A veces pienso qué hubiera sido de mí si no hubiera aceptado ese trabajo, o si hubiera dicho o hecho algo que no le hubiera gustado a don Arturo, el capo de las drogas más buscado por las autoridades desde el año 2004. Leer más…
Categoría: Este Lunes
Nicolás Guillén: 80 años de su primer viaje a México
El 19 de enero de 2017 se cumplirán 80 años del primer viaje que hizo a México el entonces poeta de 35 años Nicolás Guillén. Aquí publicaría dos de sus libros fundamentales: Cantos para soldados y sones para turistas y España, poema en cuatro angustias y una esperanza. Asistió entonces al Congreso de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios de México, donde conoció a Octavio Paz, Silvestre Revueltas, José Mancisidor, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, entre varios más. De México partió para España, al Congreso convocado por la República Española, en plena guerra Civil. Este viaje cambiaría el resto de su vida. 1937 sería un año fundamental en la obra del poeta camagüeyano, que lo marcaría para siempre.
Nacido el 10 de julio de 1902 en la ciudad de Camagüey (antiguo Puerto Príncipe, patria chica también de Gertrudis Gómez de Avellaneda, “Tula”), esa “amable comarca de pastores y sombreros” como la definiera en uno de sus versos, Nicolás Guillén Batista es mulato e hijo de mulatos, en uno de los rincones más conservadores e hispanistas de la recién instaurada República de Cuba. A los escasos quince años queda huérfano de padre, pues éste muere en un intercambio de disparos en la finca San Ramón de Múcaro, al sur de la provincia, en uno de los combates entre los “alzados” liberales (movimiento también conocido como “La Chambelona”) y el Ejército Constitucional. Detalle poco conocido: se dice que la tropa gubernamental estaba comandada por el capitán José Lezama, quien había dejado en el campamento militar de Columbia, en La Habana, donde residía, a su pequeño hijo de poco menos de siete años: Joseíto Lezama Lima… Así pues, dos de los más grandes poetas de Cuba en el siglo XX aparecen trabados desde sus infancias por un drama de sangre: todo un símbolo de lo que ha sido la vida de la isla.
Para quienes tuvimos el privilegio de frecuentar con cierta asiduidad a Nicolás Guillén, algo que siempre nos queda muy fuerte en la memoria es la espléndida risa que lo anunciaba por doquier. Hombre pequeño, obeso (muy inclinado a los placeres de la buena mesa… y también de la buena cama, por qué no), de ojos pequeños y oscuros, dedos cortos y regordetes, nada podía indicar en él a un conquistador de mujeres. Sin embargo, tenía dos formidables armas a su favor: su carcajada estruendosa y franca, y su voz, sonora y retumbante, que lo proveía de un instrumento inigualable para decir sus propios poemas, los cuales en los metales ajenos carecen del brillo especial y profundo que adquirían cuando el mismo poeta dejaba salir sus versos. Casos equivalentes, aunque muy diferentes, eran los del asmático Lezama Lima y del musitante Eliseo Diego.
A 100 años de su nacimiento, la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la que nunca dudo en calificar como su “tres veces heroica” Facultad de Filosofía y Letras, junto con otras instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, decidieron festejar al poeta cubano de la mejor forma que puede aspirar un artista: comentando su obra y vida, que es la manera más cercana y propiciatoria de leerlo y de hacerlo vivir de nuevo. Y en estos gestos generosos (que ocurrieron tanto en el Aula Magna de la Facultad ya dicha y ahora en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes), advierto el cumplimiento de eso que desde Platón viene llamándose como “justicia poética”: México nunca fue extraño para Nicolás Guillén –como para tantísimos cubanos- pues fue el primer país que conoció después de su patria; aquí llegó a Veracruz desde La Habana en 1937. El nombre del barco que lo trajo se me hace simbólico también: “Siboney”. Al poco tiempo, ese mismo año, publica aquí dos de sus primeros libros: Cantos para soldados y sones para turistas (Editorial Masas, con prólogo de Juan Marinello) y España, poema en cuatro angustias y una esperanza (Editorial México Nuevo, que más tarde volvería a editar, ya en España, Manuel Altolaguirre). Y desde México sale para España al histórico II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, a realizarse bajo las bombas en las ciudades de Barcelona, Valencia y Madrid. En ese congreso conocería a un gran poeta chileno, también comunista, llamado Pablo Neruda quien años más tarde, por esas miserias humanas de las cuales no están libres ni aún los grandes poetas, se referiría a él como “Guillén El Malo” (para diferenciarlo de Jorge Guillén, “el bueno: el español”)1.
El hecho indudable es que Nicolás Guillén no es sólo un enorme poeta para las letras cubanas2, sino hispanoamericanas y aún españolas universales. Si bien no fue el iniciador de la llamada poesía negra3, creo que se ha insistido demasiado en su condición de poeta elegíaco –y, por tanto, “político”- y se han pasado por alto otras cuerdas de su rico laúd, como serían las de un bardo heredero de lo mejor del conceptismo ibérico y en especial el enorme Francisco de Quevedo y Villegas, gran transformador de la lengua en su momento como Guillén en el suyo,4 y también su condición de poeta amoroso, enamorado y erótico.
Así como José Zacarías Tallet y su poema “La rumba” contaron con la formidable difusión internacional que le brindó la declamadora Berta Zimmerman, Nicolás Guillén le debe mucho de su popularidad a un personaje imprescindible en la cultura cubana contemporánea, el recitador Luis Carbonell5, bien llamado como “el acuarelista de la poesía antillana”, el que ha sido durante mas de medio siglo quien con una muy particular forma de decir los poemas, ha contribuido decisivamente para que la producción del camagüeyano obtuviera un lugar de preferencia entre las multitudes no lectoras. Por eso no dudo en mencionarlo junto a sus más conspicuos exégetas.
Deben destacarse en este momento cuando se cumple el primer centenario de nacimiento de Nicolás Guillén, dos homenajes recientes de gran aliento los cuales marcan positivamente la fecha: la publicación, nada casual en Cuba y en México, de sendos títulos; uno, la nueva edición de la Obra poética por la Editorial Letras Cubanas (2002)6, con compilación, prólogo, cronología, bibliografía y notas del mejor especialista en la obra guilleneana, su incondicional amigo y colaborador Ángel Augier (que como valor especial incluye dos secciones tituladas “Poemas no incluidos en anteriores ediciones de Obra poética” y “Otros poemas rezagados”, además de “Notas y variantes” registradas” y una bibliografía actualizada a la fecha de preparación (2001) entre otros méritos); otro, la aparición por el Fondo de Cultura Económica de la antología Donde nacen las aguas, con introducción de Roberto Fernández Retamar, prólogo de Jorge Luis Arcos y compilación y nota preliminar de Nicolás Hernández Guillén (nieto del poeta) y Norberto Codina, impulsada por Gonzalo Celorio Blasco y Hernán Lara Zavala. No debo dejar de mencionar al menos otra selección poética aparecida en México el año 2001, la Antología cósmica de Nicolás Guillén, preparada por el doctor Fredo Arias de la Canal y publicada por su empeño en el Frente de Afirmación Hispanista7.
El homenaje a Guillén que se realiza en este Palacio de Bellas Artes ocurre en una fecha simbólica: el 8 de septiembre es el día que Cuba celebra su patrona celestial, la Virgen de la Caridad del Cobre. La tradición cuenta en una de sus versiones que esta imagen salvadora se apareció a tres pescadores en peligro de muerte por una terrible tormenta. Los marineros se llamaban Juan Blanco, Juan Negro y Juan Indio. Más allá de las otras posibles implicaciones que tenga este suceso, es posible apreciar en sus orígenes el elemento representativo de una cultura de interacción racial muy diversa, y creo que es en la poesía de Nicolás Guillén donde alcanza su más acabada figuración literaria. Por la intención, por los temas, por el tono y la musicalidad, la poesía del camagüeyano traza la parábola de una nacionalidad miscegénica y con hondas resonancias.
Sin embargo, creo también que se ha abusado un tanto al destacar la “africanía” de Guillén. Sus poemas de tema negro son ante todo cubanos y, por tanto, denotativos de una nacionalidad que, aunque es suma de partes, se diferencia sustancialmente de sus fuentes originales. La mayor parte de los términos asumidos como “africanos” en su producción responden al concepto de jitanjáfora, acuñado nada menos que por Alfonso Reyes para denotar el empleo de vocablos eufónicos pero vacíos de significado en la poesía del también cubano Mariano Brull, utilizados sólo por su musicalidad. Así sucede, por ejemplo, en palabras como sóngoro cosongo y muchísimas más. Y es que Guillén por formación y por preferencia es ante todo un maestro en el empleo del idioma español en lo que de más clásico y permanente tiene. Y dentro de las muchas lecturas formativas de su más temprana adolescencia se encuentran los grandes místicos como Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, quienes encuentran su condensación superior en Francisco de Quevedo y Villegas. Así como Lezama Lima es para mí el Góngora cubano del siglo XX, Guillén es sin duda alguna el Quevedo. Para muestra fehaciente siéntase el universo de pensamientos y la combinación de cuartetos y tercetos de este soneto guilleneano que habría firmado gustosamente don Francisco:
“A Juan Marinello”
El tiempo, Juan, con su fluir callado,
gota a gota desgrana nuestra vida,
y deja siempre en su impalpable huida,
a golpe y golpe, el corazón marcado.Selva o jardín, violento bosque o prado,
cerrada cicatriz o abierta herida,
blasones son de quien blasones cuida,
a golpe y golpe el corazón marcado.Resplandece en jardín y bosque y prado
tu estatura de estatua sostenida
bajo un fulgor de sueño conquistado:El tiempo, Juan, con su fluir callado,
la sonrisa te dio de quien olvida,
a golpe y golpe el corazón marcado.
Creo que será este Guillén, el clásico, el que se estremece con los valores universales y permanentes del espíritu, quien mejor se conservará en la memoria y en el gusto de las futuras generaciones. Otros poemas suyos, compuestos al vaivén de acontecimientos y contingencias pasajeras, han pasado ya a la sombra del olvido. Igual sucede con otros grandes poetas –Quevedo, Góngora y Lope incluidos- y no resta merecimientos a su obra, pues se trata de esos inevitables tributos a su tiempo que todos han debido pechar.
Forjado en los estertores del postmodernismo expirante, Guillén frecuentó también la poesía de los grandes románticos y también de los menores: Espronceda lo mismo que Bécquer, y Campoamor al igual que Núñez de Arce. Es a partir de estos orígenes y de una admiración sin reservas por Darío, que toma conocimiento de las corrientes de vanguardia: César Vallejo, Vicente Huidobro –entre los hispanoamericanos-, André Breton, Paul Eluard, Louis Aragón –entre los franceses-, Vladimir Maiakovski, Serguei Esenin –entre los rusos-, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández –entre los españoles- y muchos más, van formando el universo poético donde traza su trayectoria propia el poeta cubano hacia formas cada vez mejor cuajadas y personales, las cuales se cristalizan en su sintonía con lo que después se llamaría la “poesía negra”, es decir, aquella de profundo sentido social y con evidente compromiso político, que asume el negro y sus variantes raciales, sus problemas y sus conflictos expresivos de inserción en una sociedad criolla, pero que tampoco desdeña el abordaje de un escenario más amplio, tanto nacional en los conflictos del campesino y el obrero, como internacional en las causas de reivindicación de los oprimidos del mundo desde una confesa posición comunista, según fue una tendencia muy generalizada de muchos poetas posteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la política leninista estableció lo ineludible del compromiso del escritor con su tiempo y circunstancias, lo que dio origen a los llamados “escritores comprometidos” para quienes Stalin consolidó todo un prontuario estético y poético y hasta un premio que llevaba su nombre y que en su momento recibió el propio Guillén.
Nicolás Guillén fue un poeta vinculado estrechamente con el poder desde 1959 hasta su muerte, pero especialmente desde que Fidel Castro dictó su posición comunista y estableció una cierta reconciliación estratégica con los antiguos militantes del partido, a quienes había despreciado abiertamente hasta ese momento. Este lazo tuvo sus momentos felices y otros no tanto: mi amigo José Antonio Portuondo me confesaba en alguna oportunidad el aprieto en que lo colocó Nicolás cuando “se enfermó” repentinamente y no asistió a la sesión que tenía que encabezar como presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en la Sala “Rubén Martínez Villena”, donde se realizó la mascarada de la autoinculpación del poeta Heberto Padilla, montada por un Beria tropical, e hizo que “Pepé” tuviera que “agarrar el toro por los cuernos” en ese capítulo nefasto de la cultura cubana, verdadero aquelarre represivo de triste pero inevitable memoria.
Guillén recibió todos los reconocimientos y honores que el gobierno de Fidel Castro acumuló sobre sus hombros: premios nacionales de cultura, premios de literatura, ediciones de lujo, viajes, poder, beneficios excepcionales como casa confortable –en el entonces lujoso rascacielos habanero “Someillán”, que hoy amenaza ruina- y dietas exentas de la general, obligatoria y eterna “Libreta de Abastecimientos”, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y, para cereza del pastel, el título por decreto presidencial de “Poeta Nacional”.
Era lo que en Cuba todavía se conoce como esa raza especial de “el dirigente”, muy por encima del resto de los mortales. Tantos honores y privilegios recibió, que ladearon sobre su cabeza la corona de laurel del poeta… El poder marea a los hombres. Y Nicolás Guillén, aunque un gran poeta, era un hombre como cualquier otro. La historia ilustra muchísimos casos de escritores y artistas que por su proximidad al poder hicieron concesiones lamentables, pero supongo a la larga lo que debe predominar –pasadas las urgencias y apasionamientos del momento inmediato- es la valoración de su obra, por lo cual resulta permanente. Y de esa obra, en mi opinión, lo que sobrevivirá al paso del tiempo es precisamente aquella parte que no adolece de la inmediatez de la consigna, de la cantárida del panfleto, del estigma de la propaganda y brota, poderosa y auténtica, del pecho del poeta verdadero, inspirado, generoso desgranador de metáforas con las que nos enriquece para siempre. El Guillén poeta del amor y de la musicalidad, prevalecerá a la larga sobre el Guillén de trincheras y consignas.
Un auténtico amador de la poesía reconocerá siempre su deuda con Nicolás Guillén. Una vez me acerqué a él para decirle una sola palabra: “Gracias”. Me miró y dijo: “¿Por qué?” “Gracias a un poema suyo conquisté a una mujer” respondí. Me miró y susurró: “Para eso escribo poemas”. Soltó una carcajada y preguntó todavía: “¿Y está buena?”
Ese es el Nicolás que quiero recordar y recordaré: el criollazo cubano de risa pronta, que masticaba la yerbabuena del mojito como si fuera la “nepenta maravillosa” de Darío, que observaba la cadencia de unas caderas femeninas, cual si escuchara el Concierto Número 2 de Rachmaninof; que se paraba en el jardín de la UNEAC a darle de comer a las palomas… El otro ya tiene sus exégetas: Yo paso.
Este trabajo hasta ahora inédito, fue leído durante el Homenaje Nacional por el Centenario de Nicolás Guillén en México, en la Sala “Manuel M. Ponce” del Palacio de las Bellas Artes, Ciudad de México, el 8 de septiembre de 2002.
El arte contemporáneo tiene un buen culo para pegarle patadas con cariño y mala leche
La modernidad nos trajo de todo, lo que era posible y lo que parecía imposible, cada día una eyaculación nueva, una convulsión exultante, un pasmo alborozado, una mirada y contemplación más agudas, inauditas, incisivas y críticas. Estábamos ante una insólita revolución estética que no tenía límites y cuya diversidad y horizontes eran tan vastos como universos carentes de confines e inundados de luz. Leer más…
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Catastrofismo y pensamiento de izquierdas
Un considerable sector del pensamiento de izquierdas contemporáneo resulta anacrónico a la luz de lo poco que con cierta certeza podemos afirmar al presente acerca el mundo en que vivimos. En este izquierdismo el Universo en que se concibe la vida de los hombres y el desenvolvimiento de sus sociedades es en esencia benévolo. Un paraíso creado especialmente para el hombre, del que si al presente no podemos disfrutar a plenitud lo debemos a que alguien en un remoto pasado dijo esto es mío y plantó una cerca. Leer más…
El asesinato del líder obrero Mauricio Báez
“Asesinos, pasad ignorados a la posteridad y que ésta pueda
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Entre los dictadores que durante la pasada centuria dejaron una huella sangrienta en los países de nuestra América, como Tiburcio Carías (Honduras),Rojas Pinillas (Colombia), Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez ( Venezuela), y Anastacio Somoza( Nicaragua), fue Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana (1930-1961), el que junto a Augusto Pinochet (Chile), ocupa el primer lugar. Leer más…
Cómo escribir un cuento
Durante una conversación en La Habana, Gabriel García Márquez me refirió su proyecto de escribir un libro en el cual iba a contar cómo surgieron sus novelas, a explicar cuál era la realidad que había detrás de cada ficción y cuál era el origen de cada uno de los episodios y personajes de sus narraciones. La idea de redactar ese libro, que según él vendría a ser la novela de la novela, la concibió al darse cuenta que a los lectores –y no solo a los profesionales, a los profesores y a los periodistas- les interesaban esos aspectos literarios mucho más de lo que cualquier autor pudiera sospechar. Pero si esa observación de García Márquez es cierta, el interés se multiplica cuando quien tiene el libro de ficción en las manos no es un simple lector en busca de distracción o placer, sino una persona que siente, o cree sentir una genuina vocación por las letras. Estoy convencido de que no existe un solo escritor al que alguien no lo haya detenido en medio de la calle o a la entrada de un cine para preguntarle acerca de sus libros, sobre el origen de sus temas y personajes, y por supuesto incluso para solicitarle consejos sobre la técnica que puede emplearse para escribir un cuento o una novela.
A lo largo de mi vida yo he tenido esa misma experiencia: he recibido incontables cartas de jóvenes que empezaban a transitar el camino literario o deseaban hacerlo, pero habían estado paralizados hasta ese momento por el temor que siempre infunde la cuartilla en blanco o el teclado de un computadora. Casi siempre en esas cartas me pedían consejos sobre el modo de escribir un cuento. Invariablemente, porque tampoco conozco la fórmula mágica para que alguien se convierta es escritor, los remitía a la lectura del Decálogo del perfecto cuentista, donde Horacio Quiroga, que era un verdadero maestro del género, ofrecía una serie de trucos o de consejos técnicos, que sin duda pueden ser muy útiles a cualquier futuro cuentista: por ejemplo, saber desde el primer momento a dónde se va, pues en un cuento bien logrado –decía Quiroga- “las tres primeras palabras valen tanto como las tres últimas”, no imitar a menos que la influencia sea muy poderosa, escribir sin pensar en los demás, como si la historia a contar solo tuviera interés para el reducido círculo de los personajes que habitan en la narración, y sobre todo – ya que un cuento debe ir directamente como una flecha al blanco- evitar las disgresiones innecesarias y todos los adjetivos que puedan ser suprimidos sin que el texto pierda eficacia expresiva.
Pero a pesar de los consejos de Quiroga, que fijan las reglas específicas del género, existen tantos modos de escribir un cuento como autores han abordado con éxito esa forma narrativa. Muchos renombrados cuentistas, al contrario de lo que dice Quiroga, se han sentado a escribir sin saber con exactitud lo que iban a hacer, como guiados por una fuerza desconocida para ellos mismos que se llama inspiración, y han logrado un cuento antológico. Un escritor ecuatoriano me confesó que una mañana, mientras desayunaba, creyó escuchar una voz que repetía una frase que desde el primer momento le pareció un título excelente para uno de sus relatos. Media hora después sintió la urgente necesidad de escribir y sin que estuviera en posesión de ningún tema comenzó su labor y escribió un hermoso cuento, como si se lo estuvieran dictando, sin separar un solo instante las manos del teclado de su máquina de escribir. Sin embargo, uno no puede concebir que un cuento como Los asesinos. de Ernest Hemingway, que es todo un modelo de sabiduría técnica, pueda escribirse si n que el autor calcule con meticulosa frialdad, consciente del efecto que ha de causar en el lector, cada detalle de esa maravillosa intriga.
En literatura nada es fácil, lo saben todos los escritores que día a día se angustian frente a la página en blanco para lograr un poema o un texto narrativo que, al concluirlo, tal vez lo colme de insatisfacción. Pero el cuento, entre todas opciones que ofrece el cultivo de las letras, encierra quizás las mayores dificultades. Posiblemente medio en serio y medio en broma, William Faulkner confesó que su primera idea en la vida fue escribir poesía y fracasó, luego quiso ser cuentista y como no logró su propósito, se convirtió en novelista. Aunque esa confesión de Faulkner no hay que tomarla al pie de la letra, porque él escribió cuentos admirables, sin duda subraya las dificultades inherentes a un género en el que muchos se han aventurado sin alcanzar el éxito soñado, en la misma forma en que renombrados cuentistas no han logrado el aliento necesario para escribir una novela, entre ellos el propio Horacio Quiroga, que en su novela Pasado amor no estuvo a la altura de sus cuentos inolvidables.
La fórmula imperfecta
¿Cómo escribir un cuento? Creo que nadie puede entregar la fórmula perfecta. No se trata solo de apropiarse de la técnica, lo que puede ser relativamente fácil, sino de haber nacido con esa disposición especial para comunicar en pocas líneas sentimientos y experiencias. Una joven se acercó a un famoso cuentista y volvió a formularle la pregunta:
-Maestro, ¿puede decirme cómo escribir un cuento?
-¿Usted ha leído el cuento de Monterroso que narra la historia de un dinosaurio, tal vez el cuento más corto que se haya escrito?
-No, maestro, lamentablemente no lo he leído.
-Entonces yo le voy a contar la historia. Un hombre soñó que lo perseguía un dinosaurio. Lo soñó durante noches y noches, a lo largo de meses, y una mañana, al despertarse, el dinosaurio estaba debajo de su cama. Ahora usted debe tratar de escribir esa misma historia utilizando el menor número de palabras posible.
Cine Latino de Humor Negro (VI): La película del rey
La película del rey (Argentina, 1986) es un filme del director Carlos Sorín1 quien junto a Jorge Goldenberg se hizo cargo del guión.
Con una duración de 107 minutos cuenta una historia inusitada: la del ciudadano francés Oreille Antoine de Tounens que en 1860 se proclamó rey de los territorios de la Patagonia y la Araucanía en el Cono Sur de América2. Leer más…
Reinaldo Arenas y la expresión de una contracultura en la Cuba contemporánea
Como en el 2017 se celebra el 50 aniversario de la publicación en Cuba de la novela Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, hemos rescatado este texto, que fuera Conferencia Magistral impartida por nuestro subdirector editorial Alejandro González Acosta en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, el 24 de junio de 2003, en el Congreso “Homosexualismo y literatura”.









