
Marga Piñero, profesora titular de Literatura Dramática en la Real escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.
Me impresiona siempre la voz de Lourdes. Ese continuo susurrar, como si estuviera meciendo las palabras con temor a despertarlas. Cuando se la escucha hay que esperar un poco, observar sus gestos y después captar el significado de lo que está diciendo. Su tono de voz te obliga a estar muy pendiente, a estar concentrada y al final de la conversación siempre recuerdas su sonrisa, porque sonríe mucho y eso amansa siempre al oyente, aunque no coincidas plenamente con lo que está diciendo. Me pasó esto la primera vez que le hice una entrevista para El Correo de Andalucía, en Sevilla, ya la conocía pero ahí descubrí que su fuerza, su lucha, su deseo, su modo de “estar viva”, de estar en tensión, se cubre siempre con una sonrisa cómplice que no te aparta, que no te empuja, que relativiza incluso lo que ella defiende y por tanto puedes diferir cómodamente. Admiro mucho esta singularidad de su carácter, porque abre puertas y comprobé, años más tarde, cuando me dio clase de Historia del Arte, que era su herramienta fundamental para enseñarnos todo aquel caudal artístico tan imprescindible para un alumno de Arte Dramático y que tanto le apasionaba. Sin subir el tono, escondida en aquel proyector de diapositivas, iba despertando la inteligencia, abriendo la mente a la imaginación, explicando los conceptos, inyectando el amor a la belleza…. Desgranando una sonrisa de disfrute por ver nuestro disfrute…
Recuerdo también que fue ella quien – en el curso 1998/99- pronunció la lección inaugural de apertura de curso en la RESAD. La tituló La sombra del actor y fue una disertación sobre el trabajo colectivo del teatro en el que resaltaba la importancia de los recursos plásticos. “En el teatro todo ha de integrarse, no sólo el texto con el trabajo del actor y del director, también con todo lo concerniente al ámbito de la plástica: luz, color, sonido, trajes, efectos especiales, y espacio, sobre todo espacio. El actor es forma moviéndose en el espacio, construye ese espacio con su acción. El texto también supone el espacio y lo construye o lo sugiere, porque cada texto incluye un espacio, muchos espacios y es el escenógrafo con su visión determinada quien encuentra ese espacio sugerido en el texto…”
Y luego la vida nos ha ido uniendo y desuniendo y volviéndonos a unir en sus avatares, en sus dificultades, en sus deleites y sobre todo en los teatros, donde nos saludamos con enorme afecto y comprobamos cómo nos pasa la vida….
Este año he tenido el placer de ver en la sala Francisco Nieva del teatro Valle Inclán, su obra Aquiles y Pentesilea, un hermoso texto con un estupendo montaje de Santiago Sánchez. La escribió en los años 80 y está sustentada en una pasional historia de amor… Reconozco a una Lourdes llena de vida y parece que es ella, la de aquellos años, quien pronuncia: … cuando su lanza me rozó supe que todo era mentira… vi en sus ojos una verdad más profunda… Admiro profundamente su entereza cuando habla de una mujer enamorada, sin tapujos, sin prejuicios, parece que estamos en otros tiempos… Amor/poder, pasión/engaño, eros/tánathos, todo está en esta obra que bebe en las fuentes griegas para traernos temas de hoy. Y la guerra y su defensa de la paz, la de Lourdes, perseverante y militante.
Y espero que sigamos viéndonos y que pueda yo seguir leyendo sus novelas y viendo su teatro en los escenarios, y sobre todo, que aunque tenga que hacer un gran esfuerzo para escucharla, pueda seguir observando su sonrisa, ya más sabia, más comprensiva, más perpleja, pero, como dice mi amigo Juan Antonio Vizcaíno, llena de una ternura de niña.