Homenaje a Juan Pedro Aparicio

Luis de la Peña

En el inicio del prólogo a la reedición (Rey Lear, 2010) de su alegórica,  sugestiva y muy poderosa novela La forma de la noche, ambientada durante la Guerra Civil y publicada en 1994, Juan Pedro Aparicio afirma que «una buena parte de mi generación literaria se educó de espaldas al mercado. Vender más o menos carecía de importancia. Lo relevante era la calidad de lo escrito». Constata después, creo que con alarma y desasosiego evidentes, que hoy en día —es decir, en este tiempo de mensajes entrecruzándose sin fin en la telaraña tecnológica de un sistema en crisis  que se devora a sí mismo al redoble de los peores y más penosos mensajes orwellianos—, que «en buena medida la facturación ha pasado a ser plebiscito de calidad». Él, como muchos de sus amigos y compañeros de vida literaria, viene de otra orilla bien distinta, claro está, y esa autenticidad se «nota» venturosamente en sus libros. Porque, como todo buen escritor que se precie, empezó a escribir por pasión y necesidad anímica. Su educación sentimental e intelectual es la de los auténticos «letraheridos», aquellos que  leen y escriben con fervor, curiosidad y entusiasmo y se empeñaron muy pronto en interpretarlo «todo» a su alrededor, contra el viento y marea de los tópicos más rancios, las censuras e imposiciones políticas y el rigor inquisitorial y mentiroso de los dictámenes de los «al pan, pan y al vino, vino». Son muchas las «visiones», muchas las inquietudes subyacentes en la obra, por fortuna difícilmente clasificable, de este autor de imaginación desbordante, este «cuentista» de ambición y sensibilidad exquisitas donde nunca nada ni nadie son «sólo» lo que a corta vista parecen.