Juegos de identidades: protagonistas y contexto
Un texto inspirado desde el recuerdo, el espacio y el tiempo

Sobre la novela Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz

Teresa del Valle
Antropóloga social

Teresa del Valle, antropóloga social.

Teresa del Valle, antropóloga social.

Teodoro, profesor universitario, deja a Luisa, su compañera de vida, al enamorarse de una joven ex – alumna mucho más joven que él y admiradora de sus conocimientos. Como investigador vive con pasión el estudio de la vida y obra de Velázquez que le sumerge en su tiempo, donde descubre el secreto de la relación entre el pintor y Artemisa, considerada  como la primera mujer pintora de la historia.

En mi caso conocía la pasión de Lourdes Ortiz por el arte y el lujo de impartir clases frente a obras maestras en el Museo del Prado. De  ahí que me resultara atractivo reflexionar sobre algunos aspectos de Las manos de Velázquez. Se trata, por lo tanto, de poner por escrito una reflexión polifacética acerca de mi lectura. Algo diferente a cuando una lee y escribe una crítica. La curiosidad, el disfrute, la sorpresa, la intriga, aparecen como hilos  conductores  pero también me han llevado en distintas direcciones. Así me ha hecho pensar la ciudad como un escenario movedizo que permite a la escritora situarse entre tiempos y épocas diferentes de la ciudad y mundos de intrigas palaciegas y de amores y desamores.

De la portada me sedujo el título por la centralidad de las manos y la dificultad que encierra el transmitir lo que representan. Y más las de un pintor que hace de ellas su vehículo de percepciones y sensaciones, su medio de expresión, su lenguaje. Su título me llevaba a los umbrales del Museo del Prado, y a sentimientos y emociones que he experimentado en la anticipación de lo que iba a ver y al disfrute de contemplar las obras maestras. También a evocaciones de mesas cubiertas de tarros con pinceles de distinto grosor, paletas llenas de color, a sentir el olor del aguarrás, de las pinturas, de mirar las espátulas a la espera. No había llamado al recuerdo  pero la evocación estaba presente con fuerza.

Así viví  la portada de una edición cuidada que invitaba a su lectura y a un ejercicio, subjetivo en mi caso, de las aportaciones que he recibido como lectora. Unas ideas de quien ha buscado el placer del relato, la apertura a la intriga y disponibilidad para ser receptiva. De todo ello selecciono algunos aspectos que enlazaban con ciertos temas que constituyen en la actualidad mis líneas de trabajo en torno a la memoria, la ciudad, el poder evocador.

 

El peso del recuerdo

Comienzo con la percepción que el protagonista tiene de un cambio en la mirada de su esposa que le lleva a volver hacia atrás en el tiempo y  descubrir una  historia, teniendo a los ojos como protagonistas. Y en el  hilo conductor que se desprende de la mirada de Luisa, que hace a Teodoro sentirse sorprendido e incómodo. Aparece con precisión el recuerdo: encuentros jóvenes, amores, entrega, cuidados, desengaños, indiferencia, traiciones en una aproximación minuciosa de dos vidas  que se han ido separando. Interesante el protagonismo de la mirada como narrativa de tiempos dentro de un tiempo más amplio que le sorprende al protagonista. En los “ojos de Luisa” (105) también está  la expresión  del paso del tiempo, que permite ver con claridad el pasado que sorprende a Teodoro “que ahora tanto tiempo después, definirías como odio, un odio frío, terrible” (Ibid.).

Entre las posibilidades que ofrece la novela está su capacidad para generar distintas  lecturas. Una de ellas es la que me permite seguir a sus personajes por distintos escenarios urbanos -cercanos y lejanos- donde se hace presente el paso del tiempo y las huellas que deja el recuerdo. Se siente el tiempo y las distintas maneras de vivirlo. Así pesa el tiempo para  Teodoro que abraza la juventud de Mónica, su  nuevo amor. Y sin embargo es un estudioso que se nutre con avaricia del pasado y de la belleza de la obra de Velázquez, de sus aventuras amorosas y del análisis detallado de su tiempo.  Se siente cómodo en el estudio de la obra que creara en un pasado cortesano, donde recibió encargos y apoyos de emperadores y papas. De todo ello nos hablan algunos de los escenarios urbanos por donde transcurre la trama -como Madrid, Florencia, Roma- y donde en algunos de ellos también habitan secretos terroríficos cargados de silencios.

Lourdes Ortiz presta atención a la importancia que tienen los contextos para resaltar aspectos importantes de la trama a través de vivencias de las personas que forman parte del relato. El medio urbano es su tablero imaginario donde transcurren las vidas de sus protagonistas. Unas veces cercano y accesible, otras lejano. De ellos iré rescatando algunas escenas. El contexto más amplio es el de la ciudad donde se descubren calles, rincones, monumentos que ayudan a comprender lo que las urbes ofrecen y  alimentan distintos tipos de pasiones  como son el arte y el amor. Conocemos la ciudad a través de los recorridos de protagonistas que generan historias, expectativas, encuentros a partir del amor, del trabajo, de  la búsqueda de la belleza, de las frustraciones, del ocio. Vidas que protagonizan el día y la noche en una variedad desconocida para sectores amplios de la urbe. Una disfruta con el recorrido de Teodoro y Mónica por las iglesias de Madrid cargadas de arte e historia que, en muchos casos, las replegamos al olvido.

 

Distintas aproximaciones y vivencias del tiempo.

Conocemos a través de la trama los cambios emocionales por los que ha ido pasando Teodoro,  como respuesta a la atracción de Mónica: joven estudiante de arte, admiradora del maestro al que  ofrece  juventud  y un amor cargado de admiración ante su saber, su posición académica. Le Introduce nuevas miradas a la vida, descubrimientos sobre él mismo y sobre ella. Viene con nuevas miradas a la vida, la ciudad, la noche, el mañana. La trama muestra que en ambos anidan distintas expectativas de lo que representa el paso del tiempo y las metas a alcanzar.  La vitalidad de Mónica  es un pozo sin fondo mientras que él tiene su paso marcado.

Experiencias del amor joven que, por un lado, lo rejuvenece y lo empodera porque le ofrece belleza, pasión, imaginación, deseo de vivir, de aprender, experimentar y donde también está el orgullo del reconocimiento joven del saber mayor. Aliciente y dificultad de verse abocado a vivir entre dos mundos de expectativas. Un nexo común es la fascinación por el pasado del arte. Teodoro piensa que el arte puede ser un nexo común pero la experiencia le muestra que no es un vínculo permanente. Mónica se aferra más al presente. El sabor de la ruptura resulta más duro para Teodoro pues Mónica emprende de nuevo su vuelo.

La autora en un vaivén de tiempos y espacios en los que el arte, el amor, la infidelidad, los desacuerdos, la familia, la seducción, el día y la noche, el estudio del pasado desde el presente, están en actividad constante. Utiliza un lenguaje culto que está de acuerdo con el que cultiva el estudioso del arte. Pero también hay rasgos del presente de la vida ciudadana, esa vida que cambia a lo largo del día y de la noche generosa con la diversidad y que ofrece placeres y engaños, buen vivir y marginación.

La memoria -que junto al arte genera la ciudad- es central a las superposiciones entre dos historias lejanas en el tiempo: la joven estudiante y el profesor en la mitad de la vida  que vive con pasión  la vida de Velázquez y sus amores.

En ambas historias está el juego de la apertura propia de la juventud y de las aspiraciones y cortapisas de la madurez. Aparecen los contrastes entre cómo miran el presente y el futuro de manera diferente. Hace pensar en qué es lo que los mueve al arte, al conocimiento de lo inesperado. Lo que  la lectura de un libro deja depende tanto de la autora como del conocimiento, de las emociones que suscite, y mucho también de las identificaciones que produzca en la lectora, en el lector.  Se trata de una lectura en la que voy reflexionando a partir de aquellos pasajes que me han  llevado a ello.  Señalo algunos hilos conductores de los que rescato aquellos que más me han interesado, aunque aparentemente para otros no sean los más importantes de la trama. Párrafos que me han subyugado, atraído, intrigado. Ejemplos que, por su calidad, ayudan a comprender una época, asuntos, una temática más amplia. Ha sido una forma de lectura puntual, sugerida por el libro, diferente de otras muchas lecturas que he realizado de una obra literaria. Una lectura a medio camino entre la lectura por placer y la lectura reflexiva.

Lourdes Ortiz ha creado una novela  urbana  con contrastes de espacios, tiempos y lugares donde sitúa a sus protagonistas y al mundo de relaciones que les envuelve. Calles llenas del pasado por las que transitan y donde se encuentran con la historia. Sienten el calor, el frío. Descubren que hay historias ocultas que han generado la intransigencia y el poder absoluto, el peso de la religión vinculada al poder.  Aquí  se puede  oír  la voz de la ciudad como lugar de trabajo, vida, donde hay encuentros programados, otros fugaces, sorpresivos. Madrid tiene su principal  protagonismo pero también ciudades italianas como Roma y Florencia están presentes con sus pasados, a veces estremecedores, como los que  produce el relato de las criaturas enterradas bajo la iglesia. Pero también están presentes en el relato el arte, la creatividad y la pasión creativa.   Hay veces que una siente que ha atravesado barreras sociales y escucha  silencios que intimidan. Sigo el deambular por las calles reconociendo la ciudad que  aparenta  dormir  pero donde existen zonas que continúan su actividad nocturna como  son las que recoge la escritora.

Sus protagonistas viven la intensidad del amor pero también el miedo a envejecer cuando la diferencia de edad es más acusada. El  hombre que ha contemplado los ojos de Luisa sabe que el amor no es eterno. Pero así y todo busca la juventud de Mónica.  Se trata de una novela de amores difíciles.

 

Experiencias del tiempo perdido

Surge a partir de las experiencias que tiene Teodoro respecto a su trabajo. Oportunidades que ha dejado pasar por su interés en el estudio del pasado de la vida de Velázquez. Un mundo acotado donde ha encontrado pequeñas satisfacciones sobre su trabajo a lo largo del tiempo que transcurre en la novela. Sufre la necesidad del reconocimiento de sus pares que está bien expresada en el capítulo final.  A una le hace pensar en la falta de conocimiento que la lectora, el lector, tienen acerca de sus ambiciones y, por ello, de sus frustraciones. No están las respuestas  en la  novela sino que deja que una las descubra al analizar su vida y especialmente al interpretar la escena final.

De esa lectura que me ha hecho pasar por varios mundos diferentes y adentrarme en un tiempo rico y complejo quiero destacar detalles que aunque formen parte de explicaciones más amplias me han llamado la atención porque  resumen emociones profundas, en este caso de odio, y que el protagonista fue incapaz de reconocerlas en un comienzo sino cinco años después.

Entre los hilos conductores que descubro a través del relato está la importancia del tiempo, con su plasticidad, que aparece en las diferencias de edad, y la centralidad de la memoria: la del pasado que tiene como eje central a Velázquez y la del protagonista. Pero también aparecen memorias de la madre, del padre, de un hermano. Y de distintos momentos de su vida.

Otros hilos conductores que he descubierto en la lectura han sido la naturaleza cambiante de la ciudad, el poder evocador y –especialmente- la fuerza de la pasión por el conocimiento en torno al arte desde su estudio y desde su vivencia. Un tipo de pasión con la que me puedo identificar, que es fuente de emociones profundas vividas desde lo personal  y lo colectivo. Miradas retrospectivas que permiten captar el detalle. En el capítulo Los ojos de Luisa he encontrado una forma de escritura que pone énfasis en detalles que permiten dar saltos en la narración y mostrar la habilidad de resumir en una mirada toda una vida. Vida que se desploma al descubrir el engaño de un amor que la había alimentado y dotado de sentido.


 

Unas reflexiones finales

El paso del tiempo está presente como hilo conductor de cambios personales relacionados con vivencias de la edad, sentida como aquella basada en la experiencia, más que en la contabilidad numérica del paso de los años. El contraste entre la juventud con sus sueños, aspiraciones, atrevimientos, es central a la vida del protagonista. Es precisamente el atractivo de la edad joven para el hombre que no quiere envejecer, o que alguien se lo recuerde porque siente que tiene conciencia del paso del tiempo.  Y, simultáneamente, la juventud se baña en el optimismo, en los deseos de metas por alcanzar, de mundos de momentos que vivir. De romper cuando envejece la pasión. La juventud se presenta como horizonte mientras que, en la edad de la madurez, el  tiempo se comprime. Pero la magia de la escritura puede alterar todas las limitaciones.

Del texto se desprende una capacidad para condensar mundos diferentes en torno a la pasión por el conocimiento, por sumergirse en lo desconocido, en lo que genera preguntas más que respuestas sobre el valor de lo intangible. Y, a través del relato, pensar en la diversidad de mundos que cada ciudad encierra.

En el texto encontré un hilo conductor importante relacionado con mi interés en la memoria corporizada como aquella que se ha vivido de manera sensorial. Se trata de acontecimientos que emergen en muchas ocasiones como memoria encarnada, tanto si han sido placenteros o  dolorosos. Y tienen su lugar  en distintos momentos de la novela.