Hay figuras providenciales que se cruzan en el camino de algunos jóvenes cuando inician sus pasos en los territorios de la creación artística; maestros que con generosidad le entregan al bisoño discípulo no tanto lo mucho que saben sino lo mucho que son. Yo tuve la suerte de coincidir con Lourdes Ortiz cuando empezaba a hacer mis primeras armas teatrales en la Escuela de Arte Dramático y a ella le debo buena parte de mi ulterior desarrollo artístico y también, por qué no decirlo, personal.
Nuestra profesora de Arte no tenía nada que ver con aquellos docentes que había conocido en la Facultad, rutinarios dispensadores de información canónicamente sistematizada acerca de fechas y adscripciones estilísticas; Lourdes, por el contrario, nos hacía vibrar con cada obra de un modo diferente, diríase experiencial, despertando en nosotros el gozo estético y también una proactiva curiosidad que nos llevaba a preguntarnos asombrados por las condiciones sociales y culturales en que se habían gestado aquellas obras, por los valores morales en imperantes cada uno de sus correspondientes momentos históricos y, naturalmente, por su relación con su teatro.
Esta apertura de miras siempre desembocaba inevitablemente en la gran literatura, fundamentalmente en los grandes poetas visionarios de la modernidad: Baudelaire, Lautréamont, Hölderling, Verlaine, Keats y, por supuesto, Rimbaud, del que conservo un ejemplar de la semblanza del autor de Une saison en enfer escrita por nuestra autora en aquellas fechas. Este opúsculo fue lo primero que leí de la escritora Lourdes Ortiz, luego vendrían las novelas Luz de la memoria, Urraca, Arcángeles, La fuente se la vida… y, también, sus textos teatrales como Las murallas de Jericó, donde descubrí que la posibilidad de un teatro de ideas, no tanto un teatro literario sino un teatro de la palabra en la estela passoliniana, cuya elocuencia y precisión discursiva se conciliaban con un desenfadado e irónico juego escénico.
Y es que Lourdes nos abría las puertas de los por aquel entonces vigentes cánones de un teatro verista de cortos vuelos en el que parecía reducirse todo lo que se movía en esas aguas de creación alternativa en el que algunos empezábamos a bracear.
Pero fue posteriormente, en su obra Penteo, dirigida por ella misma y estrenada en el auditorio de la Escuela de Arte Dramático, donde pude vivir y compartir de cerca y con especial intensidad el universo creativo de Lourdes: su poética artística y vital. Y es que tuve la suerte de poder acompañarla desde mi posición de ayudante de dirección en todo este apasionante trayecto que, partiendo de Eurípides, terminaba emprendiendo un descenso a las eclécticas catacumbas de la posmodernidad; un vertiginoso recorrido donde el antiguo mito dionisiaco se encarnaba en personajes harto reconocibles de ese singular instante en que súbitamente nos vimos inmersos conocido como Movida madrileña.
Evaporado aquel espejismo Lourdes, afinada mujer de teatro, ha seguido regalándonos textos de sorprendente elocuencia y originalidad; así Rey loco, Fedra, Yudita, La Guarida o Electra/Babel en los que no deja de sorprender la habilidad de la autora para plantear con ingenio y sagacidad temáticas actuales a través de mitos o personajes históricos, así sucede por ejemplo en Aquiles y Pentesilea, recientemente estrenada en el Centro Dramático Nacional, cuyo éxito en las tablas ha confirmado a Lourdes como una voz destacada de la dramaturgia española contemporánea.
Lourdes, la de la voz queda, habla siempre en voz baja tal vez porque su palabra escrita retumba en las conciencias de sus lectores/espectadores removiendo certezas y modelos consabidos. Su constante ejercicio brechtiano de desconfiar pausada y amablemente de las versiones oficiales de la realidad la convierten en una divertida y socarrona refutadora de las verdades que día a día nos expele ese Big Brother que hemos dado en llamar medios de comunicación. Porque Lourdes…
En fin, a mi admiración por la escritora se une el privilegio de su amistad. Con los amigos se habla de casi todo, como dijo alguien, se piensa en voz alta … Aunque, a veces, acaso por un exceso de confianza o de timidez, se es incapaz de decirse lo esencial, tal que una latente gratitud que no termina de manifestarse. Esta, es una buena ocasión: Lourdes, gracias por todo.
