Lenguaje líquido y rojo

Sobre su vida y obra

Marta Sanz
Escritora española

Marta Sanz, escritora española.

Marta Sanz, escritora española.

El año en que conocí a Lourdes Ortiz ella debía de tener aproximadamente la misma edad que yo ahora: cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta años. Casi todos disfrutamos de varias de edades a la vez y somos al mismo tiempo una niña, una vieja, una mujer en su plenitud. En aquel momento, yo continuaba con mi inacabable proceso de aprendizaje de la escritura y ella ya era para mí lo que se llama una “escritora consagrada”. Lourdes había escrito Picadura mortal (1979) y se había convertido en la primera escritora española en trabajar el género negro; había escrito Luz de la memoria (1976) y con esta novela no solo demostró su valentía y su calidad humana, sino su virtuosismo estilístico; había escrito Urraca (1982) que para mí es la mejor novela histórica que nunca jamás se haya escrito en este país.

Con Urraca yo hice experimentos cuando tuve a mis propios alumnos de Periodismo en la universidad: a partir de la lectura del libro de Lourdes, ellos tenían que diseñar un periódico con sus correspondientes secciones. Era un modo de estimular la lectura y de acercarla a su supuesta vocación. Los distintos momentos de la novela eran incluidos en la sección de Sucesos, Corazón, Política, incluso Deportes… Todavía tengo por casa uno de aquellos ejemplares en los que mis alumnos se esmeraron utilizando la letra gótica y todo tipo de excéntricas maquetaciones medievales. Urraca es una novela poderosa por su rigor histórico, por su construcción de personajes, por la historia de amor que contiene, pero muy especialmente por una concepción de la escritura y de la escritura dentro de la escritura que a mí, en aquellos años de tanteos e iniciaciones y todavía hoy, me resulta admirable. El lenguaje de Lourdes Ortiz en Urruca era físico. Yo podía oler aquellas páginas y palpaba las hojas con los dedos para sentirlas mejor.

Sin embargo, el entusiasmo por Urraca y la nostalgia de la admirada joven que fui alguna vez –hoy me miro en las fotos y veo cómo lentamente los perfiles de la cara se desdibujan- me están desviando de lo que quería contar desde el principio: conocí a Lourdes Ortiz hace ya casi treinta años y ella fue la única escritora que, sin usar redes para el trapecio, sin cicatería, sin cuidarse a sí misma, echó una mano a un amigo mío –mi tío- que había escrito una novela. Cuando yo preguntaba a mis profesores de la Escuela si estarían dispuestos a leer una novela de un amigo y a escribir un prólogo sobre ella en el caso de que les gustase, todos me decían que no. Aquello era mucho pedir. Hoy me doy cuenta de que tenían razón y yo misma me siento agobiada cuando extraños, conocidos, casi amigos o incluso amigos me piden favores de esta índole que yo no puedo hacerles. Por incapacidad, por falta de tiempo, por instinto de supervivencia, porque de no ser así yo no haría otra cosa en la vida… Por eso, el gesto de Lourdes fue más extraordinario y yo solo puedo valorar, desde mi perspectiva y mi vivencia actuales, toda su magnitud, porque Lourdes dijo que leería el texto con mucho gusto y que, si le gustaba, escribiría ese prólogo. Y así lo hizo. La novela se llama Viaje desde detrás de tus ojos (1992), el autor es José Ignacio Pastor y creo recordar que Lourdes la presentó en un café de Madrid. Fue una de nuestras primeras presentaciones y allá fuimos, exultantes de felicidad, sin la sensación de rutina que con el paso del tiempo comenzamos a sufrir. Recuerdo que me puse unos zapatitos de tacón que me inflamaron las venas de los pies. Que no pude mirármelos en toda la noche porque me daba mucho, mucho asco a mí misma. Que, sin embargo, me sentía muy, muy feliz, porque mi marido –entonces, mi chico- y yo habíamos propiciado un encuentro maravilloso y nos sentíamos hadas madrinas y todo era posible y el mundo literario no era solo mezquindades, ruindad, celos, megalomanías, acritudes. En el mundo literario también estaba Lourdes Ortiz y eso nos producía el espejismo de que encontraríamos, a lo largo del camino, a muchas personas como ella. Y a lo largo del camino encontramos efectivamente a personas como ella. Pero ni tantas ni tan pródigas.

Sin embargo, mi marido y yo habíamos llegado a Lourdes por otros derroteros que no tenían mucho que ver con lo literario. Mi marido, en aquella época pertenecía a la Asociación contra la Tortura y creo que fue allí donde establecimos el contacto con Lourdes Ortiz. La coincidencia en ese ámbito nos descubre otra faceta de Lourdes que excede su generosidad con los principiantes y con los aprendices de escritor, su generosidad artística, su generosidad con los alumnos y su falta de prevenciones, su conciencia de que la literatura y el arte en general son una conversación en la que damos y recibimos. Una conversación en la que nunca se trata de ser la más hermosa del reino ni de que el espejito nos devuelva siempre la imagen más vanidosa y fotogénica de nosotras mismas. Escribir es dar, y la prodigalidad y la lucidez de Lourdes se escurren hacia su vida cotidiana y también hacia los espacios políticos y sociales donde ella ha estado presente. La intrepidez y la necesidad de compartir, que se albergan en la raíz de ciertas inquietudes políticas, se proyectan en la escritura de Lourdes Ortiz. Coherente e indisolublemente. Ahí están los cuentos de Fátima de los naufragios (1998) o de Ojos de gato (2011). Los recuerdo y aún se me ponen los pelos de punta, tanto por su versatilidad genérica –Lourdes pasa de un género a otro sin traumas, sabiendo que cada historia ha de encontrar su propio lenguaje y su propio cauce de expresión-, como por su profunda empatía con los sufrientes. Por esa mirada, cuajada de sensibilidad, piedad y voluntad de transformación, que yo quiero adivinar en cada una de sus líneas.

Mi marido y yo no conseguimos recordar a través de qué persona conocimos a Lourdes, quién nos la presentó, pero desde ese momento, con las interrupciones lógicas de la biografía de cada quien, con momentos de mayor proximidad y de una distancia que siempre es relativa, Lourdes ha estado con nosotros y nosotros con ella. Ella nos acompañó en una de las aventuras más enriquecedoras que,  también con mi tío Nacho, emprendimos a comienzos de los noventa: la creación de la revista cultural Ni hablar. Gracias a esa revista, conocimos a Daniel Sarasola, gran amigo de Lourdes, y después gran amigo nuestro también. Lourdes compartió con nosotros sus alegrías y en ese afán de compartir las mejores experiencias –casi nunca las malas- volvió a mostrarnos su desprendimiento y su cariño: me acuerdo de la fiesta de celebración de su finalismo planetario. Fue  en su casa y allí Carmen Martín Gaite me dio algunos buenos e incendiarios consejos. No cabía ni un alfiler. La fuente de la vida, la novela premiada, era y es un libro demasiado bueno para las nuevas exigencias del mercado: la maestría del contrapunto geográfico, de las miradas, el interés del asunto -el robo de órganos, los trasplantes-, los niños, los ricos y los pobres y, de nuevo, el conflicto moral y político, la literatura que importa y que se nos clava en el ojo como esquirla de cristal gracias a ese lenguaje líquido y rojo de Lourdes Ortiz, un lenguaje esencial y sanguíneo, que sin embargo nunca es sanguinolento ni falsamente espectacular. Yo me miro y busco encontrarme en esa forma literaria exquisita y corpórea. Porque el lenguaje de Lourdes suena a autenticidad y a música.

El día que presentó El sueño de la pasión (1997), un excelente ensayo sobre la pasión amorosa a lo largo de la historia de la literatura, Lourdes nos confirmó su rigor intelectual y la profundidad de una inteligencia que sabe divulgar el conocimiento con las mejores palabras que no han de ser, a la fuerza, las más alambicadas ni las más difíciles… Ese día una de las presentadoras fue Martirio. En mi casa, nosotros admiramos a Martirio y se lo dijimos a la cara. Lo del chándal y los tacones. Lo de qué gusto da ver los Forlady que rebosan. Ella le respondió a mi padre: “Tú tienes cara de Tristancito. Ay, Tristancito, Tristancito”. Hacía unos segundos había hablado muy conmovidamente de Tristán e Isolda. Lourdes nos puso en contacto con parte de ese mundo farandulero que ella ha conocido de primera mano como autora dramática y profesora de la RESAD: Javier Cámara fue el presentador de la monumental Las manos de Velázquez, una novela bien pintada, culta y excelente, como la propia Lourdes, donde se reflexiona en torno al asunto de si la biografía de un personaje abyecto constituye un elemento de juicio de la propia obra; en este texto, la écfrasis, habitual en los textos de nuestra amiga, se engrandece: el lector ve los cuadros y aprende de las descripciones. El lector recuerda la historia entre el infante Carlos e Isabel de Valois, la esposa niña de Felipe II. Aunque lo mejor de este libro es la destreza para oscilar entre los estratos del tiempo y entre los distintos relieves psicológicos de personajes cambiantes, como todos nosotros. La carne y el hueso de los personajes de ficción que estuvieron en la vida y volvieron a ella después de quedarse pegados a la tela de araña de la literatura. Espeleóloga e introspectiva, histórica y fotógrafa panorámica: entre el detalle íntimo y el gran angular, entre esos dos polos, se mueve una literatura que nos enseña que el género forma parte de la novela con mayúsculas, se pone a su servicio, frente al tópico, tan comercial y recurrente, de la ortodoxia genérica como corsé. Lourdes se vale de los recursos del género histórico o del negro –recuerdo también aquel Cara de niño (2002), la indagación en los túneles de cierto tipo de homosexualidad-, para escribir novelas omnívoras que proponen a lector una mirada diferente en torno a las cosas que pasan.  

Hace poco asistimos a la representación en el Teatro Valle-Inclán de Madrid de otro amoroso y reivindicativo texto de Lourdes, Aquiles y Pentesilea. El texto era compasivo y magnífico. Hablaba de guerra entre los pueblos, de manipulación, de amor y poder, de cómo disolver las dolorosas antagonías, las  antagonías publicitarias, entre los géneros. Hablaba de amor. El montaje era muy impactante. Parece que aún escucho el golpeteo de los pies de las actrices y los actores sobre el polvoriento escenario, la voz privilegiada de una de las amazonas, los requiebros zorrunos de Ulises. La palabra de Lourdes bajo la máscara de los actores. A la salida nos encontramos, por casualidad, con ella y con su inseparable Daniel. Prometimos vernos pronto y quién sabe lo que puede pasar; sin embargo, en el espacio público y cultural, echamos de menos a Lourdes Ortiz. Queremos volver a leerla en los periódicos. Queremos que las editoriales se rifen sus libros. Que, aunque ella no le haga ascos ni tenga remilgos y siga siendo generosa para ocupar los espacios pequeños que con su palabra se hacen grandes, también ocupe los espacios más grandes. Aunque el tamaño siempre dependa de quién manda y sea una cuestión relativa que despierte sospechas y suspicacias. Queremos que el mundo cambie, porque Lourdes es demasiado buena para el signo de los tiempos. Para la deriva que nos está tocando padecer.