Parte de vuelo

(Para Lourdes Ortiz)

Marcos Ricardo Barnatán
Escritor argentino

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre mucho sé pero no quiero recordar ahora, hay desde antaño un gran aeropuerto, que con el tiempo se fue convirtiendo en un importante nudo internacional. Hasta él arribé feliz una reciente y venturosa mañana de julio con la bienintencionada voluntad de emprender un viaje transoceánico a una bella ciudad austral, que palpita frente a un río inmóvil. Hasta ese lugar extravagante y populoso, que es el hangar de los mil sueños y también de las mil penurias, llegamos mi mujer y yo arrastrando con entusiasmo dos enlutadas maletas de ruedas.

Nuestro equipaje era escaso en ropas pero muy  rico en dulces cántabros que mi mujer, que acababa de renovarse el rojo intenso de su cabellera, había recolectado con mucho mimo en las mejores confiterías de Santander: mullidas quesadas de Gómez y sobaos pasiegos de Casa Macho eran nuestro leve y diabético tesoro.

Todo iba aparentemente bien en la larga fila vocinglera que esperaba en el luminoso mostrador de embarque, pasaportes y billetes en mano aguardábamos ansiosos de quemar etapas y estar ya en viaje. Cuando llegó nuestro turno una sonriente azafata nos anunció no sin alguna sorna que, pese a tener nuestra reserva confirmada y haber llegado a tiempo, la compañía aérea se permitía no embarcarnos en ese vuelo. ¿Qué delito de viejo o nuevo cuño habíamos cometido para sufrir ese brutal castigo, y no poder subir al majestuoso Airbus de Iberia que debía llevarnos a la lejana ciudad reina del Plata?

No, no llevábamos una tijerita para uñas en el maletín de mano, por supuesto tampoco un rencoroso cuchillo de cocina en la maleta pequeña, ni siquiera una diminuta arma de fuego en la maleta grande. Como comprenderán tampoco cargábamos ninguna droga blanca y polvorienta en las entretelas, ni un poquito de contagioso jamón ibérico en el bocadillo para sortear el previsible horror del almuerzo de abordo. Nada de eso. La imperativa razón que nos dejaba en tierra estaba encerrada en una curiosa palabra usada en el slang aeronáutico: overbooking , o algo así, que significa que se vendieron más billetes que plazas del avión, y no hay mas arreglo que sacrificar a un puñado de pasajeros en el altar al Dios Rendimiento, que rige con sus números obtusos estas operaciones del aire.

Pero la siempre sonriente azafata alcanzó a informarnos en su lengua imperturbable que esa era una acción legal de su compañía que puede practicarse bajo multa de asistencia e indemnización al pasajero. Y así fue ante la perplejidad del que pensaba viajar y no viaja se nos colocó en un bus y se nos remitió a un hotel vecino con derecho a ingesta y alojamiento, y se nos prometió recompensa fiduciaria según el amparo de una ley comunitaria, vigente pese al rotundo no francés a la Constitución Europea. Y hete aquí que a las doce del mediodía, hora en la que tendríamos que haber despegado, nos encontrábamos sentados en la porticada Plaza Mayor de Barajas pueblo tomando chocolate con churros. La verdad es que jamás hubiéramos visitado paraje tan pintoresco de no ser por esa pirueta pirata, y nada se nos hubiera perdido nunca por las tórridas calles de ese pueblo próspero, donde los hoteles crecen como hongos subvencionados por las líneas aéreas que los llenan de víctimas propiciatorias como nosotros.

Así fue como gozamos de las imprevistas comodidades de un hotel de tránsito ligero, de su frugal comedor y de una siesta auspiciada por el aire acondicionado. Todo era extraño pero tenía final, el vuelo nocturno nos esperaba ya con asientos numerados y por fin íbamos a hacer ese viaje al fin del mundo, que para la pelirroja de mi mujer era además un duro viaje al fin del tabaco. Otro autobús, otra hermosa fila de caras ya conocidas, todos éramos víctimas y nos unía un mismo estigma, sin saber que esa nueva y larga fila era en realidad una fila virtual, una fila hacia la nada. Porque no tardó en cundir el desaliento cuando corrió como la pólvora la noticia de que el nuevo vuelo tendría un retraso de ocho horas. Y del desaliento se pasó a la ira, con un intento frustrado de linchar a un pobre diablo que ponía la cara por el ausente consejo de administración de la compañía. Ardía la zarza de la indignación cuando anunciaron un nuevo autobús y un nuevo hotel, esta vez en el centro hirviente de la ciudad. Tan sólo un ensotanado sacerdote del Opus Dei seguía impasible repartiendo estampitas del flamante Santo JoseMari, como bálsamo seguro al pecado de la indignación. Luego comprobamos que lo de la alianza de civilizaciones no era una falacia, al ver que dos rabinos oraban con la cabeza tapada  mirando a Jerusalén, para que se ablandara el duro corazón de Iberia.

Todo lo que os cuento aquí, amigos lectores, se ajusta equilibradamente a la verdad y apenas me voy permitiendo alguna licencia literaria sin llegar nunca al terreno de la ficción. Así fue como en ordenada manada los sufridos y obedientes pasajeros emprendimos el éxodo por las iluminadas calles de la noche madrileña hacia un hotel cercano a la plaza de Santo Domingo donde se suponía que nos iban a dar cena y cama hasta las 4 de la madrugada, hora en la que vendrían a recogernos para reenviarnos a ese lugar de la Mancha, donde hay un aeropuerto, que se hace referencia al principio. Orden y obediencia que sudaba en nuevas filas, casi soviéticas, en la recepción del hotel para mendigar una cama. Fue entonces cuando pude ver alguna escena de histeria, y oír también cómo mi mujer comparaba las botellas de agua, apenas enfriadas, y los platos de fiambre de segunda clase que nos alcanzaban con el auxilio de la Cruz Roja a los refugiados que llegan en las pateras, sólo faltaba el alegre colorido de las mantas de abrigo. Lástima, pero la temperatura, que superaba  con seguridad los treinta grados centígrados, no lo recomendaba.

Sin temblarnos la mano salimos a la calle en busca de un antro donde tomar un gin tonic y olvidar aquellas botellas de agua y aquellos platos de sudorosos embutidos. Apenas caminamos unos metros cuando sentimos unas voces amigas, qué alegría encontrarse al bueno de Moncho Alpuente y su mujer cuando nos creíamos perdidos irremisiblemente en un laberinto pensado por un genio de la postergación infinita. Y dejándonos llevar por  nuestros amigos repostamos en otro garito, una vieja cafetería de Callao, célebre por ser refugio antiguo de carteristas  y otros oficios no menos nobles.

Primero expusimos con algún rubor la lista de nuestras desventuras de turistas nonatos, después justificamos nuestro aspecto desaliñado, no teníamos equipaje desde la mañana  Pero pronto entramos en una espiral de recuerdos, cuántos años hace ya que nos conocemos, mejor no contarlos, ¿no? Casi treinta, Moncho, por no decir treinta. Y después nos arrojamos desesperadamente en el futuro, cuántos proyectos para el próximo septiembre.

La noche avanzaba, y las copas se sucedían sin estruendo. ¿Podremos dormir un par de horas antes de que nos despierte el teléfono?

De vuelta al hotel reconocemos algunas caras de nuestros compañeros de infortunio, ya sabemos algo de sus vidas, estos son de Logroño, tienen reserva  para volar a Iguazú el jueves, no se pierdan los hielos del Sur, y…quizá nos crucemos hasta el Uruguay. Antes de amanecer bajamos al comedor para asistir a otra escena de auxilio, esta vez en Bosnia Herzegovina. Ahora son termos de café y bollería industrial en bolsas de celofán lo que reparten entre nosotros, las víctimas de no sé qué guerras aéreas.

En el nuevo viaje al aeropuerto algunos comentan que han firmado el libro de reclamaciones, otros que han pedido la indemnización pero que les contestaron que en la caja del aeropuerto no había dinero, una señora muy obesa exige una silla de ruedas: si no me traen una silla no me muevo. Qué optimista, llevábamos 24 horas sin movernos. Por fin ya estamos de vuelta en otra fila, pero esta vez ya nadie cree que realmente vamos a viajar, todos tienen en los labios una sonrisita escéptica y cansada, que se parece a una muda maldición. Pero sabemos que, en el fondo de su alma,  los viajeros son buenos, y aunque reciban los golpes más duros, acaban aceptando su sufrido destino. Los viajeros no se diferencian demasiado del resto de los mortales, que han venido a este mundo a penar.

De pronto la fila se estremece, hay un temblor que comienza en el mostrador y enseguida se va extendiendo  hasta llegar a nosotros, el bendito rumor dice que la magnánima azafata que nos conduce ha dicho la  palabra mágica: el embarque es inmediato. Nuestros corazones embriagados de júbilo comienzan a latir a un ritmo desconocido. Y casi sin darnos cuenta, empujados por la felicidad vamos sorteando controles policiales, aduanas y  barreras de seguridad. Cruzamos pasillos, escaleras mecánicas, cafeterías cerradas, y la puerta de embarque aparece ante nuestros ojos como la auténtica puerta del paraíso.

Los relojes dan las ocho de la mañana cuando nuestro Airbus comienza a corretear por la pista y el pasaje exclama un aplauso cerrado, no sé muy bien para quién es ese aplauso, quizá sea un aplauso para nosotros mismos, para nuestra paciencia, para nuestra heroica resistencia. Creo que debo ahorrarles las morosas doce horas de vuelo que vinieron después, y decirles que al llegar vimos desde el aire como vibraba intensamente la ciudad deseada, late que late.