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«A muchos los han echado y como quien dice se las han echado, allá en la laguna de los patos, frente al Parque México. Allá los policías las encueran, las remojan, le dan toques en las chichis a una, bueno, a uno. ¡Ay, señor! Son unos terroristas». Habla «la Winnie Poo»; de cabello azafranado, la carne rolliza desborda el vestido rojo amanecer y lo demás «naturalito, nada de inyecciones para el busto y las nalgas.»
Escualos en el agua urbana de la noche con torretas y luces apagadas, cobran sus presas los carros policiacos. Travestís, prostitutos y gays obvios o bajo sospecha, son detenidos a mansalva y sólo de cuando en cuando llegan a la comisaría.
Misisipi y Melchor Ocampo. La patrulla 03172 levanta a dos vestidas. Gritos, una vara en el aire estilo kung fu. El par de policías los trepa por la puerta trasera. Pregunto qué ocurre:
—Son hombres, están ejerciendo la prostitución.
—Sospechosos —dice el otro— están rondando la embajada de Estados Unidos. Una de las vestidas impregna el cristal con sus labios rojos. La embajada está a medio kilómetro.
Arrancan, encienden luces y sirena. Doblan por Su-llivan, la calle está retacada de prostitutas intocables, serrallo de un político. Un par de cuadras antes de la comisaría de la Cuauhtémoc, apagan luces y el ulular, dan vuelta en la calle de Mosqueta que a perpetuidad tiene sus faroles apagados ad hoc para la extorsión. Aceleran y se desvanecen con su cargamento en la penumbra.
En México es candente y retorcido el espectro de la homofobia; ocupa el segundo lugar en los crímenes por odio a la «gaycidad», después de Brasil. La muerte es el último gancho para colgar a las «malas costumbres» en el frigorífico de la moral. Empieza con el acoso en el trabajo, siguen en las expediciones punitivas callejeras.
Madrugada de un viernes de quincena en el barrio decoroso de la Condesa. Unas treinta vestidas, como se llaman en las cofradías travestís, me rodean lacrimosas, para narrar cuitas y maltratos de la policía. Corre el rímel por las mejillas, se mezcla el olor del perfume marca diablo con el albañal en la temporada de lluvias.
Los vecinos claman por «razzias». Hace unos meses llamaron a la policía, que encontró una nueva forma de extorsión: circular a la «plaga» sin eliminarla, caerle a quienes no obedecen la orden de moverse a otras esquinas.
En Insurgentes las vestidas restriegan el busto en los cristales de los automóviles. La clientela hace fila para escoger. Allí viene «la Winnie Poo»:
—Entre semana funcionan como señores, son jefes, tienen hijos y todo eso, se cogen a sus secretarias, a sus esposas casi no, al menos eso nos cuentan cuando estamos en el cuarto. Lo que más les gusta cuando nos encueramos es que les enseñemos el pito. Lo que más nos exigen es que nos «pongamos» lencería y luego se dan su antojo. Me llama la atención que la mayoría usa bigote y tenemos que hacerles el amor, porque casi todos son pasivos. Pero el negocio está cambiando, la policía ya anda también tras los clientes. Al salir del hotel los agarran y amenazan con denunciarlos a sus familias y en el trabajo. Todo depende de quién sea, porque algunas de nosotras ya se pasaron del otro lado y le sacan a los clientes quiénes son, los emborrachan y buscan sus direcciones. Si es importante le avisan a la patrulla que no los toque. Es una forma para que no molesten a las compañeras y las dejen trabajar sin mordida, así pagan su cuota. Yo no estoy de acuerdo, soy «éctica». Hay clientes a los que les sale lo macho y los llevan a la delegación, pero se les voltea, porque entonces llega un reportero de las revistas de policía y les toma una foto y les pide dinero. Si no le dan su retrato, sale en los periódicos y entonces los policías le dicen que saben dónde vive y trabaja, y pues sí... le sale más caro al pobre cabrón. Todos pagan. No se crea, algunos de esos varones, ¿santos?, regresan. ¿Me das un cigarro?... No, sin boquilla no, ¿ crees que me volví puta?.
El círculo de travestís se inquieta, los afeites se contraen, otean como ñus cuando llega el olor de los leones y de pronto cae una lluvia de toletes y macanas; la gresca suena, claxonazos, histeria, trompadas y cachetadas. Un policía arrastra a una del cabello entre zanahoria y jitomate, se aprieta sus pechos plásticos, resiste el brasier, sus tacones sacan chispas en la banqueta, cuando la suben a la Julia quedan zapatos sobre el asfalto, pelucas y pestañas postizas, detritus del zipizape. La Gigi se cae de borracha aferrada a un farol. Trepan a Zoraida, Diva y Divina. «La Winnie Poo» trota desafiante y menea la bolsa cual Sweet Charity Hope:
—Ya me la sé. Les van a hacer lo que a mí una vez que me apañaron. Los granaderos me lo hicieron hacer hasta con seis, me encerraron en un baño del edificio Aristos. Las patrullas 3061 y 3099 son las principales. Cuando una no trae dinero, de remate la ponen a hacer sexo oral, el guagüis. Me hicieron pasar por todos. Es el comandante de ellos el que nos tiene amenazadas, le dicen «el Perro» al señor.
Ningún vecino asoma por las ventanas de los edificios y casas, algunas de vago art decó, otras de efímero modernismo. Si tuvieran postigos, habrían salido con disimulo a cerrarlos. Llamar a la policía sólo complicó los pudores. Vecinos, jotos y autoridad, todos cómplices de un fragmento de universo en el que cada quien es sospechoso de ser degenerado.
Extravío en el reclusorio
El Torito es la cárcel para los que infringen el reglamento de las buenas costumbres, borrachos, maricones, travestís, padres de familia que no acudieron al citatorio por una deuda; es el caldero piadoso de las brujas de Macbeth en el Distrito Federal. Encierro de 36 horas, pasan lista: Christian, Sarahí, Narciso, Edwin, Pamela, Dinori. Llueve. Los que no están señalados por jotería dan su nombre gallardos. Putos clandestinos engolan la voz, algún ebrio se tambalea, la remesa de travestis cuchichea. Les quitaron el maquillaje para la ficha. Hay veteranas que han entrado medio centenar de veces. Fuera medias y zapatos de tacón para prevenir estrangulamientos y puñaladas. Brotes cactáceos, los vellos de las piernas empiezan a crecer, las barbas ensombrecen lo que resta de la diamantina en las ojeras y párpados. Son quimeras que cuchichean en la cuerda floja de la penumbra, mascan chicle, alguna tararea una canción de Ana Gabriel.
Carlos de día, Neftalí de noche, platica recargado en una mesa del comedor soporoso. El vapor flota con el olor de la entraña hervida que les dieron de cena. Es líder:
—Tratamos de organizamos contra la corrupción. Nos apañan y no sabemos por qué. Aquí llegamos las que no pasamos el filtro, las que no le dimos dinero al policía ni al Ministerio Público o las que no pudimos pagar la multa, porque la policía o el Ministerio Público ya nos habían quitado el dinero. En julio nos plantamos frente a la Delegación y lo decidimos como el Día del Travestí. No sabíamos que eran elecciones. Nos reprimieron antes de llegar.
Se puso Neftalí creyendo que era nombre de mujer. Se le quedó.
Contra la virilidad gay y lo obvio
Su labor era la toma de espacios y la imprudencia su estrategia. La ciudad de México es una arpía timorata. La consigna fue pervertir las buenas costumbres de la urbe. Bajo este pendón, José María Covarrubias recorría andurriales y sitios de postín. Con tan sólo el garbo de un frenesí contra cualquier atisbo de injusticia, hizo del escándalo su alabarda. Comenzó esta lucha sin sospechar que los molinos de viento le iban a segar la vida.
Lo invitaron a un programa de televisión en el que participaba Jorge Serrano Limón, el adalid de Provida. Infló condones frente a las cámaras y casi se los restregó en la cara. En la emanación de los baños públicos de categoría sórdida repartió condones. Empezó esta campaña de tañidos irredentes a mediados de los ochenta. Solitario, se daba a la lucha apenas con su pareja y algunos asiduos. Fundador del Círculo Cultural Gay, pionero en las marchas del orgullo homosexual, naíf de travesura picara, se encueraba durante las escalas en rituales festivos. Decía que «la 'gaycidad' es alegría que debe salir de un closet lleno de momias y no de esqueletos a secas.»
Cunde el sida. Es cosa pública. En el ámbito trastocado el homosexual es demonio y a los estigmas se agrega un ente nocivo e infeccioso, la muerte medieval con el pene convertido en guadaña. La estación del Metro Hidalgo se ha convertido en un purgatorio espeso para el ligue. Allí renueva la policía sus métodos de extorsión. A quien sorprenden con un condón, el hule se vuelve evidencia criminal.
—Basta que te lo encuentren para que te metan a patadas en una patrulla. Ya me tocó en la 330 y la 316. Dijeron que me dejaban ir si les hacía un guagüis —cuenta uno de los chamacos. El sexo oral como espada seminal de doble filo, el placer degradante, la homosexualidad enconada de la autoridad.
«Mientras más obvio eres, más te van a fregar, entre más joto pues, cuando transgredes con cierta feminidad. ¿Y por qué no hacerlo?», Jacinto, (RIP), seropositivo, estudiante de literatura en Estados Unidos, vacaciona en la ciudad de México. Se contonea por la Alameda, desafía a los gendarmes tratando de enraizar las buenas costumbres que disfrutan los homosexuales en Nueva York y San Francisco, pero en el ámbito defeño de «una ranchería con luz eléctrica que aparece en el mapa, pero ni siquiera pavimentada, mira nada más los baches». Los gay sueñan con el espejismo de la tolerancia extranjera. Patinan en su idea de nación.
—Se está en el derecho de trasgredir femeninamente —dice José María Covarrubias, Chema, «la Pepa», desgarbado, desempleado, casi siempre con pantalones amplios, playera y el anhelo de comprarse una prenda de diseño, pero gastaba lo poco que tenía en la denuncia—. No debe ser por eso que la policía se te venga encima. Uno está en su derecho. Esto de los amaneramientos es toda una política de la apariencia. Pero también hay machines de apariencia que son gays. Van a bares como El Taller, donde no se permite la entrada a mujeres. Eso también es discriminación y una patología de su dueño, la González de Alba.
El escritor Severino Salazar fue con unos amigos a ese bar; a uno le cerraron la puerta porque a los guaruras no les gustó cómo se cortaba el pelo.
—Aquí no es bar de locas —le gritaron en público.
—Entonces qué es.
Fue en vano, no recibió respuesta.
—Ya puesta en marcha, la vejación de los homosexuales es una parte del ejercicio del poder en todos sus niveles —jotea José María.
El San Sebastián asaeteado es el santo y figurín de las buenas intenciones gay que pavimentan las veredas del infierno citadino. El Círculo Cultural Gay denunció hasta la fatiga el caso de un travestí lapidado en San Antonio Abad, pero no consiguió que cayeran responsables.
Aparecer en un programa de televisión tiene consecuencias laborales. Le ocurrió a Roy, contador público, empleado de gobierno. Se desata en las pláticas de madrugada dentro del 42, bar próximo a Garibaldi. Asume su feminidad visible a sabiendas de que en el antro está seguro. Salir en la tele fue un estigma.
—Antes que nada somos humanos. Socialmente aceptados en la familia, pero no en la sociedad. Lo veo en mi trabajo. Nunca he cometido una falta, nunca me he metido con un trabajador, pero después de que salí en la tele el jefe y otros me preguntan si soy homosexual. Es una falta de educación. La gente del gobierno dice: pobre homosexual. Ellos se reprimen porque son políticos. Mi hermana es diseñadora, y muy buena, hace cosas muy elegantes. Si los modelitos se los ponen los niños «popis» no hay problema, pero en cambio si yo... Te suben porque te suben a una patrulla, y si no te rompen la cara. Unos judiciales nada más porque me vieron vestido así un día que me iba a divertir, se esperaron a que saliera del antro, me siguieron hasta mi casa, querían que les diera dinero cada quince días. Amenazaron con hacer un escándalo en mi trabajo. Les dije que se arreglaran con mi vecino que es judicial y me dejaron de molestar. Estoy seguro que es una loca reprimida.
El anhelo de la colectividad gay en la ciudad de México es un sano desvarío por despertar en Height Ashbury, pero sólo encuentra bares macilentos en un acoso de tinieblas. La boruca de unos cuantos atrae intelectuales desparpajados, defensores de la condición humana, anhelantes de la igualdad cosmopolita, soportes vanos de la «otredad».
En la cervecería Viena, al filo de la media noche, el ambiente es de rompe y rasga. La «gaycidad» se encarna en risas y barullo, allí se dan cita personal de todas las maneras e indumentarias: actores de televisión, escritores, gente del arte, empleados, —y por el porte y corte de pelo— soldados en día franco y espías.
Un funcionario de la Secretaría de Educación y su acompañante fueron asaltados a la salida del Viena. No son amanerados, pero haber estado en el bar puede ser un salvoconducto a la miseria policiaca. Los sorprendieron unos patrulleros por la espalda. No pudieron ver ni soca. De inmediato les rociaron la cara con gas. Obtuvieron un buen botín. Era día de paga.
Con todo, la gente se siente más segura en los antros, platica el circunspecto Rogelio, de consonantes fricativas y vocales redondas:
—Aquí rara vez hay pleitos que no pasan de un aventón. El horror está afuera y a las nueve de la mañana. Así me asaltaron cerca del Metro Allende, donde trabajo en un puesto de tacos. Me pusieron una navaja en el cuello: «No voltiés, ve para abajo». Me subieron a un carro de vidrios polarizados, con un paliacate en los ojos. Me lo quitaron en una casa muy fea por adentro, sentía frío. Eran tres y los tres me violaron. Sólo me quitaron la chamarra. No levanté acta. No supe a quién dirigirme, soy un joto muy obvio. Ya eran personas mayores, de más de cuarenta. Yo tengo veinticinco.
Bastó que un empresario próspero, apropiado y culto saliera una noche de El Taller. Abordó su auto y unas cuadras adelante lo interceptó una patrulla. Lo orillaron. Se detuvo. Le dijeron que traía droga. Como por telequinesia el asiento trasero estaba tachonado de pastillas. Lo subieron a la patrulla 031232. Lo agacharon en el asiento trasero. Fue a dar a un departamento amueblado. Había chavos bien vestidos, bocabajo sobre la alfombra, vigilados por cinco uniformados. Tenían que llamar a la familia para negociar un buen rescate o ser exhibidos en la delegación ante fotógrafos de prensa.
A un muchacho que vivía solo, le pidieron las llaves de su casa. Al rato regresaron unos policías con televisor, compact y videocasetera. Los fueron sacando uno por uno, para recorrer cajeros automáticos. El empresario salió al último. La tortura mental le costó una fortuna en tarjetas. Cree que no se pidió rescate porque los policías estaban cansados. Empezaba a salir el sol. No se denuncia cuando la autoridad tiene direcciones y teléfonos.