Hay algo de estirpe francesa en las novelas de Lourdes Ortiz. Explícita, incluso: en Luz de la memoria (cerca, por tanto, del origen) se menciona a Malraux una vez y dos a Sartre. Puede que convenga decirlo ahora, cuando ya no se perciben sin dificultad esas genealogías, ya remotas. Quizá lo francés tenga algo que ver con “el enunciado metaficcional y experimental sobre cómo hay que narrar” cuya presencia se ha señalado en esta como en otras novelas suyas (William M. Sherzer, The Spanish Literary Generation of 1968, Lanham, Maryland, 2012, p. 29). Pero esa presencia se podría rastrear hasta otros lugares, si es que tuviera interés hacerlo, pues Lourdes Ortiz, precisamente por su pulsión metaficcional, remite explícitamente cuando le resulta oportuno a buen número de textos literarios, y no es preciso ni fácil decidir cuál de estos es sólo mencionado y cuál sugiere, a su vez, una categorización de lo que se narra. Tales referencias son, de todos modos, numerosas llegado el caso: en las últimas decenas de páginas de Antes de la batalla aparecen Kipling, D’Alembert, Sade, Salinger, Baudelaire, el personaje-autor T.E. Lawrence, el John Silver de Stevenson. Por no hablar de alusiones cinematográficas (Brian de Palma, en las mismas páginas). Ni de que, por tanto, si sale Samos en el relato no debemos evitar las resonancias míticas de la palabra. Todo esto tiene importancia, pero, como vemos, se sale con mucho del territorio francés. No: si traigo aquí un recuerdo de Francia (de un tiempo de Francia) es para acercarnos a cómo miran los personajes de Lourdes Ortiz y, con ello, a la manera de cómo esas miradas integran un relato y determinan sus posibilidades.
El París de la postguerra es un lugar desencantado, extraído, con intervención de gentes ajenas, de un episodio brutal e incomprensible y de un magma de ambigüedad moral. Donde, por tanto, cualquier confianza en la historia requiere un enorme y deliberado esfuerzo, mientras que cualquier desconfianza de ella parece implicar la complicidad con dicho episodio de un Céline. El accidente intelectual de que se importara con éxito la fenomenología había dado lugar, discretamente, a que bajo la Ocupación se hubiera formulado con éxito el existencialismo. No nos importa aquí esa doctrina, sino algo así como su ulterior vulgata, que cundió allí como es notorio hasta que los estructuralistas y el 68 acabaron de borrarla. Y en la vulgata, como en las variantes del movimiento mismo, al lector actual le salta a la vista la persistencia del asidero fenomenológico originario. Que estriba ante todo, para la estética y para la vida cotidiana informadas por la tal vulgata, en depender absolutamente de una conciencia implacable, atenta, precisa y ajena por entero a los juicios de valor, al igual que a la distinción entre lo importante y lo trivial. Esa conciencia no puede ser menos, ni tampoco más que eso: en modo alguno es indicio de un yo, ni mucho menos soporte de una identidad. Y no hay manera de eludir lo que esa conciencia nos transmite, más que activamente negándose a registrarlo. Dicho de otro modo, sólo la deliberada “mala fe” nos permite vivir sin atender a la conciencia. Pero a la vez quien no atiende a la conciencia no puede ser libre; la “mala fe” es una renuncia a la libertad, que requerirá constantes esfuerzos de autoengaño y autojustificación. Es, tal vez, la principal fuente del mal de este mundo. Y en la obra de Lourdes Ortiz aparece inevitablemente como tentación o como condena: por ejemplo, el futuro de Ernesto, al final de Antes de la batalla, se anuncia marcado por ella.
En la medida en que la conciencia no proporciona identidad, la identidad es siempre parte de una historia que te cuentas a ti mismo. Y una historia es algo que, conciencia mediante y salvo mala fe, va a resultarte a menudo cuestionable. Sigas o no sigas manteniéndola, las piezas de la historia en que vives no están atadas entre sí con nada que no tenga un elemento de ficción. Y eso se manifiesta en cualquier instante. Así, en plena lucha armada, el Toni de En días como estos se pregunta “¿Y hacer qué? ¿Qué estamos haciendo exactamente?”. Pero, ¿quién es Toni, enteramente dedicado a la acción, si no sabe qué está haciendo? Hay más. Estas revelaciones de que la identidad depende de una historia (literalmente, de una ficción, sujeta a los embates de la realidad-conciencia) permiten algo más que la suspensión de la identidad. Porque en una ficción uno puede ser dos personajes, o, lo que tal vez se viva de otro modo, dos personajes pueden resultar ser uno solo. Así, el Gabriel/Manolo de Arcángeles.
Con lo que nos vemos devueltos al principio. La narrativa de Lourdes Ortiz es, en efecto, reflexiva, experimental o metaficcional, y de modo muy interesante. Pero no lo es por una opción propiamente estético-literaria, es decir, no lo es porque la autora se proponga narrar de cierta manera o usando tales o cuales dispositivos. Lo es porque la representación de la conciencia, y por tanto de la historia y de los avatares de la identidad de los personajes, requiere para ser verídica que la autora la haga manifestarse de ese modo. No hay aquí, digo, una elección estética. Y no hay tampoco una adscripción a una doctrina específica, como podría ser ese existencialismo que, no sin una sonrisa, me ha parecido oportuno evocar: alguna versión del budismo conduciría a muy parecidas conclusiones sobre el funcionamiento de la conciencia humana, y con ello a exigencias parecidas en materia de estética narrativa. Lo que importa es que, dicho en términos escolares, la solidaridad de forma y fondo en las novelas de Lourdes Ortiz no es un objetivo, ni sus tensiones son un recurso artístico, sino, una y otras, el germen mismo de la narración, al que nos obliga a atenernos la naturaleza de la conciencia de los personajes. Que son tan personajes como nosotros y lo son de igual modo que nosotros.
El respeto a estos supuestos, en cierto modo mínimos aunque muy exigentes, concede a Lourdes Ortiz unas posibilidades narrativas y expresivas variadísimas, hasta extremos de aparente paradoja. Porque, en particular, de ese seguimiento de la conciencia individual acaba saliendo la capacidad de presentar frescos de décadas de vida española, tan amplios en el tiempo como en el espacio geográfico y social. Manejarse con todo ello requiere que la escritora dé muestra de unas destrezas y una asiduidad extraordinarias. Y tanto esos frescos como la admiración que acabo de insinuar me llevan ahora a un terreno ligeramente más personal del que es convencional en textos como este. Sucede que tengo el honor de ser amigo de Lourdes Ortiz (o sea, Lourdes) desde primero de la Facultad, aunque yo soy algo mayor. Y, claro, me alegro muchísimo de que se le dedique por fin algo como este monográfico, que inevitable, protectora y tramposamente los de aquella remota panda veremos como un poquitito nuestro. Pero estas circunstancias, perfectamente ajenas a todo lo que aquí importa, no lo son tanto a lo que he traído a colación, porque hay en esto último también una cuestión afectiva. He recordado ecos remotísimos que recibíamos en nuestra adolescencia de unos saberes ya algo mustios de París. No sé qué entenderíamos de aquello. Pero sí venían con ello un estilo de mirada y unas tonalidades ético-estéticas que no era imposible evocar, aun no entendiéndolos, para nuestras primeras jovencísimas encarnaciones. El resultado en Lourdes tiene otros ingredientes en abundancia, pero en cualquier caso es espectacular. Y detrás, sugiero, puede haber, como en Prévert y como repitió Gil de Biedma, une chanson, hoy olvidada, qui nous ressemble.
