Juan Pedro Aparicio,
un leonés en Holland Park

 

Olvido Salazar-Alonso
Instituto Cervantes de Lisboa

Conocí a Juan Pedro un mañana del mes de junio de 2005 en los bajos de un cine de la Gran Vía de Madrid, El Palacio de la Prensa. En mi deambular por el mundo como encargada de cultura del Instituto Cervantes, dio la casualidad que me destinaron a Londres un mes después de que él ocupara el cargo de director del centro y por ese motivo quedamos en Madrid para conocernos. Nuestros pasos ya se habían cruzado anteriormente, tal y como él y yo dedujimos en uno de nuestros paseos de regreso a casa atravesando Hyde Park. Fue en Nueva York, cuatro años antes, cuando el Instituto en el que yo por aquel entonces trabajaba organizó una velada literaria e invitó a Juan Pedro junto a sus dos inseparables amigos y escritores Luis Mateo Díez y José María Merino. Nuestros pasos se cruzaron, pero el destino no quiso que nos conociéramos hasta unos cuantos años después.

De mis años trabajando con Juan Pedro, con Juan, como le gusta que le llamen, tengo un recuerdo que va mejorando con el tiempo como un buen vino. Entre los dos logramos que el Instituto Cervantes de Londres tuviera una actividad cultural coherente y de calidad. Ambos diseñamos juntos, durante los años que ocupó la dirección del Instituto, un programa en donde si bien la literatura y el cine fueron los platos fuertes de la programación, tampoco faltaron la música o las exposiciones. Gracias a nuestra complicidad y buen entendimiento, estuvimos de acuerdo en impulsar dos de los acontecimientos culturales de referencia hoy día en la ciudad de Londres en lo que a la cultura en español se refiere: el Festival de cine español y el Festival de flamenco de Londres. Además, dado que Juan es un gran conocedor de la literatura española y de la historia de nuestro país, su buen gusto y su sabio juicio contribuyeron a que por el Instituto pasaran muchos de los principales escritores del panorama literario español y latinoamericano, así como historiadores e hispanistas británicos de prestigio internacional. Fueron unos años de intenso trabajo y de gran satisfacción personal tanto para mí, como creo que también para Juan, nuestro leonés en Holland Park.

La relación laboral que nos unía, dio paso inmediato a la amistad. Además de trabajar juntos, hablábamos de política, de historia, de cine y de literatura. En aquellos años escribió y luego publicó dos tomos de microrelatos con títulos muy sugerentes, El juego del diábolo y La mitad del diablo. Y estaba preparando la redacción de una novela sobre Jovellanos y Lord Holland que acaba de concluir.

Juntos celebramos algunos de sus éxitos literarios como el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en el 2005 por La vida en blanco o la reedición de su libro El Transcantábrico en el año 2007, que fue presentada por todo lo alto en la residencia del Embajador de España en el Reino Unido. O el fulguroso éxito de su mejor invención: El Filandón. Y aquí me van a permitir que me detenga para explicarles, si es que aún lo desconocen, en qué consiste ésta invención de nuestro querido Juan. Un día, en el año 2005, a propósito de nuestra participación como Instituto Cervantes en el festival de Hay-On-Wye, Juan me propuso que organizáramos un Filandón. Yo ignoraba lo que era aquello y él, con mucho cariño, me explicó que se trataba de un cuentacuentos que tenía lugar en los pueblos de León en las duras noches de invierno al tiempo que se hilaba.

He de confesar que al principio recibí la idea con cierto escepticismo, para luego rendirme ante la evidencia. El Filandón, cuentacuentos realizado por los escritores leoneses Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino, aparte de ser una verdadera delicia literaria, es un invento que ha funcionado y sigue funcionando en todo el mundo. Estos escritores han llevado su particular Filandón por toda España, por distintas ciudades europeas. Ha llegado a Nueva York, a Cartagena de Indias, a la Habana… Siempre con gran éxito de público.

Juan se despidió de su etapa como director del Cervantes londinense paseando al borde del Támesis y bebiendo una pinta de cerveza en The Blue Anchor, un pub con mucho carácter, a orillas del río en el barrio de Hammersmith, cuya fecha de inauguración fue 1722. Poco antes, el equipo que le acompañó en su labor como director del Instituto le había brindado una cálida despedida. Nuestro regalo fue un grabado antiguo de Holland House, en el barrio londinense de Kensington & Chelsea, y que fue residencia habitual de Lord Holland, un amante de la libertad y un enamorado de España que llegó a nuestro país a principios del siglo XIX y que dio nombre a este parque del oeste de Londres tan querido y frecuentado por Juan en compañía de su perrita Bonnie.

Juan, como buen escritor, también se despidió de la ciudad publicando un libro más de relatos, Asuntos de amor, que quizá velada, o no tan veladamente, sea su penúltima declaración de amor a este país, Inglaterra, y en concreto a su capital, Londres, una ciudad en donde, según sus propias palabras, ha pasado algunos de los momentos más felices de su vida.