Cierro los ojos y regreso a un edificio que ya no existe, a una plaza que, existiendo ahora, es otra y gentrificada. Cierro los ojos y regreso al Madrid de los Austrias, a principios de los noventa. Allí, ante la plaza de Ramales, a pocos metros del Palacio Real y del Teatro Real, existía un barrio de tascas con olor a cocina y casas apuntaladas; de calles estrechas y cafés propicios para el encuentro. En aquella plaza existía un edificio de piedra, un antiguo colegio de primaria, que fue la sede provisional de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Allí conocí en persona a Lourdes Ortiz.
La conocí en persona porque su nombre como novelista, dramaturga y colaboradora literaria en los medios de comunicación la precedían. Lourdes era – aún no lo sabía – la directora de la RESAD y una mujer imprescindible para contar la historia de este centro.
Dice Reine Pratt en su ya célebre Informe… que las mujeres acceden a las instituciones en momentos de crisis y de problematización; es decir, cuando el barco está a la deriva o escorado. Lourdes llegó a la dirección de la RESAD en un momento que requería energía, mucha energía, capacidad de lucha, resistencia y diálogo. La RESAD había dejado atrás su presencia en el Teatro Real; esperaba una nueva sede y se encontraba en un edificio que no había sido diseñado como escuela de teatro. Faltaba espacio, medios, recursos, personal, presupuesto suficiente, instalaciones… Al mismo tiempo, la escuela, que durante décadas había sido esencialmente un centro de formación actoral, se abría a la impartición de nuevas especialidades, desarrollando una titulación superior de cuatro años de duración.
Lourdes Ortiz fue una directora espléndida, sin renunciar a ser – qué difícil me parece esto – una brillante profesora de Historia del Arte. Recuerdo sus clases, participativas, vivenciales, inspiradoras, en las que los alumnos tomaban la palabra y se entablaba un verdadero diálogo con la plástica. Y todo ello con algo muy difícil de lograr: la amenidad, porque rigor no es lo mismo que rigor mortis.
Recuerdo a Lourdes con una energía imparable, en permanente escucha y diálogo con los alumnos del centro, asistiendo a todas las muestras escénicas, fomentando convenios y acuerdos con teatros de Madrid para suplir las carencias materiales de aquellos momentos. La mirada de Lourdes era, es, amplia e inteligente. Veía lo que otros pasan de largo. Recuerdo a Lourdes subiendo y bajando las escaleras de aquel edificio, de un lado para otro, cigarrillo en mano, propiciando actividades nuevas, favoreciendo la relación con el medio profesional… ¡Hasta llegando a acuerdos con los elegantes cafés del barrio, para que bajaran los precios a los alumnos de la RESAD!
Yo era alumna de la RESAD en aquellos años. Me consta que, como yo, muchos, muchos alumnos y alumnas de aquella época recordamos con agradecimiento sus clases y con estima todo su compromiso. Lourdes usó su agenda personal y su prestigio como intelectual reconocida al servicio de la institución. Y la RESAD que hoy conocemos, con una sede propia en el barrio del Retiro de Madrid, con nuevas instalaciones y con tantas cosas, no sería la que es, sin Lourdes. Sin ella y sin su capacidad dialéctica, su talento para pelear las cosas, como su amada Pentesilea. Sin ella y sin sus ojos, que veían tanto, que estaban cerca de todos.
