Quien ha vivido en la negra provincia sabe de qué forman llegan las noticias, cómo evolucionan de modo incontrolado, cómo se filtran y se transmiten de boca en boca, de bar en bar, cómo -y sería la puntilla- se deforman y acaban constituyendo un caudal de leyendas, mentiras y medias verdades que se mantienen en pie por la ignorancia de los más o se tumban solas porque dejan de interesar al no ser actualidad palpitante. Una manera de entrar, la de la información ambigua, en una realidad sin certeza alguna, entregado al caos de la confusión y al descrédito de los ídolos y mitos que se están forjando al filo de la existencia sean cercanos o lejanos. Mucho más si las depreciaciones proceden del campo artístico, en donde frecuentes son las solemnes descargas a la línea de flotación del escritor próximo, mucho más si queda distante o se pierde en la bruma. Ávidos para criticar, sueltos para la disputa, abiertos a la confrontación, la tribu literaria de cada occidente ataca a la de oriente y ésta a su vez, cuando puede, se defiende a estacazos, tal como ocurría en los tiempos de Goya, en los de Larra o en los nuestros actuales, en donde o cuentas con blog o no eres nadie en el gremio.
Y lo postulo como inicio -la desinformación y el desconocimiento- porque, aunque no recuerdo con la exactitud de los relojes ni la precisión de los científicos aplicados, pronto escuché hablar de una llamada extraña “mafia leonesa” que se dedicaba a la literatura, que se protegía y cubría las espaldas- algo así como una secreta sociedad masónica que se erigía en los máximos valedores de un arte que andaba suelto- que gobernaba el mundo del libro, la escritura de un país siempre en crisis permanente de valores, si nos dejamos arrastrar por el pesimismo secular que padecemos en una España desarticulada y unida por reinos de taifas o conglomerados de barrio. Parecían que copaban en las muchas ramas del arte literario, que dominaban todas las modalidades- aunque unos me decían que todos ellos eran poetas y otros que pertenecían al bando de los narradores- que ganaban trofeos, que se metían de lleno en el campo de las ventas literarias -empresa difícil con la buena literatura- y que no se podía hacer nada si no se contaba con ellos.
Esquinado como vivía en aquella época de los sesenta, en otro reducto provinciano ajeno a la innovación y a la modernidad aunque casi prendíamos de la mano el final de la dictadura, apenas podía considerar acertada o no la existencia de una secta o de un tribu en donde unos añadían nombres y otros quitaban, al igual que sucede con las llamadas leyes generacionales de Pettersen o con las promociones que suelen ahormar en categorías similares caracteres tan individualistas como los de los artistas. Parecía, no obstante, por aquel entonces que León, desconocida y olvidada, se había convertido en cetro y trono de la literatura en España y que había de ser del Bierzo para juntar cuatro letras o para ser celebrado como gloria literaria. Desconocíamos lo que se estaba formando por otros mares y lares aunque algo bullía en aquellos días temblorosos, tampoco sabíamos de la existencia de la nieve intensa ni del frío de las montañas, los cuentos a la luz del fuego, habitando como habitábamos zona cálida, tropical en algunos momentos. Y desconocíamos por tanto la identidad -tema que tanto le ha preocupado a los autores que mencionaremos a continuación- y los verdaderos componentes de aquella socorrida red de autores que tanto brillaban en le siempre bien poblado panorama de la narrativa española.
Quiso la ocasión que varios años más tarde diversas instituciones culturales provinciales me dieran la oportunidad en su día de convocar algunos actos durante una veintena de años -siempre minoritarios- en donde los escritores podían desvelar sus secretos, mostrar sus curiosos y enigmáticos procesos de creación, leer sus cuentos o sus textos, abordar -ya saben que es lo suyo- su universo propio ante un auditorio selecto pero reducido, interesado en la obra narrativa o en la vivencia poética. Y fueron desfilando por el estrado aquellos miembros de la fingida secta masónica -.no sé si en calidad de maestros o aprendices, limosneros o vigilantes- que figuraban en las confusas relaciones que se me habían establecido de boquilla, algo a la ligera, sin saber ciertamente de qué se trataba aquella cámara oculta. Entre ellos muchos de los mencionados componentes de aquel tan celebrado como rechazado grupo leonés. Y la verdad, dicho sea de paso, se me fue cayendo el blanco sudario o el delantal que llevaban colgado para revelarse cual eran; un grupo de amigos que se fue reduciendo poco a poco hasta llegar a la tríada, hasta ese triángulo mágico que se fue desvelando en el espejo de la confianza y en los terrenos de la pequeña amistad. Y eran los tres fieles amigos que se divertían con el arte (hay en todos ellos un sentido lúdico que no desaparece ni siquiera en los momentos más melancólicos); un trío que, contrariamente a las leyes de la provincia, hablaba bien de sus compañeros, que ensalzaban a los que escribían la misma modalidad narrativa, parecidos cuentos , cuando lo que yo había escuchado en mi provincia era el golpe bajo, la patada a la obra o la descalificación pertinente. Ellos, la tríada de la que hablo, no hacía otra cosa sino engrandecer los méritos ajenos, subir un peldaño el valor de esta o aquella obra, los méritos que concurrían en los de su tribu. Y me animaban a seguir entrando en aquel filón minero -seguramente de ahí procede lo del filandón que tanta nombradía les ha generado- que tanto prometía.
Me parece que fue a Luis Mateo Díaz al primero que conocí personalmente, el primero que se desplazó a mi trozo provincial para hablar de sus obras, me parece recordar -algún día publicaré mis poco gloriosas memorias- que al filo de aquel jocoso Premio Nacional que le auspició a la palestra nacional. Y le fue leyendo más tarde con sus divertidas fiestas provinciales, en sus regocijantes chanzas, también en aquel disparatado tropel de figuras tan pintorescas como pantagruélicas -en su menú siempre entraban ingentes cantidades de anca de rana que yo nunca había probado- que salían de una pluma cervantina e irónica, dada a la burla y a la agudeza en sus inicios y que se ha ido convirtiendo en metafísica con el paso de los días. Y me encanté en sus cuentos y en sus viajantes de comercios tiempo después, cuando fueron soltando aquel caudal de ternuras ocultas, de rutinas sin cuento, de adversidades y derrotas, que poco a poco, y lo contemplaba desde la distancia, se iba creciendo ante un discurso tristón y angustiado que se le iba metiendo en el cuerpo, probablemente porque entraba en la Academia y debía pasar todos los jueves por la sede. Luego, tan pronto como iba y venía de su despacho madrileño a mi pequeña tarta autonómica, fui entrando en esa ciudad de leyenda y muerte que ha puesto en pie, en ese país surrealista en donde ha ido tejiendo canciones de dolor y misterio y aumentaba el conocimiento directo de una realidad humana que ha ido creciendo con las risas y con el festival de verduras, con los hilos de la emoción y con los viajes a los castillos renacentistas, con la voz aterciopelada y con los relatos alfaguareños. Y juro ante el libro sagrado de la ética que no me dejo llevar por la existencia de esa sociedad secreta que se enunciaba al principio sino por el contacto directo con un hombre que sabe de verdades y ficciones, de fiestas y tristezas, y mucho de alegrías y del viejo dolor que esquiva con la mueca de la tenue sonrisa.
Luego llegó a mi paraíso autonómico, creo, José María Merino, que fue al primero que había leído -allá en los tiempos de la penumbra- en su la novela de Andrés Choz cuando estuve de becario en el Palacio de la Magdalena, cuando los cursos de verano de literatura eran mis verdaderas y únicas clases universitarias del año. Y me crecieron los dientes en el cuento entrando por la puerta de la realidad y saliendo por la otra de la fantasía leyendo a este otro miembro secreto de la cofradía (¿ o era secta?) leonesa, un escritor todoterreno del cuento adulto y adolescente, de la novela, del ensayo, del mito, de la crítica generosa y de la que abría caminos a la esperanza, de la misma manera que sacaba a la narrativa española de los hechos sociales y la incrustaba en la modernidad del 68. Y pronto me di cuenta de que estaba hermanado con Luis Mateo y que tenía en sus alforjas un conocimiento pleno y medido de los pasos que han dado los artistas desde la dictadura hasta nuestros días, cuando sigue ojo avizor las entradas y salidas de los jóvenes artistas españoles. Lo he visto preocupado por la hecatombe y la convivencia españolas, los tiempos pasados, la guerra y he escuchado su voz de actor en muchos encuentros y he llegado a la convicción de que todos ellos podían haberse ganado la vida en el escenario en lugar de estar en oficinas jurídicas o en despachos de funcionario. Lo he oído leyendo textos grandes y cortos, impartiendo eficaz magisterio en torno al arte y conversando con sabia humanidad en todo momento, inusual con su habitual pericia por los terrenos del arte quien siempre me ha parecido un ingeniero -hay un rigor industrial que combina con su tremenda fantasía- que ingresaba en las galerías secretas machadianas. Un artista de principio a fin que hace un brindis a la amistad en cada ocasión y en todo momento, de firmes convicciones literarias y de emociones poéticas. Un autor siempre despierto que anda preocupado por la identidad, por el tiempo, la imaginación creadora, la siempre cercana frontera entre la ficción y los hechos cotidianos. La metaliteratura nunca le ha sido ajena y suele ser frecuente que ponga en escena personajes que andan, juegan y sueñan con la actividad creadora.
Y no tardé mucho tiempo en leer a Juan Pedro Aparicio, el tercero de los mosqueteros, porque tanto uno como el otro no paraban de elogiar sus virtudes para la composición y su pasión por la escritura. Y pasé de sus muchos artículos en la prensa peleona y cotidiana-sería una diferencia fundamental con respecto a los dos anteriores- a su recorridos por tierras lejanas o en el tren hullero, un medio que había preocupado a mi amigo Pedro Costa, premio nacional de Medio Ambiente, un libro que volvía a poner a estos jóvenes progresistas del 68 -grandes lectores de Baroja y de Jesús Fernández Santos- en fundamento la temática viajera del 98 finisecular, con los que muchos puntos de contacto mantienen al filo de la tradición y el esperpento, la caricatura y la descripción. Dotado para la sátira política Juan Pedro Aparicio reflexionaba gozosamente sobre el poder y amargamente sobre la dictadura franquista, combativo como había sido con ella. Y de Juan Pedro, que seguía sin aparecer por mi apartada tierra, no conocí sus gustos gastronómicos, pero seguía produciendo libros con muchas historias que obtenían premios y cuentos que siempre aportaban la faz de la ironía propia del grupo, el fondo leonés de la infancia, el suelo provinciano y la melancolía de algunas figuras, que son tan semejantes como diferentes estos tres miembros de la secta de la amistad entrañable. Y le seguí leyendo cuando se tomaba pausas en su quehacer o cuando inventaba un extraño inspector que desvelaba los secretos y pronto advertí que iba acortando paso a paso sus creaciones y que en breves líneas se arrancaba primorosamente por mini ficciones de la misma manera que los andaluces se decantan por las soleares y obtenía premios como el Setenil, que me pillaba cerca y fue allí donde por vez primera cerré el círculo o el triángulo de la logia masónica. Y lo vi, como todos los otros, jovial, divertido, alegre, confiado, con porte alto y erguido y la misma voz que sus íntimos amigos, sin poseer el grado 33 ni haber alcanzado la categoría de venerable. Escurridizo, Juan Pedro se alejaba cada vez más, se ocultaba en las nieblas londinenses, y yo trataba de rasgarle la opacidad física, y lo solicité cuando estábamos entrando en el oscuro túnel de esta larga y negra crisis que nos persigue y hubo, por motivos que no recuerdo, que aplazar el encuentro que fue en la investidura de Merino como nuevo inmortal de la Academia. Y ahora, cuando he roto los ciclos y me he fugado de aquellas y añoradas citas con los tres leoneses -unos de nacimiento y otros de adopción- , descubro que nunca existió aquel arrojadizo insulto de la mafia leonesa, aquella organización clandestina de señores que todo lo obtenían de manera fraudulenta, sino tres grandes escritores que predicaban con el ejemplo de la ética y la pasión por el arte de jugar al engaño, de decir verdades mintiendo, de nombrar la ficción y de recordar aquellos nevados días lejanos en los que crecieron como hermanos, en mantener alto el lema de los tres mosqueteros: todos para uno y uno para todos.
Águilas, 1 de septiembre de 2012