Dentro del libro de relatos, de la escritora Lourdes Ortiz, titulado Fátima de los naufragios, hay un pequeño cuento llamado El farero. En él, Lourdes describe la vida del farero desde su punto de vista, imaginando que, en la soledad del faro, ese hombre le pone nombre a las olas y distingue unas de otras; se relaciona con los vientos como con personas que se meten en su vida, que le fastidian y, a la vez, son sus amigos. En fin, ella imaginaba al farero como un solitario contento de serlo, que se relacionaba mejor con el Levante, las olas o las gaviotas que con la gente de los pueblos y las ciudades. Un eremita casi feliz y al que todos los urbanitas han envidiado alguna vez.
Eso pasó antes de que Lourdes y yo nos conociésemos. Ella se había inspirado en el faro de Mesa Roldán, muy próximo a su lugar de vacaciones, pero mirándolo desde fuera. Cuando entró en el faro y vio como era mi vida, se dio cuenta de que las cosas no suelen ser como uno cree o quiere creer. Pero realmente, a veces, yo mismo añoro la vida del farero feliz con su soledad que ella había imaginado.
Desde hace bastantes años, en este apartado y paradisíaco rincón de Almería, disfrutamos de la compañía de Lourdes Ortiz, de su conversación, de su humanidad y su experiencia. Eso lo disfrutamos especialmente los que tratamos de abrirnos un hueco en el mundo literario, pero no somos los únicos, ya que ella forma parte de nuestra población flotante, es una amiga más y comparte paseos, aperitivos, reuniones y fiestas con una buena cantidad de personas de diferentes procedencias, de muy dispares intereses y vidas para todos los gustos.
La Lourdes Ortiz que conocemos en Carboneras nunca pierde su curiosidad, ni pierde una oportunidad para armar una historia alrededor de cualquier cosa que ve, de cualquier hecho por pequeño que sea, y, a veces, ir tirando del hilo hasta convertirlo en una exitosa novela, o en un pequeño relato que incluir en nuestros modestos proyectos literarios, con el único propósito de apoyar la agitación cultural que tratamos de fomentar los promotores de provincias. Nuestra Lourdes Ortiz convive, disfruta y sufre con nosotros, intermitentemente, el tiempo que pasa en su segundo hogar, que cada vez compite más con el todopoderoso Madrid. Pasa parte de su vida en este hogar alternativo, menos céntrico, menos potente y menos competitivo, pero más cálido, más relajado y, me atrevería a decir, más cosmopolita que la gran urbe.
Admirando su obra y su trayectoria vital, no voy a decir que todo lo que ha escrito Lourdes Ortiz me gusta por igual, que no tenemos opiniones diferentes y que no chocamos en algunas cosas, porque entonces no sería un amigo, sería un fan o un seguidor incondicional que no aporta nada. Nuestra Lourdes Ortiz es parte de nosotros, con sus muchas virtudes y sus pocos defectos, parte de nuestra pequeña sociedad costera, mediterránea, concienciada y desinhibida, cultural y festiva; una parte importante, de la que estamos orgullosos y a la que echamos mucho de menos en cuanto tarda más de lo normal en aparecer.
