Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, febrero 2009, año 3, número 06
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Antecedentes de la homofobia cubana contemporánea

Emilio Bejel

Página 1

Es indiscutible que la Revolución Cubana de 1959 fue radicalmente nacionalista desde sus comienzos y aspiró a limpiar el país de todo lo que sus líderes y muchos de los ciudadanos consideraban males nacionales, entre los que se encontraba la inmoralidad del comportamiento personal de algunos ciudadanos.1 Es por eso que los revolucionarios adoptaron posturas extremas en varios campos, no sólo en cuestiones militares y económicas, sino también en cuanto al comportamiento sexual. Debido a esta orientación política, se acentuó de forma desmedida la idea de que la nación se tenía que fundar en una virilidad que rechazaba radicalmente al homosexual. Para proteger al país de todo lo “corrupto” había que ser cada vez más nacionalista, y para llegar a ser cada vez más nacionalista había que revivir y acentuar algunas de las mejores y peores tradiciones nacionales, incluyendo la homofobia.

Como resultado de esta política, en los años que van desde la mitad de la década de 1960 a la mitad de la década de 1970 tiene lugar el periodo más homofóbico de la historia moderna cubana. Los dos eventos que se destacan en este sentido son las UMAPs (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), verdaderos campos de concentración para muchos hombres gays, y el Primer Congreso de Educación y Cultura donde se institucionalizaron varias leyes que resultaron en enormes abusos contra los homosexuales cubanos (Young, “Commentary” 35; Jay and Young; Young, Gay). Ante la situación extrema de esos años, nos podemos hacer las preguntas siguientes: ¿qué antecedentes de estos prejuicios se pueden descubrir en la historia cubana anterior a la Revolución?, ¿cómo encajan estos prejuicios dentro de los conceptos de nación y de ciudadano ideal?, y ¿qué conexiones tienen estos prejuicios con el colonialismo y el neocolonialismo de tiempos anteriores al 1959? Arguyo que la mayoría de los prejuicios homofóbicos de esa época no eran nada nuevo en Cuba, sino que lo único verdaderamente nuevo en esos años de extremismo revolucionario fue la convergencia e institucionalización de tales prejuicios.2 Para indagar en algunos de estos antecedentes tenemos que remontarnos al menos a finales del siglo diecinueve.

Desde los comienzos de la historia moderna cubana, los líderes nacionalistas han articulado discursos homofóbicos como parte de los preceptos del nacionalismo moderno de ese país. Sus opiniones a menudo han definido, explícita o implícitamente, el cuerpo homosexual como una amenaza a la salud del cuerpo de la nación.3 Esta relación es precisamente la que trato de esbozar a grandes rasgos en este trabajo partiendo de fines de la década de 1880 hasta fines de la década de 1930.

Aquí conviene traer a colación el argumento de Doris Sommer en su Foundational Fictions: The National Romances of Latin America que propone que el proyecto modernizante de América Latina trata de alcanzar coherencia a base de una “comunidad imaginada” que se funda en la imagen de la familia heterosexual burguesa. Esta imagen—con sus simbolismos de atracción, celos y lealtades—le sirve al discurso modernizante para construir una nación latinoamericana moderna a base de la alegoría del padre-ciudadano que se casa con la madre-tierra paraimpregnarla y protegerla de los cuerpos extraños internos y externos.

La madre-tierra (la nación) es el objeto del deseo que el padre-ciudadano debe poseer e impregnar para lograr armonía y legitimidad. No sólo el proyecto sino también el proceso de consolidación burguesa debe basarse en el matrimonio, tanto literal como figurado, ya que la producción implica reproducción (Sommer 18-19, 288-89).4 Pero tal vez en este sentido la situación cubana haya sido algo diferente a la mayoría de los demás países latinoamericanos, ya que al final del siglo diecinueve los cubanos estaban todavía en guerra contra el colonialismo español. Como resultado, la imagen del héroe militar, lejos de haber sido desplazada por la del ciudadano productivo y casero, estaba todavía en su apogeo durante las guerras de independencia (1868-1898) contra España.

No es fácil encontrar una propuesta más clara de la imagen del héroe guerrero cubano durante la segunda mitad del siglo diecinueve que la expresada en los Cromitos cubanos (1892) de Manuel Cruz. En su excelente estudio sobre las biografías cubanas desde 1860 a 1898, Agnes Lugo-Ortiz explica cómo Cruz propone una suerte de modelo de hombre para la guerra, un modelo de conducta para el clásico varón guerrero.

Esta imagen rechaza al hombre “afeminado” (representado, según Cruz, por el poeta modernista Julián del Casal) que no dedica su vida a la acción ni su pluma a seducir a las mujeres. Este rechazo del hombre “afeminado” coincide perfectamente con mi argumento de que este “hombre afeminado” (así como la “mujer hombruna”) se construye en Cuba para delinear los límites del discurso nacionalista; se trata de un ser excluido que irónicamente forma parte, por negación, de la definición de lo nacional. Para Cruz, el poeta Casal muestra un comportamiento patológico porque se distancia del “hombre de acción” en la guerra y las actividades públicas (Lugo-Ortiz 217), y porque en sus escritos se percibe “una falta de mujeres” (Cruz 229). Como afirma Lugo-Ortiz, Cruz patologiza todo lo que se refiera a lo “interior”; patologiza el carácter de Casal porque es un hombre que se asocia con lo casero y evita lo que es el espacio propio del “hombre viril”: la guerra y la política (217-19). De acuerdo con Lugo-Ortiz, en Casal hay una ruptura básica que se muestra en la patología del cuerpo y del alma, debido a la trasgresión de los roles genéricos y de la (hetero) sexualidad (222). Lugo-Ortiz añade que en el modelo nacional que propone Cruz, las características positivas se relacionan con lo épico, e insiste que en Casal lo épico se “desviriliza por un proceso de afeminamiento” (224). Cruz propone todas estas normas referentes a una conducta viril y agresiva durante o entre las guerras de independencia cubana (la Guerra de los Diez Años, 1868-78; la Guerra Chiquita, 1879; y la Guerra de Independencia, 1895-98).

Como explica el historiador Louis A. Pérez, Cuba estaba experimentando una profunda transición en varios aspectos durante la segunda mitad del siglo diecinueve: un aumento marcado en las divisiones entre el campo y la ciudad, entre blancos y negros, así como entre criollos y peninsulares. También estaba ocurriendo en esos años un cambio en la estructura de clases sociales, y varias formas culturales también sufrían gran transformación. Además, en esa época estaba sucediendo algo sumamente crucial: el aumento de las tensiones con España y los lazos cada vez mayores con los Estados Unidos. El pueblo cubano estaba cada vez más desilusionado con las estructuras coloniales, lo cual llevaba a muchos ciudadanos a una propensión hacia la adopción de nuevas actitudes y valores en relación con la sociedad en que vivían. Aunque el sistema de trabajo asalariado no sustituyó por completo el sistema esclavista (que duró hasta 1886), el trabajo esclavo fue atacado sistemáticamente durante todo este periodo (Pérez, “Identidad”).

A todo esto hay que añadir que los Estados Unidos para entonces habían logrado no sólo gran influencia económica y cultural en Cuba sino que también habían mostrado sus intenciones de adquirir la isla (Pérez, “Identidad”). Por tanto, Cuba luchaba por su independencia del colonialismo español a la vez que emergían en esa sociedad ciertas formas de las estructuras del capitalismo moderno y los Estados Unidos amenazaban con un expansionismo que afectaría toda la sociedad cubana. En esos momentos, la imagen problemática del extraño cuerpo homosexual se construía en medio de todas esas luchas. Si Cuba, que aun se encontraba bajo el dominio español, quería modernizarse y progresar, tenía que adoptar la apariencia de su vecino del norte. Por tanto, no es muy aventurado proponer que el rechazo moderno de la homosexualidad en Cuba está íntimamente ligado no solamente a los cambios sociales y económicos internos de la isla, sino también al expansionismo y el pánico homosexual que estaba ocurriendo en los Estados Unidos en ese momento.

Aquí acaso convenga referirnos a la afirmación de John D’Emilio en cuanto a que el rechazo moderno de la homosexualidad en los países afectados por el capitalismo se radicalizó en la segunda mitad del siglo diecinueve debido a los cambios dramáticos producidos por el aumento del trabajo asalariado y otros cambios que emanaban de la emergencia de un nuevo sistema económico. D’Emilio arguye que como consecuencia del capitalismo emergente que se expandía por casi todo el mundo, la unidad familiar dejaba de jugar su papel tradicional y se convertía en una institución social que dependía para su supervivencia del salario de uno o más miembros de la familia. Este cambio alteró profundamente la estructura familiar y la definición misma de las relaciones heterosexuales, ya que la procreación dejaba de tener la misma función económica que durante la estructura feudal. Además, la libertad de acción de los miembros de la familia aumentaba considerablemente debido a que ahora se dependía de salarios, no del trabajo colectivo, para adquirir los productos que consumía la familia. Por eso podemos proponer como hipótesis de trabajo que el aumento del capitalismo en la Cuba de los 1880 y la inestabilidad de la modernización y migración en ese país pueden haber causado que los líderes nacionalistas se preocuparan obsesivamente por controlar los parámetros del constructo nacional. En Cuba, una de las consecuencias de esta inestabilidad fue la  de culpar a los inmigrantes (sobre todo los españoles, africanos y chinos) de introducir los “vicios” sexuales en la sociedad cubana.5

Considero que es de suma importancia tomar en cuenta la relación de Cuba vis-à-vis los Estados Unidos para comprender la complejidad de la relación entre las representaciones de la homosexualidad y las posiciones de los nacionalistas cubanos de la época. Como es bien sabido, para finales de la década de 1880 y principios de la de 1890, los Estados Unidos estaban muy encaminados a convertirse en una potencia mundial con aspiraciones imperialistas, lo cual acarreaba una intensa preocupación por la masculinidad y por lo que algunos líderes norteamericanos percibían como el peligro de la homosexualidad. Durante estos años hubo una campaña publicitaria compulsiva por parte de líderes y personas prominentes en los Estados Unidos que deseaban anexar Cuba a la unión norteamericana.

Para un recuento sumamente interesante y revelador en cuanto a la campaña publicitaria en favor de la anexión y su relación con la masculinidad, hay que referirse al libro de Peter Hulme, Rescuing Cuba: Adventure and Masculinity in the 1890s, en el cual se relatan algunos de los golpes publicitarios más extraordinarios de esos años. Hulme analiza, entre otros ejemplos, la construcción artificial en la novela Soldiers of Fortune —un best-seller publicado a principios de 1897— donde se crea la imagen de Robert Clay rescatando a una bella joven cubana de la aristocracia que había sido encarcelada por las autoridades españolas por cuestiones políticas (8-10, 18-25). No sólo es interesante leer la historia al estilo de un romance de caballería narrada en esta novela, sino también la descripción del hombre ideal norteamericano de esos momentos. El héroe Robert Clay es un ingeniero alto, de hombros anchos, bien parecido aunque algo rudo, cara perfecta pero masculina, rubio, con un gran bigote, seguro de sí mismo, varonil en extremo pero a la vez devoto de la Constitución y de la Declaración de Independencia. Este héroe va a la isla de Olancho (por la descripción geográfica es obviamente Cuba) y rescata a una joven cubana bella y blanca de origen aristocrático que está necesitada de ser salvada de las garras de los bárbaros españoles. Pero al final Clay no se casa con la joven cubana sino con una norteamericana. Es importante resaltar que el autor de la novela, Richard Harding Davis, tenía una asociación estrecha con Teodoro Roosevelt, y además había trabajado para publicaciones de William Randolph Hearst, el cual a su vez ha sido considerado por algunos historiadores como la persona que más influyó en convencer al público y a los líderes de Estados Unidos a lanzarse a la Guerra Hispano-Americana y anexar la isla de Cuba (Hulme 8-9). También hay que subrayar aquí la preocupación que tenía el propio Roosevelt con la cuestión del “afeminamiento” de los hombres de ese momento. Roosevelt previno contra los efectos dañinos que podría traer el “afeminamiento” en los hombres durante un periodo de paz: “The greatest danger that a long period of profound peace offers to a nation is that of [creating] effeminate tendencies in young men” (el énfasis es mío). Esta idea llevó a Roosevelt a glorificar la guerra como una manera de “virilizar” a los hombres (cit. en Dubert 167 y Greenberg 393).

Algunos líderes norteamericanos extendieron la preocupación por el posible afeminamiento de los jóvenes norteamericanos a hombres de otras naciones, especialmente los de aquellas que los Estados Unidos estaban considerando anexionar (Hulme 17-18). En cuanto a Cuba se refiere, la acusación fue directa y generalizada. El 6 de marzo de 1889, el periódico Manufacturer de Filadelfia publicó un artículo titulado “Do You Want Cuba?” firmado por varios políticos republicanos influyentes. En este artículo se discutían las ventajas y desventajas de anexar Cuba a los Estados Unidos. Las ventajas que se citaban eran generalmente económicas y estratégicas. En cuanto a las desventajas, lo más preocupante para los autores del artículo era el carácter de los cubanos:

... What would be the result of an attempt to incorporate into our political community a population such as Cuba’s? ... The Cubans are not much more desirable [than the Spaniards]. Added to the defects of the paternal race are effeminacy and an aversion to all effort, truly to the extent of illness. They are helpless, lazy, deficient  in morals, and incapable by nature and experience of fulfilling the obligations of citizenship in a great and free republic. Their lack of virile strength and self-respect is shown by the apathy with which they have submitted to Spanish oppression for so long, and even their attempts at rebellion have been so pitifully ineffective that they rise little above the dignity of a farce. To invest such men with the responsibility of directing this government, and giving them the same degree of power as that possessed by the free citizens of our northern states, would be to call upon them to perform duties for which they have not the slightest ability. As for the Cuban Negroes, they are clearly at the level of barbarity. The most degraded Negro in Georgia is better prepared for the presidency than is the ordinary Cuban Negro for American citizenship.

...

Our only hope of qualifying Cuba for the dignity of statehood would be to Americanize her completely, populating her with people of our own race; and there would still remain unresolved at least the question of whether our race would not degenerate under a tropical sun and under the conditions necessary to life in Cuba.... (cit. en Foner 228-30) [El énfasis es mío]

Los políticos estadounidenses, con su retórica positivista obvia (como se puede comprobar por su insistencia en la raza para explicar la conducta humana, así como los conceptos de degradación como resultado del clima tropical), hacen de todos los cubanos una nación de hombres “afeminados” (nótese la falta de mención de las mujeres), lo cual implica no solamente una condenación basada en la trasgresión de los roles genéricos, sino además una discriminación basada en la raza vista desde una perspectiva imperialista. Por una parte, el artículo implica a las claras que como los hombres cubanos son afeminados pueden contagiar a los norteamericanos, y por otra, que su afeminamiento muestra que los cubanos son inferiores racial y moralmente y que, por lo tanto, se trata de un pueblo que necesita “americanizarse”, lo cual también conlleva la idea de blanqueamiento y virilización de la población. Tal anexión debería ir acompañada de una masculinización de los cuerpos afeminados. Este tipo de acusación obviamente influyó en la retórica nacionalista de Martí en su respuesta al artículo de los norteamericanos y en su defensa ante la acusación del supuesto afeminamiento de los hombres cubanos.

Los Estados Unidos, el país moderno por excelencia que Cuba debía emular, describían a los cubanos en términos sexistas, racistas e imperialistas, lo cual José Martí trata de combatir en “Vindication of Cuba,” su respuesta a “Do We Want Cuba?”. Examinemos un trozo de esa respuesta de Martí publicada en el New York Post del 25 de marzo de 1889.

We have suffered impatiently under tyranny; we have fought like men, sometimes like giants, to be freemen; ... But because our government [the Spanish government] has systematically allowed after the war [the Ten Years War of Independence] the triumph of criminals; ... because our half-breeds and city bred young men are generally of delicate physique, or suave courtesy, and ready words, hiding under the glove that polishes the poem the hand that fells the foe – are we to be considered as the Manufacturer does consider us, an “effeminate” people? These city-bred young men and poorly built half-breeds knew in one day how to rise against a cruel government, ... to obey as soldiers, sleep in the mud, eat roots, fight ten years without salary, conquer foes with the branch of a tree, die—these men of eighteen, these heirs of wealthy estates, these dusky striplings—a death not to be spoken of without uncovering the head. They died like those other men of ours who, with a stroke of a machete, can send a head flying, or by a turn of the hands bring a bull to their feet. These “effeminate” Cubans had once courage enough, in the face of a hostile government, to carry on their left arms for a week the mourning-band for Lincoln... (cit. en Foner 234-41) [El énfasis es mío]

Está claro que la respuesta de Martí es extremadamente defensiva ante la acusación de los poderosos norteamericanos. Se debe notar que Martí, por una parte, evita usar términos injuriosos al referirse a los hombres “afeminados,” y, por otra, adopta una estrategia discursiva que dirige la culpa de ese “mal” hacia el gobierno español: los colonialistas españoles son los que han corrompido a nuestra sociedad con su mal gobierno. Además, en el texto de Martí, el tema del supuesto afeminamiento de los cubanos queda suspendido en una pregunta retórica (“are we to be considered as the Manufacturer does consider us, an ‘effeminate’ people?”) y una negación implícita (“These ‘effeminate’ Cubans had once courage enough…”).

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Sumario

Este Lunes

Antecedentes de la homofobia cubana contemporánea

Emilio Bejel

Doscientos años de Argentina

Guillermo Orsi

Ni tan pocos, ni tan tontos

Ernesto Morales

Cuba-1959: el castrador espejismo de la nada

Manuel Gayol Mecías

Crónica de una muerte anunciada: Roque Dalton frente a la Historia

Luis Pérez-Simón

El socialismo en cuestión: anti-utopía en Otra vez el mar y El asalto de Reinaldo Arenas

Jesús J. Barquet

Vasto y golpeado abanico de la «gaycidad»

Eduardo Monteverde

Otro lunes Conversa

Con Iván Thays

Un escritor peruano llamado Iván Thays

Con Alberto Salcedo

Más allá de las verdades oficiales

Con Ángel Santiesteban PRATS

Somos el vehículo, la mano, el nombre que representa una lucha cultural

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