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"La fotografía es el arte funerario por excelencia”. Esta cita de la propia Claire Asthon-Jones bien podría presidir el trabajo fotográfico que llevó a cabo durante unos pocos meses, a comienzos de 1940, en plena selva amazónica y cuya publicación, dos años después, la llevó a la fama. Mujeres de pechos colgantes, orejas adornadas con colmillos de jaguar, narices atravesadas por huesos. Las primeras imágenes no se diferencian mucho de un reportaje etnográfico convencional: al fin y al cabo, Claire estaba ilustrando los cuadernos de campo de un antropólogo. Con veinte años recién cumplidos, acababa de casarse con Fernando Mendes, un brillante discípulo de Lévi-Strauss y una de las más firmes promesas de la ciencia brasileña.
El 3 de enero de 1940, mientras Europa entera contenía la respiración en espera de que los ejércitos de Hitler volvieran grupas hacia Francia, la pareja tomó un vapor que remontaba el Amazonas hasta la frontera peruana. La boda había tenido lugar la víspera del fin de año y la travesía hizo las veces de viaje nupcial. Con los preparativos de la expedición, Claire apenas había tenido tiempo de ver a su flamante esposo. Pero si imaginaba que la ancha corriente del Amazonas iba a devolverle los besos y abrazos secuestrados, no tardó en desengañarse. Una de las fotografías lo muestra acodado en la baranda del barco, girando la cabeza hacia la cámara, muy formal, muy serio. Lleva el uniforme canónico del antropólogo novato, es decir, sombrero flexible, chaleco plagado de bolsillos, pantalones cortos, botas, calcetines altos (lo que le costaría una infección de piel bastante dolorosa nada más desembarcar en Tefé). En cualquier caso, el detalle más revelador es el bigotito sobre la boca de labios apretados, un bigote de cine mudo que últimamente copaba todas las portadas de los periódicos.
Muy pronto, Claire descubrió que su marido tenía un parecido más profundo con el famoso propietario del bigotito. Algo del delirio megalómano del hombre que pretendía conquistar el mundo a sangre y fuego pervivía en el fanatismo del científico que malgastaba las noches en el camarote releyendo añejos volúmenes de hojas amarillentas. Desde la mosquitera, ella le apremiaba para que apagara la luz y regresara al lecho, pero él no parecía oírla, inclinado sobre los papeles y palmeándose de vez en cuando las piernas martirizadas por los insectos.
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En una historiografía de 1934, Fernando había descubierto una entrevista a Henry Stratten, un anciano de ochenta y dos años, antaño feroz capataz de caucheros, que hablaba de una tribu perdida a orillas del río Juruá. Según el testimonio de Stratten –un hombre que había masacrado indios a centenares durante los años brutales de la fiebre del caucho– aquellos indios habían rechazado a una partida de exploradores que bajaron en canoa hasta las cercanías de su poblado hacia 1899. Luego, siempre según su relato, una expedición de castigo que fue enviada a la misma zona se perdió sin que regresara ni un solo superviviente. Sin embargo, la fama de los terribles guerreros no era tan extraña como la descripción que hacía de ellos Stratten: altos, rubios, con una piel del color del bronce. Ni el menor parecido con ninguna otra tribu amazónica.
Fernando no habría hecho el menor caso de esa fantasiosa descripción si no fuese por las anotaciones de un viajero francés, Bernard Soullier, que, en un soporífero volumen de memorias fechado a finales de los años veinte, contaba sus experiencias a orillas del Juruá y hablaba de los imainini, “una tribu de orgullosos guerreros altos y sonrientes, con hermosas mujeres de cabellos rubios”. Releía una y otra vez el pasaje, seguro de que allí estaba encerrado uno de los misterios centrales del Amazonas, quizá un eslabón perdido de la raza humana, la piedra rosetta de la antropología. Estaba decidido a encontrar a los imainini, costase lo que costase.
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En el diario de viaje donde ponía por escrito las lujosas puestas de sol sobre la selva y el aburrimiento de la vida del barco, Claire apuntó: “11 de enero de 1940. Noche. Fernando ha vuelto a leer en voz alta por enésima vez el pasaje de Soullier. En francés, luego en portugués y luego en inglés. Por último me ha preguntado, mientras mataba un mosquito de un manotazo, qué pensaba. Me encogí de hombros pero no le dije la verdad, que cada vez me recuerda más a Hitler con ese bigotito ridículo y ese sueño de encontrar las raíces perdidas de la raza aria”.
Era evidente que el matrimonio se estaba deshaciendo por momentos. Criada entre algodones diplomáticos, con un padre viudo y una infancia que transcurrió de El Cairo a Helsinki, y de Singapur a Rio, Claire se sintió deslumbrada de inmediato por el joven y exótico científico. Se había encaprichado de él y estaba acostumbrada a que satisficieran todos sus caprichos. Lo conoció en una de las fiestas de la embajada y en seguida armó en torno al antropólogo una lenta y untuosa telaraña de arrumacos, sonrisas y lánguidas caídas de pestañas. A las pocas semanas él ya se había declarado.
–Voy en busca del paraíso perdido –le dijo con un susurro misterioso, en la terraza del Hotel Da Vista–. ¿Quieres acompañarme?
Ella aceptó el anillo de bodas que él colocó en su dedo: una tosca pieza de hueso que databa del Neolítico y que había encontrado en unas excavaciones en el Matto Grosso. Pero el interés por ella pareció evaporarse en cuanto pasó la fase de cortejo, en cuanto abandonaron la escalinata de la iglesia. “Como si ya me hubiese etiquetado y clasificado” escribió con rencor en su diario el mismo día en que desembarcaron. “Sólo soy una vasija antigua, una pieza de su colección, un resto arqueológico”.
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A Claire la fotografía siempre la había atraído pero no fue hasta aquel viaje al Amazonas cuando comprendió las posibilidades artísticas de la Leica que su padre le regaló al cumplir dieciocho años. Mientras su marido se volvía hacia los mapas y las notas, ella se inclinaba para captar el vuelo estremecido de un pájaro o el fruncido de las ondas al paso de la canoa. Los indios que les guiaban corriente arriba posaban con la seriedad de modelos profesionales, acostumbrados como estaban a los turistas extranjeros que remontaban el Amazonas. El blanco y negro no podía hacer gran cosa por reflejar el esplendor vegetal de la selva, la orina tibia y aceitosa del río, la pintura enloquecida de las mariposas. Pero en muy poco tiempo Claire aprendió a manejar la paleta de luces, ese tibio contraste entre penumbras y sombras, hasta ser capaz de reflejar la polifonía de maderas emboscada en los troncos que amurallaban la orilla.
La tarea de redescubrir el mundo a través del objetivo la salvó del tedio inabarcable, la eternidad del cielo, las tercas picaduras de los mosquitos. Las noches estaban pobladas de murmullos incomprensibles. Una mañana descubrieron, plantados a ambas orillas del río, unos palos coronados por sendas calaveras. Según Soullier, era la frontera del territorio, el lugar donde los imainini habían clavado las cabezas de los caucheros a guisa de advertencia. Los cuatro indígenas que les escoltaban huyeron esa misma noche. Sin brazos suficientes para hacerse cargo de las dos canoas, Fernando trasladó todo el equipaje a una de ellas y abandonó la otra. Hubo una discusión cuando ordenó a su mujer que dejara atrás el trípode y los carretes, pero Claire no estaba acostumbrada a ceder. La anotación de ese día –el 29 de enero– incide en el temor y la incertidumbre de adentrarse solos en una zona prácticamente virgen de la selva brasileña. Sin embargo, concluye con un pasaje que desvela su fuerte carácter: “Le respondí que sólo había una cosa que no me hacía falta. Entonces, ante su expresión de pasmarote, me quité el anillo de hueso y lo arrojé al centro del río. Era una pieza única, se lamentó unas horas después. Siempre puedes conseguir otra, dije mientras encendía la hoguera”.
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De madrugada, unos pasos los despertaron. Se incorporaron aturdidos, sólo para encontrarse con media docena de indios que revolvía sin pudor entre sus pertenencias. Fernando se levantó y alzó una mano en son de paz, pero uno de los indios se giró y le colocó en el pecho la punta de una lanza.
–No hagas ningún movimiento brusco –murmuró–. Podrían matarnos.
Claire obedeció y se puso en pie muy despacio. Tres indios recogieron los sacos donde habían dormido y metieron en su interior todos sus enseres: el hornillo, los libros, las latas de comida, el trípode, la cámara de fotos. Después los llevaron a través de la selva, en una marcha agotadora que les cubrió de cortes de hojas y picotazos de insectos. Horas después, la pareja llegó hasta el poblado –unos techados de palma a orillas de un riachuelo–, sucia, polvorienta y asustada. Fue entonces, mientras el resto de la tribu empezaba a rodearlos, cuando los indios que les rodeaban bajaron las lanzas y empezaron a reír. Una mujer que daba el pecho a un crío señaló el pelo de Claire y dijo algo en voz alta.
–Es caduveo –murmuró Fernando–. Es un dialecto del caduveo.
–¿Puedes entender lo que dicen?
Le hizo un gesto para que bajara la voz y después prestó atención a las palabras sueltas que brotaban entre el coro de risas. Sus captores habían soltado las lanzas y se revolcaban por el suelo entre estertores.
–Es una broma –dijo Fernando, con una mueca a medio camino entre la estupidez y la confusión–. Sólo es una broma.
Tardaron todavía varios minutos en comprender, hasta que el miedo y la rabia se resolvieron en una risa histérica. Les llevó más tiempo admitir que los imainini eran, básicamente, unos bromistas. Las descripciones de Stratten y Soullier apenas tenían algo que ver con aquellos hombres y mujeres de grandes sonrisas que pasaban el día tomándose el pelo unos a otros. El color rubio que tanto habían intrigado a Fernando, poniéndole tras la pista de un hallazgo etnográfico, no resultó otra cosa más que un tinte extraído de unas plantas con el que algunos de ellos se frotaban el cabello. Por lo demás, tampoco eran mucho más altos que los caduveos.
Las risas nunca los abandonaban. Fernando aprendió a chapurrear aquel idioma musical, que sonaba a madera y a canto de pájaros, y pronto descubrió que imainini quería decir “los que siempre ríen”. Nada, ni siquiera la muerte, podía alterar su buen humor. De hecho, las calaveras clavadas en los palos que tanto habían asustado a sus guías en la subida del río no eran una advertencia macabra sino un juego infantil: los niños se entretenían encestando piedras en las cuencas vacías. Los adultos se divertían escondiendo los libros y cuadernos de Fernando, y la cámara de Claire; a veces podían pasar horas buscándolos. No valía de nada enfadarse con ellos porque la respuesta siempre era la misma: una enorme sonrisa donde los dientes brillaban al lado de las narices y los labios perforados con huesos.
Cuando Claire les enfocaba con la Leica, creían que se trataba de un juego y entonces se tapaban la cara o se escondían detrás de un árbol. Por eso las imágenes de los imainini desprenden un aire risueño ausente de muchos otros muchos estudios antropológicos.
–Muchos pueblos primitivos no se dejan fotografiar porque piensan que la cámara puede robarles el alma –comentó Fernando un día, y ella detectó en su voz el inconfundible aroma del rencor.
–Sólo están jugando –respondió Claire, mientras limpiaba la cámara–. Me pregunto quiénes son los primitivos.
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Aquel asunto de las fotografías terminó por hacer naufragar lo poco que quedaba del matrimonio. Unos días después, Fernando se empeñó en que le entregara la cámara y los negativos. Adujo que la cultura imainini carecía de representaciones gráficas, que no les gustaba que les fotografiaran y que por eso se escondían en cuanto ella les apuntaba el objetivo. El retrato no era más que una amplificación de un temible tabú antropológico. Claire se negó en redondo, recogió sus cosas y se trasladó a la tienda de Taperahi, un joven cazador con el que se desquitó de la indeferencia de su marido. Hicieron el amor toda la noche.
Al día siguiente, Claire resolvió volver a la civilización. Por señas, convenció a Taperahi para que la ayudara a cargar sus cosas y la acompañara hasta el río. Ni el dolor de la partida, ni la vacilación de ella ante los peligros que le aguardaban en la navegación en solitario, lograron borrarle la sonrisa de la boca. En el momento del adiós, bromeó como un niño que ignora el significado de la palabra “nunca”. La besó en las mejillas, frotando la nariz tercamente contra su cara, como si quisiera empaparse de su olor. Conteniendo las lágrimas, Claire se descolgó la Leica del cuello y le pidió que le sacara una fotografía. Le enseñó pacientemente cómo enfocar y cómo accionar el disparador. Taperahi la imitó, entre risas, y le devolvió aquel juguete demasiado caro y complicado para él. Después, sin ninguna ceremonia, dio media vuelta y se perdió en la selva. Jamás volvió a verlo.
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El burdo retrato de Claire Asthon-Jones con los tobillos cortados, sola ante la canoa cargada y la masa cenagosa del río, cierra la serie “Escenas del paraíso”. La exposición se presentó en Rio, auspiciada por la embajada inglesa, y no sólo fue un éxito internacional sino el preludio de una carrera jalonada de triunfos. Muchos críticos opinan que, a pesar de la maestría técnica que alcanzó después (en sus reportajes sobre los bombardeos de Londres o en sus airados retratos de los combatientes del Viet-Cong), Claire nunca volvió a alcanzar ese estado de gracia que la había poseído durante su estancia entre los imainini. Pocas veces el arte fotográfico ha reflejado con tal desnudez la serenidad y la inocencia de la raza humana antes de la caída.
En comparación, el trabajo de su marido pasó prácticamente desapercibido. Publicado en 1943, apenas obtuvo un par de reseñas en periódicos locales y una mención de soslayo en una revista alemana de antropología. Aquel fracaso lo sumió en una especie de destierro académico. Clarie no volvió a verlo hasta muchos años después, cuando, tras su regreso de Vietnam, acudió a la inauguración de una retrospectiva de su obra en Sao Paulo. Lo descubrió de espaldas, contemplando aquellos grandes rostros alegres y juguetones que se ocultaban detrás de los árboles, los niños que se refugiaban, riendo, entre las piernas de sus padres. Claire le tocó en un hombro y él se volvió, despacio. Con la chaqueta arrugada, el pelo ralo y la barba descuidada, tenía pinta de vagabundo.
–Ah, mi mujer –dijo.
–Sólo según la ley brasileña –repuso ella–. ¿Cómo te va?
Con una extraña mezcla de autocompasión, desgana y rencor, tan turbia como el cóctel que sostenía entre los dedos, le dijo que se ganaba la vida aquí y allá, dictando conferencias, publicando artículos, catalogando hallazgos en la universidad. Ya no tenía bigote. Claire no se lo imaginaba dando una conferencia con la voz aguardentosa y el nudo de la corbata deshecho.
Por hacer algo, se giró hacia una de las fotos y le preguntó si había vuelto a visitar a los imainini. Fernando negó con la cabeza a un lado y a otro, con brusca seriedad de borracho.
–Ni yo ni nadie. Estos retratos tuyos –explicó, agitando los brazos– son todo lo que queda de ellos.
Claire retrocedió, limpiándose mecánicamente el vestido salpicado de bebida. Antes de que pudiera decir algo, Fernando continuó su perorata.
–Tiene gracia. Yo que te decía que acabarías robándoles el alma. Su alma. Ahí la tienes.
Con la boca tropezando en los escalones del alcohol, Fernando le contó cómo en 1942, al invadir buena parte del sudeste asiático, los japoneses requisaron todas las reservas de caucho aliadas. La industria militar volvió sus ojos de nuevo hacia el Amazonas y no tuvo muchos problemas a la hora de obtener las concesiones.
–Los mataron a todos. Hablé con uno de los mercenarios que contrataron y me dijo que no hacían más que reírse, que pensaban que se trataba de un juego.
–¿Pero por qué ellos? ¿Cómo los encontraron?
Con una mueca deslavazada –un perverso eco, civilizado y gastado– de las amplias sonrisas que decoraban los salones de la exposición, Fernando le señaló una fotografía donde se veía a Taperahi, muerto de risa, cubriéndose la cara con las manos. Detrás de él, un árbol lloraba la larga herida, las blancas lágrimas del caucho.
(Madrid, 1966). Es considerado uno de los narradores más destacados de la actual narrativa española. Estudió Filología Hispánica en la UAM. Ha publicado, entre otros, las novelas Niños de tiza (2008), El mar en ruinas (2005), El gran silencio (2003), Nanga Parbat (1999)), los libros de cuentos Cuidado con el perro (2002), Donde no irán los navegantes (1999); el libro de viajes, La sangre y el ámbar (2006); y el poemario Londres (2003). Es colaborador habitual del diario El Mundo y guionista del programa de televisión Al filo de lo imposible.