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No se puede hablar del cuento cubano del siglo XX sin mencionar el nombre de Ángel Santiesteban. Y no exagero. Desde la aparición de sus primeros cuentos, la narrativa de este autor ha logrado impactar en el amplio escenario de la cuentística cubana de los años 90, convirtiéndose, primero, en uno de los nombres imprescindibles a la hora de elaborar cualquier estudio mínimamente serio sobre este tema y, después, a golpe de premios, transformándose en uno de esos pocos clásicos vivos de nuestras letras.
Su prosa fuerte, ríspida, precisa, dirigida a los profundos traumas humanos que han marcado a varias generaciones de cubanos, es respetada por todos los escritores cubanos, sea cual sea su generación y, al mismo tiempo, es temida por los funcionarios de la cultura (es decir, por aquellos escritores devenidos funcionarios, que han renunciado a la honestidad y la ética que debe caracterizar a todo creador, por irse detrás de las prebendas y las migajas que les ofrece el politizado sistema cultural de la Revolución).
Todos sus libros tienen una historia extraliteraria que contar: esas historias que algún día el propio Santiesteban deberá develar, tal vez al modo de esos “making of” en los que ciertos cineastas apelan a la empatía del público revelando las intríngulis de la filmación.
Lejos de toda alharaca, hombre desconfiado de otra promoción literaria que no sea la calidad de sus libros, amigo de sus amigos hasta las últimas consecuencias, defensor fidelísimo de la generación a la cual pertenece, Ángel Santiesteban (La Habana, 1966) es graduado de Dirección de Cine y tiene publicados los libros de cuentos Sueño de un día de verano (Cuento, UNION, 1998), con el que obtuvo el premio UNEAC en 1995; Los hijos que nadie quiso (Cuento, Letras Cubanas, 2001, Premio Alejo Carpentier de ese año); Sur: latitud 13 (Cuento, Ediciones Emily, España, 2006) y Dichosos los que lloran (Cuento, 2006, Premio Casa de las Américas de ese año).
Desde La Habana, vía electrónica, respondió a este cuestionario en carácter exclusivo para Otrolunes.
“El pasado es un cristal donde el recuerdo nos mira…”, dice una de las miles de décimas que escribió el decimista cienfueguero Francisco Otero. ¿Cómo ves hoy, desde la distancia y la madurez literaria, aquellos años en los que comenzaste a presentar a otras personas tus primeros cuentos?
Distancia sí, madurez literaria no tanto; quizá pienso que mientras me sienta como alguien que busca, aprende con sed insaciable, no voy a dejar de crear. Temo que un día amanezca sin necesidad de escribir. De todas formas, mirando el pasado, estos veinte años de puro ejercicio literario, he tratado de mantener la constancia, nada, el agradecimiento a las personas que apoyaron esta convicción de ser escritor. Es un recorrido largo e intenso, pero me ha hecho muy feliz en la medida que he ido ganando en conocimiento, oficio y maldad literaria. La distancia es mucha, pero más falta aún, y lo agradezco.
¿Por qué cuentista?
No sabría decirte. Cuando comencé quería crear historietas, mucho después lo intenté con la novela. El relato es un chispazo, una luz que enceguece y vuelve a desaparecer. También escribir largo me aburre, pierdo el aliento, no tanto la creación como el revisar. Es una agonía. A pesar de eso, tengo escritas tres novelas y otras dos en preparación.
¿Qué diferencia al Ángel Santiesteban narrador del Ángel Santiesteban ciudadano, teniendo en cuenta todo lo que para un ser humano implica la palabra “ciudadano”?
Para escribir no me pongo límites. El narrador que habita en mí es libre, hace lo que se le antoja, no le pongo pretexto ni ideas preconcebidas, él determina qué hacer y escribe. Mientras que el “ciudadano” que debo ser en algún momento, es un sufrido, por eso le entrega el tiempo al narrador; para no ser testigo de su realidad, se sumerge en la creación, y así de alguna forma tener fe, voz, voto, elección, poder discernir y tener con quién hacerlo, porque en la realidad no abundan aquellos que tengan el valor de decir lo que piensan, casi siempre por el miedo a ser reprimidos o a perder algún beneficio.
Quiero mencionar el nombre de tus libros y que me intentes resumir lo más que puedas qué mundo o qué mundos personales (qué miedos, qué preguntas) trasladaste a esos otros mundos que cada libro (re)crea:
Sueño de un día de verano (o Sur: latitud 13):
El miedo de las madres, en particular la mía, pues presencié su agonía cuando mi hermano estuvo en África. Esa angustia me marcó para siempre.
Los hijos que nadie quiso:
El amor a la literatura, su fe y esperanza, pues en ese libro se reunieron los cuentos que nadie quiso, las narraciones que fueron censuradas de mi primer libro, y otros que fueron desechados de antologías o de posibles publicaciones en revistas. Con la estructura del libro quise hacerle saber a los funcionarios y oportunistas que contra el arte no se puede, ellos envejecen, los cambian, a veces los expulsan, y en literatura, y el arte en general, no hay gobierno ni burócratas que puedan silenciarla. Pierden su tiempo, sólo hay que tener paciencia, saber esperar.
Dichosos los que lloran:
El hombre olvidado. Vidas en penumbra. Infiernos que la mayoría de la población cubana no tiene conciencia que existe. Muchos ni siquiera saben que en Cuba hubo campos de concentración, me refiero a la UMAP. Y de alguna forma quise sembrar en mi libro el dolor de esos seres humanos.
Parafraseando a alguien, una vez, Guillermo Vidal nos dijo: “si el chino Heras no existiera, tendríamos que inventarlo”. ¿Qué dirías tú?
Que es cierto, Eduardo Heras nos entregó su tiempo, tanto que perjudicó su obra literaria. Y se va a morir de esa manera, esa es su voluntad, su primer oficio: Maestro Normalista. Lo que le gusta es enseñar. Es una gracia, una bendición que muchos de nuestra generación hayamos podido contar con él. Por cierto, a Heras debe haberlo inventado Dios, demasiado perfecto.
¿A qué atribuyes esa aureola de temor que crean ciertos grises personajes en ciertas grises oficinas del poder cultural y político de la isla siempre que tus libros han intentado llegar sin complicaciones al destino natural de todo libro: ser publicados?
No escojo mis temas --juro que no me propongo conscientemente buscar temas tabúes, peliagudos, de extremos--. Me surgen como las madres que tienen a sus hijos, no los escogen, no saben cómo serán, que bien o mal les traerán al mundo. Sólo ellas los amamantan y los hacen crecer. Y los personajes grises, como dices, no lo entienden; pero peor que esos personajes, son los que no son grises, hombres inteligentes, preparados y trabajadores que están ahí entregando su vida por hacerlo cada vez mejor, desde su punto de vista. Alguien me dijo una vez que no había nada peor que un extremista con voluntad. Y me lo dicen en mi cara, que mi libro es bueno pero no les gusta, no aceptan que diga que haya hambre aunque exista; no quieren que escriba sobre los problemas sociales aunque nos ahoguen. Me lo dicen con cínica convicción. Por fanáticos se les apoda como Talibanes. No entienden, están cerrados al dialogo, a la confrontación. Y ellos ven mis libros como bombas. Textos degenerados. De hecho, tengo diez libros de cuentos terminados y dos novelas y no sé dónde ponerlas, los amigos que dirigen las editoriales me dicen que no hacen nada con recibirlas si después tendrán que darme evasivas.
Algunos teóricos europeos, ex socialistas, aseguran que el mayor error del concepto literario que se impuso en sus países durante la era socialista fue no entender que la literatura se ocupa de los traumas, los desgarramientos y los lados oscuros del ser humano. ¿Tus personajes, traumados, desgarrados, oscuros, no serán la causa de esas reacciones contra tus libros?
Por supuesto que sí. Ellos ven mis temas como ejercicios contrarrevolucionarios, fíjate si tienen poca visión cultural, no entienden el arte, y le estarán haciendo daño mientras posean esos cargos.
Uno de nuestros más grandes poetas, Orlando González Esteva (bastante desconocido en Cuba, por cierto, ya que vive en Miami desde los años 60) escribió una cuarteta que dice: Una página no es más/ que un cielo cuya ranura/ -abierta por la escritura-/ deja ver lo que hay detrás. ¿Qué es “eso” que hay detrás de cada página del narrador Ángel Santiesteban?
Detrás de cada página mía hay amor por el arte, la gente, mi espacio, que en definitiva son con los que me siento comprometido. Si algún día llega el Armagedón social, espero que comprendan que hice mi parte, que cumplí con mi tiempo, con mi oficio, y con la cultura.
¿En qué maestros literarios tenías puestos los ojos cuando empezaste a escribir? ¿Siguen siendo los mismos o existen otros?
Ya sabes, Hemingway, Rulfo, Isaak Bábel, Virgilio Piñera, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Dostoieski, Chejov, y según va creciendo la lectura se van incorporando otros. Creo que todo escritor se puede aprovechar, hasta para saber lo que uno no debe hacer, por lo tanto, hasta esos negativos maestros son lecturas obligadas.
El escenario de la cultura cubana suele entenderse como un paraíso (cuando se ve por ciertas miradas intelectuales y políticas desde la isla) o como una verdadera olla del infierno (cuando es mirado desde el exterior también por ciertas miradas intelectuales y políticas, pero de sentido contrario. ¿Cómo definirías tú ese escenario?
El escenario de los intelectuales en todos los tiempos y lugares ha sido bastante conflictivo, donde quieran que estén arman esa misma “olla del infierno”, no sé por qué, pero suele suceder así. En Miami, Madrid o Paris, es igual que aquí, existen las mismas pugnas, odios, rencillas, envidias. Acá, lo único que lo diferencia es la mentira, el oportunismo, la mayoría no dicen lo que verdaderamente piensan, por miedo o intereses personales, porque dar la espalda a la oficialidad puede costar muy caro, pues si no tienes el apoyo de las instituciones y las editoriales, significa un entierro en vida, y pocos quieren sacrificar parte de su vida, quizá toda, y renunciar a los beneficios que brindan. Realmente es muy difícil, los comprendo; pero al menos para mí, lo difícil es aceptar, callar, sonreír, hacerme cómplice de lo que no comparto.
Si nos ponemos a hacer números, de aquel grupo de muchachos que empezamos a escribir a mediados y fines de la década del 80, sólo quedan en Cuba unos pocos. ¿Qué crees de eso que, por determinadas conveniencias extraliterarias, etiquetan como “literatura cubana del exilio”? ¿Crees que está, en verdad, tan separada de la literatura que se escribe en la isla?
A mí particularmente me parece una tontería separar la literatura cubana según el lugar donde se encuentre el escritor. Somos como frutas (quizá malditas), del mismo árbol. Siento mía también la literatura de mis coterráneos, me interesan sus puntos de vista, sus temas, necesidades, preocupaciones. Por supuesto que no hay ninguna separación.
Durante el año 2008 se ha hablado mucho de los “errores del pasado”, en materia de represión cultural en Cuba. ¿Es, ciertamente, un asunto del pasado?
Claro que no es asunto del pasado. Sólo cambian los estilos, los personajes, pero en esencia es la misma. Cuando eres un escritor que no compartes la “mesa redonda”, entonces te marginan, sabes constantemente de rechazos, mediaciones para entorpecer su labor como escritor. A los funcionarios, creo que ya te lo dije antes, no les interesa la calidad literaria, eso no es lo que prevalece, ellos lo único que exigen es que aceptes el juego establecido; ya ni siquiera es necesario defender el sistema, ahora sólo te piden que calles, que escribas sin hacer críticas, con eso les basta para promoverte, apoyarte como escritor.
¿Qué te decidió a escribir la novela, aún inédita, El verano en que Dios dormía?
En la novela intenté exponer toda la agonía del cubano que intenta salir de Cuba en balsa, particularmente los del año 94, cuando el estado cubano abrió las fronteras marítimas y fue como una estampida. Los peligros que enfrentaron en la travesía, luego la llegada a la Base Naval de Guantánamo, pues nadie los quería, el presidente Clinton por un lado negando la entrada, y el gobierno cubano sin aceptar el regreso, se quedaron sin pertenecer a ningún lado, sin derechos, en aguas de nadie. Fue un momento muy difícil para el pueblo cubano, pues eran pocas las familias que no tuvieron un pariente, amigo o vecino, envuelto en esa mala pasada que recoge la historia.
Según la crítica, una de las mayores “taras” de nuestra generación es nuestro apego a la realidad cotidiana, desde un punto de vista crítico y, sin embargo, esa misma crítica ve con buenos ojos que los escritores latinoamericanos de nuestra generación estén apegados a sus realidades cotidianas y sociales desde una perspectiva crítica. ¿A qué crees que se deba esa incongruencia?
Cuando se intenta llevar el arte al terreno de la política, todos quieren sobresaltar la literatura que les conviene, aquella que defiende sus tesis, y usan, de un lado o del otro, a los escritores. Nuestra generación fue la primera en romper la cadena del miedo, pues antes se había hecho pero aisladamente, la de nosotros se jugó la posibilidad de subsistir, entre la política cultural por un lado y el hambre por el otro, la mayoría tuvo que emigrar, se sabían perdidos ante un mecanismo que amenazaba con el ostracismo literario.
Muchos escritores pensamos que los avatares políticos de nuestro pueblo han aplastado totalmente el papel crítico, renovador y de impulso del pensamiento social cubano que en otras épocas caracterizó al movimiento intelectual en Cuba. ¿Crees, como dicen algunos funcionarios culturales, que los intelectuales cubanos han estado a la altura de las circunstancias históricas?
No, claro que no, a nadie se le ocurre hacer una crítica, ni siquiera constructiva, ante un fenómeno oficialista. Por ejemplo, algo reciente, hace poco se estrenó en los cines cubanos una película de la guerra en África, creo que ellos nos debían una película sobre el acontecimiento, pero una película que reflejara realmente al ser humano, al soldado de carne y hueso; sin embargo, además de tener una mala calidad, el largometraje es un engendro del mal; sin embargo, Fidel Castro se olió que podía tener críticas adversas e inmediatamente hizo una Reflexión defendiendo la película, ya sabes lo que hubo a continuación: los críticos de cine más respetados tuvieron que hacer una crítica positiva, algunos, como ejemplos de escribir sin decir nada, hicieron buenos ejercicios cantinfleros, lo cierto es que la voz crítica real y objetiva no pudo alzarse. Eso ocurre mucho en la literatura. Los libros que no son oficialistas, o de escritores que no hacen el juego, son silenciados, o a veces, no pueden tapar el sol con un dedo, y tienen que aceptar algún desliz pues una censura al estilo de las décadas anteriores no es conveniente, saben que el daño hecho a la imagen de su revolución no es consecuente con los tiempos actuales. Ahora hay más libertad, o más bien otras vías de ejercer la libertad.
Como parte de una de las promociones de escritores más activas de las últimas 3 décadas de la cultura cubana, ¿qué aportes crees que han dejado tus colegas de promoción a ese panorama literario de fin de siglo XX e inicios del siglo XXI?
El mayor aporte es salir a la luz, abandonar la mano que obligaba a guiarte, a perder el miedo, a decir, soportar las injusticias y a pesar de eso continuar, enfrentar los trucos por silenciarte, enseñarles que más temprano que tarde el arte se impone. Y a trabajar, somos una generación de escritores que trabajan con denuedo. Nada importa más que la escritura. La mayoría ha estado consciente que somos el vehículo, la mano, el nombre que representa una lucha cultural que se impone ante las censuras y acciones anticulturales. Lo hemos soportado y no ha importado mucho. Ese es el costo del sacrificio, el mayor aporte a nuestro tiempo. Y cada espacio ganado brinda facilidad para las generaciones de escritores que nos siguen.