Juan Pedro Aparicio, contador de historias

 

Santos Sanz Villanueva

Esta sintética y breve aproximación a la obra de Juan Pedro Aparicio
procede de las páginas que le dedico dentro de un estudio panorámico,
La novela española durante el franquismo. Itinerarios de la anormalidad,
Madrid, Gredos, 2010, que la contextualiza.

 

La obra de Juan Pedro Aparicio corrobora una firme vocación de contador de historias que se dilata por todas las modalidades narrativas, el cuento, la novela amplia, la microficción y el relato viajero. En principio, solo cultiva el cuento, al que parece dedicado en integridad, pero no tardará demasiado en disponer personajes y anécdotas dentro de ese mecanismo complejo que conocemos como novela.

Los relatos breves de Aparicio suman una veintena de piezas, algunas de las cuales se remontan a los años sesenta, dato que matiza la relativa tardanza en relación con otros miembros de su promoción, la “generación del 68”, de su primer libro, fechado en 1975. En éste, El origen del mono y otros relatos, reúne trece narraciones que vuelve a presentar bajo nuevo título, Cuentos del origen del mono, en 1989, y con modificaciones de contenido y estilo. Hasta tres decenios después no saca otra selección, La vida en blanco (2005). Con el cambio de siglo, se percibe una recrecida afición de Aparicio por el cuento y al poco publica casi seguidos dos libros de textos hiperbreves, La mitad del diablo (2006) y El juego del diábolo (2008).

Los cuentos de Aparicio comparten el gusto por contar historias, y buscan sin disimulo el placer de la lectura. Esta base tradicional se compadece bien con una versatilidad en la forma que abarca casi desde la novela corta (lo es la que da título al libro inicial), hasta el mínimo microrrelato e incluye, con intuición pionera, según el mismo autor reivindica, el articuento, forma creativa surgida del mestizaje del artículo periodístico y del cuento. El conjunto de estas piezas abarca un mundo temático bastante variado. Las historias tienen sólidas raíces en la realidad, incluso en un localismo explícito referido a la tierra natal del escritor, pero no se ciñen al testimonio directo, pues suelen estar aureoladas con un punto de misterio y hasta abiertas a lo fantástico y maravilloso. Por ello la base real bien identificable con una geografía concreta de algunas narraciones coexiste con un emplazamiento imaginario, el país de Lot, en otras. Esta práctica apunta a un soporte común que consiste en trascender los datos de la realidad inmediata por medio de un costumbrismo renovador. Semejante perspectiva se dirige al análisis moral de nuestro tiempo bajo una alerta crítica y social que muestra, desentraña o ridiculiza usos comunes o disparatados contemporáneos. La mirada del escritor suele ser muy pesimista, y algo agria, o bastante escéptica, salvo en los casos en que el humorismo franco rebaja la acritud y la causticidad hasta el comentario irónico o burlesco (ocurre así en un ejemplo muy notorio, el relato donde cuenta un atentado terrorista en el estadio Bernabéu).

En consonancia con esta elasticidad temática, Aparicio adopta diversos registros en la presentación de sus asuntos. Uno frecuente consiste en marcar la anécdota con fuerte intensidad emotiva, la cual procede de varios rasgos habituales: la presencia de la memoria asociada a un acentuado subjetivismo en la exposición y en el punto de vista narrativo, la inclinación a recrear asuntos intimistas y el interés por el análisis psicológico. Al lado de esta tendencia se hallan, sin embargo, otras manifestaciones casi contrarias. En ocasiones el cuento pivota sobre un argumento muy marcado donde predomina la acción. Otras veces la anécdota da pie al libre ejercicio del humor, la caricatura y la parodia. Y no falta una veta entre lúdica y experimental, la acogida en los dos últimos títulos citados, conjuntos de microrrelatos que llegan a la mínima expresión posible (el titulado “Luis XIV” nada más dice: “Yo”), gustan del conceptismo, la paradoja y el ingenio, y cultivan el greguerismo ramoniano. En la mayor parte de los casos, el autor persigue un claro fin: hacer historias pensadas con efectos comunicativos. Esta unidad de criterio se despliega en desarrollos que van de lo serio a lo simpático, de lo profundo al entretenimiento.

La tensión señalada entre lo documental y lo imaginativo, entre el puro reflejo y la invención, entre lo real y lo alegórico marca toda la escritura de Aparicio y se convierte en rasgo suyo definitorio. Algunos de sus escritos se vinculan de modo estrecho con uno solo de esos polos, así los libros de viajes, mientras otros evidencian esa intencionada oscilación, patente en algunas de sus novelas. Ya se ha indicado la natural filiación de los tres relatos viajeros del leonés, Los caminos del Esla, El transcantábrico y La mirada de la luna. La intención testimonial de estas obras de andar y ver requiere precisiones sustanciales. Parten de la voluntad de contar sin velos la realidad común, la vida de las gentes, el entorno material de la existencia en su medio; sin embargo, se distancian del documentalismo duro de los viajeros del realismo social y dan cabida a elementos emocionales y culturales. El recorrido por Los caminos del Esla (1979), firmado junto con José María Merino, surge en el ambiente de la nueva configuración administrativa territorial de la transición y tiene acentos reivindicativos de tipo local. Su alcance, sin embargo, debe entenderse alejado de las proclamas regionalistas de esos años porque pretende algo muy distinto: la indagación y rescate con fines conservacionistas de formas de vida auténticas, alternativa de ambos autores al cosmopolitismo que anula valores sustanciales enraizados en la tradición y la cultura popular. Todo ello enlaza con los supuestos vitales que inspiran la obra creativa de sus coautores y también de Luis Mateo Díez, tan nutrida en los tres casos con lo legendario y tradicional. No ha de pasar desapercibido que Los caminos del Esla lleva prólogo de Sabino Ordás, que vale como ostensible prueba de bien definidas señas de identidad. Este guiño se refuerza todavía más en la salida ampliada del libro en 1995, donde, por otro lado, se proporciona a la ideación del apócrifo una feliz dimensión lúdica.

Libre de cualquier hipoteca circunstancial, El transcantábrico (1982) pertenece a la más depurada literatura viajera. El recorrido sigue la ruta de “el hullero”, el viejo Ferrocarril de La Robla, así conocido por haber sido fundado para transportar este mineral desde la cuenca leonesa hasta la siderurgia vizcaína. El viaje parte de Bilbao, concluye en León y se demora en las estaciones del recorrido con complacencia en el ritmo vital de épocas pretéritas. Se suman paisaje y paisanaje, naturaleza y actividades materiales, estampas creativas y crónica documental. El detallismo no poco sociológico o socioeconómico, los detalles de formas de existencia bastante al margen de la trepidante vida contemporánea conviven con impulsos contemplativos o con una vigorosa imaginería: “El tren allí está; presenta su lomo doblegado al andén, su costillar viejo y entrañable, como el animal que espera mansamente el peso del jinete. Y es que el hullero es un juguete, un juguete roto”. El paso por lugares en otro tiempo animados estimula el gran motivo de este periplo, la decadencia, que se muestra en sus detalles veristas y se presenta con tonos elegíacos, dominantes sobre su también mensaje regeneracionista. A la forma clásica de la presencia explícita del autor desdoblado en viajero-narrador añade Aparicio un interesante elemento, un cierto protagonismo de Chucho, el maquinista que toma el relevo en la conducción del tren en Valmaseda, con lo que refuerza el carácter narrativo del viaje. La mirada de la luna recorre tierras más lejanas, China. La crónica pormenorizada de la estancia durante Diez días entre los nietos de Mao, según aclara el subtítulo, se llena de detalles costumbristas y de apuntes sobre hábitos y mentalidad, a la vez que deja amplio resquicio a la contemplación de las formas del sentimiento espiritualista oriental. La condición de observador del autor marca estas narraciones viajeras que comparten una mirada vigilante sobre la naturaleza, física y humana, de sus respectivos escenarios. Sin rebajar el alcance documental, de ellas se desprenden meditaciones nada pretenciosas sobre la existencia. El viaje, pues, sirve a un fondo de pensamiento, algo común en la narrativa del autor.

Las novelas de Aparicio persiguen propósitos distintos. El primero de ellos es de corte crítico y supone una postura cercana a la renovación de la novelística de denuncia practicada por un sector de la prosa de los amenes franquistas mediante procedimientos parabólicos y expresionistas. En esta órbita se inscribe Lo que es del César (1981). El carácter muy simbólico y la tendencia a la abstracción distintivos de este título se deben seguramente a las circunstancias, a los imperativos del momento de su ideación todavía en el franquismo y, por tanto, en fechas bastante anteriores a su salida; así lo da que pensar la figura central de la fábula, el general Longuero, nombre que ya había aparecido en los cuentos. El tema del relato originario, el sojuzgamiento de unos seres humanos por otros, también está en la novela, en la cual reaparece con amplitud y lo extiende hasta la dimensión de denuncia antidictatorial genérica. No habría muchos más modos de abordar ese cometido entonces, en vida de Franco, ya que Aparicio se vuelca en la descripción tanto de la patología del dictador como de las execrables consecuencias de los regímenes autoritarios. La novela se atiene al patrón de la sátira y esquiva la copia más o menos testimonial, aunque se inspire en posibles modelos de observación directa. El autor practica una invención libre que desarrolla su revulsivo contenido crítico —destacan los lazos esperpénticos entre Iglesia y poder político— mediante componentes imaginativos, los cuales entran en el terreno de la pura ficción científica.

Las tres siguientes novelas de Aparicio vienen a formar un ciclo, derivado de sus contenidos, aunque no planeado como tal de forma orgánica, en torno a la vida provinciana, núcleo de una interpretación alegórica o metafórica de España, con particular incidencia en la situación desde la guerra civil. Lo que es del César, El año del francés (1986) y Retratos de ambigú (1989) se suceden como piezas conexas pero independientes. Este grupo de novelas se sostiene en una compartida actitud crítica y participa de un común uso de elementos inventivos, pero se observa una evolución entre ellos: el libro primero proyecta una imagen de la realidad menos concreta y específica que los otros dos.

La vida de la colectividad se analiza en El año del francés sobre el soporte cierto y bien identificable del León de los sesenta. La presencia de un extranjero en la ciudad —motivo también del relato que abre la primera recopilación de cuentos— sirve de elemento de contraste con la vida de los lugareños, a quienes representa un amplio abanico de gentes. En medio de sorprendentes anécdotas y con muy claro gusto por contar, Aparicio retrata las limitaciones de la existencia provinciana, modelo del discurrir cotidiano entre inconsciente y fracasado de tantos otros lugares peninsulares de la misma época; en suma, imagen moral de unos hábitos vistos con óptica crítica pero también con humor, desenfado y tristeza.

Semejantes criterios artísticos, más cierta dosis de mito e invención, se encuentran en Retrato de ambigú, nueva recreación del ambiente provincial. La continuidad, también desde el punto de vista temático, respecto de la obra precedente, el renovado propósito de convertir lo local en símbolo de espacios más amplios, tiene gran alcance porque implica la oposición del escritor al cosmopolitismo importado, abundante en la narrativa española postfranquista y que casi postergaba el comentario de lo propio y específico, olvidando que desde lo local se pueden obtener valores universales. Es una posibilidad que ha cuajado en resultados tan excelentes como los logrados por Luis Mateo Díez; acaso sea por pura casualidad o porque ambos autores compartieron semejantes vivencias, los libros de Díez y de Aparicio guardan intensos parentescos, incluso en detalles menudos.

Retrato de ambigú oscila entre el relato de verificación de destinos personales y el de análisis de la colectividad, si bien la impresión de conjunto de la obra parece inclinarla hacia esto último. Situada en años posteriores a la dictadura y emplazada en una anónima ciudad que sin duda es León, los personajes representan diversos componentes de la estructura social. Entre la acrisolada y caciquil familia de los Mosácula y el probo funcionario de sanidad que la denuncia, eje éste del relato, pulula una variada gama de tipos que proporcionan la sensación de vida propia de los espacios urbanos cerrados. Junto a esa visión verista del medio aparecen también elementos de otro signo. El humor aleja la narración del realismo testimonial y el mismo efecto tiene el cultivo de la inventiva en las situaciones. También caben en el relato la imaginación o la ensoñación, registro último del libro, e incluso se bordea la farsa, en la que no cae del todo al establecerse límites a los elementos deformadores. Se añade asimismo a lo verdadero el mito, encarnado en un inasible futbolista, gloria local de los tiempos de la República, que recibe una peregrina medalla municipal. Datos de una existencia material precaria, noticias de corrupciones, problemas colectivos diversos, conflictos íntimos (el amor ocupa buen espacio) y elementos imaginario-inventivos son los plurales factores que conjuga Aparicio para hacer su exploración bastante crítica, entre distanciada y entrañada, de la mostrenca realidad urbana.

La guerra civil, trasfondo histórico inevitable del retablo provincial de estos dos libros, se convierte a continuación en núcleo de La forma de la noche. La acción se inicia con un elemento sorpresivo. En la misma fecha en que arrancó la sublevación, los tigres de un circo huyen camino del Oviedo alzado en armas por el general Aranda. Las fieras pronto desaparecen del argumento, pero conservan un valor alegórico a lo largo de toda la obra relacionado con el carácter del militar golpista. Se diseña así un decorado tenebroso, visionario o mágico sobre el que se colocan las acciones, sentimientos e ideología de clase de unos cuantos republicanos, cuyas vidas se entrecruzan. Pasa el tiempo y esas vidas confluyen en el marco justiciero y desalmado de un León sin misericordia para los derrotados. La ambigüedad de la vida y el margen de misterio que hay en ella toman cuerpo en el terrible desenlace. La línea anecdótica principal se atiene a un desarrollo histórico veraz: se encadenan la explosión golpista en Asturias, la resistencia de los republicanos durante algo más de un año y las consecuencias en León de la victoria franquista.

Ese eje central permite, sin embargo, la libre fluencia de lo imaginativo y lo onírico en riguroso seguimiento de la poética propia del autor, que no es realista, o que, en cualquier caso, siempre da un espesor a la realidad que supera la constatación empírica del mundo. De este modo, el sustrato verista de la contienda se impregna de alegorías y símbolos que enriquecen su aparente costumbrismo inicial. Con ello, título a título, la serie amplifica la crónica crítica provinciana hasta un balance global de la vida de corte expresionista. Dentro de ese carácter panorámico, tiene entidad casi independiente la segunda parte de la novela, la centrada en el ominoso León franquista. Podría leerse con autonomía y posee todos los caracteres de un relato corto (no llega a las cincuenta páginas), integrado por una estampa unitaria que parece de la represión postbélica pero que, sin dejar de serlo, se convierte en indagación testimonial y poética (las dos cosas por igual), lúcida y conmovedora, de situaciones humanas límite trenzadas con los hilos complejos del odio y el amor, de la venganza y la piedad, del heroísmo, la derrota y la locura. El final abierto de la novela alcanza a representar a la perfección el gran enigma de los inciertos caminos de la vida, que es el sentido general de este libro y de la obra narrativa de Aparicio.

Justo esta última preocupación existencial acerca del destino, formulada ahora con empaque casi filosófico y con voluntad trascendente, centra el siguiente título de Aparicio, El viajero de Leicester (1998). Pero ha de advertirse que no resulta nada fácil la percepción clara de su sentido, ni el tener seguridad acerca de haber atinado con él. Se trata de una de esas obras en las que uno siente el malestar de no captar su propósito, lo cual puede deberse tanto a la propia incapacidad como al hecho de que responda a muy excepcionales cavilaciones del autor, bastante al margen de la visión del mundo del lector común. En cualquier caso, es una novela extraña y de considerable hermetismo. Todo ello se resuelve, sin embargo, atendiendo a un artículo explicativo del propio Aparicio, “El limbo revisitado”. En El viajero de Leicester, aclara éste, “pretendo expresar narrativamente esa verdad universal de que los muertos no se han muerto del todo mientras haya seres vivos que los recuerden”. La novela trata, precisa el autor, de “la forma, las múltiples formas de ese recuerdo”.

Este infrecuente planteamiento se consuma con la entrega radical de Aparicio a la veta más persistente de su narrativa, la fantástica, que aquí pone en juego sin ninguna clase de cortapisas. A esta opción se debe el alcance alegórico completo del texto, que acentúa al extremo esta otra tendencia suya. La fantasía aparece en El viajero de Leicester en su plenitud total, pues tiene por protagonista y narrador nada menos que a un difunto. No encontramos, sin embargo, un relato convencional de aparecidos porque el autor, fiel a las prácticas ya vistas, mantiene la estrecha comunión de lo fantástico y lo testimonial y con ello consigue una narración muy peculiar. A la fantasía pertenece la especial atmósfera que envuelve la anécdota, un “limbo”, ámbito no terreno aunque muy parecido en todo a nuestro mundo; un espacio deudor de teorías del visionario sueco Emmanuel Swedenborg, de quien se habla en la novela. Al testimonio, si bien se trata de un peculiar realismo expresionista, se deben algunos lugares leoneses del escritor (paseos, Papalaguinda, plazas, la de Guzmán, ríos, Beselga). En el punto donde se entrecruzan vida y literatura se encuentra la presencia en la novela de la propia obra de Aparicio, ya sean sus espacios (el simbólico Lot) o sus personajes (la familia Mosácula).

La línea anecdótica externa de El viajero de Leicester sigue un viaje en tren de Londres a la ciudad inglesa del título que arranca con caracteres veristas. Su molde responde al esquema de novela dentro de la novela. Un viajero recibe la compañía en su departamento de otro locuaz viajero, un tal Vidal, quien le cuenta una historia de alucinaciones, terrores o apariciones espectrales protagonizada por él mismo en el indicado espacio leonés de Lot. Cuando llegan a su destino, cobra nueva dimensión el sabor gótico de lo que parecía farsa “carnavalesca”, irónica, visionaria o escatológica pues se ha insertado en el marco de lo en apariencia costumbrista. El viajero sabrá, concluido el trayecto, que el protagonista con quien ha convivido esas horas ya “había muerto ahogado” tiempo atrás, en una fecha precisa, “el verano del 88”. Y el lector descubrirá que el conjunto de la novela pertenece al ámbito de lo fantástico: la historia entera relatada es una creación imaginativa pura donde todos están muertos.

Se materializa así la idea de Aparicio expresada en el artículo citado líneas arriba de que vivimos mientras nos recuerdan, así como otra “vieja obsesión” del autor, según ese mismo comentario: la existencia de “un estado intermedio entre la muerte y el destino definitivo, sea el paraíso o el infierno, sea simplemente el olvido”. La fabulación de estas preocupaciones que pertenecen al ámbito privado del propio escritor, a las cuestiones íntimas poco racionalizables, convive con el alcance menos restringido del relato, pues éste, al margen de dicho estímulo, ofrece una peripecia con propia entidad, la transformación de un viaje de trazo verista en una rara experiencia amasada con realidad, misterio, materia y espíritu. El plano real se ve sacudido por lo fantástico, que viene bajo varias capas: desrealización kafkiana, onirismo y pesadilla traumatizante. Esta escenografía sirve de marco para presentar, entre otras, cuestiones como el problema de la identidad y los límites entre irrealidad y mundo material. Aparicio retoma, pues, clásicas preguntas sobre la existencia, sobre la incertidumbre entre sueño y verdad, vida y fábula, materia y espíritu, consistencia y evanescencia… Esta alegoría de la condición humana pone en cuestionamiento la certeza del yo, disperso en el doble e incluso en una identidad múltiple, y parece sostener que la existencia es un enigma dentro del caos de un universo incomprensible. En último término, El viajero de Leicester supone un complejo asedio, inquietante, de los últimos misterios de la naturaleza humana. Y además revela la deriva del autor hacia un intimismo absoluto de corte espiritualista. A este último ámbito pertenece Tristeza de lo infinito (2007), nueva incursión en la indicada inquietud de Aparicio por la preservación de la memoria de los muertos, que ahora se materializa con altísima y depurada intensidad emocional.

Queda, en fin, en la trayectoria de Aparicio un modo narrativo menos ambicioso, circunscrito al ámbito de la puesta en práctica de una narración ante todo entretenida, intencionada pero amable. Esta manifiesta y sana simplicidad aparece en los tiempos últimos del escritor con Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca (1996) y La Gran Bruma (2001), novelas de género protagonizadas por el inspector Gonzalo Malo, afortunada contrafigura madrileña del típico sabueso de la literatura negra. Engarzan con la corriente postmoderna de manipular con ironía una forma popular archiconocida, pero no debe concedérseles gran trascendencia pues el autor no va en sus pretensiones más allá de escribir historias amenas y darse un gusto. Este planteamiento no impide, desde luego, una intencionalidad crítica contemporánea, relacionada con las obsesiones materiales de una sociedad consumista, con los poderosos, con la delincuencia refinada, con la impunidad de la política y el dinero.

En conjunto, la pausada prosa narrativa de Aparicio muestra una persistente inquietud por descubrir la condición humana con propósito crítico. Para esta finalidad pone en juego registros tan distintos como el testimonio, la parodia o la fantasía. El gusto por la fantasía de Aparicio requiere subrayar el fuerte nexo que existe entre Aparicio y los otros dos seguidores de Sabino Ordás, Luis Mateo Díez y José María Merino. Los discípulos del maestro exilado traen en conjunto a las letras españolas una de las indagaciones más decididas en el descubrimiento de la dimensión misteriosa de la existencia: en los tres lo ultrasensorial constituye un elemento básico de su visión de la vida. En el curso global de la novela de postguerra, marcada por el realismo, al entender de algunos rutinaria y empecinadamente realista, este interés por lo supra o para real constituye una veta enriquecedora. Es uno de los caminos que hicieron posible la salida de la anormalidad y la conquista de la normalización.