A Juan Aparicio
Fue en los años felices de la Transición cuando yo recordaba haber visto a menudo aquel anuncio:
COMPRO ALMAS. PAGO AL CONTADO. CONDICIONES A CONVENIR
Entonces no me pareció de ningún interés. Era sólo, quizá, una broma graciosa, o acaso un reclamo publicitario en clave, de intenciones oscuras.
Ahora, el anuncio había desaparecido; pero, cuando las cosas me fueron tan mal en la vida que mi nombre se convirtió ya casi en uno de los sinónimos de la nada, un conocido moralista de El Pensamiento Cantábrico aludió cierto día a aquel comprador de almas como a alguien que, ya sin publicidad, mantenía su infame negocio ante nuestra narices, en los términos más fructíferos.
Fui a visitarlo una mañana de sol fláccido con la barba afeitada y unas gafas oscuras que conservaba de mis años de rosas. Era un hombre con aire de poder conseguir cualquier cosa excepto dinero, y eso me resultó esperanzador en cuanto me recibió tras su mesa repleta de infolios y originales.
— Vengo por lo del pacto –le dije.
— ¿Qué pacto?
— El del alma, ¿no compraba usted almas?
— Ya sabe usted cómo están los tiempos –y me hizo un mohín de saturación.
— O sea, que tampoco usted me puede ofrecer ya ni un minuto de gloria a cambio de…
— No es cuestión de poder, es que, con la que está cayendo, ¿de qué me sirven ya a mí las almas?
— Creí que le seguía interesando quedarse con ellas para siempre, cuantas más mejor, ¿o es que ya no es así?
— Si le sirve de consuelo, yo diría que jamás fue así.
— O sea, que no me ofrece nada por ella, ¿ni siquiera una reseña diminuta en Babelia?
— Yo no puedo hacer el milagro de la multiplicación de las babelias, créame.
— Entonces, ni aunque le regale el alma me la aceptaría –sonreí con amargura.
— Ya sé, señor escritor, que es peor la nada que el infierno, incluso si a este se va de balde, pero no puedo hacer nada por usted, se lo aseguro.
Y me fui atónito y desolado, porque en estos calamitosos tiempos hasta el Diablo se ha vuelto de lo más previsible.