

Recuerdo que durante la Semana Negra de Gijón, en el 2004, el escritor cubano Justo Vasco me estuvo hablando maravillas de una novela que entonces llamó Luz Poniente. Era una de las finalistas del II Premio Umbriel de Novela Negra y, finalmente, obtuvo la Mención Especial del jurado. La leí al año siguiente, publicada bajo el nombre El manuscrito de Dios.
Fue alucinante. Y se lo dije a Justo Vasco. “Es alucinante, hermano”, y recuerdo sus palabras: “cuando conozcas a Biedma verás que él también es un tipazo alucinante, no puede escribir de otro modo”. En el 2006 volví a recordar las palabras de Justo, que había fallecido dos meses atrás, cuando tuve que oficiar de jurado en el Premio Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela negra, en la cual competía aquella novela de Juan Ramón Biedma.
Sigue siendo alucinante. Juan Ramón Biedma es uno de esos escritores que se te quedan en la memoria cuando lees sus libros. Y es un proceso extraño: ¿por qué no puedo separar los escenarios de Biedma, oníricos, degradados, góticos, a veces execrables, de la imagen de ese amigo que es el escritor real de esos libros? Justo Vasco me lo decía: “A Biedma hay que leerlo sin conocerlo, porque si lo conoces sentirás su presencia de voyeur cuando estés leyendo sus novelas”. Decía que era un fantasma, un desdoblamiento, y que sus ojillos sagaces, prestos a fisgonear en la miseria humana incluso más invisible estarían siempre, en las sombras en las que se mueven sus personajes, como un personaje más, mirándote, haciéndote saber que tú también, lector, estás siendo vigilado.
Una rara sensación que comparto siempre con esos lectores a quienes aconsejo sus libros: “antes de leer a Biedma, vayan a su sitio web y vean sus fotos” y disfruta imaginando cómo también esos lectores sentirán la presencia fantasmagórica del escritor mientras leen El manuscrito de Dios, El espejo del monstruo, El imán y la brújula o El efecto Transilvania, las cuatro novelas publicadas hasta la fecha por este narrador.
Pero quien no conozca al lector, es decir, cualquiera de esos miles de lectores que han agotado ediciones enteras de sus libros, sin tener idea de la imagen real del ser humano que escribe esas páginas, disfrutará de un arte que combina la seducción de las clásicas novelas de intriga y best-seller con el mundo misterioso de la novela gótica (que nace de la mirada gótica con la cual Biedma contempla esta modernidad que vivimos), con un poderoso nivel descriptivo cuya mejor definición es “cinematográfico” y con una exactitud exquisita en la elaboración del diálogo como elemento caracterizador de los personajes y como elemento catalizador de acciones en sus tramas noveladas.
El resultado es explosivo y provoca, en todos los casos que conozco, una adicción a ese fenómeno literario que ya conocemos como Juan Ramón Biedma, por lo cual no me extrañó escuchar en la más reciente Semana Negra de Gijón, el pasado 2008, a un lector que hablaba del “Biedmismo narrativo” para definir su modo muy particular de armar las historias, mezclando procedimientos, técnicas y recursos de la novela gótica, la novela negra más clásica, la novela de aventuras, la novela de intriga y la fantasía heroica. Ese Biedmismo para confirmarse cuando ese mismo 2008 Biedma obtiene con su novela El imán y la brújula dos de los premios más codiciados por los escritores del género: el premio NOVELPOL, que conceden los lectores de novela negra de España integrados en esa asociación a la mejor novela del género publicada cada año y el internacionalmente prestigioso Premio Dashiell Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua española en todo el mundo.
“Sí, querido Justo”, me digo cada vez que leo alguna noticia de este autor que ya anuncia su próxima novela El humo en la botella, “Juan Ramón Biedma es un escritor francamente alucinante”.