Cuando pienso en la obra de Lourdes Ortiz se me antoja como un edificio multiforme y laberíntico, plagado de estancias cinceladas en todas las texturas, de los tamaños más variados: desde las más angostas de sencillez calculada, que ventilación al mundo reclaman, hasta las más espaciosas y francas de abiertos ventanales por las que la realidad avasalla a raudales. Todas ellas habitadas por criaturas – hombres y mujeres- en combate sin tregua con las sombras, más o menos contentos con su cárcel, según consigan sacudirse la angostura de la piel, alejar más o menos los tabiques de convenciones y reglas impuestas que oprimen su cuerpo o esclavizan su espíritu, para ganar poco a poco prestancia y gallardía hasta enseñorearse serenamente de su prisión (física o mental), iluminándola al fin en diferentes grados de incandescencia.
Un edificio en el que tienen cabida la novela histórica concebida no como relato de aventuras más o menos ilustrado con tópicos de época, sino como indagación artística sobre los problemas cruciales de un tiempo pasado que sirven para esclarecer nuestro presente (Urraca, 1981; La liberta, 1999; Las manos de Velázquez, 2006; la inédita Entre el alba y la noche, 2011), el juego con los moldes narrativos de la novela negra clásica norteamericana (Picadura mortal, 1979), la profundización en la fórmula policiaca para trascenderla y radiografiar el escabroso mundo del secuestro de niños, el tráfico de órganos y las adopciones ilegales (La fuente de la vida, finalista Premio Planeta 1995) o el submundo gay madrileño (Cara de niño, 2002); la novela de iniciación en la que nada se convierte en historia porque rezuma presente absoluto y meditación sobre la propia escritura (Arcángeles, 1986), el cuento erótico (Alicia, 1988; Las nalgas: La confesión, 1992), el cuento infantil (La caja de lo que pudo ser, 1981) y la inversión de su fórmula (La traición de Caperucita, 1993), el ensayo deslenguado que juega a la frivolidad para hablar de los usos, desusos y abusos amorosos de nuestra época (Camas, 1989); el estudio monográfico sobre grandes autores (Larra: escritos políticos, 1967; Conocer a Rimbaud y su obra, 1979), el ensayo literario sobre el donjuanismo y la labilidad del deseo (Don Juan, el deseo y las mujeres, 2007) o sobre los estragos y delicias de la pasión amorosa a través de las protagonistas femeninas de obras maestras de la literatura universal (El sueño de la pasión, 1997) , la pieza teatral que se debate entre la comedia de situación y la parábola para hablar de las grandezas y miserias de la mujer contemporánea o los dimes y diretes de la pareja (El cascabel al gato, 1996; La guarida, 1999; la inédita Olivia y Macedonia, 2000), el texto dramático que se erige en serio juego paródico con una fábula preexistente para cristalizar en una pieza nueva y personalísima (La inédita Penteo, 1982; Fedra, 1983; Cenicienta, 1988; Electra-Babel, 1992; Aquiles y Pentesilea, 199?, El local de Bernardeta A, 1999), el drama histórico de carácter brechtiano que se quiere “tragedia contemporánea con ribetes farsescos de opereta1” (Rey loco: los últimos días de Luis de Baviera, 2001), los relatos que revisitan personajes femeninos clave de las mitologías clásica y judeocristiana con pulso iconoclasta y mezcla de puntos de vista (Los motivos de Circe, 1988), o aquellos concebidos abiertamente para la escena que bucean en la dramaticidad del monólogo interior (Yudita, 1991; las piezas inéditas Dido en los infiernos y Carmen– ambas de 2002- y Cibeles, 2014), narraciones que dan voz a personajes que se debaten por forjarse un sueño de pertenencia a nuestra sociedad pero que permanecen siempre en los márgenes (las recogidas en Fátima de los naufragios, 1998 y Ojos de gato, 2011) junto a novelas de factura que rehúye las clasificaciones genéricas siempre reductoras, para ofrecer un fresco vitalista y esperanzado de la lucha política clandestina en los ambientes universitarios de los años sesenta (Luz de la memoria, primera novela publicada en 1976) o la pintura desencantada de la sociedad española de finales de los ochenta, instalada en las ilusiones perdidas y en la futilidad ( Antes de la batalla, 1992).
Sobre la persona y sus personajes
Criaturas de todo pelaje y condición habitan estos textos -que invierten moldes de escritura y juegan con el mestizaje- y otros que me dejo en el tintero. Pero todas ellas transitan buscando luz por este laberinto con un hilo de Ariadna común, trenzado en los tejemanejes del poder político, (que se sirve de sus aliados tradicionales: la religión mal entendida para aherrojar voluntades y el poder económico, que alienta “guerras convenientes” y pulveriza derechos fundamentales), en el amor y el erotismo como fuerzas duales que pueden crear o destruir, en la búsqueda de la belleza o en la lucha por la igualdad real entre hombre y mujer y el respeto a todas las opciones sexuales.
Nos conocemos mucho y desde hace muchos años y uno de los rasgos que más amo y admiro de la personalidad de Lourdes es su combativa capacidad de vivir en la incertidumbre sin traicionarse a sí misma y con independencia de criterio, de ser ella de los pies a la cabeza pese a todo o, más bien, gracias a todo. Jamás trata de imponer a los demás su mirada lúcida y profundamente reflexiva sobre el mundo que le rodea. Tal vez sea porque su sentido del humor le ayuda a practicar un ejercicio concienzudo y constante de relativismo que empieza por reírse de sí misma, por plantearse un “a lo mejor no estoy en lo cierto” que le impulsa a querer a captar a toda costa la esencia del otro. Sabe escuchar y, cuando lo hace, pone el alma en los ojos. Tal vez sea porque está convencida de que la experiencia individual es intransferible, que cada uno debe hallar su propio camino sin sombra de coerción, ser dueño y señor de sus aciertos y de sus errores sin evadir responsabilidad alguna. Tal vez sea porque es escritora que su carácter se ha ido cincelando así o tal vez sea por su carácter que es escritora, pues ya no se sabe qué fue antes, si el huevo o la gallina. El caso es que el sentido del humor que nos ayuda a distanciarnos de nosotros mismos, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de imaginarlo en toda su complejidad contradictoria, la habilidad de sentirse cómodo en la incertidumbre, de saborearla, son inherentes al escritor de raza y antídotos probables contra el dogmatismo.
Además de por participar de lleno de los rasgos arriba mencionados, Lourdes es una gran escritora, entre otras cosas, porque es una gran creadora de personajes de ficción que rezuman verdad. En sus dramas, en su narrativa, no los contempla con reverencia arrodillada como a seres magnificados que se erigen en modelos que incitan a la imitación, ni desde lo alto como a muñecos o marionetas deshumanizadas, sino en pie, al mismo nivel y en situación de igualdad consigo misma. Los deja ser sin juzgarlos en ningún momento, aunque su conducta parezca execrable. Deja que le sorprendan y se sorprendan con sus fracasos estrepitosos y sus milagrosos aciertos, participando de su alegría y de su dolor, que son los suyos propios sin pretenderlo. Acaso sepa – estoy convencido de que sí- que al levantarse cada mañana para imaginar una historia hay una pregunta inconsciente: “¿Qué haría yo en una situación así tan alejada de mi realidad y de mis convicciones?”. Y en el disfrute de la incertidumbre y por alquimia del verbo, ese yo se convierte en un otro que acaso tenga mi mismo color de ojos pero más almendrados, la misma premura al andar pero cojeando del pie izquierdo. Algo de uno en el otro pero sin ser uno. Por eso les deja vivir su vida de ficción, acompañándoles silenciosamente en su peripecia vital con camaradería de testigo lejanamente cómplice y cariñoso. Sabe Lourdes bien que una vida de ficción capta nuestros deseos más inconscientes, nuestros sueños más inconfesables, sin los tapujos y componendas del escrito directamente autobiográfico.
Y su profundo respeto a la libertad del personaje en la vida de ficción es consecuencia lógica de su profundo respeto a la libertad de la persona en la vida real, que le ha llevado al compromiso político para defender una sociedad más democrática e igualitaria desde siempre: durante sus años de estudiante universitaria, ingresó en 1962 en el Partido Comunista en la clandestinidad -aunque lo abandonara tras la invasión de Praga por los soviéticos en 1968- para luchar contra el franquismo. En 1989 ingresó como independiente en Izquierda Unida, partido que también abandonó, sin luz ni taquígrafos, nueve meses más tarde por discrepancias internas. Pero Lourdes también fue motor fundamental del núcleo inicial de amigos y escritores -formado por José Manuel Fajardo, Leopoldo Alas, José Infante, José Antonio Ugalde, Fernando del Moral, Javier Alfaya y yo mismo- que impulsó un Foro de Escritores por la Paz contra la Primera Guerra del Golfo en 1991 y que germinó en la publicación de la revista Número de víctimas en marzo y julio del mismo año. Por primera vez en muchos años novelistas, poetas, ensayistas, periodistas, profesores universitarios y filósofos – hasta un total de 147 de todas las generaciones- dijimos un no rotundo a una guerra claramente orquestada por las principales potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos, por el control geopolítico de la zona y de sus recursos. Recuerdo la actividad febril de aquellos primeros meses de 1991, la energía apasionada de Lourdes, la deslumbrante capacidad organizativa de Fajardo, las labores de coordinación y de edición con Leopoldo, José Infante y Ángel Luis Vigaray para sacar adelante los dos únicos números de la revista Número de Víctimas. He vuelto a ver ese mismo brillo en los ojos de Lourdes ante el surgimiento del movimiento del 15 M en 2011, que nos llevó a todos a las plazas de Madrid, y la aparición de Podemos en la escena política, partido al que apoya con distanciamiento e implacable sentido crítico. La intensa labor periodística de Lourdes, su innata curiosidad ante la realidad más inmediata, se refleja en los muchos artículos que ha escrito en diferentes medios de comunicación (en la primera etapa del periódico El Mundo, en Diario 16, en el semanario Mujer hoy, en la revista mensual de educación Escuela, entre otros) sobre diferentes aspectos de la vida política y cultural española, o que reflexionan sobre la mujer, la historia, la literatura y la escritura (muchos de ellos recogidos en una antología miscelánea titulada Pensar la escritura, 20102) o en su participación como tertuliana en programas televisivos (La mirada crítica o Las noches blancas, dirigido por Fernando Sánchez Dragó) o radiofónicos (Así es la vida de Nieves Herrero, o En días como hoy, dirigido por Juan Ramón Lucas). En los últimos tiempos, sus entradas en Facebook sobre diversos aspectos de rabiosa actualidad tienen numerosos seguidores.
No puedo dejar de pensar en su labor pedagógica como catedrática de Historia del Arte en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, donde ejerció hasta su jubilación y de la que fue directora durante varios años, impulsando un nuevo plan de estudios que implicaba la implantación de nuevas especialidades, la creación de nuevas áreas de conocimiento que cristalizaron en departamentos análogos a los universitarios, o la consecución del nuevo edificio en el que estamos ahora -tan espléndidamente dotado en personal y medios técnicos y salas de exhibición comparado con el antiguo- tras mucha energía, mucha determinación, mucha capacidad de gestión y de diálogo, cualidades todas ellas que Lourdes tiene a raudales.
Su labor pedagógica, decía, alejada por completo de la clase magistral o la conferencia, se ha basado siempre en dar protagonismo al alumno en el delicado proceso de aprender a mirar la obra de arte para ver y desentrañar su composición, sus colores y volúmenes, el trazado de la línea, la adecuación de la forma que es el fondo. Eligiendo primorosamente el repertorio de obras de cada sesión, siempre en relación de complejidad progresiva: las más cruciales por albergar encrucijadas y desafíos que hacen evolucionar diferentes aspectos técnicos, las que asimilan aciertos anteriores y alumbran caminos futuros. Poniendo inicialmente al alumno en un grado cero de contemplación como si la obra le tentara diciendo: “Estoy simplemente. Soy ¿Te das cuenta? Déjate llevar tú también. Es un estar que implica todo lo de antes y lo de después3”, como hace Gioconda en el relato que lleva su nombre incluido en Los motivos de Circe.
Lourdes – la estoy viendo en la penumbra de aquel aula de paredes amarillas- permanece expectante ante el diálogo que se entabla entre alumno y obra a partir de este dejarse provocar primero, y cuando la mirada del estudiante detecta un primer hallazgo del artista, jamás le usurpa el placer del descubrimiento, más bien le incita generosa a perseguir más con preguntas que le obligan a centrar su atención en otros aspectos de la tela o la escultura, consolidando así una seguridad creciente. Entonces y solo entonces inoculaba Lourdes breves cuñas de información esencial sobre la época, sobre el estilo particular de una escuela determinada, sobre la interpretación personal que el artista concreto hace de ellos. Para vertebrar lo ya aprehendido en una experiencia contemplativa personal e intransferible en la que el alumno se siente protagonista. Sorprendiéndose gratamente con descubrimientos significativos que a ella misma le habían pasado desapercibidos. Poniendo cuidado sumo en desbrozar el cúmulo amorfo de sensaciones y emociones de la recepción primera, vinculando cada una con tal o cual recurso técnico concreto (la paleta de colores elegidos, la perspectiva plana o la profundidad de campo, el punto de fuga, el escorzo violento de los cuerpos, las formas geométricas…). Porque “Cuando me miras proyectas tus terrores, tus miedos, tu orgullo, tu altanería, tu gracia, tu debilidad; yo soy el puro vacío, la sima donde reflejas tus deseos, tus perplejidades; la seducción4”, dice Gioconda con una enigmática sonrisa que tal vez reprima el llanto.
