  con una carga increíble de juguetes
para decir que al fin: había cumplido el plan y cada uno de nosotros ya podía ser feliz.
Ya las cosas habían sido puestas cada una en su justo lugar.
No había nada que temer, ni nada que perder. Salvo la prisa por alcanzar el  boleto
para el próximo vuelo.