Como tantos otros autores de su generación, Juan Pedro Aparicio se inició en la escritura cultivando el cuento. La vida en blanco (Menoscuarto, Palencia, 2005) es el segundo y hasta ahora último de los libros dedicados por su autor al género, tras El origen del mono y otros relatos (Akal, Madrid, 1975), reeditado como Cuentos del origen del mono (Destino, Barcelona, 1989). Alrededor de esa fecha emblemática de 1975 publican también libros de narraciones autores tan distintos, en edad y concepción estética, como puedan ser Vicente Soto (Casi cuentos de Londres, 1973; y Cuentos del tiempo de nunca acabar, 1977), Gonzalo Fortea (Corazón frío, 1974), Antonio Pereira (El ingeniero Balboa y otras historias civiles, 1976) y Álvaro Pombo (Relatos sobre la falta de sustancia, 1977). Y junto a ellos, aparecen dos antologías notables: las de Gonzalo Sobejano y Gary D. Keller (Cuentos españoles concertados. De Clarín a Benet, 1975), aunque esta apenas se difundió en España, y la tercera edición renovada de la de Francisco García Pavón (Antología de cuentistas españoles contemporáneos, 1976)1. Pero volviendo a nuestra obra, hay que decir que La vida en blanco ha sido un libro afortunado, pues un jurado formado por los escritores Luis Mateo Díez y Manuel Moyano, junto con los profesores Santos Sanz Villanueva y Manuel Martínez Arnaldos, le concedió el Premio Setenil al mejor libro de narraciones breves del año. Comentario aparte merecen, en cambio, sus libros de microrrelatos, en los que no puedo detenerme en esta ocasión.
En el prólogo que el autor le puso al libro, titulado “Regreso al cuento”, nos recuerda el origen de las narraciones. Así, anuncia que “acaso el título (…) tenga más que ver con la vida de su autor o con lo que el autor siente que es la vida, que con su discurrir argumental; a despecho de que una buena mayoría de sus protagonistas se esfuerce por rellenar esa página en blanco”, como hace el personaje del cuento que le proporciona título al conjunto (p. 7). El volumen aparece dedicado “A Sabino Ordás, el maestro y el amigo”, aunque me parece que alargando artificialmente la vida de un falso que ya había desvelado Asunción Castro Díez en su pormenorizado estudio2.
Está compuesto por dieciséis piezas: catorce cuentos de dimensiones diversas y dos microrrelatos. Y aunque la tercera parte sea inédita, la mayoría fue publicada en diarios o revistas (ABC, El País o Blanco y Negro) y antologías de ocasión; un par apareció como artículos (“La vida en blanco” y “El gol de Castañeda”); otra pieza llegó a concursar a un premio, y una padeció incluso la censura para luego ser recortada y aparecer en Diario 16. Por último, casi todas tienen el marchamo propio del encargo.
Todo ello abarca un periodo de cuatro décadas, puesto que la narración más antigua data de los años sesenta. E incluso “El humanista” y “El gol de Castañeda” los encontramos recogidos en su libro de 1975 y en el volumen de artículos ¡Ah de la vida! (Mondadori, Madrid, 1991), respectivamente, aunque ahora se nos dan con “leves modificaciones”, o “reescritos para la ocasión”, como ocurre también con otras piezas. Casi todos estos datos aparecen en el prólogo y son buena prueba de los curiosos avatares que padeció el género en los últimos años del franquismo y en los primeros tiempos de la transición.
Aparicio ha estado presente en algunas de las antologías del cuento de estas últimas décadas, como son las de José María Merino, José Luis Puerto y la mía, pero también en otras aparecidas en Alemania, Hungría, China y Brasil, de las que no dispongo de datos concretos3.
El libro se presenta dividido en tres partes, compuestas por 5, 6 y 5 piezas respectivamente, aunque en la última se recojan los cuentos más breves, incluidos ambos microrrelatos. Según confiesa el autor, la estructura del conjunto “no pretende otra cosa que avenir el tono, esa entelequia, tan evanescente como real (….), evitando en lo posible las transiciones bruscas de un cuento a otro” (p. 10). Es un libro organizado, por tanto, a través de la mera acumulación de textos, procedimiento habitual en el género, si bien las diversas partes pretenden ofrecer cierta sensación de unidad. En ellos hallamos diversos registros, e incluso puede apreciarse la evolución de su prosa narrativa a lo largo de esa década, la depuración de su estilo, aunque por encima de esa variedad se impongan siempre las maneras singulares del autor. Son narraciones, en esencia, realistas, si bien Aparicio afirma no haber renunciado a lo fantástico maravilloso, como ocurre, por ejemplo, en “Cigüeñas en la catedral”. Además, “Jaque mate” es un cuento de misterio y “Miedo al lobo” tiene su origen en la tradición de los viejos relatos orales.
Según apuntaba, tanto “La vida en blanco” como “El gol de Castañeda” fueron publicados primero en forma de artículos, lo que demuestra una vez más lo difusas que pueden llegar a ser las fronteras entre géneros, aunque en el caso de los artículos la voz que relata sea la del mismo Aparicio, mientras que en los cuentos, las certezas disminuyan y solo podamos hablar de un narrador que comparte rasgos con el autor, sin mayor precisión. En el texto con el que arranca el libro, un innominado novelista recuerda la asombrosa historia de Sergio Blanco Blanco, una especie de Blanco White quijotesco de la segunda mitad del siglo XX, que empezó teniendo de ídolo a Orson Welles y acabó como corresponsal de guerra, asemejándose en su aspecto a Woody Allen, aunque siempre con la misma escasa fortuna. El relato parte del motivo clásico de la vida como un libro en el que podemos escribir nuestras vivencias, en este caso las de un hombre emprendedor aunque poco realista, que pierde una herencia tras empeñarse en ser editor, dejando en el camino a varios afectados, unos con sus razones y otros con meras mezquindades. De lo que no nos cabe duda es de que Blanco Blanco fue mucho más ambicioso y apasionado que aquellos con quienes se codeó, ya fueran estos escritores a los que les pagó un anticipo, ya sus colaboradores más directos. El caso es que, tras desaparecer por un tiempo, un día el narrador lo reconoce en la televisión, emboscado entre los corresponsales de guerra en Irak. Lo paradójico es que, tras el desenlace de esta nueva y curiosa versión del cuento de la lechera, no podemos seguir afirmando que su vida se quedara precisamente en blanco, pues Sergio continuará siempre en la lucha, sin dejar de ser nunca desmesurado en sus propósitos. Al cambiar de género, Aparicio le añade al texto un nuevo título (el primitivo era “Corresponsal en Bagdad”), proporcionándole otro más adecuado para su nuevo estatuto de ficción.
“El gol de Castañeda”, junto con el anterior cuento, se halla relatado por un narrador testigo, quien nos cuenta cómo un futbolista modesto sacrifica su honor para evitarles mayores penas a sus rivales y amigos. A modo de trasfondo de la historia aparece la guerra civil, el dolor de los perdedores. En este caso, la paradoja estriba en que lo que la mayoría ve como el acto de un bribón, meter un autogol en un partido de fútbol, acaba recibiéndolo el lector como un acto de generosidad. Aunque lo que no llegamos a saber, a ciencia cierta, es si estos dos textos fueron concebidos en calidad de relatos y publicados como artículos, porque así se lo solicitaron al autor; o bien a posteriori observó Aparicio el alto componente de ficción que poseían sus artículos y decidió incluirlos en un libro de cuentos.
Otros tres textos del libro tienen que ver con los movimientos antifranquistas a mediados de los sesenta, durante los años de juventud del autor. Me refiero a “Santa Bárbara Bendita”, “Cigüeñas en la catedral” y “El pozo”. En el primero, incluido en mi antología de 1993, ya citada, un par de estudiantes universitarios confunden sus ilusiones con la realidad, los supuestos cantos revolucionarios de un imaginado camión cargado de mineros que se encaminan al trabajo, con la algarabía que provoca el lechero y las canciones que entona de madrugada4. El segundo es un cuento fantástico que arranca con el recuerdo de dos hechos extraordinarios, premonitorios de lo que se nos va a contar. Podría decirse que, en cierta forma, es la historia de una venganza, y que en él se contrapone la construcción del embalse de Riaño con la consiguiente anegación de los pueblos cercanos y la levitación de la catedral de León, aupada por miles de cigüeñas que han huido de los parajes soterrados por las aguas. El cuento concluye con el anuncio de otra posible ascensión, mediante el mismo procedimiento: la de la Basílica de San Isidoro. En este caso no es un pueblo lo que se mueve, como ocurre en La saga/fuga de J.B. con Castroforte del Baralla, ni siquiera las calles de una ciudad, según puede verse en la Wrandenburgo de Andrés Neuman, en su novela El viajero del siglo, sino un monumento emblemático de la ciudad de León. En “El pozo”, en cambio, el cual arranca con la evocación de los años de juventud antifranquista, se cuentan los diversos avatares de una obsesión amorosa, la que siente el apocado narrador por Elisa, chica bien de la ciudad e hija de un arquitecto, quien acaba trasladándose a los Estados Unidos, divorciada y visitando al siquiatra. El caso es que, por distintas razones, él procede de una familia modesta, ninguno de los dos protagonistas logra salir de ese pozo que puede llegar a ser la provincia, como se afirma en el texto (p. 58), pues ni él consigue librarse de la fascinación que siempre sintió por Berta; ni ella llega a ser feliz, pues acaba convirtiéndose en otra yanqui provinciana, según la mirada distante y más objetiva que exhibe un amigo americano del narrador ajeno a los hechos.
La segunda parte del libro se inicia con “La gata”, relato de misterio que no llega a resolverse y en el que el narrador -una vez más, un escritor- evoca la historia de Berta, de quien siempre conservó la primera imagen que tuvo de ella, recién instalada en el vecindario, frente a la puerta de su casa, vestida solo con un bikini rojo. Pero Berta será encontrada luego desnuda y muerta por asfixia en un apartamento alquilado en el barrio de Salamanca, junto a José Luis Picazo. Lo sorprendente del caso es que ambos estaban casados y sus respectivas familias compartían urbanización al estilo americano, un clásico no lugar cerrado. Así las cosas, tanto los personajes como el comisario de policía intentan dilucidar, una vez que el suceso se ha convertido en caso, si se trató de un adulterio (se sabe que ese día, al menos, no consumaron la relación), lo que a sus amigos les resulta incomprensible, dada la catadura de Picazo; o de un crimen; o simplemente de la venganza de una esposa harta del fulgurante ascenso social de Antonio Jordán, su marido, de sus turbios negocios, vinculados probablemente al tráfico de drogas, “una fuente de ingresos oculta” (p. 72); sin descartar tampoco otras posibles hipótesis que van lanzando los distintos personajes, con más o menos fundamento. De todos ellos, quizás el más singular sea el inspector ¿Malo?, quien confía en la ayuda del escritor, en su imaginación, para resolver el caso. Y a pesar de que, en efecto, la policía lo cierra pronto, determinando que ambos han muerto por asfixia, sin síntomas de violencia (p. 68), nadie se queda satisfecho y no cesan los dimes y diretes en torno a tan morboso asunto.
En el desenlace, por tanto, resulta tan curioso que Alicia, la viuda, herede y salga bien parada; o que Antonio, el esposo rico, seis años después del extraño suceso, aparezca convertido en un tipo desaliñado, obsesionado por la traición de su esposa; como que sigan las especulaciones sobre Berta y su condición de mujer solitaria, indiferente y malgastadora, en torno a su vida de gata y, en suma, su degradación. Al fin y a la postre, más allá del final abierto y enigmático, lo más probable es que fuera el azar la causa de la muerte, pero que ese “galanteador empedernido” que era Picazo se vengara de Antonio, su jefe, tras despedirlo del trabajo, o no admitiéndolo cuando pudo haberlo hecho, conquistando a su mujer; mientras que ella a su vez le pasaba cuentas al marido por sus tejemanejes en los negocios, anticipándose a futuras infidelidades. A este respecto aparece en el cuento un curioso comentario sobre los llamados “chicos de las tres ces”, aquellos que “cambiaron de coche, de casa y de compañera”, tras el relevo en el gobierno. La acción transcurre entre 1991 y 1997, durante los años de esplendor y caída del ciclista Miguel Yndurain (p. 83).
El cuento, en suma, deja varios enigmas sin resolver, pues si puede entenderse el móvil de Picazo, nadie comprende el de Berta, cuyo retrato traza el narrador testigo (pp. 78-80). ¿Por qué Berta se acostaba con Picazo, teniendo en cuenta cómo eran ambos? ¿Murieron por azar o fueron asesinados? De ser cierta la segunda hipótesis, ¿fueron sus cónyuges los asesinos, o la muerte fue producto de una venganza tras los turbios negocios de Antonio? Y todavía, ¿cómo pagaba Picazo el caro apartamento si estaba en el paro; acaso con el dinero que había heredado Alicia, su mujer, o mediante otro que hubiera adquirido de manera dudosa? En suma, lo interesante del relato estriba en las posibilidades que nos abre, esto es, en las diversas expectativas que despierta en el lector.
En “Miedo al lobo” un hombre evoca los cuentos que su padre le contaba cuando era niño y, paralelamente, el ultraje que supuso para él que una chica de su edad, Ramona, lo viera desnudo mientras se bañaba: “ella mirando sin ningún recato, yo mirándola a ella, avergonzado y arrobado” (p. 89). Así, Aparicio parte de un cuento tradicional –lo ha observado José María Pozuelo Yvancos- para mostrarnos los recelos e inquietudes que genera en un niño la mirada sorprendida, pero también cargada de erotismo de esa mujer que empieza a surgir en la niña que todavía es Ramona, mientras que el protagonista no parece haber alcanzado el mismo grado de madurez5. Más sugestivo resulta “Amor platónico”, relato que puede leerse como una curiosa variante de los triángulos amorosos. En este caso, formado por dos hombres (Jacinto e Inchausti), socios en un taller de fontanería, y una mujer, “amor imposible y secreto” del primero (p. 102). La trama concluye con un crimen pasional producto de un cierto malentendido. Para contar la historia, que aparece dividida en tres partes, el autor se vale del estilo indirecto libre. La primera aparece relatada desde la perspectiva del zafio Inchausti, “un donjuán de barrio”; la segunda, desde el punto de vista de la mujer; mientras que en la última se nos muestra la visión de Jacinto, autor del crimen. El caso es que Jacinto y la mujer, se nos dice de ella que “la soledad dolía” (p. 100), parecen amarse en secreto, sin que ninguno se decida a tomar la iniciativa, hasta que se interpone Inchausti y surge el drama, tras descubrirlos besándose en el dormitorio de ella. La mujer lo rechaza, pero sintiéndose atrapada lo conduce a la cama, junto a la ventana, con la esperanza de que alguien, quizás el mismo Jacinto, pueda verlos y acuda en su ayuda. Y así ocurre, en efecto, pero Jacinto no entiende lo que realmente está ocurriendo. “Juicio Final”, título irónico, es la historia de cómo “el taimado Paila” consigue salvarse, tras su fallecimiento, de ser condenado al infierno por los contertulios de una casa regional6. Así, después del relato de diversas anécdotas que dejan a su protagonista en bastante mal lugar, la intervención del bondadoso José Antonio, junto con las dudas razonables que les expone sobre cómo Paila lo ayudó, aunque sin ser consciente de un acoso sexual, y la generosidad del resto de los contertulios terminan salvándolo. Este cuento, al igual que otros del volumen, se vale también de ritos de paso infantiles (en esta ocasión, el matonismo juvenil y la fascinación de los chicos por los tebeos) y de diversas anécdotas para construir la narración. “Relato de estación” viene a ser la traslación de una narración oral, construyéndose como una variante del cruce de dos motivos literarios: el de la media naranja, y aquel otro, más cinematográfico que literario, en que alguien observa fugazmente un suceso sorprendente cuando dos trenes se cruzan en direcciones opuestas, cuyo ejemplo más paradigmático quizá sea el de la escena en donde se comete un crimen en el momento que el tren se cruza con el nuestro. Pero en esta ocasión no se trata de un crimen, sino de que un hombre y una mujer intercambian miradas al coincidir, aunque en dirección opuesta, los respectivos trenes en que viajan, por lo que él decide ir en su busca. Y aunque no consigue dar con ella, la novedad en el tratamiento del motivo estriba en que conoce a otros seres como él que han emprendido una búsqueda semejante. Quizá porque todos -de una manera u otra – nos pasamos la vida buscando.
Con “Malo en el Bernabeu”, la narración más extensa del conjunto, publicada en una antología del 2002 (VV.AA., El siglo blanco, Planeta, Barcelona), se cierra la segunda parte. Aquí, Aparicio recurre a Malo, su detective, para resolver un atentado terrorista7. También en esta ocasión, el autor le proporciona a la historia un tratamiento atípico, pues los conflictos del inspector no se producen con Camino, su exmujer, sino con su hijo Zalín, de casi 10 años y bastante latoso, quien se halla fascinado tanto por Florentino Pérez como por los ultrasur, y con el comisario Chapapietra, su superior, que en un momento dado comenta: “Ese hombre mío. Es díscolo y jodido como él solo” (p. 144). Así, mientras Malo hace de padre, llevando a su hijo a ver la final de la Copa del Rey en el Bernabeu, se topa con el terrorista de Al Qaeda, quien pretende poner una bomba en el estadio y acabar con Su Majestad o con Zidane, el “mejor jugador del mundo” (no debe olvidarse que Juan Pedro Aparicio es un ferviente seguidor madridista), para llamar la atención del planeta sobre su causa. Lo significativo, al respecto, es el papel que desempeña el azar en el desenmascaramiento del culpable y en la desactivación del ¡balón bomba!
De las cinco narraciones que componen la tercera parte del libro, destacaría los dos microrrelatos, “Tener razón” y “Dimisión”, con los que se inicia y concluye. En el primero, un hombre es ejecutado simplemente por tener razón, aunque gran parte de la historia la protagonizan los actores de esta representación: el alguacil que lee la sentencia, el verdugo, el reo, los guardias y el gentío que acude a presenciarla. En “Dimensión”, a lo largo de sólo cuatro líneas, se nos cuenta que el día que el último creyente dejó de creer Dios, éste, decepcionado, desapareció para siempre, como si nunca hubiera existido. Los tres cuentos restantes, los más antiguos del conjunto, me parecen menos logrados: “Jaque mate” resulta demasiado retórico, quizá sea la narración que haya envejecido peor; mientra que aquello que más me interesa de “El humanista” es lo que pudiera tener de parodia sobre la importancia que se le concede a las últimas palabras de un individuo momentos antes de morir; y de “Sefanías `el tinajero´”, el humor que exhibe en la relectura de un episodio bíblico, como es el nacimiento de Jesús en el pesebre.
En suma, se trata de cuentos realistas, distorsionados por la ironía, el humor e incluso, a veces, el sarcasmo, con alguna deriva hacia lo fantástico o misterioso, sin que por ello creamos en la existencia de lo que viene denominándose tradición galaica del noroeste. En ellos se vale de la retórica de diversos subgéneros establecidos. Varios se ocupan de la infancia y otros tantos de las relaciones sentimentales, pero lo que me resulta más significativo es el tratamiento atípico que suele emplear para componer sus historias, a partir de motivos literarios preestablecidos. Aparicio recurre, una vez más, a ese territorio suyo llamado Lot, trasunto del León natal, y a algunos de sus personajes habituales, como el comisario Malo. Santos Sanz Villanueva ha señalado que en el libro se produce una cierta tensión entre lo real, lo imaginario y lo alegórico, entre la memoria y la fabulación, de lo que podrían ser buena prueba, aunque no la única, los textos que primero aparecieron como artículos y luego fueron presentados como cuentos8. Casi todos los relatos están escritos en primera persona, algunos por un narrador testigo, y en varios se trata de un escritor cuyas circunstancias vitales más o menos disimuladas se corresponden con las del autor.
No quiero concluir sin apuntar que en este libro se recogen al menos un par de cuentos, “Cigüeñas en la catedral” y “La gata”, que podrían perfectamente formar parte de las antologías más exigentes del género en España durante las últimas décadas, lo que dice mucho de su valor.