Ha pasado mucho tiempo desde que Juan Pedro Aparicio daba a conocer sus postulados estéticos y realizaba nuevos aportes a las letras hispánicas junto a sus colegas José María Merino y Luis Mateo Díez, dentro del llamado “grupo leonés”.
En la voz de Sabino Ordás, el apócrifo a través del cual el grupo se expresaba, declaraban una búsqueda del propio tono, volviendo la mirada hacia los orígenes de la expresión y, si bien, reivindicaron el gusto por contar, ponían el acento en transmitir “algo” por medio de la palabra; en la función iluminadora que debe cumplir la literatura; en el poder connotativo de la palabra como productora de sentido más allá de la literalidad.
Pero, ya fuera del grupo, y afirmado en una estética personal y propia, las producciones y el pensamiento de Aparicio han evolucionado notablemente. El espectro es muy amplio en referencia a los temas que trata y a los géneros que ha cultivado: el policial, el fantástico, el realista, y más allá de la ficción; el ensayo y el artículo periodístico. A través de estos últimos nos ha llegado importante información sobre su pensamiento, su poética y sus intereses. Su primer libro publicado fue El origen del mono y otros relatos (1975). Casi toda la cuentística del primer período se encuentra reunida en esta obra a la que catorce años más tarde revisará y modificará en parte. Pero lo que él mismo reconoce como el cuento que inauguró su oficio de escritor será El gran Buitrago, escrito en León antes de su ingreso a la universidad.
Ya desde sus primeras producciones, se involucra con algunos temas sobre los cuales va a seguir reflexionando a lo largo de toda su carrera: el abuso de poder, la violencia, las injusticias; todo ello sintetizado en la figura del dictador, que de una u otra manera, aparece con frecuencia como una presencia fuerte en sus relatos, llegando a su máxima expresión de crítica al totalitarismo en Lo que es del César (1981). Ha cultivado también otras líneas narrativas, demostrando una gran versatilidad creativa. En el relato policial, como por ejemplo, Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca (1996) y, cinco años más tarde, La gran bruma, el autor manipula las reglas del género, incluyendo rasgos humorísticos y paródicos o distorsionadores de la realidad. Ha indagado también con éxito en el género fantástico en El viajero de Leicester (1998), pero también en este caso, imprimiéndole un sello propio que incluye la especulación filosófica. En esta novela, Aparicio lleva al extremo la reflexión sobre la vida y la muerte, sobre las dudas existenciales, sobre la imposibilidad del amor, etc. con un manejo magistral en la creación de climas y en la correspondencia entre lo real y lo sobrenatural. Por estas y otras razones podemos decir que más allá de escribir ateniéndose a los postulados de la estética leonesa en general, su obra alcanza, en particular, una enorme complejidad y originalidad, un ejemplo de ello es la forma en que manipula a sus propios personajes transponiéndolos de una novela a otra, como es el caso del comisario Malo, que es presentado en Retratos de Ambigú (1988) y también protagoniza dos novelas policiales escritas por el mismo autor; otros como Vidal y Orencio Mosácula (Retratos de Ambigú y La forma de la noche (1994)) reaparecen en El viajero de Leicester o los patéticos tiranuelos de provincia que emulan al verdadero y cruel tirano, retratados con increíble rigor en muchos de sus relatos.
Más allá de los géneros, espacios o tiempos que transiten los personajes, éstos y otras marcas textuales que se repiten en muchas de sus obras, han contribuido a dar unidad a casi toda la producción del escritor leonés.
Pero Aparicio nunca deja de sorprender a sus lectores. En sus Asuntos de amor (2010) puede transitar el extraño universo del realismo mágico en La miel de Oxaca; regresar al puro realismo que refiere con admirable precisión los temores adolescentes en Miedo al lobo; ingresar a un desesperante juego de desencuentros en Amor platónico, o describir con exquisita sensibilidad y buen gusto, la belleza de una piel “como el reflejo de una joya” en Las tres hermanas, y logra resolver con igual maestría, tanto una historia narrada en doscientas páginas, cuanto un microrrelato de dos líneas, dotando a las palabras, en uno u otro caso, de diferente valoración semántica en función de los intereses o valores que se ponen en juego, siempre en consonancia con el sentido y el mensaje de cada una de sus creaciones, con la intención de criticar, cuestionar e indagar más allá de la realidad misma como una forma de conocimiento más perfecta que la inmediata, pero también con la finalidad de sacudir al lector y de moverlo a reflexión sobre el mundo y sobre sí mismo.