Cuando la escritora madrileña encuentra un alivio en su agenda, pone rumbo al sur, desciende por la llanura manchega, atraviesa los campos de Níjar y, primero en Aguamarga, después en Carboneras, se instala en la costa almeriense. Entonces recupera unos entrañables recuerdos de sucesivos veranos acompañada por sus padres y hospedados en el Hotel Andalucía, próximo a la Puerta de Purchena, cuando miraba aquella Almería de los años cincuenta con ojos de niña, asombrados bajo la luz cegadora del Mediterráneo,
La presencia de esta costa levantisca queda reflejada en su obra «menor», pero no por ello menos valiosa, las colecciones de cuentos, concretamente en Fátima de los naufragios y en Ojos de gato. Pero no esperemos encontrar una visión amable y estetizante, antes bien la solidaridad del narrador por los débiles, los emigrantes (entonces no se llamaban «refugiados») conectan estos relatos para denunciar su invisibilidad y el derecho a la dignidad.
Si algo caracteriza la escritura de Lourdes es la desmitificación. Se trata siempre de un sentido común manifestado a través de las espléndidas dotes de observación desplegadas, dirigiendo la mirada del lector hacia zonas y perspectivas inesperadas, pero verosímiles. Dicho recurso responde a una manera de ver distanciada, el famoso recurso teatral de Bertold Brecht, crear desde el distanciamiento. Un ver más allá de las apariencias, registradas magistralmente mediante una escritura envolvente. Su extensa producción abarca todos los géneros, salvo la lírica1, teatro, novela, cuentos, ensayo, artículos de prensa, conferencias, fruto de una dedicación reflexiva y creadora constantes, atravesada por la escritura.
A la narrativa corresponde el grueso de su obra «mayor» (novelas) y el renombre adquirido. La historia de la literatura destaca a Lourdes como la narradora más original de la segunda mitad del siglo XX, pues a su obra se deben las primicias de una protagonista femenina como detective en la novela negra (Picadura mortal), la moda de la novela histórica (Urraca, La liberta), el gusto por la novela de arte (Las manos de Velázquez), el tema de la homosexualidad (Cara de niño).
En esta misma línea de irreverente originalidad desmitificadora habría que considerar la renovación paródica y el refinado sentido del humor de la obra teatral El local de Bernadeta A., inspirada en La casa de Bernarda Alba de García Lorca, para invertir la imagen del varón (Pepe el Romano) en proxeneta y la casa en lupanar.
Lourdes podría haber explotado una de estas múltiples vetas y manantiales que descubre en el vasto campo de lo literario (un caso similar representa Juan Goytisolo), pero ha preferido «hacer ver», mostrar caminos diversos, recorridos por ella previamente, reflexivamente. Una obra difícil tanto por el propósito como por las circunstancias históricas (nacionalcatolicismo/lucha en la universidad, mayo del 68 -ella sí estuvo allí-, militancia política en el PCE, transición democrática, liberación feminista, etcétera) sabiendo mantener una entereza moral como mujer, madre y profesora de universidad. La tensión personal y pública, como titula su último libro de poemas Aurora Luque Personal & político, tiene en nuestra escritora una veterana compañera de viaje imprescindible en la historia reciente para la visibilidad de la mujer.
A Modo de Testimonio personal
Cuando leo un ensayo en Revista de Occidente nº 92, de enero de 1989, dedicado a «La publicidad», descubro en el índice: «Lourdes Ortiz: De la materia del sueño» (pp. 65-72) me quedé impresionado por la perspicacia analítica de la autora, como por la sugerente forma de escribir un «comentario» (apenas ocupa 4 páginas de la revista) sobre la influencia de la publicidad a través de los medios audiovisuales en la formación de los sueños de los receptores, hasta el punto de convertirse en fundamentos de sus conciencias, de ahí la justificación del título: de la materia del sueño.
Para mí en aquel momento su nombre se asociaba a las escritoras Clara Janés, Maruja Torres, Rosa Montero o Soledad Puértolas, conocidas a través de sus novelas y, sobre todo, de sus artículos de opinión en El País. Unas columnas ácidas, sardónicas, críticas que ilustraban y comentaban aspectos hasta entonces novedosos, sobre todo por el punto de vista femenino que imbuían a sus artículos. Una mezcla de Larra y Valle-Inclán a lo Carmen de Burgos «Colombine». Muchas de estas columnas se comentaban en clase (pues aparecían en los ejercicios de selectividad de los alumnos de C.O.U., actualmente 2ª Bachillerato), junto a los de Manuel Vicent, Francisco Umbral, Antonio Gala, etc. Pero el ensayo de Lourdes citado se leía íntegro y comentado mientras el silencio se hacía en el aula y todo el alumnado se quedaba pensativo y suspendido por la reveladora prosa, manteniendo una atenta escucha. Después ha venido Internet y la historia parece otra.
En los créditos de la Revista de Occidente se decía de la autora: «Escritora. Ha publicado varias novelas –Luz de la memoria, Picadura mortal, En días como éstos, Urraca, Arcángeles-, cuentos Los motivos de Circe-, ensayos –Rimbaud y su obra, Comunicación crítica– y obras de teatro».
En 1999, diez años después, publica el segundo volumen de cuentos titulado Fátima de los naufragios. Relatos de tierra y mar. Para entonces Lourdes ya es asidua vecina de Aguamarga (Níjar) y en la solapa del libro se lee: «…ha publicado las novelas Luz de la memoria, Picadura mortal, En días como éstos, Arcángeles, Urraca y Antes de la batalla. Ha escrito para el teatro Penteo, Fedra, Yudita, Pentesilea, Cenicienta y El local de Bernadeta A.; libros de ensayos como Rimbaud, Larra (Escritos políticos), Comunicación crítica, El sueño de la pasión y el ensayo erótico-literario Camas. […] un libro de relatos Los motivos de Circe. Con la novela La fuente de la vida quedó finalista del premio Planeta 1995».
Ese año conocí en persona a Lourdes, gracias a unos buenos amigos comunes. Si algo atrae inmediatamente de la escritora son dos cosas: su sencillez natural, generosa y su inteligencia irónica, despierta. A partir de ese momento hemos compartido tertulias literarias veraniegas y encuentros familiares de diversa índole que se han intensificado al establecer su residencia en Carboneras. Un resumen, sin duda debido a la pluma de la escritora, refleja este momento creativo al final del siglo xx: «Son estas seis historias de tierra y mar relatos de ausencias, de muertes anónimas, de amores épicos y anhelos incumplidos; son historias de sentimientos viscerales, hondos e insospechados, en los que retazos de la existencia cotidiana, desprovistos de los encajes de la retórica, palpitan con una intensidad desgarradora». Detrás de estas pocas palabras destellan numerosos halos que apuntan a los intereses de la escritura y el testimonio, del trabajo consciente imbricado con su tiempo (palabra en el tiempo, otra nueva sentimentalidad, la educación moral machadiana de fondo): inmigración, paro, exclusión, explotación y sus sentimientos implicados: invisibilidad, sufrimiento, marginación. Pero también su decencia retórica y exigencia creadora para dar cuenta, «hacer ver», desde una propuesta crítica y a la vez solidaria con las víctimas, de cualquier género: niños, ancianos, mujeres, ciudadanos de otras zonas y continentes. «Palpitan con una intensidad desgarradora» ante lo cual la escritora no puede volver los ojos y mirar para otro lado: desgarran la conciencia y la escritura da cuenta de esa herida.
Un momento de inflexión, de los muchos que tiene su larga trayectoria, lo representa la publicación de Las manos de Velázquez (2006). Puede ser una inspiración de tesis de la autora, pues igual que Eco escribió Cómo se escribe una tesis, científica, académica, Lourdes, una vez más enseña el camino andando en la llanura literaria, cuenta el trabajo de investigación apasionado de un profesor universitario sobre la figura (vida y obra) de Velázquez. Al tiempo que dicha investigación influye en su vida personal, asistimos a los hallazgos de la investigación para descubrir facetas del pintor cortesano desconocidas. Historia y creación, rigor documental y argumento narrativo alcanzan su cumbre cuando lo personal se derrumba y sólo quede la obra maestra y la mano noble dedicada a su empleo. Las «manos de Velázquez» apuntan en dos direcciones: el maestro pintor del barroco y el marchante del rey.
Lourdes no levanta nunca los pies de la tierra, pues se siente históricamente vinculada y comprometida con el arte, la ciudadanía y los males de nuestro tiempo. Nunca perdamos de vista su formación académica, de ahí el interés por el pasado: Roma, Castilla, el arte del barroco, la crítica romántica o la poesía maldita. Está contribuyendo a una mayor comprensión del yo femenino, pero también haciéndose un hueco en el análisis de las emociones históricamente determinadas, pues nunca olvida los sentimientos, la ternura, el amor y, sobre todo, el exceso: la pasión. Remedando a Foucault y su Historia de la sexualidad, Lourdes ha construido una Historia de la pasión a través de su narrativa y sus libros de ensayo.
Un momento importante en esta bio-bibliografía lo representa la publicación de Pensar la escritura (2010)2, un conjunto, antología, miscelánea, selectiva de los numerosos artículos publicados (y algunos escritos inéditos) que reflexionan sobre la escritura, la lectura, la literatura, la historia, la mujer y la política. Por eso concluye clarividente: «un libro siempre es un libro que lucha contra el tiempo». De este modo ha ejercido su escritura, como si cada libro fuese único y el último, y cuando ha contemplado la «raquítica biblioteca» de su casa ha comprobado que, igual que todas las bibliotecas, son «un tesoro almacenado, una bola de cristal a la que mirar una y otra vez, sabiendo que siempre dará nuevos reflejos y nuevas perspectivas». Esto ha pretendido Lourdes Ortiz en su proteica labor de escritora, como lo demuestran los distintos registros presentes en cada nueva novela o nuevo proyecto ensayístico emprendido. La historia de España, el contexto político y social, el papel de la literatura y la mujer resultan temas transversales en su obra. En otro nivel más desconocido, pero no por ello menos importante, debemos situar su labor como profesora en la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid y su ya numerosa producción teatral centrada en el mundo clásico. Recientemente hemos podido asistir en Madrid al estreno de una de ellas.
Conclusión
Cedo la palabra a Lourdes para volver al tema del sur y el mar del inicio de este artículo y reproduzco, rescatando de la cesta de perlas acumuladas por el tiempo, este texto titulado «Mediterráneo», leído en una jornadas celebradas en el sur, Almería. La veta poética de una escritora a conciencia puede leerse en este escrito «dicho» en aquella ocasión3. El comienzo es como sigue:
«Algunas Palabras: Mármol, luz, glauco, sequedad, azul, comunas, olivo, azoteas, blanco, peplo, esparto, cabras, rocas, arena, delfines, cuevas, piratas, comercio, factoría, colonias, intercambio, imperio, senado, ágora, plaza, señoría, bello, bueno y verdadero, la luz, la luz, faro, dioses con rostro humano, religiones, batallas, charco, grande, teatro, filósofos, visionarios, res pública, la PALABRA, LA ESCRITURA, EL NÚMERO, contactos, enfrentamientos, monoteísmo, civilización, templos, mezquitas, aventureros, ejércitos, ciudades, la luz, la luz».
El impresionismo, el simbolismo, el modernismo se dan la mano en esta esencial enumeración constituida por palabras fundamentales. La lengua privilegio del nombrar y mecanismo de evocación y memoria, lugar de la síntesis entre pasado actuante y presente emotivo.
Algunas confesiones se refieren a su biografía personal, de la cual extractamos la libre elección y conformación a la cultura civilizadora a la que se proclama pertenecer con orgullo:
«Nací en la meseta sin mar y sin embargo soy mediterránea».
Concluye así definiendo su dual pertenencia a la capital seca (al fin y al cabo madrileña) con la costa húmeda (el levante almeriense):
«Nacida en ese Madrid de aluvión, ciudad abierta y al mismo tiempo mediterránea. Este mar nuestro al que vi por primera vez a mis trece años y al que vuelvo una y otra vez. Segunda patria por elección. Mediterráneo que, ¡cómo no!, se infiltra en mi obra desde ese pasado que me llega y desde este mar concreto tan cálido y cercano en el refugio».
Aquí siempre te aguardamos entre una ola de luz y un mar en calma; como Abenámar, las señales lumínicas y cálidas de un refugio transparente te anuncian y esperan.
