

Escritor mexicano Eduardo Parra Ramírez gana el Premio Juan Rulfo para Primera Novela 2008
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El escritor Eduardo Parra Ramírez gana el Premio Juan Rulfo para Primera Novela, con La ira del filósofo, firmada bajo el seudónimo “Quincas Borba”. El jurado, conformado por Gerardo de la Torre, Felipe Garrido y Gonzalo Vélez, la eligió por ser “una novela bien construida que enlaza sus capítulos mediante cortes de estirpe cinematográfica. Los personajes, sólidamente caracterizados, se desplazan en situaciones verosímiles en un contexto de descomposición social. El autor se vale de un lenguaje esmerado y expresivo, que apoya con eficacia los fines de la novela”.
Sobre La ira del filósofo
“¿Para qué provocar a la memoria? ¿Es esto necesario?”, se pregunta Teo, el protagonista de La ira del filósofo, y él mismo se responde: “Sí, puesto que estoy aquí”. Entonces abre la compuerta de su mente y los recuerdos lo inundan. Nos inundan. Al principio, nos intriga que un hombre como ése pueda tener miedo de acordarse de lo vivido: es un hombre que no aparenta debilidad: “la sola robustez del hombre bastaría para hacer notoria su presencia. La barba oscura y el cabello cayendo en amplias ondulaciones hasta los hombros subrayan su extravagancia. Pero su insólita indumentaria imanta las miradas despojándolas de toda discreción. Holgada y completamente vestido de negro camina pesado bajo un sol pleno”.
Pero poco a poco, conforme se nos revela lo que vivió Teo durante el breve período que fungió como maestro de filosofía en lo que podríamos considerar una preparatoria patito, comprendemos el motivo que lo vuelve tan reticente a enfrentar lo ocurrido: corrupción de los profesores, indiferencia de las autoridades e injusticias hacia los más vulnerables son sólo la antesala. Pese a ello y a su propio –y sólo aparente– desprecio a los otros seres humanos (“La gente debe adoptar, en su mayoría, una de sus formas más notables: su no estar allí. La gente es horrible”, piensa en algún momento), Teo se involucra emocionalmente (no, no hay romance, ni con una alumna ni con otra profesora, y la evasión de ese cliché es de agradecerse) con los que lo rodean en esa escuela a orillas de un río de aguas negras, donde los alumnos dedican sus horas libres a robar casas o traficar con drogas, donde él mismo sólo busca compartir su entusiasmo –su pasión– por la filosofía, por el conocimiento.
La estrategia del autor es interesante: utiliza recursos que podrían considerarse cinematográficos para hacernos pasar de un tiempo a otro. Para lograrlo, enlaza imágenes (descripciones) de un tiempo de la historia con otras similares de un momento distinto, creando un efecto de elipsis inquietante. Por otra parte, recurre a una construcción de personajes poco fiable (completamente intencional), lo que resulta en que, pronto, el lector se sienta desorientado, incapaz de descubrir cómo es realmente cada uno de los personajes, comenzando, por supuesto, con el propio Teo: ¿se trata de un misántropo o de un hombre generoso y sensible?, ¿su cinismo es real o tan sólo una coraza para proteger un alma sensible?
Y lo mismo ocurre con los otros: Mao, el alumno que vende drogas y que parece tan hostil al principio; Steve y Benigno, los mejores amigos del mundo; don Celso, el anciano cascarrabias que vigila la entrada… todos ocultan una parte de su personalidad. Algo bueno unos, algo terrible otros: toca al lector hacer su pronóstico y descubrir, despacio, conforme el autor dosifica la información, qué tan cerca (o posiblemente qué tan lejos) estuvo de acertar.
Pese a los tropiezos naturales de quien escribe una primera novela, La ira del filósofo es una novela interesante, coherente, bien construida y capaz de sorprender al lector, de obligarlo a repasar mentalmente algunos de sus capítulos: a provocar a la memoria y, junto con Teo, volver a hacer el viaje, hacer de nuevo el recorrido “para buscar algo que está aquí, dormido dentro de un muro”, o bien, escondido entre las páginas. Porque, al lado del filósofo, necesitamos “contar[nos] otra vez esta historia”.
Eduardo Parra Ramírez (Ciudad de México, 1970) es narrador. Cursó estudios de realización cinematográfica y es egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha sido realizador de cortometrajes, promotor cultural, guionista radiofónico y docente. En 2006 obtuvo la mención honorífica en el Certamen Internacional de Cuento del Ateneo Español. En 2007 ganó el Premio Nacional Ignacio Manuel Altamirano de Poesía por Refractario. En 2008 ganó el Premio Internacional de Cuento Hiperbreve. Es autor del libro de poesía Palabras sobrevivientes, coautor de la antología Sin mirar atrás. Veinte cuentistas ante el viaje sin retorno y antologador del volumen Vacaciones en escombros. Once recorridos por el cuento adicto. También prologó y compiló el libro Cuentos de México, publicado en Eslovenia en 2008.
El Premio Juan Rulfo para Primera Novela fue convocado por vez primera en 1980 bajo los auspicios del Instituto Nacional de Bellas Artes y el Gobierno del Estado de Guerrero. Posteriormente el Gobierno de Tlaxcala, a través de su Instituto Tlaxcalteca de la Cultura retomó la convocatoria en conjunto con el INBA. En la actualidad, las instituciones convocantes son el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes, el Gobierno del Estado de Tlaxcala a través del Instituto Tlaxcalteca de Cultura y la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Puebla. El concurso ocupa un lugar especial entre los trece Premios Bellas Artes de Literatura, ya que su característica es promover el género narrativo entre escritores que no han publicado aún su primera novela.
En la primera etapa de este certamen la obra ganadora fue En tiempo de marzo en tiempo de abril, de Livia Sedeño. A partir de entonces el premio ha revelado novelistas que en la actualidad han logrado consolidar una trayectoria. Entre ellos, Rafael Gaona, Severino Salazar, Víctor Luis González, Alejandra Bernal Rodríguez e Ignacio Padilla, por mencionar algunos nombres. Los ganadores más recientes de este premio son Natalia Padilla Carpizo por Nudo ciego, en 2005; Margarita y Laura Ruiz de Velasco Padierna por Calladita te ves más bonita, en 2006; y Manuel R. Montes, en 2007, por Infinita sangre bajo nuestros túneles.