Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Más allá de las verdades oficiales

Entrevista al escritor y periodista colombiano Alberto Salcedo

por Laura García

Página 1

En los años `60, con la publicación de su obra A sangre fría, Truman Capote profundizaba en un nuevo género que fue bautizado primero como non-fiction-novel y que posteriormente se llamó, simplemente, nuevo periodismo. Hoy lo conocemos también con el nombre de crónica literaria.

Lo cierto es que no importa el nombre que se le dé, este nuevo género exploraba otra forma de narrar lo sucedido sin falsear datos y hechos. El nuevo periodismo se atrevió a pedirle a la literatura que fuera su amante y, como todas las relaciones prohibidas que se hacen públicas, causó gran polémica y revuelo en su momento.

Además de Truman Capote, otros devotos periodistas aceptaron ser los celestinos de la pareja periodismo y literatura, entre ellos, Gay Talese, Norman Mailer y Tom Wolfe. Todos ellos tomaron el reto de contar la realidad a través de las técnicas con las que se escribe la ficción, enfrentándose no sólo a lo polémico que esto resultaba en la época sino al desinterés de los periódicos, cuyas páginas no tenían suficiente espacio para estas crónicas y cuyos dueños no estaban interesados en publicarlas. Los nuevos cronistas fueron entonces acogidos por las revistas: Esquire, Playboy y The NewYorker se especializaron en publicar las historias que el nuevo periodismo estaba produciendo y el resultado no se hizo esperar: los lectores agradecieron – y agradecen – a los innovadores.

Hoy en día, mientras Jon Lee Anderson escribe desde el corazón de la guerra con el corazón de la  literatura, en Latinoamérica hay un cronista que se encarga de perfilar a los perdedores, rescatar a los héroes de la cultura popular, testimoniar la cruda realidad de su país o de ser la voz de los que alguna vez fueron la luz y hoy son la oscuridad. Se llama Alberto Salcedo Ramos, es colombiano, es barranquillero y a estas alturas, ya es un maestro en su oficio y su obra va camino de convertirse en un clásico del periodismo narrativo colombiano.

En medio de un viaje para ser jurado en un concurso de cuentos en Barrancabermeja y regalándome minutos preciosos de una noche muy corta porque a las cinco de la mañana saldría su avión para Bogotá, Alberto Salcedo Ramos me regaló esta conversación por chat:

 

Enanos toreros, futbolistas de menor carrera, boxeadores derrotados por la vida, enterradores de perros, transexuales que tienen un equipo de fútbol, juglares de tu tierra, víctimas de la violencia… Y podría seguir haciendo una lista de los personajes que has inmortalizado con tu pluma. ¿Podrías contarnos un poco sobre el proceso que hay detrás de estas crónicas?

Muchas de mis crónicas son sugeridas por los editores de los medios en los cuales colaboro. Otras son planteadas por mí a esos editores. En ambos casos, se trata de temas que reflejan los conflictos esenciales del ser humano: sus metas no alcanzadas, sus problemas cotidianos, sus estados de ánimo, sus desventajas en la sociedad por el hecho de ser minorías o pertenecer a grupos segregados. Últimamente, ando enchufado con el tema del conflicto colombiano. Me parece que en este terreno no solo hay buenas historias sino que existe la posibilidad de practicar un periodismo que ayude a construir un mejor país, aunque suene un poco rimbombante.

Sin duda, pero… ¿cómo hace el periodismo un mejor país?

Haciendo un esfuerzo serio por ir más allá de las verdades oficiales. Prestándole toda la atención a los excluidos. Untándose de barro para mostrar el país que no le interesa a la gran prensa. Denunciando a los bárbaros, a los corruptos. Algunos de estos retos no son tradicionalmente un asunto del periodismo narrativo, pero uno puede contribuir desde acá. Me he dado cuenta de eso.

¿Recuerdas algún personaje que haya sido especialmente difícil de abordar?

Bueno, el que te voy a mencionar no ha sido difícil sino imposible: Diomedes Díaz, el cantante vallenato. Llevo más de dos años dedicado a recoger toda la información posible sobre su vida: he hablado con más de 70 personas, entre familiares, colegas, compositores, allegados, amigos, gente de la industria fonográfica, periodistas, hijos, mujeres, ex mujeres... pero el propio Diomedes no ha querido hablar ni lo va a hacer. De todos modos, yo contaré la historia con las muchas voces que he ido recopilando.

¿Y por qué no habla él?

Bueno, yo lo entiendo. Si yo estuviera en sus zapatos también le huiría a ese cronista de mirada fisgona.

Fisgona pero respetuosa

Mi idea no es exaltarlo ni lincharlo, sino mostrar su vida -- que es apasionante -- con todo el respeto del caso y, sobre todo, aprovechar su historia para hacer un retrato profundo del país que tenemos; y un retrato de las relaciones que ese país construye con sus ídolos populares. Diomedes ha sobrevivido como artista sin la prensa. Es consciente de que no necesita un relato hecho por mí. No le va a servir, acaso, para vender más discos. Si yo fuera un redactor farandulero que solo quisiera decir cuáles son las canciones que va a incluir en su próximo cd, seguramente hablaría conmigo. Pero él sabe que lo que yo busco es otra cosa, rigurosa, profunda y, si se quiere, un tanto indiscreta.

¿Y esa es su principal razón para no aceptar?

Sospecho que sí.

Difícil misión...

Debo decir que yo contaré su vida con respeto, que valoraré cada dato que consiga, pues aunque él haya sido una persona de conducta dudosa, tiene derecho a su buen nombre y al respeto de su intimidad.

Hablemos de los perdedores. Son recurrentes los perfiles de perdedores en tus crónicas ¿Qué es lo fascinante de contar sus historias?

Bueno, los perdedores me empezaron a gustar de manera espontánea, sin ser consciente de eso y sin ponerle mucho misterio. Cuando me hicieron notar esa preferencia, entonces vinieron las preguntas: que cuáles eran las razones, que cuáles eran mis motivaciones estéticas o profesionales. Los perdedores quizá son más humanos. Más cercanos a la desnudez original. Es más fácil apuntar al centro de sus corazones. Los ganadores suelen blindarse contra las miradas que escarban muy adentro, porque son rehenes de su propia imagen de vencedores, y por tanto lo que muestran es el ángulo de la foto y no el alma. Hay, además, mucha gente encargada de rodearlos, de esconderles los defectos, de taparlos, de resguardarlos en los búnkeres de su fama... Últimamente han surgido voces que nos cuestionan a los cronistas el hecho de no mirar con mayor atención a los poderosos. Marianne Ponsford, la directora de la revista colombiana Arcadia, escribió un editorial brillante sobre el tema. Y también lo hizo Martín Caparrós, en una diatriba que escribió en la revista Etiqueta Negra contra los cronistas. Sin duda, los dos tienen razón. Esa es una falencia gruesa en el nuevo periodismo narrativo de América Latina. Quizá hay mucho miserabilismo, mucha obsesión por mostrar las mataduras de los pobres, y en contraste nos falta que ayudemos con nuestras plumas a retratar el universo de quienes manejan los hilos del poder en la región. No es que esté mal hablar de los problemas de los excluidos. Ni más faltaba. Pero hay que admitir que tenemos esa tremenda deuda de mostrar también ese otro mundo del poder, que es una parte importante de la realidad.

En tu crónica sobre el batallón del ejército que opera en el páramo del Sumapaz, a 3600 metros de altura, decías que los medios «nos presentan la balacera y nos ocultan el país que está detrás» y llamas a Colombia «el país de nunca jamás». ¿Qué ha descubierto Alberto Salcedo, detrás de la balacera, en sus periplos por Colombia?

Bueno, es complejo reducir todo lo que he descubierto a una respuesta, pero te diré algo breve sobre el particular. Hace poco salió publicada en Gatopardo la mejor crónica que he publicado en los últimos tiempos. Es la historia de dos hermanos ex combatientes que estuvieron en bandos enemigos: el uno era paramilitar y el otro, guerrillero. Haciendo esa crónica, y haciendo otras relacionadas con el conflicto (como la que escribí sobre las minas antipersonales en el Oriente de Antioquia), uno aprende que el país está muy fracturado. Hay lugares que, desde el confort en el que viven las élites del centro del país, parecen una lejura. Lugares que son vistos como un problema remoto. Hubo un tiempo en que la guerrilla era vista como un problema de ciertos colombianos que viven lejos. Pobrecitos, allá ellos, tan negritos, tan indios o tan pobres. Pero cuando el problema tocó las puertas del poder central, cuando la infamia del secuestro dejó de ser una plaga que solo afectaba a los gamonales de la periferia y empezó a alterar la vida de los poderosos del centro, entonces cambió la percepción. Así ha ocurrido con casi todo. Esa fractura social es muy honda y muy dolorosa, y me temo que se necesitarán cambios verdaderamente serios para mejorar la situación. Digamos que, entre todo lo que he aprendido caminando, eso es lo que quiero resaltar en esta respuesta.

Fuiste a Chile en el marco de algunas actividades de la UDP. Allí hablaste de televisión cultural. Tú eres director de programas televisivos de investigación periodística. Sin embargo, hablar de «televisión cultural» o de «programas culturales» está generando malos entendidos cada vez más enredados en Latinoamérica. Yo he tenido la oportunidad de ver televisión distintos países latinoamericanos: México, Perú, Chile, Argentina, Venezuela y Colombia. En casos como el de Argentina y Chile, la llamada «televisión cultural» ha sido desplazada a los canales estatales. Quisiera saber, en tu opinión, qué pasa con la «televisión cultural», cómo haces tus programas, qué dificultades se te presentan, qué experiencia queda de hacer televisión en medio de las tantas contradicciones que presenta este medio.

Bueno, hace rato no dirijo televisión. Me he apartado porque quiero escribir y decepcionado por el manejo que se le da a eso en Colombia: presupuestos de miseria, tráfico de influencias en las licitaciones. Hacen una licitación para adjudicar unos pocos capítulos y después repiten eso hasta la saciedad, porque no hay más presupuesto. Es verdaderamente terrible y penoso. Yo siento que a través de una crónica de prensa que haga viajando a pie, hago más cultura que en un programa de televisión cultural con tantas restricciones. Sin embargo, la culpa no es del medio -- la televisión -- sino de quienes lo manejan.

Cuéntanos alguna novedad que estés escribiendo, algún personaje que esté siendo «víctima» placentera de tu pluma ahora.

Además de lo de Diomedes, tengo otras ideas pendientes, que seguramente verán la luz el próximo año. Casi no me gusta anunciar lo que está pendiente pero haré una excepción para decirte que quisiera escribir una crónica sobre los tambores de Palenque, el pueblo de negros cimarrones que queda a una hora de Cartagena y que tanto ha dado de que hablar en los círculos académicos y literarios.

Alberto Salcedo Ramos ha publicado los libros de crónicas De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, Los golpes de la esperanza, Diez juglares en su patio (en colaboración con Jorge García Usta) y El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. Con esta última obra coronó dos años de intensa investigación, primero bibliográfica y después con la familia y el mismo Antonio Cervantes «Kid Pambelé», para reconstruir magistralmente la vida y obra de este ídolo del deporte colombiano, que estuvo en la cima de la gloria y cayó en la bajeza de la miseria.
Las revistas colombianas El Malpensante y especialmente SoHo, recogen el trabajo de Alberto: sus perfiles, crónicas y reportajes, entre los que se cuenta el aclamado «El testamento del viejo Mile», reportaje al compositor vallenato Emiliano Zuleta.
Yo sé que sería poco profesional escribir acá sobre un amigo muy querido, aunque no exagere al decir que su extraordinario talento es directamente proporcional a su amabilidad, generosidad y profesionalismo. Entonces le pregunté cómo se describiría a sí mismo Alberto Salcedo Ramos. Aunque mi pregunta lo complicó un poco, su respuesta fue la de un cronista de pura cepa:

«Se me viene a la memoria una frase que me dijo la hija de Gustavo Arango, un periodista amigo que vive en Nueva York. La niña tenía apenas dos años cuando yo estaba de visita en su casa, almorzando con su padre. De pronto, la niña llegó a la mesa y sin ningún tipo de rodeos me disparó esta pregunta textual e inolvidable: «oye, Albertosalcedo: ¿tú por qué eres tan divertido?» pongo como testigo a Gustavo Arango, que es un tipo serio, de que la historia es absolutamente cierta. Si yo mismo dijera eso, sonaría catastrófico. Pero lo dijo una niña y a los niños hay que creerles. Digamos que yo quisiera creerle.»

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