Lourdes Ortiz

Sobre su vida y obra

Pedro Guerrero Ruiz
Universidad de Murcia

Pedro Guerrero Ruiz, Universidad de Murcia.

Pedro Guerrero Ruiz, Universidad de Murcia.

La conocí poco después de haber sido galardonada como finalista del Premio Planeta de 1995 por su novela La fuente de la vida: dos historias paralelas existentes entre Perú y Rumania que acaban confluyendo al final en Madrid y tienen en común el secuestro de niños, el tráfico de órganos y las adopciones ilegales. Había leído la novela porque sabía que encontraría a su autora en el lugar donde ella veraneaba desde hacía años y donde yo lo haría por primera vez, Agua Amarga. De su paradero me habló Anthony Percival, compañero de la Universidad de Toronto y buen amigo. Él fue quien me dijo que estaba en Agua Amarga. Y yo, en cuanto llegué, comencé a buscarla.

No tardé mucho en conocerla. Al día siguiente me dieron algunos datos sobre ella, y finalmente la encontré paseando por la calle de aquel pueblecito marinero. Quedamos para esa misma noche en su casa y hablamos hasta las tantas. Me pareció una mujer interesante, llena de vida, configurando su mapa literario como realmente eran sus novelas, envueltas de aquel drama marcado por la moral, actos y creencias que chocaban frontalmente con los hábitos y costumbres maléficos que en España estaban forjándose poco a poco y que procedían del bandidaje ocurrido en el postfranquismo.

Nuestra escritora y su generación venían ocupando siempre un lugar contra aquellos cuarenta años terribles y oscuros de un territorio hostil para una juventud que, como la suya, se permitía pensar curiosamente de forma bien distinta a aquellos golfos de la gomina que sentaban sus reales en los sofás de terciopelo, y junto a una izquierda que asomaba ya al poder y trataba de formalizar un país de otra manera distinta a la de los hijos de la falange -por llamar de alguna manera a los de aquella derecha y el centro político, que son, a su vez, los padres y tutores de quienes ahora están en el gobierno.

Pero Lourdes Ortiz quedaba ya ajena a la servidumbre que tiene la razón política. Había militado en el PCE y, en aquel momento, no tenía intención de hacerme proselitismo por nada ni por nadie. Admirábamos a algunas personas a las que nombramos como ejemplos morales en la primera noche que nos conocimos, y ya quedamos sabiendo cómo pensábamos cada uno de nosotros, que no era sino de la misma o parecida manera.

Yo sabía de Lourdes Ortiz que en 1976 había escrito Luz de la memoria, y hablamos de su novela cuando le dije que yo había escrito un libro de poemas titulado Memoria de la luz. Era curioso, pero sin tener que parecerse los contenidos, la verdad es que era una tendencia escribir y sentir así, una tendencia generacional, optimismo y debate político y también cultural y moral, de una buena y selectiva memoria personal.

Aquel primer verano hablamos mucho y, sobre todo, aprendí mucho de ella. De su literatura relacionada con la mitología en muchas de sus novelas, que ella recogía y utilizaba para sus personajes haciéndolos más cercanos, y casi siempre tratándose de la defensa de la mujer. En este sentido, su obra está salpicada de un interés excepcional por los homenajes que se promueven como simbólicos de mitos muy conocidos. Las mujeres en la narrativa de Lourdes Ortiz sobreviven en un mundo que les es hostil; no habiéndose despejado del sistema clásico del patriarcado y el machismo, la situación, con carácter general, era estadísticamente la misma ayer que hoy en relación al sufrimiento y desprecio hacia las mujeres. Lourdes Ortiz era escritora procedente de un mundo oscurantista contra el que ella luchó siempre, porque sabía cuál era el estado de la cuestión durante ese tiempo que le tocó vivir y se asentaba como escritora con el compromiso de servir socialmente al cambio en España.

Desde la primera novela de Lourdes Ortiz, hasta una de las últimas, Las manos de Velázquez, en nuestra escritora se da una literatura socialmente más interesada en los conflictos humanos y en las relaciones entre hombres y mujeres que con cualquier otra cuestión vanguardista. Su literatura es así. Y en esta de las últimas que digo, que es un real homenaje a la pintura, es también un retrato de incomprensión, de celos y sentimientos encontrados. Y aunque sus novelas se destacan por los ingredientes históricos, que ella maneja en perfecto estado temporal y cultural, esta es más una novela intercultural, ekfrástica. Sobre todo por el manejo de la observación artística y la capacidad poliédrica de Ortiz, su enorme capacidad y formación para el análisis semántico y la interpretación artística.

Esa capacidad poliédrica, de muchas aristas intelectuales, le hace escribir una Urraca que está en desacuerdo con los escritores de pasajes históricos, incluso con el escritor subyacente, con ella misma. Lo que quiere Urraca es entablar un debate externo, de espejos, a la manera que ya lo hacía El Quijote hasta la fecha. Porque, como aquel Cervantes, también en la novela hay una suerte de espejos narrativos y miradores que nos descubren la pequeñez de lo sentido frente a lo narrado.

Urraca es una novela fiel a los datos históricos. La versión propia de su reinado la hace en el único género literario de la época, la crónica, aunque se disgusta a sí misma, ya que busca hacer variaciones profundas en las imposiciones del género, encuentra problemas cuando quiere mantener la cronología y no mantiene la promesa de relatar sus hazañas, sino de manejar su intrahistoria. Algunos críticos llegan a afirmar que la reina se siente fracasada, sin embargo al lector le gusta una excepcional narrativa más compleja que una sola crónica al uso.

A través de la femineidad de la reina, Ortiz no sólo rechaza, como varios críticos han señalado, la historia oficial ofreciendo nuevas versiones de ciertos hechos, sino también el género de la crónica. Pero, curiosamente, Urraca no quiere servirse de las libertades recibidas por su autora. Al no haber tenido la intención de revisar la historiografía, ordena a Roberto (el hasta entonces receptor de su relato) reescribir su obra obedeciendo a ciertas normas restrictivas. Ese juego de espejos, al que antes me refería, es totalmente oportuno y creativo en Lourdes Ortiz. Y me recuerda sobre manera a las grandes obras narrativas.

Aquí, en el punto de vista del autor y sus referencias narratológicas, Lourdes Ortiz es una maestra en este tipo de reflexiones, como aquellas melancólicas e irónicas donde se sirven lo que alguien ha llamado -ella inclusive- las actualidades más extrañas, que son, a su vez, novelaciones sobre la actualidad de las miserias inesperadas del siglo actual o anterior. Y hasta es posible que estas actividades de contar extrañezas resurgidas y resurgentes en el texto ocurran como pretexto para llevarnos a la grandeza moral de las virtudes públicas que sostienen las obras de Ortiz y la réplica del dolor humano, de los indignados que, como ella, miran también con aquellos que dan título a su obra subyacente de estas ideas, como Ojos de gato donde Madrid es una metáfora de un mundo en carne viva -resultado desgarrador, al decir de la buena crítica que tuvo la obra.

Quiero recordar también aquí la fortuna que tuve de que se me invitara hace unos años al honor de presentar a Lourdes Ortiz en una charla que ofrecía en Murcia. Pensé, y así lo hice saber, que en ese tipo de actos, y cuando se introduce a algún conferenciante, suele decirse: “No creo que necesite presentación…”. Pero en este caso era verdad. Lourdes Ortiz no necesitaba introducción, porque es una intelectual bien conocida, aunque, como se prefería así, dije algo de ella, entendiendo que quise hablar más como escritora que como amiga. Dije también que de Lourdes lo había leído todo, digamos casi todo. Y destaqué dos novelas sobre mujeres –Urraca, ya nombrada antes, y La Liberta- y La fuente de la vida. Esta, La fuente…, es una novela difícil, compleja, que supo, con certero punto de vista del narrador, mezclar vidas distintas y distantes, atándolas a sentimientos en un complejo telar literario; las otras, Urraca y La Liberta, son dos joyas literarias sobre dos vidas, la de la reina de Castilla y León y la de Acté, dos investigaciones que terminaron en dos relatos de enorme personalidad y fuerza narrativa. De Lourdes Ortiz, añadí entonces, había leído, con cierto estado de voracidad, Fátima de los naufragios.

Los cuentos de Fátima… descansaban en percepciones y emociones de Lourdes, entre los tejidos de la carne más desolada y en las noches de la piel herida, donde mujeres, y también hombres, se la juegan sólo por vivir. La lectura de Fátima, aquella mujer escondida y muerta de miedo, terriblemente apenada por aquel naufragio donde pierde a su familia, aquella mujer, aquella sombra mirando hacia el mar y esperando a su hijo, me sorprendió tanto que hasta busqué -y creo haber encontrado por la evocación de su narrativa- en qué lugar estaba la protagonista del naufragio cuando se escribió el cuento, dónde sufría su cuerpo y su alma, como si realmente hubiera ocurrido aquella historia, el terrible cuento que tal vez fue la primera literatura sobre pateras y naufragios que se haya escrito con aquel desgarramiento desde la modernidad de la literatura, sin que medie la aventura en esa literatura, sino el dolor de la migración, la brutalidad norte-sur, que aparece en casi toda la obra de Ortiz, en esa carga de mensajes de seres anónimos que ella nos ofrece desde la distinción del honor en sus obras, la del valor moral.

Pues bien, en aquella presentación dije también que Los motivos de Circe y El sueño de la pasión, aunque ensayos distintos, contienen un enjambre de vida hecho con la misma tela, la tela de la pasión, palabra muy de Lourdes, que es tanto como decir palabra de mujer. Finalmente, en Cara de niño, encontrábamos una novela policíaca donde tres mujeres, que trabajan en una agencia de asuntos matrimoniales, buscan a un joven homosexual desaparecido y acaban tropezando con la mafia. Y es que muchos son los registros de la narrativa de Lourdes Ortiz, de sus historias y de su cocina literaria.

Hace años, estaba con Lourdes y un grupo de amigos comiendo en un restaurante de Madrid. El camarero entró y dijo: «Un avión se ha estrellado contra las torres gemelas de Nueva York». Guardamos silencio, y al poco tiempo volvió a aparecer el mismo camarero y dijo que un segundo avión se había estrellado contra otra torre. Fuimos desde el salón donde comíamos hasta la barra del bar y lo vimos en la televisión. “La clave”, dijo Lourdes Ortiz, “va a ser la respuesta. Esperemos que esté bien asesorado Bush y no haya respuesta bélica brutal”. Lo que pasó después, las guerras que Bush inició, ya son conocidas, así como los elementos de discusión, aquellos infundios sobre armas de destrucción masiva en Irak. Estaba escribiendo La guarida, publicada por Ediciones Irreverentes, con la que ganó el Premio El Espectáculo Teatral, que la define como un experimento.

Aquella novela, «motivada por la caída de las Torres Gemelas y la Guerra de Irak, sirvió de catalizador. Nemo está rodeado de imágenes terroríficas de los horrores del mundo. Mi Nemo, como el de Verne, está sumergido en su batiscafo simbólico, rodeado de todas esas imágenes de la realidad de la que huye, pero que no quiere olvidar. Y que, de repente, le vuelve a salpicar, en forma de la llegada de unos personajes que traen consigo la confusión». Así respondía Lourdes Ortiz en una entrevista concedida a la revista Ediciones Irreverentes a propósito de las reminiscencias mitológicas posibles de Nemo. Lourdes concierta a sus personajes para instrumentalizar ideas, herramientas de sus ideas. Una de ellas ha sido partiendo de la poética de Vicente Aleixandre en La destrucción o el amor, convertida en parte de lo que luego sería su encuentro con el ensayo El sueño de la pasión, devenida también de rasgos mitológicos.

A veces hablamos Lourdes y yo de la fugacidad del tiempo, de la velocidad de los acontecimientos. Todo nos conmueve, o eso parece, pero también comentamos que puede ser que todo nos sobrepasa a una velocidad de vértigo. Lo importante es que las cosas, las que son importantes, se mantengan en nuestra pedagogía, en nuestro aprendizaje y en la educación que daremos a nuestros nietos, si es que vienen a preguntarnos, para poder continuar y contar aquel viaje tantas veces realizado que ahora me recuerda a aquel poeta tan extraordinario que dijo «no hay extensión más grande que mi herida». Y era así porque padecía esa herida, como nosotros padecemos algunos dramas que la vida nos ofrece, guerras y naufragios, o asesinatos y migraciones, tan dolorosos todos como sentidos, los golpes de la vida que decía César Vallejo. He ahí también la pasión por la moral pública de Lourdes Ortiz en su talento y también en su memoria, el contar también el dolor, el sufrimiento.

Y es que Lourdes Ortiz tiene una enorme capacidad para relatar y quebrar lo que es aparentemente fácil en los enredos de la narratividad. En cierta ocasión respondió, a propósito de dónde encontraba sus historias, que de la imaginación, y que otras las encontraba en “ese sexto sentido que te hace fijarte en un pequeño detalle y describir todo un mundo que estaba allí encerrado (…) En cada ser hay un misterio. De ellos se nutre la literatura, que es un misterio construido». Ella sabe, como nosotros lo sabemos de ella, que vivimos en un mundo en el que, a pesar de que las noticias sobre él son terroríficas, ya no nos espanta casi nada. Sobre la apariencia que no engañe, alude a Jorge Luis Borges, a la inquietante verdad, espejo, realidad, doblez, máscara y rostro: «La máscara para muchos es verdad. Les pasará como en el cuento de Borges. Una vez muertos, irán a quitarles la máscara para ver su rostro, pero su rostro tendrá ya la forma de la máscara», afirma la escritora para ofrecernos la realidad sin dobleces.

Pues bien, dicho esto, confirmo también que estoy orgulloso de que Lourdes Ortiz sea, además, mi amiga. Y lo explico desde aquel día en que la busqué por Agua Amarga, donde ella pasaba el verano y yo también. Y como aquel amigo común, Tony Percival, quería aprovechar el viaje para hablar con la escritora, sobre la que preparaba un estudio. Eso hicimos. Desde entonces, y siempre que nos vemos, disfrutamos de una amistad verdadera. Ha sido así y así será.

Porque a mí lo que me gusta es oír a Lourdes, con su poquita voz y con sus maneras tan amables. Y además, porque posee entereza de espíritu, es valiente y verdadera, y contiene varias virtudes públicas. La primera es su encanto personal, pues Lourdes es delicada y sencilla. La segunda, la que le atraviesa como un valor, como una actitud vital: su generosidad y su solidaridad. Su sencillez tiene relación con humildad, no la cristiana, sino la que procede de los obreros, de la tradición marxista. Y si solidaridad tiene relación con el humanismo, no del corriente sino del que se deja uno la piel en este viaje que es la vida, si esto fuese así, Lourdes es ya un personaje. Y como yo creo que lo es, y además ella es como les digo, pues yo me siento muy orgulloso de ser su amigo.

Después, en aquella conferencia que les recordaba en Murcia, Lourdes respondió a una pregunta que contestó a través de un perspicaz viaje por sus lecturas literarias: “¿Para qué sirve la Literatura?”. En el programa hicieron bien en escribir Literatura con mayúsculas, porque así no hay confusión en esta república literaria donde cada vez hay más amapolas que trigo. Yo tengo una idea del servicio literario, no de su utilidad, sino de su servicio. Y tiene que ver con esos personajes que ella buscó o inventó, que sacó de la historia o de la mitología, mujeres valientes o mujeres refugiadas, de esos ejemplos dignos que ella dignifica, de los espacios que aún quedan en la soledad de una casa, en un tiempo de silencio, desde esa palabra de mujer que, nada inocente, nos da luz, nos calienta, pero que también nos duele, nos hace daño, porque la Literatura o produce conflicto, impacto, o no es Literatura, sino una fugaz vocecilla entre los trigales. Y de esto, del impacto del dolor humano su obra es un clamor.

Al día siguiente de la charla en Murcia, a donde ya me gustaría que fuese con más frecuencia para vernos, Lourdes fue a ver el barroco de la Catedral de Murcia. Quedó sorprendida. Y ella tiene motivos para sorprenderse, porque, además, sabe de ello, ya que es catedrática de Teoría e Historia del Arte de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Y, para que surtan los efectos oportunos sobre lo que estoy diciendo, otro buen amigo, Juan Echanove, que fue alumno de dicha Escuela, no duda en afirmar en su página web que “lo mejor de mi paso por la RESAD fueron las clases de Arte de Lourdes Ortiz”.

Y si lo dice mi amigo, que además es un excelente actor… pues yo les digo también. Y ya para terminar y creyendo en las consecuencias de mis palabras: NO SE LA PIERDAN, NO SE PIERDAN A LOURDES ORTIZ. Y, SI USTEDES PUEDEN, NI EN SU VIDA NI EN SU OBRA.