


Siguiendo los dictados de su ojo geométrico, su temor a ver pasar junto a la juventud la vida, el poeta Valls ha logrado mantenerse atento a la esencia de la poesía y a su misión de testamento vivo; que en su caso implica transformarse en voyeurista, y vale decir uno de los más lúcidos de la poesía cubana, de su propia epopeya cotidiana. Hay poetas de grandes narraciones, de himnos que asfixian y someten, y otros que seducen con la palabra limpia y precisa, a la manera de los encantadores de serpientes, con una urdimbre de palabras frágiles, humanas, que rebota en los tabiques del confesionario, haciendo que todos comencemos a mirarnos por dentro. A estos debe haberse referido Nietszche cuando decía que si uno se asoma demasiado a un abismo lo arrastrará hacia sí mismo. Hay, en resumen, poéticas extravertidas, como un canto, que convierten el universo en una caja de resonancias; y otras introversas, que penetran, rompen, bloquean los sentidos en un descenso profundo, intentando revelar las contradicciones del hombre que se oculta detrás de los versos. Es entre esta confesional, a veces autocrítica, desgarrada, poética de los cotidiano, que habita en su esplendor la poesía de Juan Carlos Valls (Güines, 1965).
Debo aclarar que no todas las ventanas dan al abismo, aunque algunas de esas otras también provoquen vértigo. La gravedad y consistencia de los textos que componen La Ventana Doméstica (Iduna, Miami, 2008) no reside en su horro vacui, su hambre de apresar las imágenes y llenar las angustias existenciales, sino en que nos conduce a un paisaje interior minimalista en el que conviven todos esos grandes panoramas por los que ha transitado el autor. No se trata del ojo que bebe y describe, sino del observador maduro que ha descubierto un mundo mucho más trascendente: el de las poéticas personales. Para Valls, uno de esos bardos trashumantes, un hombre que ha vivido los más crueles y felices aguaceros insulares, ha llegado la hora de recogerse a un ambiente más concreto, en el que se devuelve esas experiencias vitales bajo los registros de una poética intimista, como si al regresar a su mesa de alquimista trajera consigo los fragmentos que le faltan para entenderse a sí mismo. Por eso todo gira entorno a un microcosmos personal donde la historia se devuelve somatizada, “pasa(da) por un filtro de sangre” [nunca fueron; pág. 41]. Hace más de 15 años que visito su obra, sus primeros poemas que luego recogiera en un volumen más amplio Los Animales del Corazón, libro seleccionado por tres de los más grandes poetas cubanos: Eliseo Diego, Fina García-Marruz y Roberto Fernández Retamar, para ser publicado en la colección Pinos Nuevos, del año 1994; sus elegías de Conversaciones con la gloria (Premio Calendario, 1997); las cartas poético-filosóficas y los poemas de La Soberanía del deseo (La Puerta de Papel, 2000); y por eso, me da gusto celebrar este primer libro suyo publicado en el exilio, esa otra provincia a veces inhóspita, a la que se lanzó con la humildad y la simpleza de todos los mortales.
La Ventana Doméstica, editado y prologado por el poeta Heriberto Hernández, quinto libro de poesía de la miamense editorial Iduna, tiene una cuidadosa edición y diseño (de Karina Geada, con fotos de Pedro Portal) que se suma con goce a la insipiente actividad editorial alternativa de la ciudad, que hasta hace pocos años estaba prácticamente dominada por las ediciones Universal, con algunas intermitentes aventuras editoriales. Dividido en dos grandes bloques, uno de los cuales incluye algunos poemas de su cuaderno Yerbas en el búcaro rojo (El Barco Ebrio, 1996), y otros inéditos, como el excelente He leído un poema de Diane Wakoski, en el que un texto de la poeta norteamericana sirve de inspiración para regresar a su adolescencia, cuando “alguien a media noche apretó/ contra su cuerpo mi cuerpo/ y dibujó en mí una ventana/ por la que más tarde se asomarían/ unos pájaros blancos/ que la gente/ con el sonido irónico de las palabras/ fue convirtiendo en negros y enfurecidos/ pájaros del desasosiego” [He leído un poema de Diane Wakoski; pág. 18]. Un poema, de por sí antológico. Es en esta primera parte en la que el autor avanza su tesis de la realidad como posibilidad, inasible, intimista, la realidad como un conjunto de alucinaciones que le son reveladas desde el subconsciente a un “hombre que escribe sobre sí/ (en) una habitación en la que se puede tocar/ el techo con la mano”; una habitación tan estrecha que recuerda a una camisa de fuerza o al cuerpo del poeta.
Habitarse a sí mismo, invitarnos a un voyeurismo íntimo, a descubrir su mundo de fantasmas personales, parece ser el motivo de la segunda parte, Bulto de Sombras, en la que desde el inicio establece un inventario en el que se rebela a las convenciones, la máscara, la dictadura de los prejuicios que han moldeado su conciencia: “todo lo que conozco tiene un orden/ un orden que en nada se parece/ a la concatenación de nombres/ vidas fechas y palabras/ que pudren lo verdadero” [El orden de las cosas; pág. 31]. Valls reconoce que toda poética para ser auténtica debe dejar fluir el drama humano, los dolores enterrados en el cementerio de la memoria, los pasajes más sórdidos agazapados en la sombra, pero que saltan, vuelven a él de regreso y le confirman que todo encerramiento es ficticio, que con el olvido corre el riesgo de convertirse en un ser que desconoce: “así puedo saber que no seré mañana/ otro que la mentira de hoy”, termina confesando en este mismo texto.
La vida del poeta está llena de angustias, animales y poemas. También de amantes perdidos que pasan fugaces, “precipicios artesanales del hombre” que modelan sus miedos. Sin embargo, a la manera de los naturalistas, esta vida pretende ser un reflejo de cualquier hombre, llegar a lo universal desde lo particular, provocar la empatía y devolvernos este acto de desgarramiento íntimo como si fueran pasajes de nuestra propia vida. Su hondonada de fantasmas termina por convertirse en acicate para nuestro propio pase de cuentas. Es hacia esa ventana, estación final de sus viajes, a dónde nos arrastra, después de aceptar en un acto de voyeurismo invertido que “el hombre eres tú/ yo soy el pedazo de conversación/ el montículo de polvo/ el paisaje visto de la ventana hacia adentro” [Miedos (II); pág. 39]. Al crear este vasto panorama personal, algunos textos funcionan como vasos comunicantes, no sólo porque los motivos y el espíritu de la poesía sean los mismos, sino porque como si se tratase de una conversación interrumpida, unos llevan en sí la semilla de otros, como cuando en un verso nos dice: “una casa un animal y yo/ guardamos en común el mismo deterioro/ el mismo argumento que nos lanza al vacío del mundo que nos prestan [Obcecado por un tiempo distinto; pág. 21], en la primera parte del libro, y luego lo argumenta: “él construyó una casa/ no puso bloque sobre bloque/ ni hierro sobre hierro/ pero sus días y sus noches/ alimentaron un animal de treinta y siete siglos/ que consiguió para su muerte/ un testamento y una pared [Una casa. Un muchacho. Un diminuto pez; pág. 51].
Asomados entonces a la ventana que el poeta ha dejado abierta, “en la primera casa o en la última/ de un pueblo que empuja al atardecer/ hacia lo invisible” [pág. 11], pasarán ante nuestros ojos las historias veraces, las ocultas, las posibles, mientras toma forma entre líneas esa casa que late, tiembla en un amasijo de huesos, y que ha querido el poeta como un caracol humano, mostrar a los extraños, esos seres cercanos y entrañables que no juzgan ni traicionan, y que interpretan las tragedias ajenas quizás sin otra excusa que buscarle explicación a su propia existencia.