Como el poeta zamorano Claudio Rodríguez, que pensaba, esbozaba, sus poemas en el paseo, en la marcha, Juan Pedro Aparicio (León, 1941) se echa andar junto a su perra y echa a andar así su imaginación, su fina ironía, allí donde su olfato se mantiene alerta ante la brevedad narrativa. Y como diría el poeta, eso es un don. Juan Pedro tiene el don de rescatar lo minúsculo, lo anecdótico para, no sólo agrandarlo con su literatura, sino insertarlo en un todo, en una suerte de cosmología que también camina, que avanza, que configura el breviario, el libro de microcuentos. Y como creador no elude la responsabilidad de esta proyección de su obra. En el primer libro que editó Páginas de Espuma en el año 2005, La mitad del diablo, Juan Pedro abordaba en sus primeras páginas los matices, los preceptos y las recetas que le había llevado a construir un universo desde lo cuántico, el relato cuántico como unidad natural de su ecosistema, el libro de microcuentos. Y todo encaja en la mecánica literaria de Juan Pedro, impregnada del camino, de análisis y de etiología lúdica, muy Queneau: si lo cuántico desvela la diversa multiplicidad de estados de un sistema físico, y por lo tanto la existencia del átomo y los misterios de la estructura atómica, el relato cuántico se presenta y se constituye en los escritos de Juan Pedro en diferentes ópticas, contenidos, estilos. La variedad es una constante en sus libros de microcuentos. Y como si de un téorico de la física se tratase, que busca ordenar nuestro cosmos, Juan Pedro estructura desde el yo narrador y la necesaria elipsis que exige el género brevísimo sus volúmenes, que crecen o menguan en un movimento pendular, de diábolo o de diablo. Si en La mitad del diablo la estrategia era avanzar hasta el un yo narrativo, desnudo de cualquier otro rasgo que no fuera el principio de toda ficción, en El juego del diábolo lo mínimo crece, se expande hasta enriquecer el espacio literario. Son así estructuras en movimiento porque, y esto es fundamental para él, “todo relato requiere movimiento”, o como diría su amigo José María Merino, para quien lo narrativo entraña la mudanza de los hechos. Lo cuántico, lo atómico, encerrado en un vaivén cerrado, se asemeja a la unidad mínima de lo micro, que en su movimiento también regular, expresa la perfección de un universo. El universo literario de Juan Pedro Aparicio.
No obstante, un retrato de editor no puede finalizar con algunos apuntes sobre su obra y su literatura. Conocí a Juan Pedro en su etapa british, como director del Instituto Cervantes de Londres. Nos cruzábamos llamadas y correos electrónicos que dieron lugar al bing bang que antecedió a sus dos libros publicados, por ahora, en Páginas de Espuma. Y el recuerdo que perdurará es haber asistido a una charla entre Juan Pedro con José María Merino y Luis Mateo Díez, antes de la presentación de uno de sus libros en el Círculo de Bellas Artes. Tres lobos plateados que se conocían “desde que llevábamos pantalones cortos” y que hablaban de todo un poco, con amistad y nostalgia. Una conversación en movimiento. Juan Pedro en movimiento.