Mi padre

Juan Aparicio Belmonte

¿Quiere el lector saber lo que fue el franquismo? El año del francés lo cuenta. No es una novela fácil, tardas en entrar, tiene un lejano parentesco con el Ulises de James Joyce, pero una vez has pasado la frontera del recelo aquella ficción cobra más vida que la vida y promueve una adicción hecha de la misma fiebre con que fue escrita. Junto con La forma de la noche, es la mejor novela de mi padre y una de las mejores novelas españolas de los últimos cien años, además de reflejo de su personalidad imaginativa y crítica. Su primer libro, Los cuentos del origen del mono, alberga otro relato fascinante, Los inmortales, una obrita maestra escrita con un tono lúdico que mi padre abandonó en sus siguientes libros, seguramente más duros, tal vez más ambiciosos o, simplemente, menos juveniles.

Tengo el recuerdo de su máquina de escribir, aquel lento sonido de teclas, mientras mi hermana y yo jugábamos a la pelota en el pasillo interminable de nuestro piso madrileño de la calle Cristóbal Bordiú. A veces, algún amigo del colegio venía a casa y me preguntaba: “¿Qué hace tu padre?” y yo me encogía de hombros. Se me hacía difícil explicar el sentido de aquella actividad extravagante: teclear despacio –la pipa, aromática, siempre cerca– y luego recitar apenas en un susurro las palabras recién escritas en el papel.

Porque mi padre iba a diario a la oficina, donde radicaba su trabajo alimenticio, y los fines de semana se encerraba a escribir. Tal vez por eso crecí en la convicción de dos mundos bien distintos: el de la oficina, duro y atrabiliario, lleno de jefes incomprensibles y tediosas reuniones de última hora, del que él regresaba con quejas y gesto de cansancio, y el de la literatura, para el que siempre deseaba más tiempo, como si fuera un refugio que, aunque exigente y complejo, permitía despojarse de la corbata, saborear un cognac en copa de balón, fumar en pipa, charlar con los amigos y, sobre todo, comprender la vida y hasta adueñarse de ella para curar sus heridas.

Sin él saberlo, seguramente sin pretenderlo, tal vez luchando contra ello, su ejemplo me marcó el camino hacia una vocación que con el tiempo yo también haría mía. Fui comprendiendo que, más allá de ese deber ineludible de salir de casa para buscar un sustento, pero adosado a esa inquebrantable necesidad, había un mundo para rebeldes, el de la imaginación narrativa, que no solo le daba un sentido a la vida, sino que también servía de alivio, diversión y venganza.

Valga la recomendación de Nuestros hijos volarán con el siglo, su última novela de próxima publicación, para que se corrobore con su lectura lo que en definitiva vengo a decir: que era difícil escapar al influjo de la literatura siendo hijo de quien tanto hacía y hace por ella.