Lourdes Ortiz, en susurros

Sobre la vida y obra de Lourdes Ortiz

Ignacio García May
Dramaturgo español

Recuerdo número uno

Ignacio García May, dramaturgo español.

Ignacio García May, dramaturgo español.

En 1984, recién ingresado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, una compañera me dice: «Voy a apuntarme en el seminario sobre las vanguardias históricas que imparte Lourdes Ortiz. ¿Me acompañas?» Ignoro quién diantres es la tal Lourdes Ortiz y además aborrezco cordialmente las dichosas vanguardias. Para colmo la clase va a impartirse los sábados en horario de mañana, es decir, justo en ese momento de la semana que dedico a cultivar mi disciplina favorita, el dolce far niente. A pesar de todo (e ignoro por qué) digo que sí; y me apunto; y no sólo me apunto, sino que voy.

Cuando por fin conozco a Lourdes Ortiz resulta ser una mujer menuda, con el cabello oscuro y corto, que habla con un tono de voz tan contenido que obliga a prestar la máxima atención para escuchar lo que dice. En una cultura como la nuestra, donde lo habitual es discutir a gritos, aquello resulta cuando menos sorprendente. Lourdes empieza el seminario de forma explosiva, negando la evolución en el arte, comparando figurillas primitivas con otras de Giacometti, y continúa desde ahí. No sé si conoce aquella máxima de Cecil B. De Mille según la cual una buena película tiene que empezar con un terremoto y después seguir subiendo, pero ese es, más o menos, el efecto que la clase tiene en mí. Salgo desconcertado, y hasta resentido, al descubrir que esa mujer que habla para el cuello de la camisa ha zarandeado mi opinión sobre aquel tipo de arte que hasta entonces detestaba. La buena pedagogía tiene a veces ese efecto, como de puñetazo en el plexo solar.

Me marcho a casa pensando en no volver, pero, por supuesto, a la semana siguiente vuelvo. Y todas las demás, mientras dura el seminario. Descubro que Lourdes no es sólo profesora, sino también novelista, dramaturga, traductora, periodista. En sus clases sigue despedazando la historia del arte moderno con la misma voz endiabladamente inaudible, pero eso se soluciona sentándose uno más cerca de ella. Al terminar las clases me he convertido en devoto de Brancusi y de Jackson Pollock.

           

Recuerdo número dos

En 1990, por razones que no dejan de ser curiosas (pero eso, como diría Kipling, es otra historia) me encuentro impartiendo clases en la misma escuela donde había estudiado. Aterrizo justo a tiempo para vivir el cambio de legislación que asciende las enseñanzas de arte dramático al grado superior. A la gente que no es de teatro todo eso le importa un comino, pero para los del oficio es un momento histórico, casi revolucionario, nuestra propia Transición, si se me permite la extravagancia comparativa. Siguiendo la metáfora, a Ricardo Doménech le toca ser nuestro Torcuato Fernández Miranda, pero es Lourdes Ortiz quien desempeña el papel de Suárez: la primera directora de la RESAD en un momento nuevo e ilusionante de la pedagogía teatral que pone patas arriba casi todo lo que se había hecho hasta entonces. Su primer acto como directora puede parecer pueril ahora que todo el mundo se ha vuelto tan cínico, pero tiene un formidable impacto en la institución: la puerta del despacho de dirección, habitualmente cerrada, debe estar, desde ahora, abierta de forma permanente.

Lourdes me incluye en su equipo, como jefe de estudios. Y dado que eso nos obliga a pasar muchas horas juntos, constato que, como directora, sigue hablando en voz baja. No recuerdo haberle oído gritar nunca, ni siquiera en los momentos de máxima tensión. Eso está bien, porque allí ya hay demasiada gente con tendencia al gruñido, incluyéndome a mí mismo.

 

Magisterio

Se me ocurre ahora que ese rasgo de Lourdes define su singularidad. Hay maestros grandiosos, con un temperamento tan apabullante que no puede caber duda sobre su capacidad de magisterio. Allá donde van llaman la atención, pero en cierto sentido son prisioneros de su propia imagen. La personalidad carismática, que apasiona a los políticos, los actores y los religiosos, es una herramienta de doble filo. Quienes la poseen suelen acabar prestando más atención al mantenimiento de su propia leyenda que al magisterio en sí. Lourdes Ortiz, en cambio, me recuerda a los maestros zen. No se impone. No llama la atención sobre sí misma. No exige devoción. Transmite cosas como si no tuvieran importancia alguna; como si las perdiese pero no le preocupara porque sabe que otros las encontrarán. El aprendizaje a su lado no consiste en caer aparatosamente del caballo camino de Damasco, iluminado por relámpagos cegadores, sino en un sencillo y agradable paseo bajo una luz que, como diría Thoreau, es «cálida, serena y dorada, como la de una ribera en otoño». El filósofo de Concord (qué hermoso nombre para una ciudad) recuerda que el término sauntering (pasear) significa, originalmente, ir a Tierra Santa, y que el paseo, en su sentido más noble, es descubrir que esa Tierra Santa está dentro de uno mismo. Con Lourdes Ortiz, el aprendizaje es un susurro que hace innecesarios todos los gritos.

 

Ignacio García May