A Juan Pedro Aparicio le asociaré siempre con nuestras conversaciones peripatéticas por uno de los parques más hermosos y, al mismo tiempo, más íntimos de Londres, el Holland Park. Él estaba entonces al frente del Instituto Cervantes, de esa capital, y yo era director de la oficina de la Agencia EFE. Londres es, como se sabe, una ciudad inmensa donde es muy difícil a veces frecuentar a los amigos, pero por fortuna éramos vecinos.
Los fines de semana solía yo desayunar en un pequeño café de nombre francés que había cerca de mi casa del barrio de Kensington, donde aprovechaba para leer los periódicos británicos allí disponibles, y allí nos dábamos cita para iniciar nuestro paseo matutino.
Venía siempre acompañado de su perrita Boni, un silencioso labrador negro por el que parecía sentir una especial ternura. Recuerdo que Juan Pedro únicamente se impacientaba cada vez que Boni corría detrás de alguna pelota de tenis que otros dueños de perros tiraban al aire y parecía olvidarse de nosotros. Algo que ocurría con para él desesperante frecuencia.
En nuestros paseos matutinos pasábamos siempre junto a un bello edificio en estado semirruinoso que había sido en tiempos el palacio de lord Holland, el aristócrata que da nombre al parque. Fue ése un gran amigo de los liberales y otros exiliados de la España de Fernando VII y a Juan Pedro le gustaba hablar sobre todo de su amistad con nuestro Jovellanos, a quien el aristócrata inglés frecuentó en España, pero al que no logró, sin embargo, nunca convencer para que aceptara su hospitalidad y viajara a la capital británica.
Fue durante aquellos paseos cuando Juan Pedro comenzó a hablarme de la posibilidad de escribir una novela en torno al autor del informe sobre la Ley Agraria, uno de los políticos más preclaros de un país de gobernantes tantas veces mediocres.
En Londres comenzó a urdir la novela, centrada en el último viaje de Jovellanos a lo largo de la costa asturiana, un viaje truncado por la muerte. Y recuerdo que, amando como amaba Londres, la ciudad donde le hubiera gustado vivir siempre, si alguna razón tenía para querer regresar a España era la de, una vez desprendido de sus responsabilidades al frente del Cervantes, encontrar tiempo suficiente para acabar su relato. Sé que está dándole ya los últimos retoques y estoy impaciente por leer algo a cuya gestación puedo decir que asistí en cierto modo.