"El camino de un personaje es extremo y el autor debe ser fiel a ese espíritu"

Entrevista con el escritor español Carlos Cuesta

Héctor García Quintana

A veces la forma en que se organiza la vida profesional convierte la clausura en un grado de la felicidad y participar de alguna vida social se convierte a ratos en un hastío. Pero como en todo hay excepciones, si la cita es para hablar de una novela y compartir opiniones a camisa quitada sobre la ficción, la invitación puede ser un verdadero placer.

Con Carlos Cuesta era una cita obligada. Habíamos compartido durante un año lecturas y argumentos, (no siempre comunes, como debe ser) en un Máster de lenguas hispanas en Francia. Desde Phillipe Lejeune o Roland Barthes hasta Susan Sontag o Anthony Wall, estábamos transitando una senda donde el cine y la literatura se convertían de forma indistinta en presa y escopeta, establo y altar, motivo y resultado.

La publicación de Tatuaje, su primera novela luego de varios años de ejercicio periodístico en prensa hablada y escrita, y de intentos ficcionales en privado, era, pues, una ocasión ineludible. Gracias a la editorial El Barco Ebrio, conocemos una historia de amor contada en dos tiempos e individuos: uno que la vive en plena guerra civil española y el otro que la encuentra en nuestro tiempo de ética y conciencia solubles, según el decir de Bauman.

Tatuaje, luego de varias reseñas, noticias y alguna entrevista televisiva, era el impulso para volver sobre el ejercicio de la novela, para adentrarnos en el espinoso asunto de los entresijos de la creación ficcional, hablar otra vez sin tapujos sobre cine, libros, de la infancia, de los recuerdos, con el mismo desparpajo conque antes habíamos deshuesado las crónicas taurinas de Hemingway o los capítulos de The Walking Dead; y si hubiera alguno, con la compañía de un buen Ribera del Duero que no dejara temas entre el destape y el poso final. Así que, sin barreras ni censuras, le pregunto.

 

Carlos, ¿por qué Tatuaje?

Si se refiere a por qué comencé a escribir Tatuaje, no fue algo premeditado. Ya había escrito varios relatos cortos, bastante poesía, dos novelas no publicadas y mucho periodismo. Me sentía preparado para afrontar un libro serio y digno, pero no lograba decidirme por un tema. Acababa de adherirme a la Asociación de Escritores Noveles y tenía ansia de escribir. Un día recibí un correo electrónico de la delegada de Valladolid; planteaba a los socios la posibilidad de escribir una biografía novelada de un hombre que se había puesto en contacto con la Asociación. Yo no conocía los detalles, pero la idea me pareció muy estimulante, así que me apresuré a aceptar el reto antes de que otra persona lo hiciera por mí. Semanas después tenía en mis manos los diarios de Humberto y una historia apasionante que escribir.

Si lo que me preguntas es por qué el título Tatuaje, se debe al tatuaje que Humberto lleva en su hombro, donde grabó en su piel para siempre su paso por el servicio militar, sus iniciales y las de una mujer de la que se enamoró perdidamente. También hace referencia a la canción de Xandro Valerio, que cantaron entre otras Conchita Piquer y Rocío Jurado. La esencia desgarrada de esa canción explica bien el sentir de Humberto por un amor no correspondido, así que me permití tomarla como título e incluirla en el texto de la novela. Su tatuaje es una manera de clamar al mundo su amor incondicional y, paradójicamente, secreto.

 

El amor es siempre un tema difícil. Es difícil caminar entre lo empalagoso, como la mayoría de las malas novelas que se escriben sobre este sentimiento, y la frialdad de la razón para evitar caer en lo primero. ¿Cómo lo resolviste?

En este caso el equilibrio era bastante complicado, porque partía del estilo personal que Humberto tiene de hablar, muy educado, muy caballeroso, pomposo hasta cierto punto, y yo quería respetar el tono de las cartas manuscritas reales que yo tenía en mis manos y los papeles mecanografiados que él enviaba a Agustina. Esos documentos que él me entregó en persona son de un valor impresionante, una fuente de información fabulosa, con un toque de autenticidad muy mágico. Pero también resultaban una trampa y un obstáculo si no se utilizaban bien. Creo que el otro personaje masculino, Mario, que proviene de otra época muy diferente, donde el amor y el romanticismo no tienen nada que ver con el de los años 40 y 50, me ha ayudado mucho a lograr ese equilibrio. Además, el amor de Humberto hacia Agustina tiene algo de obsesivo que aporta un sabor complejo a una caballerosidad que por sí sola no sería interesante. He intentado dosificar bien los momentos en los que el amor se muestra de una forma más cursi de la que estamos habituados hoy. Además, el relato de la vida de Humberto tiene mucho de trágico y de irónico, por lo cual, el trabajo estaba más bien en la selección del contenido de las cartas que iba a mantener y la aparición del músico de orquesta, Mario, que vive un amor adúltero que aporta una perspectiva menos gentil a la historia.

 

Una vez terminada la novela hay algo que llama la atención y es la sencillez formal del texto. Incluso para una historia que ocurre en dos tiempos cronológicos y con cierta dosis de necesidad técnica has decidido no meterte en jardines y has apostado por algo de clasicismo narrativo. ¿Ha sido intencional o impuesto?
Héctor García Quintana y Carlos Cuesta.

Héctor García Quintana y Carlos Cuesta.

Esta es la tercera novela que escribo y si no he publicado las dos anteriores es porque ahora las considero más como un estupendo ejercicio de escritura que como escritos con valor suficiente para ofrecérselas a un público. Cuando las escribía tenía la sensación de estar descubriendo la luna y de ser capaz de maravillar a cualquiera con cada giro de la trama. Afortunadamente leer libros y ver cine te pone en tu sitio como escritor y como persona, te enseña dónde está el listón y te aporta una abrumadora lección de humildad, durísima pero gratificante al mismo tiempo. No puedo renegar de esos relatos, porque están escritos con alma y tienen literatura dentro y porque me han aportado parte de la exigencia técnica de las que hablas. La escritura es una actividad muy intensa, a veces ingrata y solitaria, pero cuando uno tiene claro que quiere ser escritor y desea publicar se da cuenta de que después de la creación de una obra hay proceso colectivo muy exigente, que es la edición. Tatuaje pasó en un primer momento por las manos de algunos amigos cercanos que me dieron opiniones muy útiles y por el lector menos objetivo que puede existir en el mundo, que es una madre. Después he tenido la suerte de que una gran periodista como Lucía Rodil haya aceptado leerla para despoblar el texto de erratas y de frases que en mi cabeza estaban claras pero que podían crear confusión en el lector. Es muy importante percatarse de que el escritor tiene toda la información en la cabeza pero que el lector no tiene la misma información, ni la misma formación, ni los mismos referentes. Después vinieron muchas relecturas, reediciones y muchas conversaciones con la gente de la editorial El barco ebrio, que me han servido para pulir el texto, para aclarar ciertos pasajes, eliminar preciosismos que perjudicaban mi estilo y sobre todo, aclarar los puntos de vista desde los que se escribe cada capítulo, en referencia a la armonización de los tiempos cronológicos que has mencionado.

Para responder a tu pregunta, el clasicismo narrativo es intencionado porque desde un principio he querido escribir una novela clara, accesible a todo el mundo, sin los excesos estilísticos que yo mismo le reprochaba a algunas de mis lecturas. Todos los consejos editoriales que he recibido apoyaban y rubricaban esta decisión que a mi juicio es la que más convenía a esta historia, más aún cuando tenía la intención de dirigirme a dos generaciones diferentes en sus gustos y en sus valoraciones. Porque no hay que olvidar que Tatuaje surge de mi ansia de escribir, pero también del deseo de Humberto de novelar su vida para entregarle una prueba más de amor a Agustina, a un joven que conocía en el verano de 1946. Este muchacho debía acudir al servicio militar y deseaba cartearse con ella para no perder el contacto; ella aceptó y ambos acordaron escribirse con la mediación de una amiga que entregará las cartas. En los años 40 ni existía el correo electrónico, ni los teléfonos móviles, ni la libertad para escoger pareja era la misma tampoco. En fin, que esta tercera persona cumplió con su misión, pero de forma inesperada Agustina no respondió a ninguna de las cartas de su enamorado. Humberto cayó en un estado de desesperación que le empujó a reclamar los destinos más peligrosos, para olvidarse de todo o para encontrar la muerte. El lector conoce esta historia a través de Mario, un joven integrante de una orquesta que se gana la vida cantando versiones en las verbenas de los pueblos y que descubre por azar los diarios secretos de Humberto, décadas después. La peculiar relación de Mario con una mujer nos permite poner frente a frente dos generaciones que viven el amor y los encuentros de pareja de maneras muy contrastadas. Cuando escribí Tatuaje me di cuenta de hasta qué punto la galantería, la educación, el respeto y la lealtad han cambiado mucho en España en los últimos setenta años. Si nos fijamos en el inicio y el final la novela vemos que abarca un periodo muy amplio y sobrevuela la vida en tiempos de la dictadura, pero me gusta insistir en que no es una novela de posguerra, sino una novela en la posguerra, aunque ese conflicto esté presente de forma indirecta. Esa época tiene una carga emocional muy poderosa, pero he tenido cuidado de que la sombra de las dos Españas no se apoderara del relato. Me interesaban más los conflictos individuales de unos personajes que son mucho más que el lado en el que cayeron cuando España se partió en dos o del bando en que lucharon sus padres o sus abuelos. En ese sentido, un estilo directo de la narración me ayudaba a hacer avanzar la historia sin perderme en consideraciones ideológicas o excesivamente metafóricas, dejando hablar a los hechos y a los personajes.

Con todo, escribir esta novela me ha permitido sumergirme en dos épocas distintas, con lo que eso conlleva: otras lecturas, otras músicas, otras películas; otra forma de ver la vida que queda reflejada en la novela, sobre todo en las canciones de antaño que siguen sonando en las verbenas, precisamente para un público más veterano que se enamoró con ellas cuando era joven. Uno puede pensar que el vínculo mayor entre Humberto y Mario es el hecho de que viven una situación amorosa semejante, cuando lo cierto es que ambos se encuentran en los sentimientos propios a una música que uno escuchaba en su juventud y que el otro mantiene viva a través de ese nomadismo por los pueblos de España, de fiesta en fiesta.

 

Hay una pregunta casi obligatoria en toda entrevista a un autor. Tiene que ver con la formación y las influencias. ¿Qué autores o temas te han influido?

Es complicado señalar unas influencias concretas porque a veces lo que más nos determina no es evidente y a veces no somos capaces de entender hasta qué punto un suceso, una lectura o una película nos ha impactado. Pero los nombres que me vienen inmediatamente a la cabeza cuando me preguntan por autores son Chuck Palaniuk y Arturo Pérez Reverte. El primero me dejó absolutamente fascinado; El club de la lucha, Superviviente o Asfixia me chocaron tanto como pudieron hacerlo 1984 de Orwell o las obras que he leído de Philip K. Dick y Aldous Huxley; a Reverte lo descubrí por sus columnas de XL Semanal y es gracias a sus obras que recuperé el gusto por la lectura y empecé a darme cuenta de que un buen libro debe ser accesible al lector, o al menos que no podemos forzar a alguien a que se inicie en la lectura con libros herméticos y pasados de intelectualismo. La obra de Reverte es interesante y accesible a la vez que culta; sigo comprando cada novela que publica y guardo varios ejemplares firmados como tesoros. Uno de ellos se lo “robé” a mi hermano Javier cuando el autor fue a dar una conferencia a Valladolid; yo no tenía nada suyo para que me firmara, salvo los artículos, y lo tomé de la estantería para que me lo dedicara, aunque era un regalo de cumpleaños. Aprovecho para decirle a mi hermano que… bueno… no se lo pienso devolver. Reverte quizá haya influido en la manera en la que escribo, ya bastante marcada por mi faceta de periodista, y la experiencia de leerlo me animó a buscar otras lecturas diferentes.

Hay muchas obras que me han influido, tanto en la literatura como en el cine, pero me doy cuenta de que muchas de ellas tienen en común los temas del tiempo, la identidad, la memoria y los sueños. Esas influencias actúan incluso sin darme cuenta. No sé cómo ni cuándo lo decidí, pero Tatuaje comienza con un sueño recurrente del protagonista, uno de los dos únicos que podía recordar; hace poco he descubierto Ficciones de Borges y me encuentro maravillado de encontrar en él todo lo que me fascina de l’Anné dernière à Marienbad de Alain Resnais o de la filmografía de Cristopher Nolan, ya hablemos de Memento, de Inception, etc. Podría poner muchos ejemplos, pero mi influencia fundamental no ha sido un autor un concreto, sino mis hermanos, incluso el más pequeño. Puede parecer que me escapo un poco del tema, pero no es así. He crecido escuchando la música rock y metal que grababa o compraba mi hermano Javier y también la que proviene de una época que no me pertenecía; aunque no sea literatura, y yo sé bien que usted no lo considera literatura, las historias épicas de Blind Guardian, por ejemplo, tienen mucho que ver con Las crónicas de la Drangonlance o con El señor de los anillos; los póster de Iron Maiden pueden obrar en la mente de un chaval la fascinación de un chaval que descubre a Allan Poe; mi hermano Roberto me transmitió muchas de esas leyendas, me hizo conocer a Elric de Melniboné, el terror de Anne Rice o los horrores de Lovecraft. El conocimiento pasaba entre nosotros de una forma oral, como en la antigüedad; mi hermano pequeño, Luis es músico y un personaje bastante irreverente, tiene gustos bastante particulares, pero me ayuda a estar conectado con el presente, ahora que me empiezo a notar cada vez más conservador y a preferir lo que se hizo que lo que se hará. Me ayuda a descubrir las novedades interesantes del anime y a estar al día de las nuevas tendencias de las telecomunicaciones. Entre los cuatro nos hablamos y nos recomendamos películas, libros, series… Yo podría pasarme horas citando libros que me sorprenden y que me animan cada día a ser mejor escritor, pero yo no sería quien soy si yo no hubiera escuchado las historias que me contaban mis hermanos o si no hubiéramos recorrido durante horas los pasillos de la biblioteca pública, o cada videoclub de la ciudad para leer todas las carátulas de las películas, ¡y eso que no teníamos ni un VHS para verlas! ¿Reverte y Palahniuk? Sí, pero también La guerra de las galaxias, Indiana Jones, Los Caballeros del Zodiaco, Westworld o Breaking Bad…

 

Tienes formación como periodista, pero también ejerces crítica de cine. ¿Cómo te influyen ambas en la escritura de ficción?

Supongo que la práctica del periodismo te ayuda a escribir de una forma más clara y directa, te fuerza a ser riguroso, a documentarte de la mejor manera posible; también a buscar, no una objetividad, que no es tan necesaria en la ficción, pero sí una honestidad en lo que escribes. Yo he trabajado sobre todo para la prensa escrita y la televisión, y eso te pone en contacto con mucha gente muy diversa, te aporta perfiles humanos interesantes y complejos sobre los que pensar y sobre todo te obliga a plantearte las motivaciones y los intereses de las personas con las que hablas. Esto se puede aplicar de una manera muy creativa a la construcción de personajes. En lo que se refiere a la crítica cinematográfica, este tipo de escritura no tiene mucho que ver con la redacción de una novela. Sin embargo, ejercer la crítica de cine te abre mucho la mente, te empuja a ver películas muy distintas entre sí, a abrir el abanico de temas y a sorprenderte con historias y estructuras narrativas que uno puede recuperar más tarde, consciente o inconscientemente, en sus propios textos.

 

Aquí parece que tenemos una concepción contrapuesta de la ficción. La objetividad es necesaria también en la ficción. La naturaleza de un conflicto necesita que el autor sea capaz de meterse en la piel de los personajes contrapuestos y argumentar con igual fuerza lo negativo y lo positivo. ¿Cómo intentas evitar, si es que lo intentas, que el lector tome partido?

¡El lector tiene que tomar partido! Debemos conseguir que tome partido, que se identifique, que deteste al protagonista, que ame al antagonista, o al revés. Si permanece al margen habremos fracasado. El lector no tiene por qué ser objetivo y seguramente no lo será en la mayoría de los casos. Otra cuestión es que consigamos meterle en el cuerpo dudas sobre la ética de los personajes, sobre la justicia o la pertinencia de sus acciones, y que sienta el conflicto de los personajes en su carne. Es el trabajo del escritor y no del lector conseguir que los personajes estén construidos, que no sean planos, que no se terminen en una burda representación de buenos y malos. Las motivaciones humanas son complejas; las personas son incoherentes y a menudo decepcionantes. Un héroe sin conflicto tiene escaso interés, y un malvado sin humanidad, por más que su humanidad sea grotesca o despreciable, no aportará gran cosa. El personaje se imagina, se extrae de nuestra propia experiencia, de nuestros propios miedos y de un rincón recóndito de nuestro subconsciente un tanto aterrador. Una vez el personaje empieza a actuar en una novela, el escritor se va a encontrar con un problema, que es que va a intentar que el personaje haga cosas que no haría, y el personaje no se va a dejar. Si el escritor lo somete de forma autoritaria puede llegar a matar al personaje o dejarlo inválido, metafóricamente hablando. El autor va a sorprenderse de cosas que hacen los personajes, y si es valiente y honesto con la historia, va a acompañarlos hasta al final del relato, para ver qué hacen, para ver qué les ocurre, y luego lo va a escribir para contárselo al lector. El escritor toma las decisiones cuando decide comenzar una historia y cuando escoge entregarle parte de su vida a un personaje; ahí es donde el autor tiene algo que decir. Luego hay que dejar hablar a los personajes, hay que ser honesto e imparcial, y quizá en eso esté de acuerdo en lo de la objetividad. En parte solo, porque la mera decisión de escribir una historia es altamente subjetiva, no necesariamente ideológica, pero sí subjetiva.

No estoy de acuerdo en que haya que argumentar con igual fuerza lo negativo y lo positivo, no siempre. A veces el camino de un personaje es extremo y el autor debe ser fiel a ese espíritu. Lo que no podemos hacer, o no deberíamos, es lanzar un personaje a una novela sin haberlo construido antes, sin haberle insuflado verdadera vida, haber hablado mucho con él, conocerle, temerle, admirarle, envidiarle o despreciarlo, incluso intentar matarlo. Si no, será un muñecote. Será falso. Estará muerto antes de empezar.

 

Quizás te acercas a una teoría más cercana de la literatura comprometida. ¿Crees que la ficción, la novela, los cuentos, tienen algún objetivo más allá del entretenimiento?

He hablado antes de Nolan, K. Dick y Orwell. Creo que la ficción debe ser una reflexión sobre el hombre, sobre la sociedad en la que vive y la sociedad que quiere construir. Minority Report o Blade Runner son relatos que avanzaron hace años los riesgos de la deshumanización a causa de la tecnología o las consecuencias de un Estado excesivamente intrusivo o autoritario, y lo hicieron a través de la ciencia ficción. La filmografía de Nolan apunta a la necesidad de que la humanidad recupere un proyecto social común si no quiere destruirse a sí misma. The Walking Dead, por ejemplo, no es una serie de cómics de zombis, es una serie “con” zombis, que arroja planteamientos muy lúcidos sobre la sociedad de bienestar y el capitalismo, no acabo de estar seguro si a favor o en contra, y es sobre todo una referencia clara al contrato social de Hobbes.

En la actualidad tendemos a pensar que todo es automático y que todo se hace solo, pero si somos más o menos humanos que en el pasado se debe en gran parte a una reflexión filosófica humanista que se ha ejercido en muchos casos a través de la ficción literaria. En ese sentido hay un compromiso del autor. Pero más allá de su objetivo, una ficción debe ser interesante y por qué no entretenida. Yo no estoy en contra de la industria del entretenimiento, pero la oferta de ficción es tal en estos momentos que es mejor no perder el tiempo, ni en literatura, ni en cine ni en cuanto a series, en ver o leer algo que no me aporte nada personalmente cuando hay buenas producciones y publicaciones que aúnan el entretenimiento y la calidad. Además, hay una diferencia entre ver algo por mera diversión y sólo consumir un ocio que te vacía la cabeza y te embrutece.

Ahora bien, yo no sé hasta qué punto Orwell pensó “voy a hacer una novela para denunciar el autoritarismo” o si más bien fue su relación con el mundo y sus inquietudes personales las que se lo reclamaron. No le veo ningún sentido a levantarse por la mañana y decir “voy a escribir una novela feminista” o “un libro sobre la tolerancia”. Hay que diferenciar el compromiso humano de las obras que se sirven de una causa para vender libros.

 

Cuando escribes ficción, ¿te motiva más el conocimiento técnico, o el instinto?

Para mí la escritura parte del instinto, de un deseo que es difícilmente controlable; surge del inconsciente, como ideas o monstruos que tenemos recluidos en la cabeza y que dejamos escapar, o que se escapan sin que queramos. La escritura es muy catártica, revela cosas; es como cavar con una pala y encontrarte un cadáver o algo desagradable en el jardín que no sabías que estaba ahí o que habías olvidado que estaba ahí; podemos volverlo a enterrar si queremos, pero cuando te acuestes, esa idea te va a perseguir y no te va a dejar dormir hasta que no hagas algo definitivo con ella. Luego hay otra cuestión diferente, que es el hecho de que la estructura de una novela hay que pensarla, hay que construirla, hay que meditarla y las novelas requieren un proceso de edición, de criba y de reescritura que tiene muy poco de romántico y muy poco de instintivo. Pero la fuerza de las imágenes que generas, las buenas frases que logras para un diálogo y el alma de la escritura parte de un sentimiento que puede estar muy lejos de lo técnico. Ahora bien, es muy complicado que el instinto y la inspiración lleguen a algo si no están acompañados de una reflexión, y de una técnica que puede ser más o menos consciente, más o menos innata.

 

Y respecto a esto último, sé que tienes otras novelas a la espera. En el caso de Tatuaje queda claro que has tenido una estimulación externa, pero no siempre es así. Algunos autores (Mario Vargas Llosa, es uno) dicen que no escogen los temas, sino que los temas los escogen a ellos. ¿Qué otros argumentos te motivan a escribir?

No lo habría expresado mejor. Es cierto que los temas te escogen a veces. En este momento he comenzado a escribir dos historias diferentes que terminarán por tomar la forma de una novela. La primera tratará sobre la amistad, la muerte y la trascendencia a través de los personajes de un torero y un fotógrafo; un día en el salón de mi casa me vino a la mente la imagen de los pies de un torero pisando la arena, justo antes de afrontar a la muerte. Tan solo esa imagen, como en un primer plano de los talones y del polvo levantándose en el aire por las pisadas; al principio quería dirigir esa idea hacia una reflexión sobre la belleza, pero conforme fui escribiendo me di cuenta de que las palabras y los personajes habían tomado su propia dirección, y que la historia de la vida de este torero tendría más que ver con las expectativas que los demás tenían de él que con una búsqueda más estética. De la otra novela he comenzado tan solo a tomar testimonios personales y se centra en uno de tantos integrantes de la resistencia francesa que fue apresado por los nazis. Empecé a interesarme en esta persona gracias a una amiga de mi familia francesa, que es la nieta de este campesino que luchó en Verdún, y que años más tarde volvió a servir a su país a través de la resistencia. Cuando escuché el relato de su arresto, justo al lado de las galerías de la bodega en la que tuvo lugar, me quedé prendado de esa historia y decidí comenzar a entrevistar a los hijos aún vivos de este hombre. Quiero que la historia aborde los temas de la división, la separación y del heroísmo anónimo, pero al final uno no sabe a dónde le conducirá un camino semejante.