Cuando ambos éramos estudiantes, Juan Pedro Aparicio y yo, que sentíamos intensamente la conciencia de no vivir en el mejor de los países ni en el más satisfactorio de los mundos, bromeábamos a veces a propósito de lo que sería de nosotros cuando pasasen los años. La distancia temporal es tan vertiginosa, que no sé si nos imaginábamos en la edad que hemos llegado a alcanzar, pero desde aquella mocedad nuestra nos trasladábamos a un tiempo futuro, nos investíamos de una supuesta y acaso vetusta madurez y adoptábamos burlonamente, en un simulacro teatral, las actitudes de los contemporáneos que nos parecían más rancios y que nos suscitaban entonces más rechazo, como si el supuesto paso de los años hubiera quebrantado todos nuestros sueños juveniles y al fin hubiéramos venido a representar lo que entonces más aborrecíamos: la impostura, la fatuidad, la estúpida soberbia, la ceguera mental. Felizmente, la vida no nos ha hecho parecernos a aquellos carcamales, pero lo recuerdo para resaltar ese elemento de lucidez crítica, en el tiempo y en el espacio, que es característica de Juan Pedro Aparicio, pues el principal simulador de aquellos “viajes en el tiempo” era él.
Ciertamente, el tiempo no nos ha convertido en aquellos sujetos abominables que imaginábamos burlonamente, sino que, muy al contrario, nos ha regalado el compartir muchos trabajos literarios: en septiembre de 1978 recorrimos juntos el río Esla, desde las diversas fuentes de su nacimiento hasta su desembocadura en el Duero, para escribir un libro que titulamos Los caminos del Esla, donde pude constatar no solamente la aguda perspicacia de Aparicio frente a la realidad, sino su capacidad imaginativa. El libro fue prologado por el entonces patriarca de las letras leonesas y hoy de las españolas Sabino Ordás, en cuyo redescubrimiento, y en la investigación de su azarosa vida y fecunda obra, estuvo implicado con Juan Pedro y conmigo Luis Mateo Díez. Los tres juntos dirigimos, durante tiempos intensos y creativos, la revista de la Casa de León en Madrid, pequeña en tamaño pero densa en contenidos, que acabó convirtiéndose en un elegante producto editorial antes de dejar de publicarse, y juntos continuamos en el presente coordinando la colección Breviarios de la Calle del Pez que, después de muchos años y vicisitudes, está a punto de publicar su número 62… Y en buena unión y concordia, los tres presentamos de vez en cuando una especie de espectáculo –una iniciativa de Aparicio que consiste en la lectura de minicuentos trufada de conversación entre nosotros- que denominamos Filandón, en homenaje a las veladas populares que en León sirvieron durante muchos años como marco para la narración oral, velada que hemos llevado a cabo desde el Hay Festival de Segovia a los de Cartagena de Indias y Gales, y luego a Bath, Berlín, Bremen, Bucarest, Guadalajara de México, Hamburgo, La Habana, Lisboa, Nueva York… e incontables ciudades españolas. Y hasta hace muy poco tiempo, cuando la crisis brutal que nos ahoga hizo cerrar abruptamente Revista de Libros, Aparicio y yo nos responsabilizábamos, en este caso en compañía de José María Guelbenzu, de una sección crítica que se titulaba “La mirada del narrador”. Quiero indicar con todo esto que son muchos años de fraternal convivencia y de fecunda colaboración los que me permiten hablar de Juan Pedro Aparicio con muy cercana seguridad.
La fértil capacidad imaginativa de Aparicio tiene una firme apoyatura en su gusto decidido por las tramas bien urdidas: en sus novelas, cuentos y microrrelatos –a los que él denomina cuentos cuánticos en razón de una teoría llena de sentido- no hay nunca un argumento que no esté desarrollado y redondeado con tanto tino como delicadeza. De su talento para trazar una buena trama o conocer las apoyaturas eficaces de una trama ajena soy testigo de privilegio, por haberme beneficiado de ello como escritor, sobre todo en mis primeras obras: en el desarrollo de cualquier trama, Aparicio tiene un don especial para descubrir las posibles consecuencias, los aspectos que pudiéramos llamar invisibles, o secretos, que están latiendo en ella, y para detectar los puntos frágiles o los espacios superfluos que puedan debilitarla.
A su gusto y fortuna para saber redondear las tramas, en Aparicio está también presente una decidida entrega al diseño bien perfilado del personaje, que la ironía completa en muchas ocasiones con matices y facetas enriquecedoras. Los personajes de las ficciones de Aparicio nunca son anodinos, e incluso está presente en su elaboración cierta tendencia a la justicia poética, que intenta poner en su sitio lo que desarreglan las implicaciones sociales o las circunstancias de la vida. Esa mirada, tantas veces matizada por el humor, cobra, en el caso del tratamiento de los escenarios, de los espacios dramáticos, un vigor especial, que los lleva más allá de lo reconocible para darles un notable vigor significativo, de raíz expresionista.
En nuestros tiempos juveniles, de apasionados debates sobre la realidad o sobre la ficción -al hilo de paseos nocturnos y alucinados-, y cuando en nuestro ambiente cultural lo fantástico no era un género valorado o considerado desde una perspectiva mínimamente seria –ni en la literatura y ni en el cine- Aparicio y yo lo descubrimos, y creo que supimos intuir sus posibilidades en la ficción, tanto desde la perspectiva de los comportamientos individuales como sociales. Tampoco olvidaré nunca la gestación de su primer libro de cuentos, El origen del mono, libro precursor, en cuanto comenzó sin duda la normalización de lo fantástico en la literatura española previa a lo que sería la llamada Transición Política, pero no lo fantástico como pura evasión, sino como elemento esclarecedor de la sangrante y opaca realidad, y como factor de inevitable recuperación para lo que pudiéramos llamar el canon literario.
Con El origen del mono Aparicio comenzó a explorar temas que nunca ha abandonado, pues hasta cuando ha practicado la novela negra o policíaca han estado presentes tales temas en sus motivaciones: el del poder y sus derivaciones de impostura y opresión como una de las que pudiéramos llamar lacras humanas naturales, insoslayables, y el del amor como elemento salvífico, o al menos de posible profundización en lo mejor del ser humano. E insisto en que la perspectiva fantástica, cuando la ha utilizado, nunca le ha restado a Aparicio ni un ápice de su clarividencia para intentar descifrar acertadamente la realidad.
Por otra parte, en sus novelas, relatos y “cuentos cuánticos”, tocando muchos aspectos de la realidad presente e histórica, ha jugado en bastantes ocasiones con elementos distorsionadores del tiempo, a veces con eficaces connotaciones esperpénticas, interrelacionando en muchas ocasiones niveles temporales diferentes y mundos paralelos. Esa perspectiva de desdoblamiento temporal le permite relativizar la realidad y hacernos reflexionar sobre nuestra condición con una agudeza difícil de encontrar en la ficción que se escribe actualmente entre nosotros.
Escritor magnífico que ha tocado todos los géneros e incluso ha ahondado en ciertos aspectos de la melancólica mirada personal, Aparicio ha demostrado que puede adentrarse con seguridad en otros espacios, como el del cine. Cuando hace un par de años ejerció como Comisario de la conmemoración del 1100 aniversario del Reino de León, realizó una película, en colaboración con Álvaro del Amo –León, cuna del parlamentarismo– que muestra su capacidad para adaptarse con brillantez a cualquier forma de narrativa. Ahora se encuentra trabajando en una novela sobre Gaspar Melchor de Jovellanos, y seguro que nos ofrecerá una mirada muy esclarecedora sobre aquella época tan turbia, como sus ficciones sobre nuestro tiempo, cargadas a veces de un simbolismo muy eficaz –la Guerra Civil, la muerte del Dictador, los manejos de la vida municipal, los absurdos del cada día…- nos permiten entender mucho mejor la realidad contemporánea.
7 de junio de 2012