Cuando hago recuento de todos aquellos hombres y mujeres, maestros por los cuales he llegado hoy a ser la persona que soy, encuentro abrazados a algunos miembros de mi familia, a algunos amigos de la primera juventud, o más tardíos, del periodo universitario o los años profesionales, con aquellas otras personas a las que no conocí pero cuyos versos, cuya música, cuyos pensamientos… abrieron ante mí sendas que hicieron mi camino más rico y más placentero. Gente que compartió a través de su obra agudos análisis de la sociedad en la que yo misma vivía y que me hicieron, no tanto más sabia cuanto sí menos ingenua. Gente que construyó personajes con una personalidad y un carácter forjado en la sociedad en la que yo misma vivía ofreciéndome claves para entender algunos comportamientos y reacciones inexplicables. Gente que trató de defender el valor de la razón y el valor del corazón por encima de las exigencias de convencionalismo, sensacionalismo y urgencia del panorama intelectual, muy a menudo, desolador que nos ha tocado vivir.
Pues bien, esta introducción no es si no para anunciar que entre ellos figura con estatus de honor una mujer, Lourdes Ortiz, a la que conocí por su obra pero a la que más tarde habiendo sentido la llamada vital del sur, he encontrado a nivel personal. Y es aquí donde he tenido, y tengo periódica -y afortunadamente- la oportunidad de poner rostro humano a su obra y verificar la congruencia de ésta con su radical compromiso civil, ciudadano e intelectual hacia los derechos de los seres humanos. Compartir sus reflexiones, siempre mesuradas, contra la barbarie de una sociedad exánime ha sido como iluminar sus textos con un foco esclarecedor que alumbra los rincones donde se acumula la coherencia como actitud existencial.
Para desentrañar en su totalidad la aportación intelectual de Lourdes Ortiz, es necesario aplicar la técnica del puzzle, pues no podemos abarcar el mural completo de su huella si no encajamos las piezas, todas ellas complejas y complementarias: novela, relatos, traducciones, teatro, ensayos, debates, redes sociales… Y todo ello desde la mirada de mujer valiente, y gran conocedora de la historia, que vuelve a mirar para releer y compartir esa nueva lectura menos sesgada, más esclarecedora e inclusiva. Una mirada que aborda la tarea de reescribir la historia sin negar la presencia de la mujer, recuperándola, dándole voz, contribuyendo así a cambiar la historia de la cultura. O como diría Luisa Valenzuela, “asumiendo la responsabilidad de posicionarse para decir lo que ya fue dicho, pero se quiere olvidar, o lo que aún no se dijo del todo, respecto de la memoria y la historia de su país”.
Es precisamente en las dos novelas «históricas» Urraca y La Liberta, desde mi punto de vista, donde este cometido adopta una forma más explícita a través de un encarnizado diálogo entre tradición y modernidad o, quizá sería más exacto decir, contemporaneidad, del cual emana finalmente esa transformación de la que habla el profesor Juan Carlos Rodríguez “de hecho, cada novela despliega una concepción del mundo, despliega una escritura que en el fondo es un juicio sintético a priori que se va realizando en la práctica. Todos los grandes novelistas han transformado su mundo en un mundo nuevo para conseguir que lo viviéramos por primera vez”. Biruté Ciplijauskaité a su vez, en La novela femenina contemporánea, señala Urraca como la mejor y más completa de las novelas históricas escritas por mujeres. Y los lectores que como Virginia Woolf nos hemos lamentado tantas veces de la pobreza que se deriva de prescindir de las manifestaciones de una mitad de la humanidad, le abrazamos con agradecimiento por recuperar esta historia.
E igualmente, en sus libros de relatos Lourdes Ortiz nos sitúa, desde su posición de mujer y mujer tenaz, comprometida, crítica, rigurosa y situada en un contexto social e histórico concreto, en mundos culturales diversos. No deja aspecto de la condición humana sin escudriñar, discutiendo incesantemente la opinión dominante: la soledad, la decrepitud, el desarraigo, la explotación sexual, la inmigración, el integrismo… Pequeñas historias enormes donde mirarse al espejo y cuestionarse con ternura, pero sin condescendencia, cada uno de los episodios de la historia que nos ha tocado vivir.
