Homenaje a Juan Pedro Aparicio

Juana Salabert

Del esperpento al mito, de lo fantástico y fabulístico como elementos subvertidores de la convención realista a la irónica sutileza de las intrigas policíacas, de la tentación mayúscula y “total” de la novela al destello circular del microrrelato principiándose y ultimándose a sí mismo cual gráfica serpiente emplumada de las simbologías ultramarinas, el escritor leonés Juan Pedro Aparicio ha recorrido las ficciones con temperamento de viajero inquieto y deslumbrado. Se ha adentrado en casi todas sus posibilidades, hasta hacerlas inequívocamente suyas con talento, honestidad y valor. Al final de aquella España yugulada del tirano sin más banderas que las de su ensañamiento ni otros laureles que los de su prolongada crueldad de César mediocre, Juan Pedro Aparicio eligió contar los derroteros de la vida y el mundo, las vidas y los mundos, el rumor y el silencio, el ensueño de las memorias y el sueño de los porvenires, buscó ser uno y muchos a través y al través del agua y el magma de las palabras. Inventó geografías de nombre simbólico, como simbólicos son los nombres de casi todos sus personajes, en pos de la suya más íntima, transfronteriza y universal. Entre su Lot imaginaria y El Transcantábrico, escrito en 1982, evocador de la locomotora y los modestos vagones entrevistos y sentidos desde los pupitres de su aula de niño, vueltos luego a los raíles bajo el reclamo turístico de ese mismo nombre (¿cabe imaginar  regalo más hermoso para un escritor?), median toda la complejidad y la sencillez, todo el poder y la gloria invocadoras de las historias. Lectores y escritores le debemos, como poco, en este país de fabulaciones pioneras y fundacionales e ingratitudes endémicas, habernos sentido raíz misma de leyenda al filo emocionado de muchos de sus pasajes.