Una creadora con los ojos abiertos

Sobre la vida y obra de Lourdes Ortiz

Ignacio Amestoy
Dramaturgo, profesor y periodista

Ignacio Amestoy. Foto: Sergio Enríquez Nistal.

Ignacio Amestoy. Foto: Sergio Enríquez Nistal.

Había terminado, después de cuatro años de trabajo, tal vez la obra literaria en la que ha dejado más huellas de sí misma, su gran novela Las manos de Velázquez. Y me comentó: “Los males de España comienzan con los Austrias; una época fascinante, con el Siglo de Oro por un lado y la Corte corrupta y la miseria por el otro”.

Lourdes Ortiz, historiadora, por encima de ser catedrática de Historia del Arte, y como tal una lúcida maestra, es una escrutadora del pasado que ha vivido esta España nuestra, de sus males y de sus bienes. Una historiadora que nunca ha dejado de implicarse en la contemporaneidad, pero sabiendo de dónde venimos e intuyendo hacia dónde podríamos ir.

Por eso, en el origen, Velázquez. Cuando ella esté en el Museo del Prado y con su docta palabra hable a los discípulos de El Cristo del sevillano, diciendo que es uno de los desnudos más hermosos del arte en una España en la que no se podían pintar desnudos, podremos afirmar que vemos a Lourdes Ortiz en su paraíso particular, rodeada de arte y haciendo arte con su palabra.

Porque Lourdes siempre ha querido hacer arte en su vida y de su obra. Cuando se casó a los 19 años, cuando entró en el PCE por aquellas calendas, cuando los tanques entran en Praga y se sale del Partido y se suma al Mayo francés, cuando es profesora de la Facultad de Ciencias de la Información, cuando en el 89 tarda lo que un embarazo en pasar por IU por los dogmatismos, cuando es miembro del Consejo de Redacción de aquel “Diario” 16 de la libertad sin ira, cuando sin dejar su muy reconocida novelística penetra en el universo de las dramaturgias para dejar atrás tabúes y censuras, cuando en esas aventuras escénicas sienta cátedra en la Real Escuela Superior de Arte Dramático que dirigió con inteligencia y con amor… En toda circunstancia, siempre navegando en esas utopías que se ven como posibles, y que, además, lo son.

En Las manos de Velázquez me fascina su dedicatoria: “A todos mis alumnos de la RESAD, con los que durante tantos años aprendí a mirar y amar la pintura”. Y también: “A mi hijo Jaime Munarriz, que con su inteligencia, su capacidad creadora y su insaciable curiosidad me enseñó y me enseña que el Arte es algo vivo y siempre cambiante, sin que por ello pierda nunca su potencial de eternidad”. Desde su admirable modestia, Lourdes Ortiz se nos retrata cumplidamente. Con Jaime dice que aprendió que el Arte es algo vivo y con sus alumnos que aprendió a mirar. Profunda humildad. Su propia vida es Arte y su mirada…, sus ojos siempre han estados abiertos. Abiertos para ver el arte y para ver, generosa y abnegadamente, al otro.

Es lo que ha reflejado en su arte y en su vida. En su arte dramático –¡tan excepcional!–, personajes dramáticos, en una reivindicación valiente de la tragedia, como Yudita, Pentesilea o el Rey Loco, están entre lo más memorable de nuestro arte escénico; en su vida solidaria, con los ojos abiertos, sin legañas ni perezas, siempre dispuesta al compromiso, sin dogmas, en la escritura, en la docencia o en la gestión, en aras de una realidad española lastrada desde aquellos tiempos de los Austrias…

Sin duda, entre las personas que en la larga transición del franquismo a la democracia de este país, que parece no acabar nunca, en el ámbitos de la Cultura en general y de las Artes en particular, Lourdes Ortiz es un referente ineludible y ejemplar. Un faro emitiendo incansable su luz.