


Mi amistad con Álvaro Castillo Granada se selló a perpetuidad bajo la sombra tutelar de Pablo Neruda una noche de septiembre de 1988. Dictaba yo entonces un ciclo de conferencias titulado "Chile: Pablo y pueblo", en la Alianza Colombo-Alemana, en Bogotá, cuando al finalizar una de las charlas, un adolescente tímido, impaciente, de ojos rutilantes, se me acercó en estado de trance para revelarme un secreto muy codiciado por mí en aquella hora. Con aire de complicidad se acercó y en tono confidencial me dijo: "Acabo de llegar del Ecuador donde conseguí las memorias de Matilde Urrutia sobre su vida con Pablo Neruda".
Me olvidé unos instantes del público, llevé a mi nuevo amigo a un rincón de la sala, le hice interminables indagaciones sobre su hallazgo bibliográfico y al final, fue inenarrable mi alegría cuando comprobé que tenía ante mis ojos a un nerudólogo de tiempo completo, estudioso, investigador, coleccionista, fetichista y fanático del chileno, que como yo, llevaba a cabo su devoción en la más completa soledad, debido a que tanto mis contemporáneos como los de él, siempre fueron más dados, quizás por la natural aversión de la juventud hacia los autores famosos y reconocidos en vida, al culto irracional por los poetas contrarios a Neruda (Huidobro, Vallejo, Borges, Paz, etc.) que por el autor del Canto general y sus epígonos.
Desde entonces, cada encuentro con Álvaro (y han sido muchísimos, en Bogotá, en La Habana, en Santiago de Chile, en pueblos y veredas del vasto y ancho territorio colombiano), a lo largo de estos veinte años de hermosa y constructiva amistad, nuestro tema central de conversación ha sido siempre, sin excepción ni vacilación, la vida y la obra del poeta comunista chileno. No en vano, mi libro El otro Pablo Neruda (Bogotá, Editorial Planeta, 2003), lleva una dedicatoria que consigné con inmenso orgullo:
"A Alvaro Castillo Granada, nerudólogo Grado 33".
Con el ir y venir del tiempo y haciéndome siempre partícipe de sus deslumbramientos y descubrimientos nerudianos, Álvaro se ha convertido en un verdadero millonario en joyas bibliográficas del poeta, en un afortunado pescador de datos y anécdotas, y en un minucioso detective de secretos referentes a nuestro dios particular.
Tanto así, que durante años lo anime para se diera a la gratísima tarea de escribir un libro que desenredara los mil y un laberintos en que se envuelve la odisea del chileno en su trayectoria vital, política y literaria. Además de poseer un estilo literario ágil, directo y muy ameno, Castillo Granada contaba con el aval de los pontífices del nerudismo mundial, que al mismo tiempo fueron sus amigos cercanos y entrañables, como Volodia Teitelboim; los cubanos Cintio Vitier, Fina García-Marruz, Roberto Fernández Retamar, y algunos colombianos que estuvieron al lado del poeta durante las dos visitas oficiales que efectuó a Colombia en 1943 y 1968.
Y un buen día, cuando menos lo esperaba, recibí en La Habana una revista bogotana en donde se publicaban textos conmemorativos por el centenario del nacimiento del poeta, y allí aparecía una interesante crónica firmada por Álvaro Castillo Granada con valiosas revelaciones, sobre la estancia de Neruda en Bogotá en septiembre de 1943, cuando visitó por primera vez nuestra patria, gracias a una invitación especial del presidente Alfonso López Pumarejo. Dicho sea de paso, Álvaro tuvo la gentileza de dedicarme este artículo.
De regreso a Colombia en 2005, fui a ver a Álvaro en su templo de "San Librario", donde pareciera no tener espacio para un solo libro más, y mientras preparaba ese exquisito café tinto que solo él sabe preparar sin ningún preámbulo me anunció que estaba enfrascado de manera obsesiva y continua en la escritura de un libro sobre Neruda en Colombia y que prometía ser una obra voluminosa que crecía de manera incesante a medida que avanzaba, tanto por sus investigaciones en bibliotecas y hemerotecas de Bogotá y de América, como en las entrevistas que realizaba frecuentemente con personajes y testigos de la presencia del poeta en nuestro país.
Sobra, pues, decir, que este libro es el más completo y exhaustivo seguimiento a las huellas de Neruda en sus travesías por Colombia. Pero lo interesante del asunto es que en medio de "tantas idas v venidas y tantas vueltas y revueltas", Álvaro se tropezó con un lunar sorpresivo que en algún momento pudo manchar la portentosa epopeya nerudiana, por cuanto se le acusaba de plagio (ya le había ocurrido en su patria años atrás cuando jóvenes poetas animados por su archienemigo Vicente Huidobro, encontraron que su famoso "Poema 16" era una copia a papel carbón del "Poema 30" de El Jardinero, de Rabindranath Tagore), en uno de sus poemas más leídos y recitados a todo lo largo y ancho del continente: el "Farewell".
En algún momento de la visita de Neruda a Bogotá en 1943, el poeta y periodista Félix Raffán Gómez, de quien Álvaro Castillo da cuenta minuciosa en su libro, acusó al chileno de plagiar en algunos versos al célebre modernista peruano José Santos Chocano y al desconocido cubano Miguel Ángel Macau. Lo importante y lo agradable del trabajo de Castillo no es tanto la verificación de si hubo o no plagio por parte de Neruda, sino la detectivesca investigación realizada en bibliotecas públicas y familiares de diversos países en busca de la existencia, no sólo del citado poeta de Cuba sino de su poema "Los nautas", de donde supuestamente el chileno copió versos como "Amo el amor que se reparte en besos, lecho y pan"... y otros no menos famosos que integran el "Farewell".
La crónica de Castillo Granada no solamente semeja una novela policíaca por el interés creciente dentro de una trama que atrapa al lector palabra por palabra, sino que seduce por su capacidad investigativa y su dominio total del tema, pero sobre todo por haber sabido su autor adentrarse en un universo repleto de erudición y de buen humor, y regalarnos al mismo tiempo un ensayo interesante y veraz donde confirma una vez por todas las bondades esplendentes de la poesía y la inutilidad de buscarle huellas digitales a un fantasma.