Del amor y del poder

Sobre su vida y obra

Rosa Pereda
Escritora, periodista y profesora

Lourdes Ortiz es mi primera amiga en Madrid, y la que me introdujo en el mundillo literario. Tenemos una larga conversación, que dura desde los primeros setenta, cuando las dos éramos muy jóvenes. Nos hemos acompañado, más o menos asiduamente, que las vidas son complicadas, pero cada vez que nos encontramos, es como si hubiera sido ayer la última vez.  Y hemos ido siguiendo nuestro trabajo: ya comprenderán que yo más el suyo,  como novelista, como autora de teatro, como persona que interviene en los medios de comunicación, como profesora de historia del Arte, como directora de la RESAD. Y sus novelas, que he seguido una a una, y, cuando he podido –que ya se sabe que los espacios culturales no los decide una sola- he dado noticia de su lectura, desde aquella primera inolvidable Luz de la memoria,  a Las manos de Velázquez, pasando por La fuente de la vida, la estupenda Urraca, o En días como éstos, recientemente reeditada.  Vamos, que en mi, Lourdes tiene una fan, y lo sabe.

Nos hemos encontrado también en el trabajo sobre el mundo de los sentimientos, en un momento que creíamos de pax perpetua, y de indudable progreso social en España, y nos encontramos ahora, ya ves, en una rabia crítica ante un mundo que agobia, empobrece y asusta. Sus post siempre iluminados, en las redes sociales, son de obligada lectura, porque Lourdes Ortiz no ha dejado nunca de ser una persona política –aunque no sea una política profesional. Quiero decir: es una persona comprometida con su mundo, con este país de nuestras desdichas.  Con un proyecto igualitario. Con su tiempo. Y su tiempo es ahora.

Yo creo que el mundo de los sentimientos, de la pasión y las pasiones, y también el del poder y los poderes, han ocupado muy buena parte de las preocupaciones de Lourdes Ortiz, y se han ido desvelando a lo largo de toda su obra, tanto la narrativa como la ensayística. Se diría que son los dos ejes sobre los que discurre esa espiral que se va ramificando y haciéndose cada vez más compleja. Eso, y la aspiración a la comprensión de la belleza, podrían explicar su recuperación de los mitos, tanto grecorromanos como bíblicos, porque de las dos cosas están formados: de amores y de poder. De los conflictos que entre unos y otro se van enramando en matices sutiles y complejos, en historias arquetípicas. Y Lourdes Ortiz da una vuelta de tuerca y cambia la perspectiva del mito, hace hablar a los y las (sobre todo, las) silenciadas, ve las historias desde otro lado. Lean, por favor, Los motivos de Circe, una colección de relatos unificados por esta idea, a la que tengo especial cariño. O buena parte de sus obras de teatro, que modernizan esos conflictos trágicos, fundacionales de nuestra cultura.

El último ejemplo lo hemos tenido con Aquiles y Pentesilea, que fue puesta en escena la primavera de 2016 en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle Inclán de Madrid, veinte años después de su escritura. Y creo que ejemplifica estupendamente lo que he dicho más arriba…. Y algo más. Sobre esta obra, sobre las amazonas arquetípicas pero conflictuadas, publiqué en su momento, y a petición de Daniel Sarasola, creo que sensata, se lo transcribo ahora.

Acerca de Pentesilea, acerca de Aquiles.

La leyenda de las Amazonas, las feroces arqueras del imaginario griego, ha tenido una enorme vitalidad en toda la historia de Occidente. Baste recordar que Francisco de Orellana bautiza así el caudaloso e imponente río americano que recorre, porque encuentra, entre los nativos resistentes, grupos de mujeres combatientes y armadas con arcos y flechas, que le dan más de un disgusto.  Encontrar un pueblo organizado, exclusivamente por ellas y para ellas, ya era otro cantar. O la obra de Henrich von Kleist, donde el romántico deriva la guerra a la pasión y el fracaso. Aquiles y Pentesilea, la pieza teatral de Lourdes Ortiz recién estrenada por el Centro Dramático Nacional, veinte años después de su escritura, hace una peculiar lectura del mito y muestra su vigencia.

Una vigencia contradictoria, como es el propio mito, seguramente anterior a La ilíada y La odisea, y presente en esos textos que, como el de Quinto de Esmirna, cubren las historias de esas sagas de familia (de familias) que van de una a otra epopeya, y que cristalizarán en la gran tragedia griega. Lourdes Ortiz ha toreado las contradicciones y ha jugado con y en contra de los arquetipos, y el resultado tiene mucho, muchísimo qué ver con nosotros, con nuestro presente, con las angustias y los dramas que vivimos.

En primer lugar, está el sitio del amor, surgido después del cuerpo a cuerpo bélico. Un amor mutuo y fulgurante entre el guerrero y la guerrera, torturante por prohibido, y transformador. Es desde el amor desde donde la idea del absurdo de la guerra y el propósito de la paz encienden a la reina amazona y al guerrero de los pies ligeros. Así que la obra es un auténtico alegato pacifista…. para una paz imposible. Demasiados intereses, y demasiadas ideas recibidas, la impiden.

En segundo lugar, está la manipulación. Tanto entre las mujeres como entre los varones en guerra, ese amor se considera tan absurdo como la paz propuesta por ambos. Sus generales, sus generalas, sus sacerdotes y sacerdotisas, intrigarán para impedirla, que el botín –o el petróleo, dice un par de veces- son lo bastante atractivos, si no lo fuera ya la propia razón de ser, el combate mismo. El peso de la tradición y de los dioses.

Y, por fin, la guerra de los sexos. En la playa cercana a Troya las mujeres organizadas y armadas son una amenaza constante, contra la que el amor no puede nada…. Aunque Lourdes Ortiz les hace expresarlo con una enorme fuerza. Es ahí donde Aquiles entrevé la posibilidad del amor entre iguales de distinto sexo, porque se encuentra a una que es igual de igual, y donde Pentesilea se deja llevar por el tirón de la maternidad. Es ahí donde los dos están a un paso de la traición, según suyos y suyas, y es en su alma donde se engendra la tragedia. Rituales, engaños, trampas y dramas. La presión del grupo y la manipulación de los hechos, el rumor, en fin, hacen lo que tienen que hacer.

A la guerra de los sexos ha servido siempre el mito de las Amazonas. De entre todas las construcciones míticas femeninas, no estrictamente individuales, la de las amazonas es la que planea sobre y contra el feminismo. En esa leyenda está la fiereza y masculinización de las feministas, su crueldad, su odio o su instrumentalización del macho, su combatividad. Su desfeminización.  La leyenda negra del feminismo. El otro frente está en las brujas, y ahí, en lugar de la lucha armada –o de la lucha a secas- es el terreno de la ciencia, la medicina, la sabiduría en fin, el que se bate.  Porque, al final, lucha y conocimiento son los terrenos en los que se juega la igualdad.  Que es un tema de poder.

Lourdes Ortiz no pone en duda la igualdad entre los contendientes, mujeres y varones, y se apoya en la leyenda para contestarla, para dar su particular versión desde esa conversión amorosa, y su imposibilidad. Sin caer en el tópico de lo femenino, y ofreciendo infinitos matices, porque su texto es enormemente complejo, además de hermoso y poético. Un texto que el director, Santiago Sánchez, respetó hasta la última coma, (era la única exigencia de Ortiz)  y ha potenciado con un montaje espectacular, pensado para acercarnos a esos paisajes de las guerras que se están librando ahora. Estos días, hoy.

Por todo esto me parece sensata la petición de Daniel Sarasola. En Aquiles y Pentesilea está toda Lourdes Ortiz. Está el amor, está la lucha por el poder, está la preocupación ante la guerra, está el feminismo, está esa mirada en profundidad y de una vastísima cultura. Y está su compromiso con el presente, el más rabioso, el más rabiante.

Noviembre de 2016