El verano se hace añicos al terminar la infancia.
Nos quedan los fragmentos, los instantes de antiguos días eternos, cuando el mundo giraba más lento, cuando el mar era, entre otros placeres, un espejo en el que proyectar el porvenir, y masticábamos el aburrimiento con impaciencia. El sol arañando los hombros descubiertos, el salitre ofertando una nueva piel, el refresco helado, el lento crecimiento de las uñas de los pies desconocidos del invierno, el sombrero de paja siempre torcido, dicen que dicen, hablar por hablar, un lametazo al helado, parece que te mira, hoy no me ha hecho caso, a ver si mañana, porque mañana es todavía joven y repleto de noticias, pequeñas como conchas trituradas en la orilla de la playa, sólo entonces hubo verbenas y fiestas y bailes entorno a un kiosco, cabellos aún mojados del último baño vespertino, hablemos chicas mientras la aventura llega, formemos esos grupitos tupidos sentadas en un pretil, en cualquier rincón inhóspito de la noche veraniega, dejemos que las palabras vayan describiéndonos, construyéndonos, contrastándonos unas a otras, los chicos entre empujones nos miran con inquietud, ¿de qué hablan?
Algo de ese amasijo de sensaciones lo recobro los veranos en Cabo de Gata. El tiempo parece pasar de puntillas en las tertulias improvisadas, en los encuentros y en las despedidas; coquetear con la vagancia, hablar del calor, del mar, de asuntos banales, la brisa nocturna aliviando los desnudos brazos, parece que siempre viviéramos allí, o, mejor aún, que el verano es algo semejante a lo que fue en la infancia, postergadas y medio olvidadas las cuerdas que nos atan a las obligaciones, a los trabajos pendientes.
Es en ese marco, más que en cualquier otro, que emerge la figura de Lourdes Ortiz cuando me dispongo a escribir sobre su personalidad y su obra. La escritora se difumina y deja paso a esa amiga de verano, con la que comparto algo mucho más difícil de precisar que libros, autores, o temas de escritoras. Es como si no tuviéramos tiempo para ello.
Lourdes y yo nos conocimos en Carboneras, Almería, y allí es donde nos reencontramos, en agosto, mes tórrido pero insustituible en el calendario del cuerpo.
El escritor vasco Joan Mari Irigoien me había hablado mucho de ella. Por eso le llamé hace ya muchos años. Joan Mari había añadido: es muy jatorra, término en euskera que condensa un catálogo de virtudes que tiene mucho que ver con los valores y la forma de sentir el mundo del que lo utiliza. Viniendo de él y dirigiéndose a mí, ser jatorra había que entenderlo como ser natural, franca, espontánea, simpática, abierta, noble… Podría seguir enumerando adjetivos y otros significados que no son tan evidentes en otros contextos pero que, según la ideología del que lo había utilizado, podía significar, también: es progresista, de izquierdas, nos entiende a los vascos, se puede hablar con ella con tranquilidad etc.
Así pues, no me costó encontrar en Lourdes lo que ya esperaba. Sí, Lourdes Ortiz, además de la escritora, o la articulista a la que leía, resultó ser jatorra, es decir, una mujer abierta, culta, natural, curiosa, con criterios, gran conversadora, con la que era muy fácil establecer complicidades.
Durante muchos años hemos compartido comidas exquisitas en la fantástica casa de Isabel, sobremesas de variopintos temas, aperitivos y tapas en bares de Carboneras que sufrían una misteriosa especie de moda cada verano, cenas y veladas en casa de amigos, exposiciones y actuaciones en la plaza del castillo. Sin olvidar el colorista y abigarrado mercadillo de los jueves por la mañana.
Y como telón de fondo de esos encuentros y esa consolidación de amistad, siempre esta el verano, el sol, las piernas al aire, los escotes, y la conversación. Y los cigarros. Los imprescindibles, los que no lo eran tanto, los inadvertidos, los generosamente ofrecidos, los imperceptiblemente aceptados.
Como si de un fotograma de infancia se tratara, siempre veo a Lourdes Ortiz instalada en el verano. Charlando, fumando, dando sorbos a una cerveza, la sonrisa socarrona, el comentario agudo, aspirando el olor a mar, descansando.
