“La literatura cuántica de Juan Pedro Aparicio

Irene Andrés-Suárez
Universidad de Neuchâtel

Pese a que su indagación en los más diversos moldes narrativos -la novela1, el cuento2, el libro de viajes3– se remonta a los orígenes de su producción, su interés por el cuento brevísimo es reciente, como él mismo declara en el prólogo de La mitad del diablo (2006)4, primer libro suyo compuesto exclusivamente de microtextos, y digo microtextos porque no todos los que lo integran responden a las exigencias del microrrelato:

Cuando publiqué mi primer libro, El origen del mono, descarté algunos cuentos por su brevedad y conservé el titulado “El presentimiento”,5 que tenía menos de cien palabras. Hoy, a más de treinta años de haberlo escrito, lo he visto traducido en periódicos de Asia y América y publicado en lugares casi impensables. Está claro, pues, que no supe prestar la atención debida al formato y que sólo su popularidad reciente me ha movido a acercarme a él con renovado interés, al tiempo que me suscitaba alguna reflexión. Y he de aceptar que se trata de una forma singular de lo literario gobernada de modo muy principal por dos polos: la elipsis y la invención, en la que el humor suele estar muy presente6.

Seis de los que conforman este libro (“El arreglo, “El presentimiento”, “El azar”, “Las minutas”, “La partida” y “Rememoración final”) habían visto la luz precedentemente en la revista Quimera7y fueron recogidos el mismo año, con una poética a cargo del escritor, en la antología de Neus Rotger y Fernando Valls8. Además, encontramos relatos suyos en la revista Fabula9 y en el libro colectivo Palabras en la nieve (un Filandón)10, que reúne cuentos hiperbreves de J. P. Aparicio, L. M. Díez y J. Mª Merino. Con todo, los títulos de nobleza en este género literario los alcanzaría Aparicio con La mitad del diablo, ya mencionado, y El juego del diábolo11, publicado dos años después, libros que constituyen un díptico, un diábolo12 y son complementarios, según ha explicado el propio escritor:

 Aquél correspondería a la mitad izquierda, éste, a la mitad derecha. Aquél iba de más a menos (…); mientras que éste va de menos a más.13

El primero de ellos posee una estructura menguante14, al igual que Los tigres albinos. Un libro menguante (2000), de Hipólito G. Navarro, o Cuentos del lejano oeste (2003), de Luciano G. Egido, y consta de 136 microtextos,15 cuya extensión disminuye progresivamente a medida que crece la numeración del volumen, desde las treinta y nueve líneas del primero  hasta el último titulado “Luis XIV”, que consta de una sola palabra: “Yo”. La explicación de esta ordenación un tanto particular, aunque frecuente en los cultivadores actuales del género16, nos la proporciona el mismo escritor en el prólogo del segundo volumen El juego del diábolo, compuesto a su vez de 140 textos muy cortos, dispuestos ahora en orden creciente, de menor a mayor extensión.

Si tenemos en cuenta que Aparicio se había propuesto escribir 333 microrrelatos17, es decir, la mitad de 666, cifra que simboliza el Maligno, y que ese proyecto llega a convertirse en la obsesión de un personaje-escritor que protagoniza varios relatos metaliterarios del segundo libro, podemos imaginar que el proyecto sigue en marcha, pues hasta el presente sólo han visto la luz 276.

En cualquier caso, él afirma haber escrito los relatos del primer volumen con una ambición unitaria inspirándose en los Ejercicios de estilo que Raymond Queneau escribió para el OuLiPo (Taller de Literatura Potencial); sin embargo, el autor español no cuenta una misma historia de varias maneras, como el francés, sino que explora multitud de temas buscando un camino hacia la síntesis e indagando en el sentido último de la realidad. En sus libros confluyen microtextos narrativos (microrrelatos, fábulas, parábolas, anécdotas, escenas, casos) y no narrativos (microensayos, estampas), y, en ciertos casos, ni siquiera son relatos, sino meros chistes o juegos de ingenio, como se puede apreciar en el ejemplo que sigue:

Mirar a través del telescopio espacial Hubble es como viajar al pasado.

Hace unos días se pudo contemplar la explosión que dio origen al Universo. Era Dios que prendía una cerilla.

(“El Big Bang”, MD, p. 146)

En términos generales, tanto los asuntos desarrollados en estos dos libros como ciertas técnicas son perceptibles ya en sus obras anteriores -la crítica se ha encargado de resaltar esa red de vasos comunicantes que se establece entre sus novelas y sus cuentos18-, y el mismo motivo vuelve una y otra vez adoptando formas y resoluciones diferentes, a la manera de “variaciones”. Sin embargo, no siempre es fácil percibir estos núcleos de sentido porque no aparecen agrupados, sino que se suceden y alternan sin aparente orden. Pero ¿cuáles son esos ejes temáticos que, como los cangilones de una noria, giran sin cesar imprimiendo al libro una segunda estructura circular de eterno retorno? Esencialmente cinco: 1) las fuerzas del mal, cuyos ropajes y disfraces son múltiples; 2) la Iglesia y el clero; 3) la denuncia política y social, operada mediante la distorsión y el humor corrosivo, cáustico, que desemboca a menudo en la burla esperpéntica; 4) la intertextualidad temática y formal y 5) el mundo de la literatura y de los escritores. Veamos algunos ejemplos.

1) Las fuerzas maléficas están representadas básicamente por la figura del diablo, protagonista de numerosas piezas, que reviste múltiples caras (“Satán”, “Luzbel”, “Celibato”, ”El primer Constitucionalista”, “La sed del diablo”, MD), o por el tribunal de la Inquisición (“Después”, “Más”, “Un presidente virtuoso”, “La lógica”, MD), aunque  también se dan otras formas de violencia: la guerra (“La toma de la colina”, “Alejarse de la muerte”, “La casamata”, MD), la represión, la traición y la tortura (“Estar vivos”, MD), el asesinato (“Asesinatos”, MD), el odio entre hermanos (representado por el binomio Caín / Abel), la intolerancia y el totalitarismo ( “El poder” o “La medida del poder”, MD), etc.

Si algo queda claro es que la ambición desmedida de poder y el instinto de dominación del otro desembocan ineluctablemente en la destrucción, en la muerte violenta (“El grito” y “La lima”, “Volver atrás”, “Un presidente virtuoso”, “La redención”, MD), trivializada en la sociedad actual. “Mi mundo literario –dice Aparicio- gira en torno a la  relación de los humanos, a la entrega de las voluntades, esa violencia soterrada que existe en todas las relaciones”19, y que en La mitad del diablo se da particularmente concentrada.

2) Otro blanco predilecto de la sátira es la Iglesia católica, el clero y el tribunal de la Inquisición. La primera está vista como una institución totalitaria, represiva y retrógrada y sus ministros como unos seres con estrechez de miras, corruptos, intolerantes, amantes de la magnificencia y el boato (“Misión en el Monte Carmelo”, “Recíproca admiración”, “El ojo de una aguja”, MD),  y proclives a la homosexualidad (“Celibato”, “Inocente”, MD) y a la lujuria (“En el confesionario”, MD). En “El topo blanco” (MD) se denuncia además la alianza de la Iglesia católica con el franquismo durante y después de la Guerra Civil. Pero tal vez los textos más satíricos sean los que ponen el énfasis en los atropellos e intransigencia de la Inquisición así como en sus métodos de tortura (“Estar vivos”, MD), el exhibicionismo de sus ejecuciones (“Después”; MD) y su irracionalidad (“Lógica”, MD).

Sea como sea, en el universo literario de Aparicio, ni el cielo ni el infierno se corresponden con las enseñanzas que nos han transmitido los ministros eclesiásticos, y las doctrinas cristianas son presentadas asimismo como una impostura porque en el reino celeste, los animales cohabitan con los humanos y prevalecen las jerarquías  (“El cielo”, MD),  las luchas entre Dios y sus ministros son constantes (“Dios”, MD) a causa del claro predominio de los ángeles perversos que allí moran (“Más”, MD), y el Hacedor, presentado como “el primer constitucionalista del universo”, tampoco se guía por la bondad y la misericordia, sino por el afán de castigar a los humanos y, además, parece haber perdido definitivamente la batalla contra el diablo, cuyo poder es ilimitado.

En definitiva, Aparicio no sólo nos enfrenta con unas doctrinas cristianas un tanto heterodoxas, sino que cuestiona incluso los fundamentos de la religión católica, es decir: la noción de la vida eterna (“Dudas eternas”, MD), el Paraíso, la institución eclesiástica y hasta la existencia de Dios. Y su actitud descreída, incluso nihilista, se acentúa mediante el recurso del humor bufonesco y distorsionador que elimina toda solemnidad a estos asuntos religiosos y filosóficos.

3) Por otra parte, abundan los relatos relacionados con los problemas políticos y sociales, algo muy comprensible en un escritor comprometido como Aparicio. Algunos de ellos se centran en nuestra historia reciente (la guerra civil, la posguerra y la dictadura) y otros remiten a fenómenos aún más actuales, como la especulación del suelo (“El precio de la vivienda”, JD), la mercantilización de la sociedad actual (“Consumidores de setas”, JD) o la actitud complaciente de muchos españoles, cuya única preocupación es medrar social y profesionalmente. Pese a todo, lo que domina en estos microrrelatos son los problemas y contradicciones que ensombrecen  a la sociedad  en general, entre otros muchos: la maldad, representada por los siete pecados capitales, la supremacía del más fuerte, la mentira que se cobija en actitudes hipócritas, los obstáculos para el amor, la infidelidad, la trivialización de la violencia y del sexo, el racismo, así como las múltiples decepciones que arrastra la existencia.

En líneas generales, tanto la denuncia política como social se operan mediante la distorsión y el humor transgresor, lúdico unas veces, cáustico otras, bajo el que subyace el testimonio de una crítica amarga de la sociedad y sus formas de vida así como las múltiples contradicciones del ser humano.

4) La intertextualidad, tanto temática como formal, es otro de los ejes vertebradores  de ambos libros. En relación con la primera, hay que destacar los textos que se apoyan en referencias históricas (“Luis XIV”, MD; “Dignidad” gira en torno al golpe fallido contra la joven democracia española en febrero de 1981, JD), o que reelaboran mitos bíblicos, como el de Adán y Eva (“La fuente de la muerte”, MD; “La tentación”, JD), la resurrección de Lázaro (“Nunca segundas partes fueron buenas”, MD), el hijo pródigo (“El hijo pródigo”, MD), o bien clásicos, como el de la vida concebida como un sueño (“El sueño”, MD) o como una partida de ajedrez entre unos dioses desalmados y caprichosos (“La partida”, MD). En algunos casos, el mito clásico sufre una actualización notable, como ocurre en el texto “La barca de Caronte” (JD), cuyo medio de locomoción para efectuar el viaje post-mortem es el avión.

Pero abundan igualmente los relatos que establecen una relación dialógica con la literatura universal. Así por ejemplo, “Polvo enamorado” (JD) remite a Quevedo; “Matar un vampiro” (JD) a Drácula”, de Bram StoKer; “El señor de las moscas” (MD) al libro homónimo de  William Golding y “El banquete” (JD) a Kafka.

En cuanto a la intertextualidad formal, es muy visible también la reelaboración -a veces con fines paródicos-, de ciertos moldes de la tradición canónica, como, por ejemplo, el cuento de hadas  (“…Y comieron muchas perdices”, o “El genio del cajero”, ambos de JD), el relato popular (“Real solidaridad” se inspira en el cuento de Andersen: “El traje nuevo del Emperador”, y “La noche” remite a la habilidad de Scherezade para posponer su muerte relatando historias, aunque en la versión de Aparicio, ésta no logra salvar su vida porque el rey, prevenido, evita escucharla poniéndose “unos tapones de cera en lo oídos”, ambos en JD).

Por otra parte, la estructura de “Ataque al corazón” (MD) y de “¿Menage a trois?” (MD) (sic), dos relatos centrados en la resolución de un enigma, se corresponde con la del género policíaco y, en otro registro, “Felicidad conyugal” (JD) sigue el esquema de los cuentos de Crímenes ejemplares, de Max Aub: “La quise porque me dio la gana; ella no me quiso por lo mismo. Fuimos un matrimonio muy feliz (JD).

Vemos, en suma, que tanto los motivos como los moldes genéricos pertenecientes a la tradición canónica son desautomatizados por J. P. Aparicio y sometidos a una reescritura novedosa con el fin de sorprender al lector y suscitar en él la  reflexión.

5) Pero tal vez el motivo mejor explotado en ambos libros sea el que aborda el mundo de la literatura y de los escritores que persiguen febrilmente la fama y la inmortalidad; a veces, su afán de reconocimiento es tan fuerte (“Los diarios de Ardón”, MD) que, en casos extremos, llegan a poner en escena su propia muerte con la esperanza de experimentar en vida las mieles del éxito póstumo (“El mejor”, MD), o a sellar un pacto con el diablo para convertirse en los mejores de todos los tiempos, aunque sus esfuerzos suelen resultar vanos porque éste termina burlándose de ellos; de hecho, sólo Valeriano Ardón (escritor apócrifo inventado por Merino, Díez y Aparicio) disfrutará de este anhelado galardón, gracias al concurso de un “supuesto nieto de su nieto” que, con la ayuda de “un  laboratorio experimental de física”, viaja al pasado y le comunica el entusiasmo suscitado por su obra en las nuevas generaciones. La mirada que se tiende sobre este gremio suele estar cargada de ironía y a veces  se transforma en clara sátira, como ocurre en “La ovación más grande”, en que se censura el comportamiento de ciertos escritores que se doblegan, por vanidad o por la fuerza de la costumbre, ante los políticos, periodistas, profesores o críticos, y ni siquiera cuando les llega la gloria se atreven a expresar lo que piensan. Para Nuria Mª Carrillo, Aparicio “desacraliza la figura del escritor y retrata con dureza las miserias del entorno literario”20.

Siguiendo la senda trazada por Cervantes en El Quijote, Aparicio establece, mediante un juego de espejos, un diálogo metaliterario entre los dos volúmenes (La mitad del diablo y El juego del diablo); no en balde, cuatro textos del segundo (“El atasco”, “Una pesadilla recurrente”, “Metaliteratura” y “Final”, JD) aluden al proceso de redacción del primero y a la angustia experimentada por el protagonista-escritor ante el reto de escribir los 333 relatos hiperbreves que se había propuesto, el cual no duda en recurrir a los servicios de un psiquiatra para que le interprete sus sueños y le proporcione la manera de vencer su bloqueo psicológico. Dicho especialista tal vez pueda verse como ese lector co-participativo que todo escritor anhela, dispuesto a entrar en el juego del proceso creativo y a llenar  los vacíos que impone la elipsis.

Hay que decir que estas cuestiones relacionadas con la literatura se combinan a menudo con el juego metaliterario y no es raro que deriven hacia el terreno de lo fantástico. Por ejemplo, en “El compromiso (MD), un escritor es seducido por uno de sus personajes femeninos, con el que mantiene relaciones sexuales durante varios meses y la interferencia entre la realidad y la ficción adopta formas conflictivas en “Tomar partido” (MD) o en “La sombra de la dicha” y “Apocamiento sincero” (ambos de JD). En el primer caso, los personajes de las novelas de un escritor irrumpen en el salón en el que éste pronuncia una conferencia y expulsan al “público burgués que le leía, le compraba y le agasajaba”; en el segundo, celosos de su  éxito, lo matan a puñetazos y, en el último,  es el autor quien deja de escribir por temor a la agresividad de uno de sus protagonistas.

En consecuencia, al disolver las fronteras entre dos órdenes de realidad considerados normalmente como incompatibles, se vulneran nuestros parámetros racionales de percepción y con ello nos adentramos en el territorio de lo fantástico, un territorio generalmente poco frecuentado por J. P. Aparicio, lo que parece constituir una prueba más de que el microrrelato y lo fantástico guardan una relación muy estrecha. De hecho, en estos dos libros se percibe claramente la reelaboración de otros tópicos de este género, como por ejemplo el del espejo (“Añicos, MD) o el del doble, relacionado a menudo en su obra con el de unas siamesas que materializan el cuestionamiento de la identidad del individuo, como se puede apreciar en “Separación definitiva”21, “Los dos caminantes”, “Separación” (MD), “Cumbre” y “La anomalía” (JD). Y otro tema fantástico profusamente representado es el de los objetos antropomorfizados con inteligencia y capacidad para vengarse de los humanos (“La venganza”, MD, “Estupor”, JD, “El misterio de Van Gogh”, JD) o el de los animales, dotados de mayor juicio y sensatez que los individuos (“Un caballo inteligente”, “El señor de las moscas”, ambos de MD).

Algunos microrrelatos tienen como asunto la conciencia post-mortem, protagonizados por individuos que tardan en comprender que ya no pertenecen al mundo de los vivos (“El condenado”, “El tránsito), lo que socava las fronteras entre la vida y la muerte. Y es precisamente, la presentación de lo extraordinario –la pervivencia de la conciencia más allá de la muerte- como normal y verosímil el tema del relato que se transcribe a continuación perteneciente al primer volumen:

EL GRITO

La joven duquesa de Montflorite se había preparado a conciencia para la guillotina. Le habían dicho que evitara mirar el entorno, el verdugo, la cuchilla. De camino al cadalso mantuvo los ojos cerrados. Y, mientras la multitud increpaba al carromato lleno de aristócratas, ella rezaba. Subió luego también a ciegas la escalinata de madera con la ayuda de un soldado. Y sólo abrió los ojos cuando, pasado el duro trance, se halló entre las paredes de una canasta sobre un montón de cabezas volteadas y sangrantes. Sintió más asco que horror y quiso gritar pero ya no le salió la voz.

En ocasiones, la conciencia post-mortem se da en combinación con la vulneración de las leyes físicas, como puede apreciarse en “El ahorcado que no se moría” (MD):

François Villon conoció a un ahorcado que no se moría. La soga hizo el efecto de ralentizar sus funciones vitales sin matarlo y, aunque despacio y muy bajito, podía hablar. Al cabo de unos años parecía un pedazo de cecina, pero todavía hablaba. Llegó a conocer a sus nietos y vio pasar bajo sus piernas el cadáver de quien le había condenado. Incluso asistió a su rehabilitación al demostrarse que él no había robado unos pollos de la cocina del señor. Pero, cuando quisieron descolgarle, se negó. “Ya me he acostumbrado a estar aquí –les dijo a sus familiares-. En todo caso me gustaría un sitio algo más alto, si tal cosa fuera posible”. Hablaron con el Obispo y lo colgaron de la campana más nueva y más grande de la catedral de A., ésa que tiene un tañer opaco y a la que se conoce indistintamente con el nombre de “la de los pollos”, “la del ahorcado” o “la del Obispo”.

Y otro buen ejemplo de la alteración de las coordenadas temporales es “Rememoriación final”, incluido en el primer volumen:

Supo de inmediato que el paracaídas no se abriría. Pero, debido a la mucha altura, todavía tardaría varios minutos en estrellarse contra el suelo. Era tan joven que tenía muy poco que rememorar de su vida pasada mientras se dolía por la pérdida de aquella otra que ya no iba a conocer. En su mente se produjo entonces una súbita aceleración. No tenía novia, pero conoció a una chica en la piscina y se casó con ella.

Tuvieron dos hijos. El mayor se hizo militar como él. El menor, cosa sorprendente, guionista de televisión; y no le fue mal. Sus nietos, sólo dos, se llamaron Daniel y Adela, nombres que no tenían tradición en su familia. Sólo sentía la pena de no vivir lo suficiente como para asistir a la boda de su nieta, aunque, por viejo, se había acostumbrado a la muerte como a un animal de compañía. Y él, cuando su cuerpo se rompió contra el suelo, ya había superado los ochenta y tres años de vida.

Claro que este relato puede leerse también como una metáfora de la potencia de lo imaginario, de la ficción, capaz de suplir con creces las carencias de la realidad y de proporcionarnos experiencias de mayor intensidad que las que vivimos cotidianamente; además, no deja de destacar la imposibilidad de medir el tiempo afectivo, subjetivo, con los relojes convencionales.

Por último, no queremos dejar de mencionar otro filón ampliamente explorado en estos volúmenes con un fin satírico: el de la ciencia ficción o fantasía futurista, que le permite encarar al escritor problemas como la incidencia del progreso científico y tecnológico sobre el ser humano y el Universo, una preocupación compartida con J. Mª Merino o Ángel Olgoso, por ejemplo. Así, “Cayeron como moscas” (MD) es uno de los textos que mejor ilustra el frágil equilibrio entre el hombre y su entorno vital, así como las consecuencias que pueden acarrear ciertos descubrimientos. El protagonista del mismo es un científico aquejado de fobia contra los insectos que se siente muy satisfecho de haber inventado un virus letal contra los mosquitos, supuestamente inocuo para los hombres; sin embargo, sus previsiones van a verse desmentidas muy pronto por la realidad, ya que su invento va a desencadenar la destrucción del ecosistema en el que vive así como su propio exterminio: “la vida en tierra firme se extinguió hasta que un nuevo pez salió del agua y echó a andar” (MD).

Llevado de su egocentrismo, al “homo sapiens” le cuesta advertir que existen otros mundos paralelos al suyo de los que depende su propia supervivencia, y tal vez civilizaciones más avanzadas capaces de aniquilarlo con la misma irresponsabilidad y ligereza con la que él destruye a los animales de su propio planeta (“Cazadores”, MD). Ávido de explorar lo ignoto, comete incluso la imprudencia de lanzar naves al espacio con fotografías y planos de su sistema solar sin sospechar que pueden caer en manos de seres más adelantados tecnológicamente que él y convertirse en un blanco fácil (“Humo”, MD). Y de nada sirve tampoco que los científicos traten de demostrar que el Universo posee rostro humano y necesita cuidados; tras un primer momento de asombro y estupor, los terrícolas se entregan a disputas vanas y estériles olvidando poner en ejecución normas sensatas para salvarlo (“No fue posible la paz”, MD).  Todo lo que precede muestra  a las claras que Aparicio tiene poca fe en el ser humano y, por lo tanto, no cree en su capacidad para utilizar la ciencia y las nuevas tecnologías en beneficio de la Humanidad y del Planeta.

 

Para concluir añadiremos que lo más atractivo de estos textos es su fuerte componente humorístico, que se  manifiesta tanto en las situaciones que plantean como en las acciones y reacciones de los protagonistas, y hasta en la forma de narrar. A menudo suscitan la risa o la carcajada en los lectores, sin menoscabo de la profundidad que emana de su actitud interrogativa y crítica, pues, por lo general, dichos personajes se enfrentan a situaciones difíciles, sus deseos no se cumplen y sus expectativas fracasan, Ello es posible gracias a la paradoja, recurso utilizado profusamente por Aparicio, que muestra lo cómico o ridículo de las cosas o de las personas, o bien el sinsentido y lo absurdo de todo aquello que consideramos normal o sensato. Como Kafka, Quevedo o Valle-Inclán, se sumerge en las aguas profundas del humor para rastrear y sacar a la luz lo que somos, recogiendo experiencias como el engaño y la traición, el afán por el triunfo y el reconocimiento, la violencia que padecemos y que uno mismo ejerce o la angustia de elegir ante la incertidumbre del destino. Y tampoco faltan los textos en los que juega con el disparate verbal, la situación insólita, la observación inesperada o la frase hecha a la que gusta atribuir un sentido literal: “Descubrió que había puesto demasiada carne en sus personajes cuando sus libros empezaron a sangrar” (“Realismo, MD). En cualquier caso, la irreverencia, la desacralización, el juego perpetuo, la ironía, el humor distorsionador y el uso de lo grotesco, próximos ambos de la deformación esperpéntica, son constantes en su escritura y una buena muestra de los mecanismos de su pensamiento lúdico así como de su forma de entender la vida.

Fue publicado en el libro “El microrrelato español. Una estetica de la elipsis”, Palencia, Menoscuarto, 2010, pp. 281-295.

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Notas del artículo

  1. Lo que es del César, Madrid, Alfaguara, 1981. Madrid, Alfaguara Bolsillo, 1993. Madrid, Espasa-Calpe, 2001. El año del francés, Madrid, Alfaguara, 1986. Madrid, Alfaguara Bolsillo, 1993. Madrid, Espasa-Calpe, 2001. Retratos de ambigú, Barcelona, Destino, 1989. Barcelona, Destino Libro, 1989. La forma de la noche, Madrid, Alfaguara, 1994. Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca, Madrid, Alfaguara, 1996. Madrid, Alfaguara Bolsillo, 1998. Barcelona, RBA, 2001. El viajero de Leicester, Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces, 1998. La gran Bruma, Madrid, Espasa-Calpe, 2001. Tristeza de lo finito. Palencia, Menoscuarto, 2007.
  2. Además de numerosos cuentos sueltos, insertos en antologías y revistas, ha publicado El origen del mono y otros relatos, Madrid, Akal, 1975; Cuentos del origen del mono, Barcelona, Destino, 1989; La vida en blanco, Palencia, Menoscuarto, 2005. Este último recibió también en 2005 el Premio Setenil de Cuentos.
  3. Los caminos del Esla, León, Everest, 1980. León, Edilesa, 1995 (en colaboración con J. Mª Merino). El Transcantábrico, Madrid, Penthalon, 1982. Madrid. FEVE, 1982. Madrid, Mondadori, 1990, León, Lear Editores/Diario de León, 1997. La mirada de la luna (Diez días entre los nietos de Mao), León, Diputación Provincial de León, 1997.
  4. Juan Pedro Aparicio, La mitad del diablo, Madrid, Páginas de Espuma, 2006. Citado en adelante MD.
  5. Incluido en el libro de cuentos El origen del mono (1975 y 1989, 2ª ed. revisada) y recogido años más tarde por Antonio Fernández Ferrer (ed.), La mano de la hormiga. Los cuentos más breves del mundo y de las literaturas hispánicas, Madrid, Fugaz, 1990, p. 39.
  6. Ibídem, p. 8.
  7. En el núm. 257, mayo de 2005, pp. 57-58.
  8. Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera, Barcelona, Montesinos, 2005, pp. 92-100.
  9. En el núm. 23, otoño-invierno de 2007, pp. 30-40.
  10. Editorial Rey Lear, 2007.
  11. Madrid, Páginas de Espuma, 2008. Recientemente han aparecido algunos estudios críticos sobre estos dos libros; deseo destacar los de Mª Pilar Celma Valero, “Nuevos espacios en la narrativa de Juan Pedro Aparicio”, en Salvador Montesa (ed.), Narrativas de la posmodernidad. Del cuento al microrrelato, Universidad de Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 2009, pp. 221-247, y Nuria Mª Carrillo Martín, “El microrrelato en el último cuarto de siglo en España. Libros fundamentales y características temáticas y técnicas”, en Ibídem, pp. 117-141. Véase además la reseña de Juan Villalba Sebastián, “El juego del díabolo. Juan Pedro Aparicio”, en Turia. Revista Cultural, Zaragoza, núms. 89-90, marzo-mayo 2009, p. 474-476.
  12. (Del italiano diavolo) “Juguete que consiste en una especie de carrete formado por dos conos unidos por un vértice, al cual se imprime un movimiento de rotación por medio de una cuerda atada al extremo de dos varillas, que se manejan haciéndolas subir y bajar alternativamente”, DRAE, s.v diábolo).
  13. En “Prólogo cuántico”, El juego del diábolo, op. cit., p 7.
  14. Así los llama Lauro Zavala: “Glosario para el estudio de la minificción”, en La minificción bajo el microscopio, Bogotá, Universidad Pedagógica nacional, s.v. “relatos menguantes”.
  15. El escritor explica en el prólogo, titulado “Razones del título y otras”, que se había propuesto llegar al número de 666, símbolo del diablo, y que llegó a componer 333, de los cuales fueron desechados casi la mitad, en La mitad del diablo, op. cit., p. 7.
  16. Se puede observar la misma estructura en los microrrelatos del francés Regis Jauffet, Microfictions. Roman, Paris, Gallimard, 2007.
  17. Así lo explica en “Razones del título y otras”, prologo a La mitad del diablo, p. 7.
  18. Asunción Castro, La narrativa de Juan Pedro Aparicio, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2002.
  19. Entrevista de Pilar Trenas a J. P. Aparicio, en ABC, 20 de junio de 1982.
  20. Art. cit., p. 136.
  21. “Separaron a las dos siamesas con éxito, pero en una quedó en exclusiva la facultad de sentir la alegría y en la otra, la tristeza. Como no pudieron volverlas a unir, ésta ultima se suicidó y la tristeza volvió también a la otra”, La mitad del diablo, p. 147.