Escribir es en este momento la labor manual que realizo mientras me dispongo a hilar mi filandón, o a filar mi hilandón, a contar, anécdotas, historias que se pretenden de mayor enjundia, cotidianas o fantásticas, pero no por esto último menos veraces. Tienen en común que forman parte del trayecto compartido con Juan Pedro Aparicio y como las tengo tan presentes son al mismo tiempo origen y destino.
Gilles Deleuze señalaba a propósito de su lectura de La Bête humaine de Émile Zola que para este novelista francés la locomotora no era tan solo un objeto, sino un símbolo épico. En el farwest, tan frecuentado por Gary Cooper, quien en sus películas anda igual que Juan Pedro Aparicio, los trenes irrumpían por primera vez con su potencia colosal, medida con mucho agravio en caballos, para atravesar montañas rocosas, alcanzar horizontes lejanos, seccionar colinas encantadas y superar valles de sombras.
En la península o en el lejano oeste, el ferrocarril funcionó como el dios surgido de la máquina, el deus ex macchina, porque provocó un giro en el argumento. Fue la cremallera que cerró todo un tiempo, y una forma de entender la vida, la que giraba en torno a los cowboys y su manejo del ganado.
Aquí hubo una vez dos trazados ferroviarios, el de La Robla y el de Sierra Menera. “Los penachos de humo”, dice Juan Pedro y la piel se eriza al evocarlos dentro de la trinchera entre la nieve de Puerto Escandón o Mataporquera. En la península se tituló progreso industrial.
Uno de los prodigios de Juan Pedro Aparicio, tiene que ver con todo esto, porque resucitó en mejores condiciones de las que estaba, al tren de La Robla y lo rebautizó como el Transcantábrico. Ambos trazados, el conocido popularmente como de Ojos Negros, porque arrancaba del municipio del mismo nombre en Teruel, y el del norte, delineaban con carbón el paisaje para alcanzar las fraguas, los Altos Hornos del Mediterráneo en el Puerto de Sagunto o las factorías de la metalurgia de Vizcaya.
De la misma manera que los ríos, los trenes tienen estructura de filandón, de conversación junto al fuego, de velada en la que se hilan historias, se engarzan escenas y se presenta a los demás a nuestros personajes favoritos. La sintaxis de los ferrocarriles se articula en torno a los viajeros, sus vivencias y sentimientos, las estaciones y su trasiego son los elementos nucleares, con el apoyo o el acompañamiento de los apeaderos. Es un lenguaje que también consta de prosodia, el silbato del factor de circulación, o el pitido del tren, enfatizan los momentos más emocionantes.
El escritor leonés lo primero que le hace sentir a una mujer de mis características y sobre todo de mi edad, aquello que se instala en la trastienda de los ojos nada más verlo es la certidumbre de desear haber nacido antes, malgrait tout, las menos libertades, la mucha falta de oportunidades, etc. para compartir con él la misma efervescencia de aquella Facultad de Derecho, el afán por repartir oxígeno, desde los libros o desde la calle. Dice él que cuando las ideas no caen en el vacío y se tienen en cuenta como aporte, como savia nueva, se hace política. Esta ocasión, la lucha contra el anquilosamiento, debido al color de los tiempos, no la considero del todo perdida. En Qué tiempo tan feliz cita a Cervantes: “los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de saber gramática” y sigue el filandón, porque esto último también viene al hilo o a cuento.
Suena más grandilocuente que nunca en estas circunstancias, pero a nosotros dos nos une la honestidad. Una vez, mientras paseábamos por una ciudad árabe, romana, pero sobre todo episcopal, el escritor me transmitía cierto entusiasmo y sobre todo mucha sorpresa, por la calidad encontrada entre los relatos presentados a un concurso muy bien dotado del que él era jurado. Sonreí, pero cambié de tercio en cuanto pude; para mí era como transitar por un terreno espinoso porque yo era una de las autoras a las que la espera del veredicto consumía. No necesité mucha paciencia porque nuestros itinerarios fundacionales, que incluyeron una terraza sobre el mar y una estación modernista, engalanada de cítricos de piedra, aligeraron mi desazón hasta el punto de olvidarme incluso de aquel premio y su proceso. Juan Pedro, solo conocía entonces mi nombre, los apellidos los leyó en el acta y volvieron a resonar después, cuando volvimos a vernos entre carcajadas. La misma persona, decía.
En otra ocasión llegó acompañado por un director de cine con quien hablamos sobre la primera mujer de un poeta vasco, convertida en espectro porque en ella se invirtió el orden natural: primero murió y después se fue de esta vida.
Sin embargo, la tarde que recuerdo con mayor cariño fue una que compartimos en una cafetería de ámbar y madera con otras dos personas, Jusep Torres Campalans y Sabino Ordás. El primero sacó de su cartera una fotografía con Picasso y el segundo se apresuró a hacer lo mismo. Si apareces en una de ellas con el pintor malagueño no solo quiere decir que eres alguien en la vida, sino que existes. Es una prueba irrefutable. Disfrutamos mucho y coincidimos en que eran como niños, parecía el juego del “y yo más”: exilio, riesgo, lecturas…
Guillermo Aguirre, en un magnífico artículo sobre el que ya es el tren de Juan Pedro Aparicio, dice que el conductor de la locomotora conoce el futuro. Se podría añadir que no solo el geográfico porque a fuerza de repetirse las mismas acciones en tantos corazones estas acaban por ser previsibles como un trayecto ferroviario, incluso sus incidentes y accidentes, lo extraordinario, acontece cada cierto tiempo.
Entonces, aquella tarde, tan bien rodeada por Ordás, Campalans y Aparicio, yo aún no sabía, porque no ser maquinista de tren me impide conocer el porvenir, que con el transcurrir de los años -y las estaciones- me dedicaría al mismo oficio falaz que don Sabino, la docencia de técnicas de escritura creativa y que la práctica de la literatura me regalaría muchos más momentos con el escritor.
Concluye ahora este recorrido que me ha transportado hasta La Robla, Guardo, Los Carabeos, Arija, Sotoscueva, Espinosa de los Monteros y Valmaseda, pero también a Ojos Negros, Cella, Santa Eulalia y Sot de Ferrer. Toda mi gratitud es para estas letras filadas que me han permitido pasar de nuevo unas horas contigo.
He llegado a Concordia y Cordura, que no son cualidades, buenas intenciones, ni siquiera potencias del alma sino mucho más, la estación de Bilbao y un lugar en una película de Robert Rossen.
Gracias, Juan Pedro, por guarecerme con tu ejemplo.