


“Una de las mayores virtudes de la novela debe ser su desnudo”, dijo en una de sus conferencias el novelista cubano Antonio Benítez Rojo. Y explicaba que sólo cuando el lector llegaba a conmoverse ante la realidad narrada igual que nos conmovemos siempre, como especie humana, ante un cuerpo desnudo, sólo entonces, el escritor podría decir que había escrito una obra perdurable. Ese estremecimiento, ese rubor bajo el influjo animal del pudor, ese descubrimiento del propio cuerpo en el desnudo del otro, significaba para Benítez Rojo una cruz de ceniza que garantizaría la salvación de la novela.
Leyendo La Tabla, novela más reciente del narrador cubano Armando de Armas, tuve la sensación de enfrentarme a ese desnudo. Y tuve que coincidir con las palabras de presentación del ensayista Emilio Ichikawa cuando hablaba de que cualquier lectura que se haga de esta novela propondrá, invariablemente, un viaje por la memoria. Yo diría algo más: un viaje en el cual asistiremos al asombro de una memoria común que se va desnudando, en un exquisito y sutil striptease, inconcebiblemente sin desnudos visibles.
Allá en Cienfuegos, en los inicios del 90, Armando de Armas y Raúl Antonio Capote me hablaron, una vez tras otra, de sus locuras narrativas. Ya por entonces yo, apegado a un realismo del que sólo me libraría años después, consideraba sus proyectos como perfectas locuras: Capote construía un país donde luchaban por el poder lagartos, enanos, buitres y otras animalias fabuladas a partir de los seres humanos que nos rodeaban, en un largo camino que terminó en su excelente novela El caballero ilustrado; Armando de Armas contaba unas historias de tintes oscuros, siempre desesperanzadores, con personajes condenados que, rara vez, encontraban un destello de luz al final del túnel. He recordado esas historias mientras leía La Tabla. La memoria se activaba. Y ante mis ojos pasaban señales que creía olvidadas, momentos que la propia memoria había cubierto de máscaras y pieles, como si quisiera ocultar todo aquel desasosiego, aquel estar sin estar, aquel creer sin creer, aquella desilusión convertida en aire a respirar que vivimos en la Cuba de los años 90.
Se trata de una novela que marca un antes y un después en la narrativa de este autor, sin dudas. En ella todo ese universo fabulado que Armando de Armas nos mostrara en sus libros de cuentos, e incluso muchas de las historias que nos contó en aquellos años y que jamás han terminado en una hoja en blanco. Es un libro vital porque habla de una generación, de nuestros sueños, de miedos sepultados en la cotidianidad, de la irreverencia secuestrada, de los ámbitos diversos de la mentira con la misma fuerza con la que crecía el marabú en aquellos campos de Cienfuegos que contemplábamos desde las camas de los camiones en que nos movíamos de ciudad en ciudad. Quizás él no lo sepa, porque los escritores jamás imaginamos los resortes que hacemos estallar en nuestros libros, pero ha escrito una de esas novelas que, para decirlo en palabras de Soler Puig “reconstruyen una época desde su propia miseria”.
Por eso la memoria se desnuda: en detalles, simples muescas que la vida fue haciendo en nuestros cerebros, reconocibles, como ese culto al mar en su dualidad de salvador y tumba; como ese miedo a lo que puede venir de donde nunca se sabe y que nos hace estar todo el tiempo cuestionándonos nuestros más mínimos actos (porque nacimos en un país donde el mal viene de sitios que jamás pueden determinarse, aunque se imaginen); como esa domesticación de los sueños del niño que pudimos ser mediante la marcialidad, la colectivización de la individualidad y las máscaras; o como los colores de un uniforme, las letras de una canción, los portales de una ciudad, los cines de otra ciudad, o esa crucifixión (forzada por las circunstancias externas en contra del personaje) que se mantiene en todos los momentos del Amadís niño en la cual clavamos en la madera de la cruz los restos de nuestra memoria religiosa hispánica. ¿Quién no lo recuerda?
Amadís asiste a esos desnudos. Los protagoniza. Casi nunca se entera. Y en ese “no enterarse” está el mejor recurso que permite al escritor que todos esos desnudamientos ocurran sin aspavientos. El estremecimiento no está en la mirada, está en la propia memoria que se desnuda y nos muestra lo olvidado, lo guardado, lo escondido. Y mientras se desnuda, Amadís (el caballero proletario Amadís ¿de Gaula?) va sumando otros desnudos compartidos: sus amigos, su familia, las preguntas que todos nos hicimos allá en Cuba, alguna vez. Y esos otros desnudos son, en sí, otros recursos: mediante ellos Armando de Armas construye un muestrario de la multiplicidad de escenarios humanos que se debaten en la Cuba que habita su personaje. Y los cuestiona: a sus abuelos, a sus amigos, a sus primos, y a esos otros que cabalgan en un “afuera” siempre amenazador, siempre incomprensible para ese Amadís que crece en la novela en tanto crecen sus miedos y sus preguntas.
Es La Tabla, además, un amplísimo retablo donde, viviendo una vida insegura, cuestionadora, irreverente pero medrosa, los personajes (desde la visión inquisidora e inquisitiva de Amadís) intentan responder muchos de esos porqués que los cubanos nos hacemos desde aquel lejano 1959 en que asistimos al mítico triunfo de los míticos barbudos. Y esas preguntas cuestionan hasta los más simples detalles: “¿la muerte es ida o regreso?” ó “¿y Fidel, es guapo?”, concluyendo “¿no te parece que eres un poco preguntón?”. Por la necesidad de respuestas. Algo que nos falta. Y algo que el escritor esgrime desde la primera hasta la última página de la novela para construir, más allá de las historias narradas, otras historias que indagan en ese ser especial, contradictorio, enemigo de todos y de sí mismo, que nació en la isla con el paso de los años y las mentiras. Es, también, por ello, una novela con una cargada filosofía de vida y Amadís es el portador de una cubanidad filosófica que aceptamos como propia porque se va desnudando ante nosotros con nuestros mismos gestos y nuestras mismas manías. Y es, sin pretenderlo, una novela crítica, de profunda incisión en los problemas sociales de nuestra isla, pero analizados desde una perspectiva que le permite escapar de los maniqueos argumentos con los que, en Cuba o fuera de ella, se escribe esa narrativa cubana cuestionadora de nuestra problemática social: Armando de Armas utiliza la voz de uno de los millones de don nadies que sufren los avatares y los vientos negros de esa crisis social (nótese que el personaje llega a cuestionarse por qué le han llamado Amadís si ni siquiera puede ser el heroico Amadís de Gaula). Pero también, y es algo esencial, a pesar de tratarse de una novela monologada básicamente, esta posición del narrador le permite a Armando de Armas convertir la novela en una obra coral donde Amadís asume las voces y los pensamientos de todos esos que hacen su vida en torno a él y que él conoce tanto como a sí mismo. Y ese punto de mira tan especial le permite cuestionar la realidad desde la pertenencia, desde un plano nada heroico, muy popular, múltiple, coral, absolutamente despojado de los tics repetitivos con los cuales suele observarse (quizás sea mejor decir “empañarse”) la gran Historia.
La construcción narrativa es otro de los aciertos de La Tabla. Llama mucho la atención que todo este entramado, los desnudamientos, las preguntas, el hilvanar mismo de las historias, las acciones que saltan en un tiempo que parece encogerse y expandirse bajo las palabras de Amadís, está asentado en una oralidad que discurre como esos ríos de conversación en los cuales suelen hundirse los viejos campesinos cubanos cuando, sentados en un taburete que apoyan contra las tablas de palma de un bohío, cuentan a sus nietos las historias de sus vidas. Fluyen las historias de Amadís porque fluye la prosa de Armando de Armas, sonora, cargada de cubanismos, matizada por esos gorgoteos de la cotidianidad que van dejando un fino hilo que nos permite saber de qué época habla, a momentos lenta, a momentos encabritada y veloz, a momentos saltarina, viviendo cada salto en tiempo como pequeños flashazos de la memoria que, continuamente, se nos desnuda, y termina en un vacío existencial que inunda todos los escenarios, pasados y presentes, de la infancia, la juventud y el hoy de los personajes, de la isla; un vacío del que ni el propio personaje principal logra salvarse: “y no siente nada, ni euforia, ni tristeza, ni miedo, ni nostalgia, ni deseo de cubrirse, sino vacío, un vacío dentro de otro vacío”.
Novela de una generación, novela de una época, novela de tesis, novela filosófica, novela inquisitorial de una realidad que tortura, La Tabla, quién puede dudarlo después de su lectura, es una de las novelas más duras, humanas y cubanas que se han escrito en las letras cubanas en los últimos veinte o treinta años. Armando de Armas, sin saberlo, se puso el listón bien alto. Su reto ahora es saltar, literariamente, con otra gran obra, un listón tan alto.