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Huayllas es un pueblo destruido, hecho pedazos después del terremoto del ´70, y nunca más volvió a levantar cabeza. No sé por qué, pero yo insistía en que por ese camino encontraríamos la Cordillera Blanca que se abraza con la Cordillera Negra, un paraje de ensueño, que, de haber leído correctamente el plano, me hubiera dado cuenta que ese punto estaba exactamente en el sentido contrario hacia donde nosotros marchábamos. Pero es que habíamos hablado tanto de la unión de los contrarios, de los viajes hostiles, y de la vida que crece al otro lado de los muros, que me había obstinado en hallar la metáfora en la naturaleza.
Huayllas no era, por supuesto. Así que decidimos bajar por la “quebradita” para llegar a Huallanca, la encarnación de mis fantasías, según los cálculos.
“Es un pueblo que no vale nada” nos advirtieron, pero no lo creí. Esta gente nunca valora lo que tiene a mano, supuse. Comenzamos a descender. Mierda. Fue terrible. No sé cuántos cientos de metros pero se me antojaron eternos, aunque hayamos atravesado los cerros, evitando el camino de ripio para acortar la distamcia. Salimos al mediodía y recién al atardecer, unas luciérnagas allá abajo nos anunciaron el poblado de Huallanca.
La llegada al mejor pueblo del mundo fue un desastre. Era entrada la noche, los chicos nos gritaron “gringos”y nos arrojaron piedras, obligándonos a tomar un atajo para evitar la caída. O la pérdida de un ojo.
El pueblo era una calamidad: hacía un calor sofocante, amurallados ahí como estábamos, exactamente en el Cañón del Pato que forma el río Santa; y todo era pura piedra negra remarcando un miserable barranco. Y un montón de hombres, los obreros de la usina eléctrica cercana, nos salieron al paso. Me sentí mujer, hembra por primera vez en mucho tiempo y tuve un terror atávico. Me sentí más sola en la especie que nunca.
Y en este pueblo, el pueblo más feo del Perú, como lo calificaría después, tampoco había comida, claro. Sólo queso. Piedras y queso. El mejor del mundo. El único en la quebrada.
En la pensión donde dormiríamos me identifiqué como ama de casa. La mujer que atendía me miró. Puta eres, y de todas las casas, pensó. Él dijo que era carpintero. A la puta y el carpintero les asignaron un cuarto tan grande como una cancha de vóley, con cuatro camas y sin baño.
Imposible dormir, a pesar del inigualable cansancio. El calor, y los gritos de los muchachos -“gringos, gringos”- eran insoportables. A medianoche compramos una botella de ron. Queso y ron, nos emborrachamos como diablos.
A las cuatro de la mañana me desperté con unas irresistibles ganas de orinar. ¿Pero dónde? Tantée con mis manos la botella de “Cartavio” ya vacía y con precisión de químico introduje mi uretra en el estrecho cuello. O viceversa, quien sabe. Gran placer y alivio. Casi media botella.
Al día siguiente , huimos rápidamene del pueblo más hostil que habíamos encontrado. Íntimamente, me sentía feliz con la venganza. Sabía que no faltaría el curioso que, al husmear la habitación recién abandonada por los gringos, encontraría la botella de Cartavio” por la mitad. Y mi orín tenía todo el aspecto del peor ron del mundo.
(de Come, éste es mi cuerpo, Editorial Último Reino, Buenos Aires)
Ataliva, Argentina, estudió Ciencias de la Comunicación en Rosario y en 1975 emigró al Perú. En Lima ejerció el periodismo escrito y publicó su primer libro. En 1980 viajó a Europa y se radicó en Berlín donde escribió guiones y reportajes para la radio y televisión alemanas. En 1995 regresó a Argentina y vivió en Buenos Aires. Desde 2003 reside nuevamente en Berlín. Escribe entrevistas y reportajes para diferentes medios de Europa y América. Ha publicado testimonio, cuento, poesía, ensayo y novela y ha sido traducida al alemán y al inglés. Autora de “Ser mujer en el Perú”, “Come, éste es mi cuerpo”, “Chau Pinela” “Tanta Vida”, “Sobre Vivientes” entre otros. Cofundadora de la Asociación de Escritoras Sudestada de Buenos Aires. Compiladora de las antologías “Vivir en otra lengua, literatura latinoamericana escrita en Europa” y “Comer con la mirada” para Ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, Argentina. Su novela “Berlín es un cuento” es su libro más reciente.